Álvaro de Lapuerta finalizó su intervención en el mitín, que se celebraba en
el Frontón Adarraga, con estas palabras:
—Y al igual que decía,
hace años, Don José Sáenz de Navarrete, os digo yo ahora: ¡dadme un pueblo
moral e ilustrado y yo le daré todas las libertades políticas y sociales,
compatibles con el orden. Si me dais un pueblo bárbaro e inmoral, tendréis
que optar entre el despotismo y la anarquía!.
La ovación fue de gala.
Álvaro, desde el centro de la cancha, saludaba con gesto de gladiador
victorioso.
Un octogenario le decía
a su sexagenaria esposa:
—Qué frases más bellas
¿verdad?
—Sí, sí. Son unas
frases muy hermosas
Mi hermana Marilena,
que estaba sentada delante de los ancianos, se volvió, y, con rostro
radiante y feliz, les aclaró:
—Es mi marido, ¿saben?
—¿El señor de las
frases? ¿El don José? —preguntó el octogenario.
—No; ése, no. Mi marido
es el que ha hablado —contestó Marilena; y, a continuación añadió— Don José
Sáenz Navarrete, también es familia mía.
—Pues, tienes mucha
suerte, hija. Pero que mucha suerte —insinuó la viejecita, con la admiración
bailándole en los ojos.
—Sí que la tengo. Tiene
usted mucha razón ¡¡ Viva España !! —respondió y exclamó, a continuación,
Marilena, mientras agitaba, exultante de patriotismo, una banderita española.
—¡Rafael: aplaude! —me
gritó, irritada, Marilena.
—Es que no puedo; es
que me has metido el palo de la banderita en el ojo —le contesté, mientras
me frotaba el ojo lesionado.
—¡Pues, aplaude con una
sola mano! —insistió mi hermana, sin saber demasiado bien lo que decía.
—Lo que tu digas; ¡pues
faltaría más! —repliqué, con evasiva voz.
Una vez en casa de mis
padres, y durante la cena, pregunté, sin demasiado interés, y por aquello de
que la gente gusta le pregunten cosas donde puedan hacer exhibición de sus
conocimientos:
—Y, a todo esto, ¿quién
era José Sáenz Navarrete?
Mi madre y mi hermana
empezaron a soltar fechas, datos, parentescos y anécdotas de José Sáenz
Navarrete, con una erudición, verdaderamente, encomiosa y acomplejante.
De todo lo que entonces
dijeron, esto que ahora transcribo es lo que mi memoria pudo retener.

PARTE II
José Sáenz Navarrete
era hijo de mis tatarabuelos Marcelino y Eulogia, y hermano de mi bisabuelo
Francisco Javier. Nació en El Rasillo en el año 1838. Niño de inteligencia
aguda y despierta, ingresó en el seminario de Calahorra a los once años (en
aquella época, todos los niños de inteligencia aguda y despierta iban para
clérigos. Los seminarios estaban llenos de personas de inteligencia aguda y
despierta ¡qué barbaridad!). En el año 1861 se doctoró en Filosofía y
Teología, en Salamanca. En 1863, y por razones sólo por él conocidas, cuelga
los hábitos. Desde ese año, hasta 1869 es catedrático de Filosofía en El
Escorial. Regresa a El Rasillo donde, con la sola ayuda de su familia,
construye un colegio que llegó a ser modélico. Oigamos, cien años más tarde,
a José Sáenz Navarrete:
“Este Colegio que
comenzó sin más habitación que la modesta casa paterna del fundador, es hoy
un edificio capaz de contener 150 colegiales internos en las mejores
condiciones internas”.
En 1880 se casa con
Rosina, y en 1882 enviuda.
—¿Tan pronto?
—Sí,
señor. Tan pronto.
—¡Vaya por Dios!
El colegio funciona
cada vez mejor, pero en 1887, fallece José Sáenz Navarrete.
—¿Tan joven?
—Sí, señor, tan joven
—¡Vaya por Dios!
A los cuarenta y ocho
años muere —como decía— el fundador, y el Colegio pasa a ser regentado por
los Padres Agustinos. Bajo la dirección de éstos —que no poseían el
entusiasmo del hermano de mi bisabuelo—, la vida académica del colegio de El
Rasillo empieza a languidecer; y es el Concejo Municipal, el que lo
apuntilla, a los pocos años de coger las riendas (a los Concejos Municipales
de El Rasillo —es cosa sabida—, lo de ser agudos y despiertos es cosa que
nunca se les ha dado demasiado bien).
—¿A todos?
—Sí, señor. A todos o a
casi todos.
—¡Vaya por Dios!
A
los rasillanos les sucede que cuando entran a formar parte del Ayuntamiento,
se les suben las responsabilidades a la cabeza, y la inteligencia se les
difumina y enlentece. En cambio, cuando van por libres, el cerebro hasta se
les espabila.
—¿A todos?
—Sí, señor, no sé. Por
lo menos a algunos. Ahí está el caso de Don José Sáenz Navarrete, que a la
par de inteligente y entusiasta, era profundo y emprendedor.
—¡Vaya por Dios! ¡Menos
mal!

PARTE
III
El colegio ocupaba el
solar en el que en la actualidad está el frontón viejo de El Rasillo, y más
terreno aún. Allí tuvieron que ir los Mosqueteros en busca de los libros
perdidos de José Sáenz Navarrete.
—¿Y, aquí existió un
colegio? —pregunta, incrédulo, Rafael
—Eso dice la abuela —le
contesta Jaime—. A lo peor, le han engañado
—Pues menos mal que ya
no está —interviene Diego, sacando a relucir su sentido práctico—; si
existiese un colegio tendríamos que buscar los libros en las habitaciones,
los armarios, los pupitres y hasta en las camas ¡menuda paliza!
—¡Ya! Y en muchos más
sitios —interviene Rafael, en plan minucioso— Tendríamos que buscar también
en los váteres y detrás de las puertas. En mi colegio hay váteres, puertas,
armarios y un montón de sitios donde se pueden esconder libros. Y si aquí
había un colegio también tenía que tener váteres, puertas y armarios. Yo no
he visto nunca un colegio que no los tenga; si no los tuviese, no sería un
colegio, ¿eh?
—Tú te crees muy listo
¿verdad?. Tú hablas mucho; y si no dejas de hablar, no vamos a poder
encontrar los libros —replica Rodrigo, que no acaba de ver demasiado lógica
en las argumentaciones de Rafael.
—Pues no sé por qué no
vamos a poder encontrar los libros si yo hablo. Como no sea que se escondan
al oírme hablar. Yo no he visto nunca libros que puedan andar para
esconderse. Apuesto que tú, tampoco. Será que en Madrid los libros son
distintos —responde, sarcástico, Rafael.
—¡Papá! ¿Aquí están los
libros! ¡Y, no andan!
Efectivamente, en una
rendija de lo que antes fue fachada de colegio, y ahora ruina de frontón,
aparecieron los libros de Sáenz Navarrete, la mar de quietecitos.
Eran unos libros muy
viejos y que hablaban de todo: de aritmética y gramática; de animales y
plantas; de instrumentos y estrellas; y de muchas cosas más. El tiempo y la
humedad los habían castigado con ganas: casi se podían leer.
—¡Y todo esto se tenía
que aprender nuestro pariente! Pues, tendría que trabajar mucho —exclama
Jaime.
—No se dice trabajar,
se dice estudiar —rectifica Rodrigo.

—Es igual. Se puede
decir estudiar o trabajar. Yo cuando voy al colegio, digo que voy a trabajar
—replica Rafael, que está en plan peleón.
—¡Y, yo! ¡Yo, en el
baby, trabajo mucho! —añade Javier, a ver si cuela.
—Tío —pregunta Jaime,
buscando una opinión, para él, autorizada—, ¿el estudiar, es trabajar?
—Ya lo creo —contesto,
convencido— Es un trabajo muy importante. Tal vez sea el trabajo más
importante. Es la mar de importante.
Luego, reflexiono y
rectifico:
—Bueno; todos los
trabajos son igual de importantes. Lo que hace falta es trabajar mucho y
bien.
—¿Y por qué hay que
trabajar mucho y bien? —pregunta Diego, que no parece estar por la labor.
—Pues, porque cuantas
más cosas sepas, más cosas podrás hacer por los demás —explica Rodrigo, con
semblante de ir repartiendo humanidad por esos mundos de Dios— ¿A que sí,
tío?
—Pues... —medito antes
de contestar— Pues, sí. Creo que es una buena razón. Creo que es una gran
razón. Creo que es la mejor razón —voy afirmando sucesivamente, mientras me
convenzo a mí mismo, de que la explicación de Rodrigo sobre el porqué del
trabajo, sea, tal vez, la única razón válida.
Volvemos en grupo hacia
nuestros cuarteles de verano. Jaime le da una patada a un bote y, como quién
no quiere la cosa, deja caer estas palabras:
—Rafael: yo no he visto
ni váteres, ni puertas ni todas esas cosas que dices....
Ante la perspectiva de
que se reanude la discusión, sugiero:
—¿Vamos al bar de la
Lourdes?
—Sí, sí, sí —se ponen
de acuerdo, por fin, los Mosqueteros.
—Yo quiero una
coca-cola.
—Yo, otra.
—Yo, patatas fritas.
—Yo, gusanitos.
—Yo, sugus
Y los Mosqueteros, cual
soldados espoleados por el grito de ¡a la bayoneta calada!, salen zumbando,
al asalto del bar de la Lourdes.