El alocado guirigay que
—al leer la carta de la bruja— se organizó, atronó al pueblo entero de El
Rasillo:
—¡Viva la Bruja!
—¡Muera el Fantasma de
Orillalejo!
—¡Vamos por las espadas!
—¡Tío, coge la escopeta!
—¡Vivan los Mosqueteros
de la Bruja del Barranco de Achóndite!
Una reflexión de Rodrigo
hizo que la bulliciosa algarabía quedase, momentáneamente, en suspenso:
—Tío, ¿sabes tú dónde
pueden estar esos recuerdos?
—No; yo de eso no sé
nada —contesté, compungido.
—A lo mejor, lo sabe la
abuela —sugirió, con luminosa mirada, Rafael.
—Eso, eso. Seguramente
la abuela Pepa lo sabrá —corearon, acordes, los Mosqueteros.
—¡Vamos a preguntarle!
—¡Vale! ¡Vamos a su
casa!
Como una bandada de
gorriones atolondrados, los Mosqueteros irrumpieron en casa de la abuela. Le
enseñaron la carta de la Bruja; la leyó y, después de un rato, la abuela les
contestó con feliz semblante:
—Sí; creo que os podré
ayudar.
Y del profundo y sereno
pozo donde reposan los recuerdos de mi madre, es de donde salieron las
pistas que pusieron en movimiento a los Mosqueteros, ese mes de agosto de
1980, para emprender la noble, peligrosa y hasta heroica misión de liberar a
la bruja, de las perversas artes y tenebrosas magias del Fantasma de
Orillalejo.
