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LA IGLESIA ENTRA EN LA HISTORIA D. Laurentino César López Sánchez
En el lugar donde se levanta la iglesia actual hubo otra construida a finales del siglo XII. Estaba a mitad de camino entre Vegaquemada y Hilván, un despoblado que no superó la Edad Media. Los dos tuvieron iglesia propia –la de Hilván dedicada a San Fabián y San Sebastián– pero acordaron compartir una, construida por ambos. Al finalizar el siglo XIX aquella construcción estaba arruinada y sin culto –se trasladó a la capilla de los Guzmanes, en el centro del pueblo-. En 1924 los vecinos hicieron un sacrificio para restaurarla, pero las fuerzas no fueron suficientes y la torre permanecía descabezada. Por esta época empezaba el éxito de D. Pablo en sus negocios y, en un viaje a Vegaquemada en 1929, para que la torre de su pueblo presentara otro aspecto más alegre, financió el chapitel de pizarra que algunos conocimos y completó la rehabilitación del edificio. Empezaba a cumplir la promesa que se había hecho así mismo cuando emigró a Méjico: mejorar su pueblo y la Virgen del Camino. Esta es la prehistoria de la obra que hoy celebramos. A mitad de siglo vio D. Pablo llegada la hora de realizar sus proyectos. Después de construir su casa, cuando finalizaba el Grupo Escolar que llevaría el nombre de su padre “Ceferino Díez” y la Traída de aguas, se puso en contacto con el obispo de la diócesis, D. Luís Almarcha Hernández, con quien entabló estrecha y fructífera amistad. Entre los dos elaboraron la idea de una construcción que siguiera el estilo de la antigua iglesia y se la encargaron a un arquitecto de prestigio, D. Juan Torbado Franco, que estaba asistido por su esposa, una alemana, doctora en arquitectura. Su ideología racionalista le llevó a trazar una obra neorrománica, donde la geometría tiene un protagonismo total: altura, capacidad curvas y espacios tienen unas proporciones absolutamente perfectas, La libertad para la traza y la nobleza de los materiales empleados consiguieron la obra extraordinaria que hoy admiramos. Fue contratista D. Ángel Panero que actuó, a la vez, de aparejador, D. Eugenio Corral, jefe de obras. Después de trasladar el cementerio al nuevo emplazamiento para incorporar su solar al de la iglesia, empezó la demolición el 8 de junio de 1952, y el 31 de agosto del mismo año el obispo bendecía, en una ceremonia solemne, la primera piedra, que quedó oculta por la columna que sostiene ahora el sagrario. Antes que habían hecho los cimientos y toda la infraestructura de hormigón. Para esto se movilizaron todos los vecinos del pueblo que sacaron del río y transportaron con sus carros la arena necesaria. Pero no había sitio ni se podía controlar la llegada y la capacidad de tantos corros (unos cuarenta) y, cuando empezaron a colocar la piedra en las paredes, el Sr. Corral se quedó únicamente con dos que acarrearon la totalidad de la arena para el resto de la obra: Atilano Díez y Alberto González. La piedra se extrajo de las canteras de Boñar, Las Bodas y Llanera, en el Calero de Palazuelo. Allí trabajaron un grupo de canteros gallegos con algunos del pueblo, como Primitivo Córdoba, Litinio González y José Martínez. Los gallegos enseñaron a labrar la piedra a todos los demás, y fueron muchos los que participaron en la colocación. Maestros albañiles fueron Valentín Alba y Silvio Rodríguez, junto con Amador González, Eusebio Martínez, José y Alejandro Martínez, Julio Rodríguez, Santos y Onofre Rodríguez y Benito Rodríguez, de Vegaquemada. De Palazuelo, Leoncio López, Eusebio López y Cándido Rodríguez. Los andamios y encofrados los hicieron Filiberto Jetino, Antonio López y Amando Román, de León y Vegaquemada. Pintor, Alfonso … Peones: Laureliano del Castillo, Romualdo Córdoba, Elicerio Fernández, Máximo González, Benito López (Piti), Ángel Valladares y Antonio Valladares, de Vegaquemada; Maximino de Candanedo, Artemio Fernández, Bernardino González y Albino Campillo, de Lugán; Augusto de Baro y Santos Rodríguez de Palazuelo, Ángel González y Víctor Tascón, de Llamera; Macario Robles, de la Mata y Alejandro Alonso, Vicente Martínez y Miguel Sánchez de Sta. Colomba. El Sr. Corral tenía orden de D. Pablo, de dar trabajo a todo el que lo pidiera a excepción del Sr. Maestro y Pedrín. La iglesia es de una sola nave, de cruz latina, con ábside semicircular de 4,50 m. de radio. Mide 24 m. de larga por 8 de ancha y 14 en el crucero, con una altura de 10,50 m. En el ábside, por el exterior, hay una sucesión de nueve ventanas de 2 m. de alto por 1 de ancho, con arco de medio punto, arquivolta y columnas emparejadas. Cuatro de ellas son ciegas y no aparecen en el interior. En torno al presbiterio y por debajo de las ventanas hay un doble ábside que recuerda una girola. Va decorado con una teoría de 42 arquillos que, a semejanza de triforio, albergan 21 ventanas, de las que 10 son ciegas y 11 dan luz a la sacristía y servicios ajenos que ocupan ese espacio. Los 42 arquillos están sostenidos por 65 columnitas de 80 cms. -incluidos basa y capitel—, en una alternancia de una, dos, una, dos… Esta sucesión de arcos y columnas da al doble ábside un aspecto grácil y aéreo que evita la sensación de pesadez que produce la piedra, ya que todo el edificio está construido en buena sillería. Los hastiales del crucero norte y sur llevan en la aguja, en bajorrelieve, 9 arquitos y las fachadas dibujan, a su vez, un gran arco que alberga un grupo de 3 ventanas a 3,50 m. del suelo y una a 6,25, la altura del resto de ventanas del edificio. Con esta disposición piramidal también los hastiales ofrecen un aspecto alegre y ligero. La nave está dividida en tres cuerpos iguales que se refuerzan con pilastras, llevando cada uno una ventana al norte y al sur. Las bóvedas de la nave y crucero son de cañón, y la del centro, de crucería. El arco triunfal es lobulado y la bóveda del ábside, semiesférica. El pórtico, a mediodía, ocupa los tres cuerpos de la nave. El central lleva una puerta con tres arcos de medio punto, dos dovelas a bocel y tímpano con un crismón labrado que se sostiene en dos pares de columnas de tambores de sillar. Llevan cuatro capiteles, iguales dos a dos, de tema vegetal, aunque en una pareja aparece una cabeza de animal. Los cuerpos laterales llevan un gran arco de 3,20 por 2,80 m., cerrados con verja de forja que copia algún modelo románico. La puerta de entrada se labró a finales de siglo XII para la iglesia anterior. Está formada por tres arcos apuntados, dispuestos en rosca descendente, con dovelas de tamaño irregular. El arco central y exterior descansan sobre columnas con capiteles de tema vegetal. El espacio de acceso mide 1,60 m. de ancho por 2,90 de alto. Esta puerta lleva, por el interior, otra que se hizo en el siglo XVI para la sacristía; es una puerta adintelada en que dos pilastras toscazas sostienen un entablamento con varias molduras superpuestas. Sobre esta puerta campea el escudo de los Lorenzana que, en la iglesia anterior, tenían capilla funeraria dedicada a la Virgen del Rosario. A ambos lados de la puerta, como pilas de agua bendita, están el depósito y la pila del aguamanil labrados en 1725, y que costaron ciento veintisiete reales y medio. El último cuerpo de la nave lo ocupa el coro que está sostenido por dos parejas de columnas del siglo XII que sostenían el arco triunfal de la primera iglesia. Los capiteles de la izquierda son de tema figurativo. En el primero asoman las volutas de un capitel jónico y por el tambor se elevan tres parejas de cuadrúpedos de extrañas cabezas, en postura contorsionada. El segundo presenta dos hombres en cuclillas y una tercera cabezota que surge por detrás de ambos. Los dos capiteles de la derecha son de tema vegetal, con hojas de perfectas y realzadas nervaduras. Uno de estos se copia en todas las columnas de la nueva iglesia, que son, en total 206. La torre, a los pies de la nave es la parte más decorativa y emblemática. De planta cuadrada y 5,50 m. de lado por 29 de alta. Se compone de cuatro cuerpos. El primero y más sólido tiene 12 m. de alto y se remata con una amplia cornisa. Lleva puerta de acceso al exterior y una ventana saetera procedente de la iglesia anterior. El segundo cuerpo, de 3,30 m. de alto, con cornisa, lleva en cada cara un trío de ventanas de 2,25 por un metro. Como todas, con dos columnas de capiteles iguales, arquivolta y cimacio que se prolonga hasta las esquinas, convirtiéndose en otra cornisa. El tercer cuerpo reduce algo el ancho y se eleva 6,25 m. sobre la cornisa del anterior. Cada cara lleva dos ventanas de 3 m. de alto, enmarcadas en un gran arco dibujado en la pared que cobija las posibles esferas del reloj. El cuarto cuerpo, que también reduce su superficie, consiste en un octógono de 2 m. de lado por 4 de alto que se asienta en un tronco de pirámide, con 8 ventanas de 2,70 de alto por 1,10 de ancho. La distribución de vanos con el sistema de 3,2,1, da una impresión de altura superior a la real y realza la esbeltez de la torre. El tejado eleva la torre casi 3 metros más y con los 4 que mide la veleta se pone la cota más alta a 33 m. del suelo. El 5 de septiembre de 1954 se inauguró con solemnes celebraciones. El 5 de septiembre del 2003, cuando se decidió la celebración de las Bodas de Oro de la iglesia se pensó que era el momento de reparar los desperfectos inherentes al paso del tiempo y, a la vez, de enriquecer artísticamente la obra que, por sí misma, es una joya. Los técnicos aconsejaron dos cosas: dotarla de algunas obras de arte que revaloricen el ábside y transformar la luz que entra por las numerosas ventanas. Para lo primero, el Museo Diocesano cedió un Sagrario de talla, policromado y dorado, del siglo XVI, y se adquirió una imagen de la Virgen, también policromada y dorada, de tamaño natural. Para la luz tuvimos la suerte de contar con el director de la restauración de las vidrieras de la catedral, S. Luís García Zurdo, artista vidriero excepcional que tiene obras colocadas en muchos monumentos importantes, religiosos y civiles de toda España. Formado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid se especializó en Alemania. Cualquier edificio que recibe obra suya se revaloriza y dignifica por la categoría del artista. A pesar de que tiene otros trabajos pendientes aceptó esta obra con alegría y, al mismo tiempo, responsabilidad, al saber que el arquitecto fue D. Juan Torbado, su primer maestro, en cuyo estudio de dibujo y pintura inició su formación artística. La esposa de Torbado, influyó en él para que se inclinara por el arte de la vidriería y le facilitó el contacto con los mejores maestros vidrieros de la escuela alemana. Siguiendo la tradición en la decoración de las iglesias románicas decidió para las vidrieras del ábside el tema del Apocalipsis, tantas veces repetido: el Pantocrátor en la central y el Tetramorfos (los cuatro Evangelistas) con el Cordero y la Cruz perlada en las laterales; dejando el tema del Firmamento para las de los extremos. Con todo esto el presbiterio queda muy enriquecido. Si algún día se completa con el resto de vidrieras la iglesia entrará, definitivamente, en la Historia del Arte. Y en el recuento de lo que fue y es la iglesia en estos cincuenta años debemos tener presente a los párrocos que la atendieron y cuidaron: D. Higinio Fernández González, estaba en el pueblo desde 1950, fue testigo privilegiado de la construcción y recuerda infinidad de detalles de aquel momento. Con él empezó la costumbre, que siguieron sus sucesores, de tenerla siempre limpia y adornada con dignidad. Cada uno hizo lo que se necesitaba en su momento. A D. Higinio le sucedió, en 1962 D. Carlos Santos Vega, que estuvo hasta 1965. A él le tocó tramitar la compra y donación, por parte de D. Pablo, de la Casa Rectoral. A D. Carlos le sucedió D. Justo Rodríguez Soto que vino en 1965 y estuvo hasta 1973. Fuel el único que habitó la casa anteriormente adquirida, y el último que residió en Vegaquemada. Le sucedió D. Antonio López Castro, que ya era párroco de Barrillos de las Arrimadas y residía y reside en Sta. Colomba. D. Antonio es el párroco actual que le ha tocado participar en la preparación y estar presente en los actos de la celebración de estas Bodas de Oro.
Laurentino César López Sánchez
Y así quedó y festejó su 50 aniversario
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