Las medallas de mi bisabuela Martina

lunes, 23 agosto 2004

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         Por la carretera que sube hacia San Mamés, avanzaban los Mosqueteros en busca de las medallas de mi bisabuela Martina.

          Bizcobeños y madreselvas a un lado del camino, y saúcos y aceñas, al otro; la mañana, templadita, es un canto a la naturaleza. A los Mosqueteros, de todas formas, la poesía les trae sin cuidado.

          Diego, con la mirada fija, espera que asome la lagartija entre las piedras, para arrearle un soberano cantazo.

          Jaime y Rafael —difícilmente se puede adivinar quién es el indio y quién el vaquero— tratan de dirimir, a mimbrazos, las ancestrales diferencias entre los pieles rojas y los rostro-pálidos.

                  Rodrigo, las manos en los bolsillos, camina al lado de la cuneta, observando no se sabe el qué. Rodrigo observa todo y saca conclusiones, muy profundas, de casi todo.

          Javier, que subido en una piedra, alarga el brazo para coger las moras de la zarza, vendrá, de un momento a otro, para que le limpie la sangre que, una espina, le va a hacer brotar del dedo pulgar de su mano derecha. Exacto:

          —Papá, ¡me he hecho sangre! —gimotea Javier, mientras una mínima gota de sangre pugna por salir en el pulpejo del dedo pulgar de su mano derecha.

          Saco el pañuelo; busco la parte menos sucia; corto la hemorragia y desinfecto con un poco de salivilla.

          —Ya está —afirmo, poniendo gesto de sorpresa—. ¡Estás curado!

          Javier, totalmente repuesto del accidente, sale corriendo, para incorporarse a la singular batalla que se ha entablado entre indios y vaqueros. Javier —como buen soldado— blandirá su mimbre a favor del rostro-pálido.

          A la altura del convento de las monjas —más por el cansancio del relator (que ya no está para muchos trotes) que por la imposición de los Mosqueteros—, la expedición hace un alto, junto a la piedra de molino que, desde tiempo inmemorial, se conoce por “la cunita del Niño Jesús”.

          —Tío, ¿conociste tú a la señora esa de las medallas? —pregunta Diego.

          —¡Pero hombre! Cómo voy a conocerla si era mi bisabuela —contesto, un tanto escandalizado.

                  —Y tu bisabuela, ¿es también bisabuela mía? —trata de saber Jaime.

          —No. Mi bisabuela es tu tatarabuela –respondo, satisfecho de haber disipado las posibles dudas—. ¿Está claro?.

          Jaime contesta con un gesto que más bien quiere decir que no; que no está ni medio claro.

          —Jaime: es facilísimo —interviene Rafael, que tampoco ha entendido nada—. Mi bisabuela es tu tatarabuela.

          —¡Y la mía! ¡Y la mía, también! —levanta rápido la voz Javier, que teme que su hermano le deje sin tatarabuela, o bisabuela.

          —Sí, la tuya también —contesto, huyendo de una discusión que no haría más que complicar las cosas.

          —Y, ¿cómo era nuestra bisabuela Martina? —trata, según su costumbre, de profundizar Rodrigo.

          —Pues, de vuestra tatarabuela —recalco lo de “tatarabuela”, por ver, si a fuerza de repetirla, se les queda grabada tan dificultosa palabra— no sé mucho. Tampoco demasiado poco. Lo cual ya es bastante si tenemos en cuenta que murió hace más de siete lustros —contesto, tratando de encubrir mi ignorancia tras aquel regate retórico—. Además, de lo que de mi bisabuela Martina sé, he tenido conocimiento por las precisas informaciones que mi madre me ha transmitido.

          —Tío, ¿por qué hablas tan raro? —pregunta Jaime, con desconfiado semblante—. No te he entendido nada.

          —¡Ni yo! –claman al unísono los restantes Mosqueteros.

          —¿Qué yo hablo raro? ¡Pues, no sé por qué voy a hablar raro! ¡Es lo que me faltaba por oir! —clamo indignado, pero sin llegar a convencerme.

          —De mi bisabuela Martina, sé —reanudo la narración después del enojoso inciso— que nació en Ortigosa y se casó con Francisco Javier Sáenz al que, en El Rasillo, apodaban “pantalones”. Cuando mi bisabuelo se iba a Extremadura, le escribía unas cartas muy bonitas y tiernas.

          —¿Cómo son tiernas las cartas, papá?

          —Rafael: no me interrumpas, que me haces perder el hilo.

          —¿Qué es perder el hilo? —pregunta Diego.

          —¡¡!!

          Hago como que no he oído, reprimo un gruñido y continúo:

          —La bisabuela Martina, además de muy guapa, era muy piadosa. Iba todos los días por la mañana a misa y, después, se acercaba a la ermita de San Mamés a rezar el rosario. Llevaba siempre un montón de medallas del Sagrado Corazón, de la Virgen y de todos los Santos.

          —Tío, ¿por qué fumas con la mano derecha? —pregunta Rodrigo.

          —¿Cuántos días faltan para las fiestas de San Mamés? —inquiere Rafael.

          Para las fiestas de El Rasillo faltaba una semana, y nunca me había preocupado con qué mano fumaba. Estaba claro que los Mosqueteros querían reanudar la marcha.

 Llegamos a la ermita y vimos que la puerta estaba cerrada. Las medallas de mi bisabuela estarían, seguramente, dentro. El viaje había sido, pues, en vano.

—Vamos a coger cucharetas a la fuente —propone Jaime.

 —Y a por nueces a la cuesta de Santurce —planifica Diego.

 —Papá, ¿por qué no miramos alrededor de la ermita? A lo mejor están fuera –sugiere Rafael, que nunca pierde la moral.

 —Por mirar... —contesté.

 Y fue, también, Rafael, el que encontró las medallas escondidas entre las piedras. La ciega fe, tuvo esta vez su legítima recompensa.

 —¡Son de oro y de plata! —exclaman los Mosqueteros.

 Cogí las medallas y, por el peso, me di cuenta de que no eran ni de oro, ni de plata.

 No quería desilusionar a los Mosqueteros, así que cogí las medallas y, con voz tronante, les dije a modo de arenga:

 —No son de oro, ni de plata; pero valen mucho más que si lo fueran. Son el recuerdo que nos deja una auténtica señora, una verdadera reina. Son las medallas de mi bisabuela Martina. Es el recuerdo de vuestra tatarabuela —y volví a recalcar la palabra “tatarabuela”.

       

   

 

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