Carta de la Bruja

lunes, 23 agosto 2004

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Los Mosqueteros andaban desorientados y extraños. Sus semblantes translucían furtivas sombras de pasmo y desilusión. La cosa no era para menos; la cosa era realmente grave: había transcurrido el mes de julio y su amiga, la bruja del barranco de Achóndite, no había dado señales de vida.

Los Mosqueteros no querían pensar que la bruja se hubiera podido olvidar de ellos. No podían imaginar, tan siquiera, que después de haberles puesto, el año anterior, sobre la pista del Tesoro, indicarles el escondite de las Armas Matamoros, aturdirles con los regalos que fluían continuamente del morral del tío Rafael, y entretenerles con tantas y tan variadas magias, no quisiera saber, ese verano, nada de ellos.

La respuesta a la pregunta que diariamente se hacían los Mosqueteros, sobre el porqué del silencio de la bruja, apareció en un escrito que, dentro de un sobre grande y amarillento, trajo Eugenio, el cartero de El Rasillo. Decía así:

“Mis queridos Mosqueteros:

El Fantasma de Orillalejo me tiene secuestrada. Es un tonto y un envidioso. Como sabe que me queréis mucho, me ha encerrado en su cueva para que no pueda hacer magias y llevaros regalos.

El Águila Blanca de Tres Marías —que es muy amiga mía— me ha dicho que la única forma de salir de la cueva es la siguiente: tenéis que buscar seis recuerdos, por lo menos, de vuestros antepasados, que estén perdidos. Una vez que los hayáis reunido, tenéis que venir a la cueva a espantar al Fantasma. Me ha dicho también el Águila, que al Fantasma le asustan mucho los ruidos; así que cuando vengáis a liberarme, debéis hacer muchísimo ruido: es la forma de que deje de merodear para siempre por los montes de El Rasillo.

Muchos Besos.

La Bruja de Achóndite”

PARTE II

El alocado guirigay que —al leer la carta de la bruja— se organizó, atronó al pueblo entero de El Rasillo:

—¡Viva la Bruja!

—¡Muera el Fantasma de Orillalejo!

—¡Vamos por las espadas!

—¡Tío, coge la escopeta!

—¡Vivan los Mosqueteros de la Bruja del Barranco de Achóndite!

Una reflexión de Rodrigo hizo que la bulliciosa algarabía quedase, momentáneamente, en suspenso:

—Tío, ¿sabes tú dónde pueden estar esos recuerdos?

—No; yo de eso no sé nada —contesté, compungido.

—A lo mejor, lo sabe la abuela —sugirió, con luminosa mirada, Rafael.

—Eso, eso. Seguramente la abuela Pepa lo sabrá —corearon, acordes, los Mosqueteros.

—¡Vamos a preguntarle!

—¡Vale! ¡Vamos a su casa!

Como una bandada de gorriones atolondrados, los Mosqueteros irrumpieron en casa de la abuela. Le enseñaron la carta de la Bruja; la leyó y, después de un rato, la abuela les contestó con feliz semblante:

—Sí; creo que os podré ayudar.

Y del profundo y sereno pozo donde reposan los recuerdos de mi madre, es de donde salieron las pistas que pusieron en movimiento a los Mosqueteros, ese mes de agosto de 1980, para emprender la noble, peligrosa y hasta heroica misión de liberar a la bruja, de las perversas artes y tenebrosas magias del Fantasma de Orillalejo.

   

 

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