El bastón del tío Patricio

lunes, 23 agosto 2004

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         —¡Hermanos, arrepentíos! ¡La hora de la penitencia está próxima! ¡Olvidaos de las perecederas pompas mundanas! ¡Hermanos, arrepentíos! —proseguía implorando el tío Patricio— ¡Mañana a partir de las nueve os espero en mi tinaco, para liberaros de la carga de vuestros pecados!

          Los carnavales tocaban a su fin, y la comitiva del entierro de la sardina, reía alborozada, al escuchar el sermón que, desde su balcón, el tío Patricio improvisaba. El alcalde de El Rasillo se acerca al tío Patricio y le dice, que se deje de sermones. Con dignidad episcopal, Patricio contesta: ¡Por favor, señor alcalde, deje a mis fieles, que van con suma devoción...! El alcalde estalla en una carcajada y se une a la jolgoriosa comitiva.

 El tío Patricio sentó la cabeza —aunque no lo suficiente como para casarse—, cuando, muerta su hermana Josefa, tuvo que cuidar de los cuatro huérfanos (Pepe, Pedro, Victoriano y Agustín). Hasta entonces había sido el causante de todos los desafueros estudiantiles que, en el Colegio de El Rasillo, se organizaban. No había fiesta en los pueblos vecinos, donde no apareciese el tío Patricio acompañado de su bandurria. Los chascarrillos, anécdotas y sucedidos que de él se contaban, eran infinitos.

 Al morir su hermana, marchó a Extremadura y, como inteligencia le sobraba, organizó una red de distribución de tabacos y vinos en Almendralejo y Fregenal. Enseguida, llamó a sus sobrinos y los colocó. Todos prosperaron rápidamente.

 Conquistador en tierra de conquistadores, el tío Patricio volvía, siempre que podía, a sus lares de El Rasillo.

 Ya de estudiante, nuestro tío, se acompañaba siempre de un bastón de artística empuñadura, que representaba la garra de un águila. Indistintamente empleaba la cachaba para trepar por los montes, para medirles el lomo a sus compañeros de colegio, y también, ¡qué cosas!, para jugar al golf.

 En una merienda de fin de curso, que los colegiales organizaron en la fuente de los estudiantes, desapareció la garra del águila. La cosa no es de extrañar, teniendo en cuenta que, aquellos juveniles estómagos, engulleron, medio cordero y un cuarto de cántara de vino, por barba. En tal estado, se explica que Patricio quisiera jugar al golf con una piedra tan grande —y mucho más dura— que la cabeza de un niño de dos años. El resultado, naturalmente, fue que la garra del águila salió volando, como si de águila entera se tratara. 

Patricio buscó, con gran dedicación y mayor afán, la empuñadura de su querido bastón; pero ésta no apareció.

PARTE II

Lo que el tío Patricio no pudo conseguir, lo consiguieron los Mosqueteros, aquella tarde... Al pie de una haya, que distaba unos cincuenta metros de la fuente, encontró, Diego, la empuñadura.

 En la explanada del Collado, tumbados —al tresbolillo, y cada cual como puede— vemos las sombras de los pinos alargarse sobre nuestras cabezas. El guirigay que los zarzaleros pajarillos y los arrandrajos del pinar, organizan, empieza a ceder.

 —Tío —pregunta Jaime—, ¿por qué se van tan pronto a la cama los pájaros?

 —Pues, porque se acuestan con el sol, y se levantan con él —contesto.

 —Pues, nosotros, no hacemos eso, ¿por qué? —pregunta, preocupado Rafael al que el levantarse tarde, nunca le ha gustado.

 —Seguramente, porque nosotros hemos de hacer todo al revés de los animales.

 —¿Y, lo hacemos al revés porque somos más listos? —prosigue Diego el interrogatorio.

 —Bien pudiera ser que fuésemos más listos, pero, cada vez, estoy más convencido, de que somos mucho más tontos que ellos.

 —¡Ah! ¡Por eso, nosotros, no nos echamos la siesta! —exclama Jaime.

 —Y por eso, vosotros, los mayores, bebéis vino y coñac —acusa Rodrigo.

 —Y por eso, fumáis —arremete Rafael.

 —Sí. Seguramente es que somos los animales más tontos —contesto, mientras apago, con mucha discreción, el pitillo recién encendido.

 

   

 

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