Ortigosa siempre se ha considerado superior a El Rasillo desde..., desde que
ambos pueblos existen. El tiempo ha puesto las cosas en su sitio y, ahora,
sería difícil decir cuál de los dos es más importante.
De todas
formas, el primer papirotazo al orgullo ortigosano, se lo propinó mi
bisabuelo Rafael Torres. Ya a sus dieciocho años era, mi bisabuelo, un mozo
duro como una roca y ágil como una ardilla. Muchas hazañas se contaban de la
fortaleza física de mi bisabuelo. Unas serían ciertas y otras, no. Pero lo
que sí es histórico, verídico y constatable, es lo que, a continuación, voy
a narrar.
Hace
muchísimos años, apareció en una vieja casa de Ortigosa, incrustada entre
las losas del zahuán, una moneda de plata que, por los caracteres de su
acuñación, debía de ser mora. Desde entonces, a dicha casa, la conocen en
Ortigosa por el nombre de “la casa de los moros”.
Como la moneda,
a parte de plata, era de una gran belleza, era apetecida por todos. Con el
fin de que no saliese del pueblo, el Ayuntamiento tomó el acuerdo de que la
moneda sería para aquél que consiguiera doblarla empleando sólo las manos.
Mientras tanto, permanecería en una vitrina en el casino ortigosano.
Pensaban, sibilinamente, los concejales que, como era imposible doblarla,
pasaría a formar parte del patrimonio del pueblo per secula seculorum...
Aquella tarde
—eran las fiestas del Carmen—, Rafael Torres estaba de mal humor: una moceta
ortigosana le había dado calabazas en el baile. Con la carcoma del amor
propio herido barrenándole el pecho, mi bisabuelo subió al casino, en busca
de sus amigos de El Rasillo. Entró en el salón —repleto de gente— y, sin
proponérselo, se encaminó hacia la vitrina. Pareciole a Rafael, que la
moneda le miraba coqueta y desafiante. Quedó inmóvil ante la vitrina.
Pasaron los minutos y Rafael permanecía como hipnotizado: la mirada
extraviada, los músculos crispados. El rumor de las conversaciones se fue
apagando; la atención se concentraba en aquello que parecía iba a ser un
duelo entre la moneda y mi bisabuelo. Siguió pasando el tiempo. El silencio
era absoluto. La mano de Rafael Torres, lenta y temblorosamente, coge la
moneda; la atenaza con los dedos pulgar e índice de su mano derecha y
comienza a presionar. Pasan diez, veinte, cuarenta minutos, una hora. La
lucha prosigue. La música ha dejado de sonar en la plaza. La gente abarrota
el salón, la escalera y hasta el portal del casino. Las venas del cuello de
mi bisabuelo están a punto de estallar. Todo el mundo piensa que hay que
hacer algo; pero nadie se mueve. El sobrecogedor silencio que reina en el
casino es roto por el llanto de un niño enfermo en una casa cercana. Los
dedos de Rafael Torres aprietan, increíblemente, aún más. La moneda se va
doblando lentamente.
El suspiro
agotado y triunfante de mi bisabuelo, vuela sobre el salón y penetra en la
casa del niño enfermo. El llanto se va apagando dulcemente.
Rafael Torres
mira aquel trozo de metal reluciente y exclama con rabia: “¡Así! ¡Doblada!”.
Luego, la guarda en un bolsillo y, aún medio hipnotizado, abandona el salón,
cruza la plaza y enfila el camino de El Rasillo.
En la ermita
de Santa Lucía, le alcanzan sus amigos.
—Rafael, ¡vaya
suerte!
—Espero —murmura
Rafael.
Y la moneda de
plata de los moros dio suerte a mi bisabuelo: sus tierras eran las que más
producían; sus frutales, los que primero estallaban en flores al llegar la
primavera; y sus disparos, los más certeros a la hora de abatir al jabalí.
Un día, al cruzar el río
de la Honda, una piedra desequilibrada, hizo que Rafael diese con los huesos
en el río. Al llegar a El Rasillo, y quitarse la ropa mojada, se percató de
que había perdido la moneda. “Seguramente se habrá caído al río”, pensó
Rafael.
A los dos días
moría mi bisabuelo, Rafael Torres, de una pulmonía doble.

PARTE II
El bullicio de
los Mosqueteros me despierta. Tumbado a la sombra de un pino, puedo ver, a
lo lejos, las casas de Montemediano que se aplastan contra la tierra, bajo
el implacable sol de agosto. Mientras espero se despierte la otra mitad de
mi cerebro, escucho las discusiones de los niños.
—Mi padre
tiene mucho dinero; tiene todo el dinero que quiere. Es el que más dinero
tiene del mundo. Se mete la mano en el bolsillo y saca duros, grandes y
pequeños. Se la vuelve a meter, y vuelve a sacar más. Puede estar sacando
duros, grandes y pequeños, todo el tiempo que quiera, y aún más —escucho,
agradablemente sorprendido, la voz de mi hijo Rafael.
El saberme
poseedor de tanta riqueza, y de tantos duros, grandes y pequeños, me hace
pensar que aún tengo todo el cerebro dormido: que estoy soñando. La voz
desafiante de Diego, no lo confirma:
—Pues, mi
padre tiene mucho más. Mi padre, si quiere, puede sacar del bolsillo
montones de billetes de todos los colores. Puede hacer un montón de billetes,
más alto que tú, Rafael. Más alto, aún, que ese pino.
—Pero yo tengo
más que vosotros —interviene Jaime, mientras extrae del bolsillo un monedero
que se adivina lleno de pesetas y de duros, grandes y pequeños.
—Y yo tengo en
casa una hucha así de grande —dice Javier, extendiendo los brazos como si
fuera a volar.
—¡Ahí va! —ríe
Rodrigo—, yo no he visto nunca una hucha así de grande. ¿Qué vas a hacer con
tanto dinero? ¿Eh?
Javier
permanece un rato pensativo y, luego, con los ojos iluminados, exclama:
—¡Me compraré
todos los sugus y chupa-chups de la tienda de la Lourdes! ¡Y los de la
tienda de la Inés!
—Pues yo,
cuando tenga mucho dinero, me compraré muchos, muchísimos, coches. Y también,
aviones; muchísimos aviones —dice Rafael.
—Y yo, también
—se apunta Diego a la carrera de consumismo que se acaba de iniciar.
—Yo me
compraré muchos barcos, y encontraré el tesoro del pantano —interviene
Jaime, que no quiere perder comba.
—Y, a mí, ¿no
me vais a dar nada a mí? —pregunta Matilde, queriendo investigar en las
profundidades de la generosidad mosqueteril.
—Vale... —contesta,
entre resignado y condescendiente, Rafael—. Ya te daremos...
—No sé qué
vais a hacer con tanto dinero, ¿verdad Antonina? —comenta Matilde.
—Sí, desde
luego —responde Antonina que, un poco apartada del grupo, mantiene a Duca en
sus brazos. Luego, añade con una sonrisa:
—Todo el
dinero que os sobre, se lo dais a los niños que no tengan. El dinero es para
gastárselo o para regalarlo. Todo el dinero que a uno le sobre, es malo. 
La afirmación
de Antonina hace que me espabile del todo. “Qué gran verdad es ésa”, pienso
para mí.
Inmediatamente
me viene a la memoria cuando, recién comprado mi actual consultorio, el
dueño nos exigía el primer pago. La Caja de Ahorros aún no nos había
concedido el préstamo, y no teníamos dinero para efectuar el pago. Antonina,
que no sé cómo, se había enterado de nuestras dificultades económicas, se
acercó a Matilde, con su cartilla de ahorros en la mano, y le dijo:
—Toma, Tildi.
A mí, ahora, no me hace falta.
Antonina le
ofrecía a Matilde, secamente y sin darle ninguna importancia, los ahorros de
toda una vida de trabajo.
Ante tal gesto,
toda frase de alabanza no puede, por menos, que quedarse escuálida y
raquítica.

PARTE III
El sol había
cruzado sobre nuestras cabezas y se dirigía, muy despacito, a acostarse
detrás de los pinos de Campo Landay. Recogimos las mochilas y nos
encaminamos hacia la fuente de la Honda, en busca de la moneda de los moros.
Cerca de la fuente es donde debió caer al río, mi bisabuelo.
Como sabuesos
que han cogido rastro de liebre, los Mosqueteros se distribuyen por los
cuatro puntos cardinales. Peinan la zona como si de expertos se tratara. El
rastreo dio su fruto. Fue Rodrigo el que encontró la moneda, semienterrada
en el barro. Al limpiarla, pareciome que, con su recuperado fulgor, me
desafiaba orgullosamente. La cogí entre mis dedos e intenté repetir la
hazaña de mi bisabuelo, pero la moneda no cedió ni un milímetro.
Volvimos,
contentos y felices, a la explanada de la Honda. Enseñamos la moneda a mamá,
que la miró con curiosidad y admiración. Volví a coger la moneda e intenté
doblarla; tampoco, esta vez, conseguí nada. Estuve mirándola un rato, con
devoción y rabia, y luego, me dirigí a la Antonina, que también se había
incorporado al grupo de curiosos:
—Antonina,
guarde usted la moneda, por favor.
