—¡Hermanos, arrepentíos! ¡La hora de la penitencia está próxima! ¡Olvidaos
de las perecederas pompas mundanas! ¡Hermanos, arrepentíos! —proseguía
implorando el tío Patricio— ¡Mañana a partir de las nueve os espero en mi
tinaco, para liberaros de la carga de vuestros pecados!
Los carnavales
tocaban a su fin, y la comitiva del entierro de la sardina, reía alborozada,
al escuchar el sermón que, desde su balcón, el tío Patricio improvisaba. El
alcalde de El Rasillo se acerca al tío Patricio y le dice, que se deje de
sermones. Con dignidad episcopal, Patricio contesta: ¡Por favor, señor
alcalde, deje a mis fieles, que van con suma devoción...! El alcalde estalla
en una carcajada y se une a la jolgoriosa comitiva.
El tío Patricio sentó
la cabeza —aunque no lo suficiente como para casarse—, cuando, muerta su
hermana Josefa, tuvo que cuidar de los cuatro huérfanos (Pepe, Pedro,
Victoriano y Agustín). Hasta entonces había sido el causante de todos los
desafueros estudiantiles que, en el Colegio de El Rasillo, se organizaban.
No había fiesta en los pueblos vecinos, donde no apareciese el tío Patricio
acompañado de su bandurria. Los chascarrillos, anécdotas y sucedidos que de
él se contaban, eran infinitos.
Al morir su hermana,
marchó a Extremadura y, como inteligencia le sobraba, organizó una red de
distribución de tabacos y vinos en Almendralejo y Fregenal. Enseguida, llamó
a sus sobrinos y los colocó. Todos prosperaron rápidamente.
Conquistador en tierra
de conquistadores, el tío Patricio volvía, siempre que podía, a sus lares de
El Rasillo.
Ya de estudiante,
nuestro tío, se acompañaba siempre de un bastón de artística empuñadura, que
representaba la garra de un águila. Indistintamente empleaba la cachaba para
trepar por los montes, para medirles el lomo a sus compañeros de colegio, y
también, ¡qué cosas!, para jugar al golf.
En
una merienda de fin de curso, que los colegiales organizaron en la fuente de
los estudiantes, desapareció la garra del águila. La cosa no es de extrañar,
teniendo en cuenta que, aquellos juveniles estómagos, engulleron, medio
cordero y un cuarto de cántara de vino, por barba. En tal estado, se explica
que Patricio quisiera jugar al golf con una piedra tan grande —y mucho más
dura— que la cabeza de un niño de dos años. El resultado, naturalmente, fue
que la garra del águila salió volando, como si de águila entera se tratara.
Patricio buscó, con gran
dedicación y mayor afán, la empuñadura de su querido bastón; pero ésta no
apareció.

PARTE II
Lo que el tío Patricio
no pudo conseguir, lo consiguieron los Mosqueteros, aquella tarde... Al pie
de una haya, que distaba unos cincuenta metros de la fuente, encontró,
Diego, la empuñadura.
En la explanada del
Collado, tumbados —al tresbolillo, y cada cual como puede— vemos las sombras
de los pinos alargarse sobre nuestras cabezas. El guirigay que los
zarzaleros pajarillos y los arrandrajos del pinar, organizan, empieza a
ceder.
—Tío —pregunta Jaime—,
¿por qué se van tan pronto a la cama los pájaros?
—Pues, porque se
acuestan con el sol, y se levantan con él —contesto.
—Pues, nosotros, no
hacemos eso, ¿por qué? —pregunta, preocupado Rafael al que el levantarse
tarde, nunca le ha gustado.
—Seguramente, porque
nosotros hemos de hacer todo al revés de los animales.
—¿Y, lo hacemos al
revés porque somos más listos? —prosigue Diego el interrogatorio.
—Bien pudiera ser que
fuésemos más listos, pero, cada vez, estoy más convencido, de que somos
mucho más tontos que ellos.
—¡Ah! ¡Por eso,
nosotros, no nos echamos la siesta! —exclama Jaime.
—Y por eso, vosotros,
los mayores, bebéis vino y coñac —acusa Rodrigo.
—Y por eso, fumáis —arremete
Rafael.
—Sí. Seguramente es que
somos los animales más tontos —contesto, mientras apago, con mucha
discreción, el pitillo recién encendido.
