
Solitaria y
altiva, campesina y orgullosa, se alza —en medio de El Rasillo— la casa de
mi abuela Pepa.
José Lombardo,
rasillano que hizo fortuna en Madrid, la construyó en el año 1.878. Al morir,
la dejó en herencia a mi bisabuela Feliciana. José Lombardo tenía otros
hermanos (Venancio y Manuel), pero Feliciana era para él, la más querida.
Siempre que iba a El Rasillo, paraba en casa de mi bisabuela.
El paso de los
años ha hecho que la casa tenga una fragancia única, hecha de recuerdos
tristes y nostalgias lejanas. Todos los que en ella hemos vivido, notamos
esa fragancia al penetrar en la casa.
En otoño o en
invierno, cuando —en solitario— decides visitar la casa, te sientes invadido
por un sentimiento de ancestral respeto. Al cruzar el umbral, imaginas estar
en un mundo distinto. Afuera en la calle, prosigue la vida tranquila del
pueblo; pero tú, no te identificas con ella. Mientras recorres las distintas
habitaciones notas —¡es cierto!— la presencia del espíritu de seres queridos
que ya se fueron.
La vista de
una tormenta desde la azotea es impresionante: los rayos —esperpénticos
dedos de fuego— caen sobre el pantano, sobre los montes y sobre el pueblo.
Los truenos retumban en toda la casa y temes, por un momento, que se
resquebraje. Ráfagas de viento golpean ventanas que has dejado abiertas, y
fantasmas de corriente de aire hacen que las puertas se abran y cierren con
chirrido electrizante y sordo y quejumbroso ruido. En las ventanas, en el
jardín y en el tejado metálico de la casa contigua, la lluvia golpea con
furia. El verdinegro pino, que mi madre plantó en el jardín, gime y se
retuerce como alma en pena... La tormenta pasa; el pino continúa enhiesto
como bandera victoriosa, y la casa permanece tan dura, tan campesina y tan
orgullosa como siempre. ¡¡Es mucha casa esta la de mi abuela Pepa!!
Fuera de la
casa, y cruzando el jardín, te encuentras con el “techado”. La abuela Pepa,
en las tibias tardes de primavera y otoño, se sentaba en un banco del
“techado” y hacía labores primorosas. Lo mismo hacía encaje de bolillos, que
artísticos bordados, o que gruesas chaquetas de lana para que, en el
invierno, a los hombres de la casa no les diera una traicionera cornada de
frío.
De la abuela
Pepa decían en El Rasillo que tenía unas manos maravillosas. Decían que sus
manos eran ágiles como las de una artista, y sutiles y pálidas como las de
mística abadesa.

PARTE II
Al día
siguiente de encontrar la brújula de Eulogio Sáenz, fui con los Mosqueteros
a preguntar a mi madre dónde podríamos encontrar algún otro recuerdo perdido
de nuestros antepasados. Mi madre se dirigió a un armario del comedor, y
después de un rato de revolver en su interior, regresó con un cofrecito de
mimbre. De sus profundidades sacó un rosario de cuentas negras. Con mirada
húmeda y ausente, y con voz que parecía tener resonancias milenarias, me
entregó el rosario.
—Toma, Rafael. Era de tu abuela Pepa.
Recojo con
devoción el rosario y, precedido por los Mosqueteros, salimos al jardín.
Las risas, los
gritos y la habitual algarabía de los Mosqueteros, había desaparecido. Las
negras alas de un respetuoso silencio —que en mi pecho se hacía congoja—,
envolvió al grupo.
Fue Rodrigo el
que rompió aquellos minutos de solemnes recuerdos, cuando afirmó:
—Pero si el
rosario lo tenía la abuela Pepa, no nos va a servir para liberar a la bruja
de Achóndite, pues en su carta nos decía que teníamos que encontrar cosas de
nuestros antepasados que estuviesen perdidas, y el rosario no lo estaba.
—De mi abuela
Pepa —le contesté— no hay cosas perdidas ni recuerdos olvidados. Mi madre se
encarga de guardarlos y cultivarlos, y nosotros, de venerarlos.
—¿Conociste tú
a la madre de la abuela Pepa? —pregunta, con extraña seriedad, Rafael.
—Sí —le
contesto, con el pensamiento perdido en épocas lejanas.
—¿Qué recuerdas
de ella? —insiste mi hijo.
—De mi abuela
Pepa nunca olvidaré nada —respondo.
A continuación,
los amados recuerdos que de mi abuela Pepa guardo, van goteando de mi pecho,
como lágrimas de cera de humilde cirio de ermita campesina:

PARTE III
“Yo miraba al
cielo sin querer pensar en nada. Las nubes, tristes, oscuras y lentas, como
una agonía, se empujaban unas a otras. A lo lejos, los pinos hostigados por
un viento avendabalado, agitaban sus ramas. El sobrecogedor silencio del
camposanto fue roto por un golpe doloroso y seco: los restos mortales de la
abuela Pepa reposan ya en su sepultura. Mi padre y el tío Eulogio lloraban
como niños. Los vecinos de El Rasillo se acercaban hasta la tumba, cogían un
puñado de tierra, la besaban y, suavemente, la dejaban caer sobre el ataúd.
Yo seguía mirando el cielo sin querer pensar, sin querer llorar...
“La noche
anterior había terminado todo. Recuerdo que mi padre nos hizo pasar a la
habitación donde la abuela agonizaba, para que le diésemos el último adiós.
Creo que había más personas allí dentro, pero no puedo recordarlas. Mis ojos
sólo veían la faz amarillenta de la abuela destacando entre las blancas
almohadas. En la cabecera de la cama estaba su rosario; sus manos inmóviles
no lo volverían a sostener. Mi último recuerdo es el de mi padre con su mano
en la muñeca de la abuela, como queriendo impedir se escapasen, para siempre,
los latidos del pulso de aquella santa...
“Porque todos
estamos convencidos de que fue una santa. Mis recuerdos de ella tienen,
todos, un nimbo de humilde santidad:
“Cuando, en
vida de la abuela, nos sentábamos a la mesa, las discusiones de los hermanos
o las regañinas de mis padres, eran suavizadas por el rostro sonriente,
comprensivo, silencioso y sereno de la abuela. Su sola presencia hacía
imposible que existiese el más mínimo resquemor entre los miembros de la
familia. Desde el cielo, la abuela ha conseguido, seguramente, que entre
nosotros nunca se haya roto nuestra entrañable unión.
“Recuerdo a la
abuela Pepa, en la cocina, preparando sus guisos campesinos:
—Rafael, eres
como los gatos, que roban y no maúllan —me regañaba cariñosamente cuando, de
crío, me colaba en la cocina y cogía una croqueta de la fuente que había
preparado.
—Aprende de tu
hermano José —proseguía la abuela—, que siempre pide permiso para coger algo.
Después me
miraba, y si veía que ya me había comido la croqueta, se daba la vuelta para
que pudiera coger otra sin que ella se enterase.
“Creo que a mi hermano José le tenía un especial cariño —no en vano era su
ahijado—, incluso le llamábamos “el enchufado de la abuela”. Pienso que
ninguno le teníamos envidia: la bondad de la abuela Pepa era tan grande, que
lo único que podíamos hacer era adorarle.
“Otro recuerdo
inolvidable de la abuela: ella sentada en su sillón enfrente de la cama, los
ojos entornados, las manos recorriendo lentamente las cuentas del rosario, y
en los labios el casi imperceptible rumor del rezo. A su lado, en la cómoda,
un devocionario de entre cuyas páginas sobresalía el recordatorio de algún
familiar.
“Siendo ya muy
viejecita, algunas mañanas le acompañaba a la Iglesia de los Carmelitas.
Ella estaba muy torpe y se agarraba de mi brazo. A mis diez años supongo que
el andar despacio sería un suplicio para mí; sin embargo, cuando iba con la
abuela por Miguel Villanueva, iba más orgulloso que un príncipe.
—Era una santa
—decían los vecinos de El Rasillo, cuando abandonaban el cementerio.
—El día de
Todos los Santos, ha muerto La Santa —añadían.
“Yo seguía
mirando aquel cielo afligido y gris, mientras por mi lado seguían desfilando
aquellas gentes que amaban a la abuela.
Desde entonces
siempre que voy a un entierro, hay un momento en que me quedo mirando al
cielo sin pensar en nada...”

PARTE IV
—Tío, ¿por qué
te pones tan triste?
—No, no estoy
triste. No puedo estar triste. La abuela está en el cielo y lo pasa muy bien
viendo cómo jugáis —contesto, ahora ya, con el ánimo reconfortado y alegre.
—Y estará
haciendo encaje de bolillos —dice Rafael.
—Y bordando —añade
Jaime.
—Y preparando
migas con torreznos —prosigue Diego.
—Y rezando el
rosario —afirma Rodrigo.
—Y haciendo
croquetas de huevo con jamón —insinúa, glotón, Javier.
Una golondrina,
solitaria y gentil, revolotea sobre la cabeza de los Mosqueteros. Desde el
cielo, mi abuela Pepa les mira con infinito amor.
