La casa grande de mi abuela Pepa

lunes, 23 agosto 2004

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          Solitaria y altiva, campesina y orgullosa, se alza —en medio de El Rasillo— la casa de mi abuela Pepa.

          José Lombardo, rasillano que hizo fortuna en Madrid, la construyó en el año 1.878. Al morir, la dejó en herencia a mi bisabuela Feliciana. José Lombardo tenía otros hermanos (Venancio y Manuel), pero Feliciana era para él, la más querida. Siempre que iba a El Rasillo, paraba en casa de mi bisabuela.

          El paso de los años ha hecho que la casa tenga una fragancia única, hecha de recuerdos tristes y nostalgias lejanas. Todos los que en ella hemos vivido, notamos esa fragancia al penetrar en la casa.

          En otoño o en invierno, cuando —en solitario— decides visitar la casa, te sientes invadido por un sentimiento de ancestral respeto. Al cruzar el umbral, imaginas estar en un mundo distinto. Afuera en la calle, prosigue la vida tranquila del pueblo; pero tú, no te identificas con ella. Mientras recorres las distintas habitaciones notas —¡es cierto!— la presencia del espíritu de seres queridos que ya se fueron.

          La vista de una tormenta desde la azotea es impresionante: los rayos —esperpénticos dedos de fuego— caen sobre el pantano, sobre los montes y sobre el pueblo. Los truenos retumban en toda la casa y temes, por un momento, que se resquebraje. Ráfagas de viento golpean ventanas que has dejado abiertas, y fantasmas de corriente de aire hacen que las puertas se abran y cierren con chirrido electrizante y sordo y quejumbroso ruido. En las ventanas, en el jardín y en el tejado metálico de la casa contigua, la lluvia golpea con furia. El verdinegro pino, que mi madre plantó en el jardín, gime y se retuerce como alma en pena... La tormenta pasa; el pino continúa enhiesto como bandera victoriosa, y la casa permanece tan dura, tan campesina y tan orgullosa como siempre. ¡¡Es mucha casa esta la de mi abuela Pepa!!

          Fuera de la casa, y cruzando el jardín, te encuentras con el “techado”. La abuela Pepa, en las tibias tardes de primavera y otoño, se sentaba en un banco del “techado” y hacía labores primorosas. Lo mismo hacía encaje de bolillos, que artísticos bordados, o que gruesas chaquetas de lana para que, en el invierno, a los hombres de la casa no les diera una traicionera cornada de frío.

          De la abuela Pepa decían en El Rasillo que tenía unas manos maravillosas. Decían que sus manos eran ágiles como las de una artista, y sutiles y pálidas como las de mística abadesa.

PARTE II

          Al día siguiente de encontrar la brújula de Eulogio Sáenz, fui con los Mosqueteros a preguntar a mi madre dónde podríamos encontrar algún otro recuerdo perdido de nuestros antepasados. Mi madre se dirigió a un armario del comedor, y después de un rato de revolver en su interior, regresó con un cofrecito de mimbre. De sus profundidades sacó un rosario de cuentas negras. Con mirada húmeda y ausente, y con voz que parecía tener resonancias milenarias, me entregó el rosario.

          —Toma, Rafael. Era de tu abuela Pepa.

          Recojo con devoción el rosario y, precedido por los Mosqueteros, salimos al jardín.

          Las risas, los gritos y la habitual algarabía de los Mosqueteros, había desaparecido. Las negras alas de un respetuoso silencio —que en mi pecho se hacía congoja—, envolvió al grupo.

          Fue Rodrigo el que rompió aquellos minutos de solemnes recuerdos, cuando afirmó:

          —Pero si el rosario lo tenía la abuela Pepa, no nos va a servir para liberar a la bruja de Achóndite, pues en su carta nos decía que teníamos que encontrar cosas de nuestros antepasados que estuviesen perdidas, y el rosario no lo estaba.

          —De mi abuela Pepa —le contesté— no hay cosas perdidas ni recuerdos olvidados. Mi madre se encarga de guardarlos y cultivarlos, y nosotros, de venerarlos. 

         —¿Conociste tú a la madre de la abuela Pepa? —pregunta, con extraña seriedad, Rafael. 

         —Sí —le contesto, con el pensamiento perdido en épocas lejanas. 

         —¿Qué recuerdas de ella? —insiste mi hijo. 

         —De mi abuela Pepa nunca olvidaré nada —respondo. 

         A continuación, los amados recuerdos que de mi abuela Pepa guardo, van goteando de mi pecho, como lágrimas de cera de humilde cirio de ermita campesina: 

PARTE III 

         “Yo miraba al cielo sin querer pensar en nada. Las nubes, tristes, oscuras y lentas, como una agonía, se empujaban unas a otras. A lo lejos, los pinos hostigados por un viento avendabalado, agitaban sus ramas. El sobrecogedor silencio del camposanto fue roto por un golpe doloroso y seco: los restos mortales de la abuela Pepa reposan ya en su sepultura. Mi padre y el tío Eulogio lloraban como niños. Los vecinos de El Rasillo se acercaban hasta la tumba, cogían un puñado de tierra, la besaban y, suavemente, la dejaban caer sobre el ataúd. Yo seguía mirando el cielo sin querer pensar, sin querer llorar... 

         “La noche anterior había terminado todo. Recuerdo que mi padre nos hizo pasar a la habitación donde la abuela agonizaba, para que le diésemos el último adiós. Creo que había más personas allí dentro, pero no puedo recordarlas. Mis ojos sólo veían la faz amarillenta de la abuela destacando entre las blancas almohadas. En la cabecera de la cama estaba su rosario; sus manos inmóviles no lo volverían a sostener. Mi último recuerdo es el de mi padre con su mano en la muñeca de la abuela, como queriendo impedir se escapasen, para siempre, los latidos del pulso de aquella santa... 

         “Porque todos estamos convencidos de que fue una santa. Mis recuerdos de ella tienen, todos, un nimbo de humilde santidad: 

         “Cuando, en vida de la abuela, nos sentábamos a la mesa, las discusiones de los hermanos o las regañinas de mis padres, eran suavizadas por el rostro sonriente, comprensivo, silencioso y sereno de la abuela. Su sola presencia hacía imposible que existiese el más mínimo resquemor entre los miembros de la familia. Desde el cielo, la abuela ha conseguido, seguramente, que entre nosotros nunca se haya roto nuestra entrañable unión. 

         “Recuerdo a la abuela Pepa, en la cocina, preparando sus guisos campesinos: 

         —Rafael, eres como los gatos, que roban y no maúllan —me regañaba cariñosamente cuando, de crío, me colaba en la cocina y cogía una croqueta de la fuente que había preparado. 

         —Aprende de tu hermano José —proseguía la abuela—, que siempre pide permiso para coger algo. 

         Después me miraba, y si veía que ya me había comido la croqueta, se daba la vuelta para que pudiera coger otra sin que ella se enterase.

         “Creo que a mi hermano José le tenía un especial cariño —no en vano era su ahijado—, incluso le llamábamos “el enchufado de la abuela”. Pienso que ninguno le teníamos envidia: la bondad de la abuela Pepa era tan grande, que lo único que podíamos hacer era adorarle. 

         “Otro recuerdo inolvidable de la abuela: ella sentada en su sillón enfrente de la cama, los ojos entornados, las manos recorriendo lentamente las cuentas del rosario, y en los labios el casi imperceptible rumor del rezo. A su lado, en la cómoda, un devocionario de entre cuyas páginas sobresalía el recordatorio de algún familiar. 

         “Siendo ya muy viejecita, algunas mañanas le acompañaba a la Iglesia de los Carmelitas. Ella estaba muy torpe y se agarraba de mi brazo. A mis diez años supongo que el andar despacio sería un suplicio para mí; sin embargo, cuando iba con la abuela por Miguel Villanueva, iba más orgulloso que un príncipe.

         —Era una santa —decían los vecinos de El Rasillo, cuando abandonaban el cementerio. 

         —El día de Todos los Santos, ha muerto La Santa —añadían. 

         “Yo seguía mirando aquel cielo afligido y gris, mientras por mi lado seguían desfilando aquellas gentes que amaban a la abuela. 

         Desde entonces siempre que voy a un entierro, hay un momento en que me quedo mirando al cielo sin pensar en nada...”

 PARTE IV 

         —Tío, ¿por qué te pones tan triste?

          —No, no estoy triste. No puedo estar triste. La abuela está en el cielo y lo pasa muy bien viendo cómo jugáis —contesto, ahora ya, con el ánimo reconfortado y alegre.

          —Y estará haciendo encaje de bolillos —dice Rafael.

          —Y bordando —añade Jaime.

          —Y preparando migas con torreznos —prosigue Diego.

          —Y rezando el rosario —afirma Rodrigo.

          —Y haciendo croquetas de huevo con jamón —insinúa, glotón, Javier.

         Una golondrina, solitaria y gentil, revolotea sobre la cabeza de los Mosqueteros. Desde el cielo, mi abuela Pepa les mira con infinito amor.

   

 

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