Los libros de José Sáenz de Navarrete

lunes, 23 agosto 2004

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Fe de erratas, a guisa de prólogo

 

         Álvaro de Lapuerta finalizó su intervención en el mitín, que se celebraba en el Frontón Adarraga, con estas palabras:

 —Y al igual que decía, hace años, Don José Sáenz de Navarrete, os digo yo ahora: ¡dadme un pueblo moral e ilustrado y yo le daré todas las libertades políticas y sociales, compatibles con el orden. Si me dais un pueblo bárbaro e inmoral, tendréis que optar entre el despotismo y la anarquía!.

 La ovación fue de gala. Álvaro, desde el centro de la cancha, saludaba con gesto de gladiador victorioso.

 Un octogenario le decía a su sexagenaria esposa:

 —Qué frases más bellas ¿verdad?

 —Sí, sí. Son unas frases muy hermosas

 Mi hermana Marilena, que estaba sentada delante de los ancianos, se volvió, y, con rostro radiante y feliz, les aclaró:

 —Es mi marido, ¿saben?

 —¿El señor de las frases? ¿El don José? —preguntó el octogenario.

 —No; ése, no. Mi marido es el que ha hablado —contestó Marilena; y, a continuación añadió— Don José Sáenz Navarrete, también es familia mía.

 —Pues, tienes mucha suerte, hija. Pero que mucha suerte —insinuó la viejecita, con la admiración bailándole en los ojos.

 —Sí que la tengo. Tiene usted mucha razón ¡¡ Viva España !! —respondió y exclamó, a continuación, Marilena, mientras agitaba, exultante de patriotismo, una banderita española.

 —¡Rafael: aplaude! —me gritó, irritada, Marilena.

 —Es que no puedo; es que me has metido el palo de la banderita en el ojo —le contesté, mientras me frotaba el ojo lesionado.

 —¡Pues, aplaude con una sola mano! —insistió mi hermana, sin saber demasiado bien lo que decía.

 —Lo que tu digas; ¡pues faltaría más! —repliqué, con evasiva voz.

 Una vez en casa de mis padres, y durante la cena, pregunté, sin demasiado interés, y por aquello de que la gente gusta le pregunten cosas donde puedan hacer exhibición de sus conocimientos:

 —Y, a todo esto, ¿quién era José Sáenz Navarrete?

 Mi madre y mi hermana empezaron a soltar fechas, datos, parentescos y anécdotas de José Sáenz Navarrete, con una erudición, verdaderamente, encomiosa y acomplejante.

 De todo lo que entonces dijeron, esto que ahora transcribo es lo que mi memoria pudo retener.  

PARTE II

 José Sáenz Navarrete era hijo de mis tatarabuelos Marcelino y Eulogia, y hermano de mi bisabuelo Francisco Javier. Nació en El Rasillo en el año 1838. Niño de inteligencia aguda y despierta, ingresó en el seminario de Calahorra a los once años (en aquella época, todos los niños de inteligencia aguda y despierta iban para clérigos. Los seminarios estaban llenos de personas de inteligencia aguda y despierta ¡qué barbaridad!). En el año 1861 se doctoró en Filosofía y Teología, en Salamanca. En 1863, y por razones sólo por él conocidas, cuelga los hábitos. Desde ese año, hasta 1869 es catedrático de Filosofía en El Escorial. Regresa a El Rasillo donde, con la sola ayuda de su familia, construye un colegio que llegó a ser modélico. Oigamos, cien años más tarde, a José Sáenz Navarrete:

 “Este Colegio que comenzó sin más habitación que la modesta casa paterna del fundador, es hoy un edificio capaz de contener 150 colegiales internos en las mejores condiciones internas”.

 En 1880 se casa con Rosina, y en 1882 enviuda.

 —¿Tan pronto?

—Sí, señor. Tan pronto.

 —¡Vaya por Dios!

 El colegio funciona cada vez mejor, pero en 1887, fallece José Sáenz Navarrete.

 —¿Tan joven?

 —Sí, señor, tan joven

 —¡Vaya por Dios!

 A los cuarenta y ocho años muere —como decía— el fundador, y el Colegio pasa a ser regentado por los Padres Agustinos. Bajo la dirección de éstos —que no poseían el entusiasmo del hermano de mi bisabuelo—, la vida académica del colegio de El Rasillo empieza a languidecer; y es el Concejo Municipal, el que lo apuntilla, a los pocos años de coger las riendas (a los Concejos Municipales de El Rasillo —es cosa sabida—, lo de ser agudos y despiertos es cosa que nunca se les ha dado demasiado bien).

 —¿A todos?

 —Sí, señor. A todos o a casi todos.

 —¡Vaya por Dios!

 A los rasillanos les sucede que cuando entran a formar parte del Ayuntamiento, se les suben las responsabilidades a la cabeza, y la inteligencia se les difumina y enlentece. En cambio, cuando van por libres, el cerebro hasta se les espabila.

 —¿A todos?

 —Sí, señor, no sé. Por lo menos a algunos. Ahí está el caso de Don José Sáenz Navarrete, que a la par de inteligente y entusiasta, era profundo y emprendedor.

 —¡Vaya por Dios! ¡Menos mal! 

PARTE III

 El colegio ocupaba el solar en el que en la actualidad está el frontón viejo de El Rasillo, y más terreno aún. Allí tuvieron que ir los Mosqueteros en busca de los libros perdidos de José Sáenz Navarrete.

 —¿Y, aquí existió un colegio? —pregunta, incrédulo, Rafael

 —Eso dice la abuela —le contesta Jaime—. A lo peor, le han engañado

 —Pues menos mal que ya no está —interviene Diego, sacando a relucir su sentido práctico—; si existiese un colegio tendríamos que buscar los libros en las habitaciones, los armarios, los pupitres y hasta en las camas ¡menuda paliza!

 —¡Ya! Y en muchos más sitios —interviene Rafael, en plan minucioso— Tendríamos que buscar también en los váteres y detrás de las puertas. En mi colegio hay váteres, puertas, armarios y un montón de sitios donde se pueden esconder libros. Y si aquí había un colegio también tenía que tener váteres, puertas y armarios. Yo no he visto nunca un colegio que no los tenga; si no los tuviese, no sería un colegio, ¿eh?

 —Tú te crees muy listo ¿verdad?. Tú hablas mucho; y si no dejas de hablar,  no vamos a poder encontrar los libros —replica Rodrigo, que no acaba de ver demasiado lógica en las argumentaciones de Rafael.

 —Pues no sé por qué no vamos a poder encontrar los libros si yo hablo. Como no sea que se escondan al oírme hablar. Yo no he visto nunca libros que puedan andar para esconderse. Apuesto que tú, tampoco. Será que en Madrid los libros son distintos —responde, sarcástico, Rafael.

 —¡Papá! ¿Aquí están los libros! ¡Y, no andan!

 Efectivamente, en una rendija de lo que antes fue fachada de colegio, y ahora ruina de frontón, aparecieron los libros de Sáenz Navarrete, la mar de quietecitos.

 Eran unos libros muy viejos y que hablaban de todo: de aritmética y gramática; de animales y plantas; de instrumentos y estrellas; y de muchas cosas más. El tiempo y la humedad los habían castigado con ganas: casi se podían leer.

 —¡Y todo esto se tenía que aprender nuestro pariente! Pues, tendría que trabajar mucho —exclama Jaime.

 —No se dice trabajar, se dice estudiar —rectifica Rodrigo.

 

 —Es igual. Se puede decir estudiar o trabajar. Yo cuando voy al colegio, digo que voy a trabajar —replica Rafael, que está en plan peleón.

 —¡Y, yo! ¡Yo, en el baby, trabajo mucho! —añade Javier, a ver si cuela.

 —Tío —pregunta Jaime, buscando una opinión, para él, autorizada—, ¿el estudiar, es trabajar?

 —Ya lo creo —contesto, convencido— Es un trabajo muy importante. Tal vez sea el trabajo más importante. Es la mar de importante.

 Luego, reflexiono y rectifico:

 —Bueno; todos los trabajos son igual de importantes. Lo que hace falta es trabajar mucho y bien.

 —¿Y por qué hay que trabajar mucho y bien? —pregunta Diego, que no parece estar por la labor.

 —Pues, porque cuantas más cosas sepas, más cosas podrás hacer por los demás —explica Rodrigo, con semblante de ir repartiendo humanidad por esos mundos de Dios— ¿A que sí, tío?

 —Pues... —medito antes de contestar— Pues, sí. Creo que es una buena razón. Creo que es una gran razón. Creo que es la mejor razón —voy afirmando sucesivamente, mientras me convenzo a mí mismo, de que la explicación de Rodrigo sobre el porqué del trabajo, sea, tal vez, la única razón válida.

 Volvemos en grupo hacia nuestros cuarteles de verano. Jaime le da una patada a un bote y, como quién no quiere la cosa, deja caer estas palabras:

 —Rafael: yo no he visto ni váteres, ni puertas ni todas esas cosas que dices....

 Ante la perspectiva de que se reanude la discusión, sugiero:

 —¿Vamos al bar de la Lourdes?

 —Sí, sí, sí —se ponen de acuerdo, por fin, los Mosqueteros.

 —Yo quiero una coca-cola.

 —Yo, otra.

 —Yo, patatas fritas.

 —Yo, gusanitos.

 —Yo, sugus

 Y los Mosqueteros, cual soldados espoleados por el grito de ¡a la bayoneta calada!, salen zumbando, al asalto del bar de la Lourdes.         

   

 

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