La Balanza de mi tatarabuela Eulogia

lunes, 23 agosto 2004

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         —¡Pedro! —tronó la voz de mi tatarabuela Eulogia— ¿Cómo te he dicho que plantases las berzas? 

—Me dijo, que en surcos horizontales —musitó, asustado, el hortelano que cuidaba las fincas de Eulogia Navarrete—; pero, como el huerto está en cuesta, he pensado, que era mejor plantarlas en surcos verticales; así, cuando llueva, el agua no las arrastrará...

          —¡Aquí la única que piensa, soy yo! —clamó mi tatarabuela— Y si digo que hay que plantarlas con las hojas hacia abajo, se plantan, y en paz.

          —Sí, doña Eulogia; pero...

          —¡No hay pero que valga! ¡Que no se vuelva a repetir!

          Eulogia Navarrete, se había casado con Marcelino Sáenz; éste tenía una pequeña fábrica de paños y bayetas. Cuando Marcelino murió, mi tatarabuela tuvo que hacerse cargo de la fábrica, de la hacienda y de sus siete hijos, que, como es de suponer, daban más guerra que paños, bayetas, fincas y ganado, juntos.

          A su carácter autoritario, dominante y gritador, se sumaron las múltiples preocupaciones con que la vida le obsequió. De esta forma, mi tatarabuela se convirtió en una dictadora. ¡Cuán terroríficas serían sus reacciones, que en El Rasillo le llamaban “La Navarretona”!

          En las tediosas tardes de invierno, la familia se reunía para jugar a la brisca o al julepe. La tatarabuela Eulogia siempre salía moralmente triunfadora. Cuando ganaba, increpaba al resto de la familia: “¡Tontos, más que tontos...; que no valéis para nada!". Cuando perdía, les compadecía con fino sarcasmo: "¡Para eso tendréis gracia ...., pero lo que es para otras cosas ....!".

 Eulogia Navarrete, por tener que haberse hecho cargo de todos los asuntos familiares, había llegado a aquilatar el céntimo hasta un grado sublime...

          Todos los años, una o dos veces aparecía el azafranero por El Rasillo. En una caja de metal, colgada al cuello, llevaba su preciada y liviana carga. Como el precio del azafrán era muy alto, las compras se hacían por gramos, y éstos, se medían con una balanza simple y artesana, pero precisa como la de un boticario.

          La tatarabuela Eulogia, para que no le engañase el azafranero, se compró una balanza igual. Cada vez que compraba azafrán, Eulogia verificaba con su balanza la exactitud de la pesada. Si alguna vez existía diferencia, el azafranero —curtido ya en las interminables discursiones con mi tatarabuela—, abreviaba: “Lo que usted diga, doña Eulogia. ¡Faltaría más!”

          Con el tiempo, el pobre hombre, ya ni se molestaba en sacar su balanza:

          —Traiga su balanza, doña Eulogia; que, así, acabamos antes.

PARTE II

          Verdaderamente, la balanza de mi tatarabuela era una monada; era arte, técnica, artesanía y miniaturismo, todo junto y revuelto.

          —Vaya mezcla ¿Eh?

          —Sí. No salió mala. Con mejores ingredientes, he visto yo auténticas chapuzas...

          —Y, usted que lo diga. Ahora mucha electrónica, mucha cibernética y muchas historias; y en cuanto te descuidas, al taller de reparaciones.

          —Eso. Y si me lo permite, yo añadiría: “Y mucha mandanga; mucha mandanga es lo que hay hoy en día”

          —Sí que se lo permito. Además, eso de la mandanga me parece muy atinado; pero que muy atinado. 

PARTE III

         La balanza de la tatarabuela Eulogia apareció en el techado de casa de los abuelos. Además, la encontró, un servidor.

          —¡Ah! ¿Sí? ¿Eh? Enseguida se ve que es usted listo y perspicaz.

          —No, señor. Lo que pasa es que soy más alto que los Mosqueteros y éstos no llegaban al sitio donde estaba la balanza.

 —Pues, dígame, dígame: ¿dónde estaba la balanza azafranera, de su tatarabuela de usted?

 —Entre las vigas del techado. Allí estaba. Entre nosotros, le diré que no fue difícil encontrarla: una mirada por ese rincón; otra mirada por ese otro y ... ¡zas!, la balanza.

 —¿Así, sin más?

 —Pues sí, señor. Así, sin más. Como le digo: una mirada por aquí, otra mirada por allá y ¡zas!, la balanza.

 —Ya. ¿Y qué decían los Mosqueteros?

 —Pues, los Mosqueteros no decían grandes cosas. No estaban demasiado de acuerdo. Únicamente, rezongaban: “¡Jo, papá! ¿Es que nosotros no llegábamos! ¡Así no vale, tío! ¡Es que tú eres más alto! ...” Y yo me pregunto: ¿Tengo la culpa de que a mi tatarabuela le diese por esconder la balanza en las vigas? ¿Tengo yo la culpa de ser más alto? ¿Eh? ¿Tengo, por ventura, la culpa?

 —No señor. Que usted no tiene culpa de nada. Y, por otro lado, tampoco tiene usted ninguna ventura, pues mientras los Mosqueteros irán creciendo y medrando, usted se irá quedando más canijo y arrugado.

 —Cierto y bien cierto. Una observación atinadísima la suya, aunque poco halagüeña y reconfortante.

 —Ya, ya. Conformidad, hermano. Es ley de vida.

 —Ley de vida... ¡¡Ley de gaitas!!, diría, más bien, yo.

 

   

 

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