La brújula del abuelo Eulogio

lunes, 23 agosto 2004

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        Apoyado en el mojón de Peñahincada, y mientras liaba un grueso cigarro, Eulogio Sáenz contemplaba los escalerones de Brieva. A lo lejos, atalayaba los umbríos bosques de Las Viniegras y el Castillo de Santa Inés; más distantes, aún, imaginaba Salas de los Infantes, los yermos e interminables campos de Burgos y León, las cañadas salmantinas y, por fin, los verdes pastizales de las dehesas extremeñas: la trashumancia hacia el sur, había comenzado. A sus espaldas quedaban –tristes y oscuras- La Roncea, Santa Teodosia, Las Matillas y, difuminadas en el atardecer, las casas de El Rasillo. 

          —¡Aquí, Leal! ¡Aquí, Valiente! —grita mi abuelo Eulogio.

          De los flancos de la blanquecina mancha, que las ovejas forman, dos perrazos —grandes como terneros— se levantan y corren hacia el abuelo; luego, felices y retozones, le lamen las manos. Una vez más, Eulogio Sáenz se admira de la fidelidad y mansedumbre que reflejan los quietos ojos de los mastines. Después, acompañado por Leal y Valiente, se acerca despaciosamente a la hoguera donde los pastores, que le acompañan en el viaje, preparan la humilde y sabrosa caldereta. En el fresco aire que le orea el rostro, Eulogio siente el beso del alma de aquellos montes.

          La cena, entorno a la lumbre, es triste; la conversación, plena de nostalgia. Se recuerda a la familia que atrás ha quedado. Se hacen conjeturas sobre la duración del viaje. Ingenuamente se engañan con la esperanza de que el invierno será más corto y menos duro. Largos tragos de la bota de vino ahogan los suspiros que quieren escapar de aquellos recios pechos cameranos.

          Acaba la cena. El abuelo ajusta las carlancas en los cuellos de los mastines, y su voz restalla:

          —¡Guarda, Leal! ¡Guarda, Valiente!

          Los perros se levantan y se pierden en la oscuridad, camino de sus puestos de guardia, al lado de las ovejas dormidas.

          El abuelo Eulogio, envuelto en su manta parda, contempla el helado y triste pasear de la luna. Duerme, al fin, Eulogio. Sus ensueños serán —hasta la llegada de la primavera—, los mismos: su mujer, sus hijos, sus gentes, sus campos, sus montes, sus fuentes...

         Cuando despierta, el sol empieza a teñir de rojo, naranja y oro los campos de Montemediano. Eulogio saca la brújula que lleva en las alforjas, y la guarda en uno de los bolsillos de la zamarra. En adelante será su guía en el peregrinaje hacia la Extremadura.

          Muchas veces recorrió mi abuelo Eulogio las cañadas, sendas y collados de la ruta de la trashumancia. Siempre, y al igual que su abuelo y su padre, llevaba la brújula como compañera. En la renegrida caja donde danzaba la aguja imantada, se apiñaban, muy apretados, sus recuerdos más queridos.

          Pasaron los años y los vecinos de El Rasillo empezaron a notar que Eulogio se estaba volviendo extraño: se olvidaba de las cosas que tenía que hacer, su mirada vagaba distraída, evitaba el contacto con los amigos, erraba solo por los campos... El abuelo también se dio cuenta de que estaba perdiendo la memoria. Él lo achacaba a que había perdido la brújula: no sabía dónde..., no sabía cuándo...

          —Hoy he visto a Eulogio, sentado en la cuesta de Santurce —comentaba un vecino—. Está como ido.

          —Sí. Yo lo vi ayer paseando por los Navalidos. Le saludé y no me contestó. Debe de haber perdido la cabeza —afirmaba, tristemente, el alguacil del pueblo.

          Mi abuelo Eulogio vivía en un mundo distinto, que él sólo conocía. Por las mañanas, al rayar el alba, se llenaba los bolsillos con granos de trigo, cebada y centeno, y se alejaba del pueblo. En Santurce, en Vellónite, en Santibáñez o en Las Matillas, se sentaba un rato, metía las manos en los bolsillos y las sacaba repletas de cereales. Los gorriones, alondras y verdecillas —huracán de alas y gritos alocados— caían sobre el abuelo y picoteaban aquella misteriosa cosecha, que la pérdida de una brújula renegrida, viajera y trashumante, les proporcionaba todos los días. 

PARTE II

          De vuelta de El Peñil de El Lobo —donde el mosquetero Rodrigo acaba de encontrar la brújula de mi abuelo Eulogio—, la jolgoriosa expedición hace un alto en el camino. El paisaje que se divisa desde la carretera que cortando el pinar se dirige a Las Vaquerizas, es una bendición y un regalo: a lo lejos, el pantano, como una superficie de láminas de plata, espejea, alegre. A nuestros pies, las casas de El Rasillo, minúsculas e imprecisas, semejan las construcciones de un belén. Y en el cielo, una nube joven y blanca, contempla atónita, la brillante estela que un reactor acaba de pintar en el cielo azul de la tarde.

         —Tío, ¿por qué le llaman el Peñil de El Lobo? —pregunta Jaime.

          —Es una historia rústica, antigua y hermosa como un poema —le contesto.

          —¡Pues, cuéntanosla! —exige, autoritario, Diego.

          —Sí. ¡Cuéntanosla! —apoyan a Diego el resto de los Mosqueteros.

          Me acomodo, lo mejor que puedo, en un tronco de pino caído. Enciendo un pitillo y comienzo el relato que, el tío Rafael, me contara a mí hace años:

          “Cuando El Rasillo era aún una aldea que dependía de Ortigosa, un lobo y una loba se conocieron en los montes de Gredos. Como ya eran lo suficientemente grandes para poder valerse por sí mismos, decidieron tener hijos. Pensaban que tenían la obligación de traer cachorros al mundo para que, al igual que ellos, pudieran disfrutar de la vida. Como en la serranía de Gredos los lobos eran perseguidos con auténtica saña por los hombres, la pareja decidió emigrar a tierras más tranquilas, y vinieron a parar a los montes de El Rasillo.

          “Subiendo por el río de la Honda, encontraron el peñil —de donde venimos nosotros ahora—, y pensaron que era un sitio apacible y seguro para que sus hijos viniesen al mundo. Al pie del peñil —entre unas matas—, la loba parió siete lobeznos: cuatro machos y tres hembras.

          “Los vecinos de Nieva, Ortigosa y Brieva, pronto se dieron cuenta de que empezaban a faltar ovejas de sus rebaños. Por las huellas, dedujeron que los responsables eran los lobos. Rápidamente se organizaron batidas, pero los lobos no aparecían. Hasta en El Rasillo, y aunque allí no había faltado ninguna oveja, se organizaron batidas.

          “El lobo no caza nunca en los lugares donde habita. Esta era la razón por la que no los encontraron ni en Nieva ni en Ortigosa ni en Brieva. El motivo por el que tampoco fueron localizados en el término municipal de El Rasillo, era muy distinto, y se llamaba Ligero...

          “Ligero era un perro de caza que, aunque viejo, conservaba unos vientos extraordinarios. Ligero, de caza, se las sabía todas. Un día su dueño, pensando que el perro ya era viejo, compró dos sabuesos jóvenes, y decidió pegarle un tiro a Ligero, pues eran demasiados perros para alimentar. Llevó a Ligero al monte y, cuando estaba de espaldas —de frente nunca se hubiera atrevido—, le soltó un tiro. El perro cayó al suelo, y el pobre hombre regresó a El Rasillo, llorando. En el fondo quería mucho al viejo perro.

 

         “Ligero tuvo suerte, pues la bala le dio en la cabeza, pero no penetró en el cerebro. Pasadas unas cinco o seis horas, Ligero se recuperó. Aún conmocionado, estuvo dando vueltas y revueltas por el pinar sin encontrar el camino de regreso al pueblo. Al final vino a caer, agotado, a los pies del Peñil.

         “Cuando a la mañana siguiente Ligero abrió los ojos, vio enfrente a la pareja de lobos. Fue a levantarse para atacarles, pero sus patas no aguantaron y cayó al suelo. Perro y lobos estuvieron largo rato observándose. Al final, la loba cogió con su boca un trozo de carne de oveja y la dejó al lado del perro. Se había firmado la paz.

          “Varios días permaneció Ligero con los lobos y, gracias a sus cuidados, se acabó por recuperar. Durante este tiempo tuvo lugar el nacimiento de los siete lobeznos. El perro asistió a tan feliz acontecimiento, tan nervioso como el mismo padre. Ligero se hizo muy amigo de los cachorros y hasta le nombraron padrino.

          “Cuando ya se encontró con suficientes fuerzas, Ligero se despidió de la familia de lobos y emprendió el regreso a El Rasillo. Su dueño, al verle aparecer, pensó que se trataba de un milagro. Dio gritos de alegría y se abrazó a su cuello llorando: el pobre hombre estaba muy arrepentido de lo que había hecho y, además, había tenido que regalar los dos sabuesos, pues no cazaban ni en el plato.

          “La comarca entera se alegró de la aparición de Ligero: ahora sí que localizarían a los lobos. El viejo perro, al ver lo que se estaba cociendo, tomó sus precauciones. Todas las mañanas, al amanecer, salía del pueblo y venía a este sitio —donde ahora estamos— a hacer de centinela. Si veía aparecer alguna jauría tras la huella de los lobos, Ligero salía corriendo como un loco, se ponía en cabeza y, como era el más veterano, llevaba a los otros perros lejos del sitio donde la familia de lobos habitaba.

          “Un día que estaba, como de costumbre, haciendo guardia, Ligero vio a los nueve lobos que, cruzando Campo Landay, se dirigían hacia Roñas —volvían a la Sierra de Gredos—. El perro les saludó con unos poderosos ladridos y los lobos le contestaron con un coro de aullidos. Media hora estuvieron con estas sonoras despedidas, hasta que los lobos cruzaron La Cumbre.

 “Todo el pueblo estaba intrigado de lo que pudiera haber sucedido. Al ver aparecer a Ligero, los vecinos de El Rasillo respiraron tranquilos.

 "Como en los días que siguieron ya no desaparecieron más ovejas, todo el mundo concluyó que Ligero —él solito— había conseguido ahuyentar a todos los lobos de la Sierra de Cameros. La admiración hacia el perro, aumentó en grado superlativísimo:

 —¡Toma, Ligero!

 —¡Eh, perrillo!

 —¡Ven, bonito!

 Ligero ante estas muestras de cariño se limitaba a contestar con un movimiento lento y solemne del rabo, que traducido a nuestro lenguaje, podía equivaler a.

 —¡Psché!  

PARTE III

          Termino la narración y comienzan las preguntas de los Mosqueteros:

          —¿Y qué pasó con los lobos? —indaga Jaime.

         —Pues, de los lobos no sé nada. De los lobos no tengo noticia.

          —¿Y con Ligero? —pregunta, ahora, Rafael.

          —De Ligero, tampoco.

          —Papá, ¿pero los lobos no son malos? —interviene Javier.

          —Pues depende. Para los dueños de las ovejas eran malísimos, pero para los lobeznos eran buenísimos: eran unos santos.

   

 

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