Apoyado
en el mojón de Peñahincada, y mientras liaba un grueso cigarro, Eulogio
Sáenz contemplaba los escalerones de Brieva. A lo lejos, atalayaba los
umbríos bosques de Las Viniegras y el Castillo de Santa Inés; más distantes,
aún, imaginaba Salas de los Infantes, los yermos e interminables campos de
Burgos y León, las cañadas salmantinas y, por fin, los verdes pastizales de
las dehesas extremeñas: la trashumancia hacia el sur, había comenzado. A sus
espaldas quedaban –tristes y oscuras- La Roncea, Santa Teodosia, Las
Matillas y, difuminadas en el atardecer, las casas de El Rasillo.

—¡Aquí, Leal!
¡Aquí, Valiente! —grita mi abuelo Eulogio.
De los flancos
de la blanquecina mancha, que las ovejas forman, dos perrazos —grandes como
terneros— se levantan y corren hacia el abuelo; luego, felices y retozones,
le lamen las manos. Una vez más, Eulogio Sáenz se admira de la fidelidad y
mansedumbre que reflejan los quietos ojos de los mastines. Después,
acompañado por Leal y Valiente, se acerca despaciosamente a la hoguera donde
los pastores, que le acompañan en el viaje, preparan la humilde y sabrosa
caldereta. En el fresco aire que le orea el rostro, Eulogio siente el beso
del alma de aquellos montes.
La cena,
entorno a la lumbre, es triste; la conversación, plena de nostalgia. Se
recuerda a la familia que atrás ha quedado. Se hacen conjeturas sobre la
duración del viaje. Ingenuamente se engañan con la esperanza de que el
invierno será más corto y menos duro. Largos tragos de la bota de vino
ahogan los suspiros que quieren escapar de aquellos recios pechos cameranos.
Acaba la cena.
El abuelo ajusta las carlancas en los cuellos de los mastines, y su voz
restalla:
—¡Guarda,
Leal! ¡Guarda, Valiente!
Los perros se
levantan y se pierden en la oscuridad, camino de sus puestos de guardia, al
lado de las ovejas dormidas.
El abuelo
Eulogio, envuelto en su manta parda, contempla el helado y triste pasear de
la luna. Duerme, al fin, Eulogio. Sus ensueños serán —hasta la llegada de la
primavera—, los mismos: su mujer, sus hijos, sus gentes, sus campos, sus
montes, sus fuentes...

Cuando
despierta, el sol empieza a teñir de rojo, naranja y oro los campos de
Montemediano. Eulogio saca la brújula que lleva en las alforjas, y la guarda
en uno de los bolsillos de la zamarra. En adelante será su guía en el
peregrinaje hacia la Extremadura.
Muchas veces
recorrió mi abuelo Eulogio las cañadas, sendas y collados de la ruta de la
trashumancia. Siempre, y al igual que su abuelo y su padre, llevaba la
brújula como compañera. En la renegrida caja donde danzaba la aguja imantada,
se apiñaban, muy apretados, sus recuerdos más queridos.
Pasaron los
años y los vecinos de El Rasillo empezaron a notar que Eulogio se estaba
volviendo extraño: se olvidaba de las cosas que tenía que hacer, su mirada
vagaba distraída, evitaba el contacto con los amigos, erraba solo por los
campos... El abuelo también se dio cuenta de que estaba perdiendo la memoria.
Él lo achacaba a que había perdido la brújula: no sabía dónde..., no sabía
cuándo...
—Hoy he visto
a Eulogio, sentado en la cuesta de Santurce —comentaba un vecino—. Está como
ido.
—Sí. Yo lo vi
ayer paseando por los Navalidos. Le saludé y no me contestó. Debe de haber
perdido la cabeza —afirmaba, tristemente, el alguacil del pueblo.
Mi abuelo
Eulogio vivía en un mundo distinto, que él sólo conocía. Por las mañanas, al
rayar el alba, se llenaba los bolsillos con granos de trigo, cebada y
centeno, y se alejaba del pueblo. En Santurce, en Vellónite, en Santibáñez o
en Las Matillas, se sentaba un rato, metía las manos en los bolsillos y las
sacaba repletas de cereales. Los gorriones, alondras y verdecillas —huracán
de alas y gritos alocados— caían sobre el abuelo y picoteaban aquella
misteriosa cosecha, que la pérdida de una brújula renegrida, viajera y
trashumante, les proporcionaba todos los días.

PARTE II
De vuelta de
El Peñil de El Lobo —donde el mosquetero Rodrigo acaba de encontrar la
brújula de mi abuelo Eulogio—, la jolgoriosa expedición hace un alto en el
camino. El paisaje que se divisa desde la carretera que cortando el pinar se
dirige a Las Vaquerizas, es una bendición y un regalo: a lo lejos, el
pantano, como una superficie de láminas de plata, espejea, alegre. A
nuestros pies, las casas de El Rasillo, minúsculas e imprecisas, semejan las
construcciones de un belén. Y en el cielo, una nube joven y blanca,
contempla atónita, la brillante estela que un reactor acaba de pintar en el
cielo azul de la tarde.
—Tío, ¿por qué
le llaman el Peñil de El Lobo? —pregunta Jaime.
—Es una
historia rústica, antigua y hermosa como un poema —le contesto.
—¡Pues,
cuéntanosla! —exige, autoritario, Diego.
—Sí. ¡Cuéntanosla!
—apoyan a Diego el resto de los Mosqueteros.
Me acomodo, lo
mejor que puedo, en un tronco de pino caído. Enciendo un pitillo y comienzo
el relato que, el tío Rafael, me contara a mí hace años:
“Cuando El
Rasillo era aún una aldea que dependía de Ortigosa, un lobo y una loba se
conocieron en los montes de Gredos. Como ya eran lo suficientemente grandes
para poder valerse por sí mismos, decidieron tener hijos. Pensaban que
tenían la obligación de traer cachorros al mundo para que, al igual que
ellos, pudieran disfrutar de la vida. Como en la serranía de Gredos los
lobos eran perseguidos con auténtica saña por los hombres, la pareja decidió
emigrar a tierras más tranquilas, y vinieron a parar a los montes de El
Rasillo.
“Subiendo por
el río de la Honda, encontraron el peñil —de donde venimos nosotros ahora—,
y pensaron que era un sitio apacible y seguro para que sus hijos viniesen al
mundo. Al pie del peñil —entre unas matas—, la loba parió siete lobeznos:
cuatro machos y tres hembras.
“Los vecinos
de Nieva, Ortigosa y Brieva, pronto se dieron cuenta de que empezaban a
faltar ovejas de sus rebaños. Por las huellas, dedujeron que los
responsables eran los lobos. Rápidamente se organizaron batidas, pero los
lobos no aparecían. Hasta en El Rasillo, y aunque allí no había faltado
ninguna oveja, se organizaron batidas.
“El lobo no
caza nunca en los lugares donde habita. Esta era la razón por la que no los
encontraron ni en Nieva ni en Ortigosa ni en Brieva. El motivo por el que
tampoco fueron localizados en el término municipal de El Rasillo, era muy
distinto, y se llamaba Ligero...
“Ligero era un
perro de caza que, aunque viejo, conservaba unos vientos extraordinarios.
Ligero, de caza, se las sabía todas. Un día su dueño, pensando que el perro
ya era viejo, compró dos sabuesos jóvenes, y decidió pegarle un tiro a
Ligero, pues eran demasiados perros para alimentar. Llevó a Ligero al monte
y, cuando estaba de espaldas —de frente nunca se hubiera atrevido—, le soltó
un tiro. El perro cayó al suelo, y el pobre hombre regresó a El Rasillo,
llorando. En el fondo quería mucho al viejo perro.

“Ligero tuvo
suerte, pues la bala le dio en la cabeza, pero no penetró en el cerebro.
Pasadas unas cinco o seis horas, Ligero se recuperó. Aún conmocionado,
estuvo dando vueltas y revueltas por el pinar sin encontrar el camino de
regreso al pueblo. Al final vino a caer, agotado, a los pies del Peñil.
“Cuando a la
mañana siguiente Ligero abrió los ojos, vio enfrente a la pareja de lobos.
Fue a levantarse para atacarles, pero sus patas no aguantaron y cayó al
suelo. Perro y lobos estuvieron largo rato observándose. Al final, la loba
cogió con su boca un trozo de carne de oveja y la dejó al lado del perro. Se
había firmado la paz.
“Varios días
permaneció Ligero con los lobos y, gracias a sus cuidados, se acabó por
recuperar. Durante este tiempo tuvo lugar el nacimiento de los siete
lobeznos. El perro asistió a tan feliz acontecimiento, tan nervioso como el
mismo padre. Ligero se hizo muy amigo de los cachorros y hasta le nombraron
padrino.
“Cuando ya se
encontró con suficientes fuerzas, Ligero se despidió de la familia de lobos
y emprendió el regreso a El Rasillo. Su dueño, al verle aparecer, pensó que
se trataba de un milagro. Dio gritos de alegría y se abrazó a su cuello
llorando: el pobre hombre estaba muy arrepentido de lo que había hecho y,
además, había tenido que regalar los dos sabuesos, pues no cazaban ni en el
plato.
“La comarca
entera se alegró de la aparición de Ligero: ahora sí que localizarían a los
lobos. El viejo perro, al ver lo que se estaba cociendo, tomó sus
precauciones. Todas las mañanas, al amanecer, salía del pueblo y venía a
este sitio —donde ahora estamos— a hacer de centinela. Si veía aparecer
alguna jauría tras la huella de los lobos, Ligero salía corriendo como un
loco, se ponía en cabeza y, como era el más veterano, llevaba a los otros
perros lejos del sitio donde la familia de lobos habitaba.
“Un día que
estaba, como de costumbre, haciendo guardia, Ligero vio a los nueve lobos
que, cruzando Campo Landay, se dirigían hacia Roñas —volvían a la Sierra de
Gredos—. El perro les saludó con unos poderosos ladridos y los lobos le
contestaron con un coro de aullidos. Media hora estuvieron con estas sonoras
despedidas, hasta que los lobos cruzaron La Cumbre.
“Todo el pueblo estaba
intrigado de lo que pudiera haber sucedido. Al ver aparecer a Ligero, los
vecinos de El Rasillo respiraron tranquilos.
"Como en los días que
siguieron ya no desaparecieron más ovejas, todo el mundo concluyó que Ligero
—él solito— había conseguido ahuyentar a todos los lobos de la Sierra de
Cameros. La admiración hacia el perro, aumentó en grado superlativísimo:
—¡Toma, Ligero!
—¡Eh, perrillo!
—¡Ven, bonito!
Ligero ante estas
muestras de cariño se limitaba a contestar con un movimiento lento y solemne
del rabo, que traducido a nuestro lenguaje, podía equivaler a.
—¡Psché!

PARTE III
Termino la
narración y comienzan las preguntas de los Mosqueteros:
—¿Y qué pasó
con los lobos? —indaga Jaime.
—Pues, de los
lobos no sé nada. De los lobos no tengo noticia.
—¿Y con Ligero?
—pregunta, ahora, Rafael.
—De Ligero,
tampoco.
—Papá, ¿pero
los lobos no son malos? —interviene Javier.
—Pues depende.
Para los dueños de las ovejas eran malísimos, pero para los lobeznos eran
buenísimos: eran unos santos.