Por la carretera que sube hacia San Mamés, avanzaban los Mosqueteros en
busca de las medallas de mi bisabuela Martina.
Bizcobeños y
madreselvas a un lado del camino, y saúcos y aceñas, al otro; la mañana,
templadita, es un canto a la naturaleza. A los Mosqueteros, de todas formas,
la poesía les trae sin cuidado.
Diego, con la
mirada fija, espera que asome la lagartija entre las piedras, para arrearle
un soberano cantazo.
Jaime y Rafael
—difícilmente se puede adivinar quién es el indio y quién el vaquero— tratan
de dirimir, a mimbrazos, las ancestrales diferencias entre los pieles rojas
y los rostro-pálidos.
Rodrigo, las manos en los bolsillos, camina al lado de la cuneta, observando
no se sabe el qué. Rodrigo observa todo y saca conclusiones, muy profundas,
de casi todo.
Javier, que
subido en una piedra, alarga el brazo para coger las moras de la zarza,
vendrá, de un momento a otro, para que le limpie la sangre que, una espina,
le va a hacer brotar del dedo pulgar de su mano derecha. Exacto:
—Papá, ¡me he
hecho sangre! —gimotea Javier, mientras una mínima gota de sangre pugna por
salir en el pulpejo del dedo pulgar de su mano derecha.
Saco el
pañuelo; busco la parte menos sucia; corto la hemorragia y desinfecto con un
poco de salivilla.
—Ya está —afirmo,
poniendo gesto de sorpresa—. ¡Estás curado!
Javier,
totalmente repuesto del accidente, sale corriendo, para incorporarse a la
singular batalla que se ha entablado entre indios y vaqueros. Javier —como
buen soldado— blandirá su mimbre a favor del rostro-pálido.
A la altura
del convento de las monjas —más por el cansancio del relator (que ya no está
para muchos trotes) que por la imposición de los Mosqueteros—, la expedición
hace un alto, junto a la piedra de molino que, desde tiempo inmemorial, se
conoce por “la cunita del Niño Jesús”.

—Tío, ¿conociste
tú a la señora esa de las medallas? —pregunta Diego.
—¡Pero hombre!
Cómo voy a conocerla si era mi bisabuela —contesto, un tanto escandalizado.
—Y tu
bisabuela, ¿es también bisabuela mía? —trata de saber Jaime.
—No. Mi
bisabuela es tu tatarabuela –respondo, satisfecho de haber disipado las
posibles dudas—. ¿Está claro?.
Jaime contesta
con un gesto que más bien quiere decir que no; que no está ni medio claro.
—Jaime: es
facilísimo —interviene Rafael, que tampoco ha entendido nada—. Mi bisabuela
es tu tatarabuela.
—¡Y la mía! ¡Y
la mía, también! —levanta rápido la voz Javier, que teme que su hermano le
deje sin tatarabuela, o bisabuela.
—Sí, la tuya
también —contesto, huyendo de una discusión que no haría más que complicar
las cosas.
—Y, ¿cómo era
nuestra bisabuela Martina? —trata, según su costumbre, de profundizar
Rodrigo.
—Pues, de
vuestra tatarabuela —recalco lo de “tatarabuela”, por ver, si a fuerza de
repetirla, se les queda grabada tan dificultosa palabra— no sé mucho.
Tampoco demasiado poco. Lo cual ya es bastante si tenemos en cuenta que
murió hace más de siete lustros —contesto, tratando de encubrir mi
ignorancia tras aquel regate retórico—. Además, de lo que de mi bisabuela
Martina sé, he tenido conocimiento por las precisas informaciones que mi
madre me ha transmitido.
—Tío, ¿por qué
hablas tan raro? —pregunta Jaime, con desconfiado semblante—. No te he
entendido nada.
—¡Ni yo! –claman
al unísono los restantes Mosqueteros.
—¿Qué yo hablo
raro? ¡Pues, no sé por qué voy a hablar raro! ¡Es lo que me faltaba por oir!
—clamo indignado, pero sin llegar a convencerme.
—De mi
bisabuela Martina, sé —reanudo la narración después del enojoso inciso— que
nació en Ortigosa y se casó con Francisco Javier Sáenz al que, en El Rasillo,
apodaban “pantalones”. Cuando mi bisabuelo se iba a Extremadura, le escribía
unas cartas muy bonitas y tiernas.
—¿Cómo son
tiernas las cartas, papá?
—Rafael: no me
interrumpas, que me haces perder el hilo.
—¿Qué es
perder el hilo? —pregunta Diego.
—¡¡!!
Hago como que
no he oído, reprimo un gruñido y continúo:
—La bisabuela
Martina, además de muy guapa, era muy piadosa. Iba todos los días por la
mañana a misa y, después, se acercaba a la ermita de San Mamés a rezar el
rosario. Llevaba siempre un montón de medallas del Sagrado Corazón, de la
Virgen y de todos los Santos.
—Tío, ¿por qué
fumas con la mano derecha? —pregunta Rodrigo.
—¿Cuántos días
faltan para las fiestas de San Mamés? —inquiere Rafael.
Para las
fiestas de El Rasillo faltaba una semana, y nunca me había preocupado con
qué mano fumaba. Estaba claro que los Mosqueteros querían reanudar la marcha.
Llegamos a la ermita y
vimos que la puerta estaba cerrada. Las medallas de mi bisabuela estarían,
seguramente, dentro. El viaje había sido, pues, en vano.

—Vamos a coger
cucharetas a la fuente —propone Jaime.
—Y a por nueces a la
cuesta de Santurce —planifica Diego.
—Papá, ¿por qué no
miramos alrededor de la ermita? A lo mejor están fuera –sugiere Rafael, que
nunca pierde la moral.
—Por mirar... —contesté.
Y fue, también, Rafael,
el que encontró las medallas escondidas entre las piedras. La ciega fe, tuvo
esta vez su legítima recompensa.
—¡Son de oro y de plata!
—exclaman los Mosqueteros.
Cogí las medallas y,
por el peso, me di cuenta de que no eran ni de oro, ni de plata.
No quería desilusionar
a los Mosqueteros, así que cogí las medallas y, con voz tronante, les dije a
modo de arenga:
—No son de oro, ni de
plata; pero valen mucho más que si lo fueran. Son el recuerdo que nos deja
una auténtica señora, una verdadera reina. Son las medallas de mi bisabuela
Martina. Es el recuerdo de vuestra tatarabuela —y volví a recalcar la
palabra “tatarabuela”.
