La moneda de los moros y Rafael Torres

lunes, 23 agosto 2004

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       Ortigosa siempre se ha considerado superior a El Rasillo desde..., desde que ambos pueblos existen. El tiempo ha puesto las cosas en su sitio y, ahora, sería difícil decir cuál de los dos es más importante.

          De todas formas, el primer papirotazo al orgullo ortigosano, se lo propinó mi bisabuelo Rafael Torres. Ya a sus dieciocho años era, mi bisabuelo, un mozo duro como una roca y ágil como una ardilla. Muchas hazañas se contaban de la fortaleza física de mi bisabuelo. Unas serían ciertas y otras, no. Pero lo que sí es histórico, verídico y constatable, es lo que, a continuación, voy a narrar.

          Hace muchísimos años, apareció en una vieja casa de Ortigosa, incrustada entre las losas del zahuán, una moneda de plata que, por los caracteres de su acuñación, debía de ser mora. Desde entonces, a dicha casa, la conocen en Ortigosa por el nombre de “la casa de los moros”.

          Como la moneda, a parte de plata, era de una gran belleza, era apetecida por todos. Con el fin de que no saliese del pueblo, el Ayuntamiento tomó el acuerdo de que la moneda sería para aquél que consiguiera doblarla empleando sólo las manos. Mientras tanto, permanecería en una vitrina en el casino ortigosano. Pensaban, sibilinamente, los concejales que, como era imposible doblarla, pasaría a formar parte del patrimonio del pueblo per secula seculorum...

          Aquella tarde —eran las fiestas del Carmen—, Rafael Torres estaba de mal humor: una moceta ortigosana le había dado calabazas en el baile. Con la carcoma del amor propio herido barrenándole el pecho, mi bisabuelo subió al casino, en busca de sus amigos de El Rasillo. Entró en el salón —repleto de gente— y, sin proponérselo, se encaminó hacia la vitrina. Pareciole a Rafael, que la moneda le miraba coqueta y desafiante. Quedó inmóvil ante la vitrina. Pasaron los minutos y Rafael permanecía como hipnotizado: la mirada extraviada, los músculos crispados. El rumor de las conversaciones se fue apagando; la atención se concentraba en aquello que parecía iba a ser un duelo entre la moneda y mi bisabuelo. Siguió pasando el tiempo. El silencio era absoluto. La mano de Rafael Torres, lenta y temblorosamente, coge la moneda; la atenaza con los dedos pulgar e índice de su mano derecha y comienza a presionar. Pasan diez, veinte, cuarenta minutos, una hora. La lucha prosigue. La música ha dejado de sonar en la plaza. La gente abarrota el salón, la escalera y hasta el portal del casino. Las venas del cuello de mi bisabuelo están a punto de estallar. Todo el mundo piensa que hay que hacer algo; pero nadie se mueve. El sobrecogedor silencio que reina en el casino es roto por el llanto de un niño enfermo en una casa cercana. Los dedos de Rafael Torres aprietan, increíblemente, aún más. La moneda se va doblando lentamente.

          El suspiro agotado y triunfante de mi bisabuelo, vuela sobre el salón y penetra en la casa del niño enfermo. El llanto se va apagando dulcemente.

          Rafael Torres mira aquel trozo de metal reluciente y exclama con rabia: “¡Así! ¡Doblada!”. Luego, la guarda en un bolsillo y, aún medio hipnotizado, abandona el salón, cruza la plaza y enfila el camino de El Rasillo.

          En la ermita de Santa Lucía, le alcanzan sus amigos.

          —Rafael, ¡vaya suerte!

          —Espero —murmura Rafael.

          Y la moneda de plata de los moros dio suerte a mi bisabuelo: sus tierras eran las que más producían; sus frutales, los que primero estallaban en flores al llegar la primavera; y sus disparos, los más certeros a la hora de abatir al jabalí.

          Un día, al cruzar el río de la Honda, una piedra desequilibrada, hizo que Rafael diese con los huesos en el río. Al llegar a El Rasillo, y quitarse la ropa mojada, se percató de que había perdido la moneda. “Seguramente se habrá caído al río”, pensó Rafael. 

         A los dos días moría mi bisabuelo, Rafael Torres, de una pulmonía doble.

PARTE II

          El bullicio de los Mosqueteros me despierta. Tumbado a la sombra de un pino, puedo ver, a lo lejos, las casas de Montemediano que se aplastan contra la tierra, bajo el implacable sol de agosto. Mientras espero se despierte la otra mitad de mi cerebro, escucho las discusiones de los niños.

          —Mi padre tiene mucho dinero; tiene todo el dinero que quiere. Es el que más dinero tiene del mundo. Se mete la mano en el bolsillo y saca duros, grandes y pequeños. Se la vuelve a meter, y vuelve a sacar más. Puede estar sacando duros, grandes y pequeños, todo el tiempo que quiera, y aún más —escucho, agradablemente sorprendido, la voz de mi hijo Rafael.

          El saberme poseedor de tanta riqueza, y de tantos duros, grandes y pequeños, me hace pensar que aún tengo todo el cerebro dormido: que estoy soñando. La voz desafiante de Diego, no lo confirma:

          —Pues, mi padre tiene mucho más. Mi padre, si quiere, puede sacar del bolsillo montones de billetes de todos los colores. Puede hacer un montón de billetes, más alto que tú, Rafael. Más alto, aún, que ese pino.

          —Pero yo tengo más que vosotros —interviene Jaime, mientras extrae del bolsillo un monedero que se adivina lleno de pesetas y de duros, grandes y pequeños.

          —Y yo tengo en casa una hucha así de grande —dice Javier, extendiendo los brazos como si fuera a volar.

          —¡Ahí va! —ríe Rodrigo—, yo no he visto nunca una hucha así de grande. ¿Qué vas a hacer con tanto dinero? ¿Eh?

          Javier permanece un rato pensativo y, luego, con los ojos iluminados, exclama:

          —¡Me compraré todos los sugus y chupa-chups de la tienda de la Lourdes! ¡Y los de la tienda de la Inés!

          —Pues yo, cuando tenga mucho dinero, me compraré muchos, muchísimos, coches. Y también, aviones; muchísimos aviones —dice Rafael.

          —Y yo, también —se apunta Diego a la carrera de consumismo que se acaba de iniciar.

          —Yo me compraré muchos barcos, y encontraré el tesoro del pantano —interviene Jaime, que no quiere perder comba.

          —Y, a mí, ¿no me vais a dar nada a mí? —pregunta Matilde, queriendo investigar en las profundidades de la generosidad mosqueteril.

          —Vale... —contesta, entre resignado y condescendiente, Rafael—. Ya te daremos...

          —No sé qué vais a hacer con tanto dinero, ¿verdad Antonina? —comenta Matilde.

          —Sí, desde luego —responde Antonina que, un poco apartada del grupo, mantiene a Duca en sus brazos. Luego, añade con una sonrisa:

          —Todo el dinero que os sobre, se lo dais a los niños que no tengan. El dinero es para gastárselo o para regalarlo. Todo el dinero que a uno le sobre, es malo. 

         La afirmación de Antonina hace que me espabile del todo. “Qué gran verdad es ésa”, pienso para mí.

         Inmediatamente me viene a la memoria cuando, recién comprado mi actual consultorio, el dueño nos exigía el primer pago. La Caja de Ahorros aún no nos había concedido el préstamo, y no teníamos dinero para efectuar el pago. Antonina, que no sé cómo, se había enterado de nuestras dificultades económicas, se acercó a Matilde, con su cartilla de ahorros en la mano, y le dijo:

          —Toma, Tildi. A mí, ahora, no me hace falta.

          Antonina le ofrecía a Matilde, secamente y sin darle ninguna importancia, los ahorros de toda una vida de trabajo.

          Ante tal gesto, toda frase de alabanza no puede, por menos, que quedarse escuálida y raquítica. 

PARTE III

          El sol había cruzado sobre nuestras cabezas y se dirigía, muy despacito, a acostarse detrás de los pinos de Campo Landay. Recogimos las mochilas y nos encaminamos hacia la fuente de la Honda, en busca de la moneda de los moros. Cerca de la fuente es donde debió caer al río, mi bisabuelo.

          Como sabuesos que han cogido rastro de liebre, los Mosqueteros se distribuyen por los cuatro puntos cardinales. Peinan la zona como si de expertos se tratara. El rastreo dio su fruto. Fue Rodrigo el que encontró la moneda, semienterrada en el barro. Al limpiarla, pareciome que, con su recuperado fulgor, me desafiaba orgullosamente. La cogí entre mis dedos e intenté repetir la hazaña  de mi bisabuelo, pero la moneda no cedió ni un milímetro.

          Volvimos, contentos y felices, a la explanada de la Honda. Enseñamos la moneda a mamá, que la miró con curiosidad y admiración. Volví a coger la moneda e intenté doblarla; tampoco, esta vez, conseguí nada. Estuve mirándola un rato, con devoción y rabia, y luego, me dirigí a la Antonina, que también se había incorporado al grupo de curiosos: 

         —Antonina, guarde usted la moneda, por favor.

   

 

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