ESPINAMA / PIDO - PUERTOS DE ÁLIVA - HORCADINA DE COVARROBRES - COLLADO DE FUENTE ESCONDIDA - TORRE DE ALTAIZ - PICO SAN CARLOS - TORRE DEL HOYO OSCURO - TIROS DE CASARES - LIORDES - COLLADO DE REMOÑA - SEDO DE REMOÑA - LAS BERRUGAS - PIDO /ESPINAMA

 

Punto de partida: Pido / Espinama.

Duración: 7 horas 50 minutos / 9 horas 35 minutos

Desnivel: 1.500 m.

Dificultad: Poco difícil (IIš). Si bien las ascensiones al Pico San Carlos (y a la submeseta de Altaiz) y a la Torre del Hoyo Oscuro suelen aparecer en las diversas guías catalogadas como vías fáciles, en la descripción de la travesía integral de ambas, se reseñará algún paso aislado que merece la calificación de poco difícil (IIš). En todo caso se hará una somera reseña de la variante por Examinacorizas, que enlaza las distintas horcadas que se suceden en la travesía, rebajando la dificultad (fácil) y manteniendo la opción de subir al Pico San Carlos y -sobre todo- a la Torre del Hoyo Oscuro.

Características: El barrio de Areños, uno de los dos barrios de Cosgaya, enclavado en el corazón del Valle de Camaleño (Liébana), es la puerta de entrada al Macizo Central de los Picos de Europa por la vertiente sudoriental. Esta leve abertura del valle ofrece una última mirada a las hermosuras de Ándara, el pequeño de los tres macizos y emblema natural de la comarca.

Aguas arriba del Deva, el valle se ciñe entre los plegamientos de los valles y sierras laterales. La vista se constriñe a la inmensa mancha forestal que recubre las faldas de la Cordillera Cantábrica y de las Sierras Veleña y Carielda (estribaciones de los Picos de Europa). Riqueza natural que en su día albergó una de las especies emblemáticas de nuestra fauna, el oso pardo, hoy en retroceso, y de cuya nostálgica presencia da fe el nombre adoptado por uno de los hoteles más afamados de Cosgaya (Areños) y el monumento erigido en el Collao de Llesba (siguiendo la pista que, partiendo de Cosgaya, remonta por el valle del río Cubo).

Aún en las entrañas del comprimido valle, en las laderas de la margen izquierda del río Deva, ligeramente apartado de la carretera, se escalonan las casas del pueblo de Las Ilces. Por la abertura de la cuenca fluvial emergen las peñas calizas de Salinas y Remoña. Rabioso contraste enmarcado en un marco de singular belleza. Separando ambas torres se interpone la Canal de Pedabejo (y el Sedo de Remoña), por donde discurre nuestra ruta de regreso.

La carretera mantiene su tendencia ascendente. Serpentea entre los plegamientos de la Sierra Carielda. El rápido avance de los modernos medios de locomoción, crea un curioso efecto visual. Las boscosas líneas superpuestas de las plegadas faldas de la Sierra Carielda (por la margen izquierda del río Deva) y de la Cordillera Cantábrica (en la margen opuesta) se van abriendo ante nuestro paso. Un incesante movimiento de planos que culmina bajo la imponente irrupción del extremo Sur del Macizo Central. Sobre una inexpugnable muralla se asienta la vasta meseta sobre la que se han levantado algunas de las más renombradas torres del macizo, entre ellas la blanca mole calcárea del Pico San Carlos.

Su ubicación en primera línea de la alta montaña le convierten en uno de los balcones privilegiados sobre la meseta de Lloroza y la cabecera del Valle de Camaleño. Una cortada calcárea sobre uno de los hayedos mejor conservados de la Cornisa Cantábrica.

La indisoluble unidad entre la cumbre y la marcha de aproximación, encuentra aquí uno de sus capítulos más tradicionales. Se sigue la lógica y evocadora transición entre el valle y la alta montaña, que ya nos subyugara con la andanzas de E. Whymper. Bellas manchas forestales teñidas del claro verdor de las praderías de Pido y Espinama; pueblos que ocupan un lugar de honor en la pequeña historia de nuestras montañas. Afamados invernales, a las puertas de uno de los pastizales más extensos de los Picos de Europa, donde -durante decenas de años- han convivido la ganadería con una importante explotación minera.

El reino de la caliza acoge pequeñas lagunillas, vestigios de un pasado glaciar. Los Lagos de Lloroza, delimitados por la vieja pista minera de las abandonadas explotaciones, carecen de la simpar hermosura de un lago solitario y salvaje, enmarcado con la inigualable silueta de Peña Santa, y hermano de otra lagunilla circular escondida en las faldas del Llambrión y Tiro Tirso, denominados -por su emplazamiento a distinta altura-, Cimero y Bajero.

La Vega de Liordes justifica el largo rodeo del regreso. Esta enorme depresión de pastizal, es una cubeta delimitada por las Peñas Cifuentes. Una riega nace y muere en la misma vega, alimentada por dos manantiales; uno en la zona de las escolleras (esta hondonada también sufrió el acoso de la extracción minera) y otra próxima a la gruta por la que se sume el agua, en las inmediaciones de un aislado chozo que se recoge en un rincón de la planicie.

Por la abertura que desgaja Peña Remoña de la Torre Salinas, se descuelga el camino que baja al Caben de Remoña, aguas vertientes a los valles de Valdeón (León) y Camaleño (Cantabria). Distintas pistas vertebran los amplios puertos cántabros. Enlazando los distintos trazados, se recorrerán cuestas y pastizales, antes de reinternarse en la masa forestal que se extiende por la media montaña lebaniega. Los pequeños claros de campera, quedan empequeñecidos ante la hermosa disposición geométrica de los distintos retales de la Vega del Naranco, en el fondo del valle, regada por las aguas nacientes del río Deva, que brota en las llamargas del circo de Fuente Dé, bajo el murallón que sustenta la meseta de Lloroza.

La riqueza de ecosistemas se corresponde con una variedad faunística inigualable. Dentro de las especies que pueden verse con mayor frecuencia tenemos el corzo y el gato montés, en la zona de bosque, y el rebeco, el buitre, el gorrión alpino y el treparriscos en la franja de alta montaña.

 

 

Descripción:

Accesos

Los pueblos de Pido y Espinama se encuentran a unos veinte kilómetros de la Villa de Potes, centro neurálgico de la Liébana. La carretera vertebra esta villa y sale por el Oeste. A las afueras de Potes se encuentra el ramal que sube al Monasterio de Santo Toribio de Liébana. Remonta, nuestra carretera, todo el Valle de Camaleño, en la cuenca del río Deva. Los pueblos más renombrados que jalonan el recorrido son los de Camaleño y Cosgaya (barrio de Areños). En los valles laterales, plegadas faldas del Macizo de Ándara, se alternan otros núcleos rurales que conservan el encanto de las tradicionales construcciones de piedra. Entre ellos, el más afamado es el de Mogrovejo, por su torre medieval, cuyo desvío se encuentra en Los Llanos, a mitad de camino, en el lugar en que la montaña se derrumbó sobre los moros huidos de la Batalla de Covadonga (en los orígenes de la Reconquista).

 

 

Pido / Espinama - Invernales de Igüedri - Puertos de Áliva - Horcadina de Covarrobres (2 horas 30 minutos)

Pido y Espinama son los dos pueblos que comparten la cabecera del Valle de Camaleño (Liébana). Están próximos entre sí, apenas separados por el curso alto del río Deva. El primero se asienta en la margen derecha de este curso fluvial, en los dominios geográficos de la Cordillera Cantábrica. Por su parte, el pueblo de Espinama estaría enclavado en los lindes de los Picos de Europa, en la margen izquierda del Deva, dado el carácter divisorio de esta frontera natural.

La vecindad puerta con puerta de ambas localidades posibilita la elección indistinta de Pido o Espinama como puntos de partida del recorrido. Todos los pueblos de la parte alta del valle (Mogrovejo, Pembes, Llaves y Espinama) cuentan con buenas pistas para subir a los Puertos de Áliva. Quizás la entrada por Espinama sea la más importante, fruto de un pasado ligado a las prolíficas explotaciones mineras de la Canal del Vidrio y del entorno de Lloroza. Es, sin duda, la comunicación más rápida y directa, pues remonta todo el valle del río Nevandi, afluente por la izquierda del Deva que nace en los Puertos de Áliva. La amplitud de la pista desdibuja levemente el contacto íntimo con el bosque que recubre la cuenca de este arroyuelo; por el contrario, permite disfrutar de una hermosa panorámica, dentro de las limitaciones de este valle lateral.

La opción de Pido supone adentrarse por un entramado de pistas madereras escasamente transitadas. La espesura del bosque se hace más intensa, propiciándose una mayor integración en el ecosistema que se recorre. El mayor inconveniente de esta opción es la mayor longitud del trazado. La unión con la pista principal de Espinama a la altura de los Invernales de Igüedri, suele acarrear un desfase en el horario cercano a la media hora de marcha.

La carretera que entra en Espinama presenta un ligero estrechamiento al doblar un recodo junto a la iglesia antigua. Al otro lado, a mano derecha, una pequeña plazoleta sirve de improvisado aparcamiento. Un murete reforzado por una barandilla cierra el lateral que cae sobre el encauzado río Nevandi, que vertebra el pueblo en su moribundo discurrir hacia el río madre, el Deva. Una fuente constituye el funcional mobiliario urbano de este rincón. Una serie de contenedores delimitan el espacio de esta plazuela, marcando la línea divisoria con la carretera. En la otra esquina, junto a la provisional terraza de un viejo bar, se cuela una callejuela por debajo de un remozado corredor. La rehabilitación del antiguo pasadizo ha marcado aún más el contraste con la casona lateral, en cuya fachada pende un escudo.

Este pasaje da paso a un breve recorrido por el viejo pueblo, que lleva a las remodeladas casas que rodean la ondulada explanada de las afueras de Espinama. De esta confluencia de calles, a orillas del río Nevandi, arrancan dos pistas. De frente, sube, paralela -inicialmente- a este arroyo de montaña, la pista principal de entrada a los Puertos de Áliva. Amplia y muy transitada (el Plan Rector de Uso y Gestión del Parque Nacional de los Picos de Europa contempla una prórroga en la restricción al paso de vehículos particulares) no hace necesario extenderse en su reseña. Hacia la derecha, disimulada al principio por el tramo asfaltado que coincide con el paso por el frontal de las casas de este rincón de Espinama, se encuentra el ramal que remonta hasta lo cimero de la Sierra Carielda. Nada más coronar la cuerda somital de la sierra, se coge el sendero que recorre toda su columna vertebral, hasta enlazar, en el Horcada del Acebal, con la pista que sube de Pembes a los puertos. No es más que una de la distintas variantes a la pista troncal que, al igual que se ha apuntado respecto del rodeo por Tobín -que se pasa a describir a continuación-, permite una mayor integración del montañero en un conservado ecosistema forestal. La toponimia de la cuerda cimera de la sierra responde a la tradicional presencia de una especie emblemática y polémica de nuestras montañas, pero que resulta muy complicado de ver: el lobo.

No me extiendo en la descripción de las variantes a la pista principal que remonta por el valle del río Nevandi, pues creo que es suficiente ofrecer la alternativa del sendero de pequeño recorrido que recorre los bosques y praderías de Tobín. Dar, eso sí, un par de apuntes de las mismas. Mencionado ya el sendero que recorre la columna vertebral de la Sierra Carielda, quedan por citar los rodeos por La Regollá y por Tobín. El primero es el menos interesante. El desvío a estas praderías de la vertiente occidental de la Sierra Carielda se encuentra bastante arriba, habiendo de recorrer un tramo importante de la pista principal de Espinama. Vuelven a unirse en la revuelta de los Invernales de Igüedri, donde está el bebedero. Por su parte, el ramal que sube a Tobín desde Espinama (que se coge nada más salir del pueblo) enlaza en sus inicios una serie de abandonadas pistas que están siendo sepultadas por la maleza.

Si se opta por la alternativa de Pido, se sigue la carretera que atraviesa Espinama. Se deja, unos doscientos metros más arriba -pues muere algo más adelante, pasada la Vega del Naranco-, para desviarse por un estrecho ramal asfaltado que entra a aquel pueblo. El acuciante problema con el aparcamiento que presenta Espinama, se agudiza al extremo en este pueblo vecino; si bien es cierto que la casi ausencia de rincones en que estacionar no están sometidos a la misma presión turística que colapsa la travesía de Espinama.

Se sale de Pido por el mismo ramal asfaltado por el que se ha entrado. Entre el puente que salva el lecho del río Deva y el cruce con la cegada carretera que sube de Espinama, se coge (izquierda) una abandonada pista. No tiene más de cien metros, pues su trazado se ha visto afectado por ese tramo cegado de amplia carretera. Se caminan escasos metros por el duro asfalto. A mano derecha, según se sube, se retoma la pista. Remonta por encima de la carretera, siguiendo la línea del tendido eléctrico, en los lindes del Parque Nacional de los Picos de Europa.

La línea de tendido eléctrico se abandona en la primera revuelta. El segundo giro, que completa los largos zigzag iniciales de la pista por las pobladas cerras que forman las faldas sureñas de los Picos de Valdecoro, envuelve unos peñascos calizos que irrumpen solitarios en la espesa maleza. A partir de este punto se irá perdiendo de vista el pueblo de Pido. La pista afronta duros repechos (desechar una pista secundaria que sale a mano izquierda en un descansillo entre dos pronunciadas rampas). Marca una acusada tendencia hacia el Noreste, en dirección al valle del río Nevandi. Esta tendencia servirá para facilitar la orientación en el único cruce conflictivo, en que ha de tomarse el ramal de la derecha. La marca de pintura (blanca y amarilla) del sendero de pequeño recorrido que se sigue se encuentra justo antes de la bifurcación, pues la ruta está señalizada en sentido inverso. La altura ganada convierten el resto de camino hasta Tobín en un hermoso paseo por los bosques lebaniegos.

La pista, anegada por el agua y el barro, se adentra por una larga recta, entre la espesura de un pasillo de avellanos que crecen en las ruinosas murias de las praderías de Tobín. Esta sombría avenida, muere en una amplia y pisada pista de tierra que viene de Espinama y da acceso a estos invernales. Marcado trazado que se desdibuja cuesta arriba, donde se reconvierte en pista maderera.

En el cruce de pistas se toma sentido ascendente (Norte), en dirección a los verticales paredones de escalada de los Picos de Valdecoro. Queda arrinconada en una esquina de la intersección una pequeña cabaña acosada por la maleza (la última de las construcciones que se encuentran si se sube desde Espinama; y la única que se destaca en el recorrido de Pido). Se remonta toda la cuesta directamente, por el desdibujado trazado de la pista. Al reinternarse en el bosque, traza una revuelta y retoma la tendencia Noreste, en busca de la cuenca del río Nevandi. Dobla una de las lomas de las plegadas faldas de los Picos de Valdecoro, dando vista a los Invernales de Igüedri, en las cuestas Sudoccidentales del Castro Cogollos (modesta peña desgajada de Cumbre Avenas, en las estribaciones del Macizo de Ándara, en que se integra). Un leve descenso a un cuenco de canchal disimulado entre la vegetación, da paso al largo flanqueo bajo los peñascos laterales de los paredones de los Picos de Valdecoro, por los que se precipita el salto del Aguasel (oscura cascada que recoge el débil arroyo que nace poco más arriba, en el Valle del Aguasel). La pista, que presenta el ancho de un buen camino, marca la raya divisoria entre el bosque y las cuestas superiores. Llega al río Nevandi. Al otro lado se pierde en las praderías de Igüedri, por las que se pasa a la pista principal de Espinama, a la altura de los invernales.

Los invernales de Igüedri forman un grupo compacto atravesado por la pista de Espinama. Se hallan por encima de la franja forestal, en las cuestas sudoccidentales del Castro Cogollos. La panorámica de la cabecera del Valle de Camaleño es amplia, destacando el sector del Coriscao dentro de la Cordillera Cantábrica; mas el referente próximo es el Valle del Aguasel -al Oeste-, marcada vaguada entre los Picos de Valdecoro y los paredones del Cueto Redondo.

Por encima de los invernales se encuentra el Boquejón de Áliva, breve angostura que constituye la puerta de entrada a los puertos de Áliva. El río Nevandi se comprime encauzado por una acequia cuasinatural entre la peña y la pista. El límite del puerto se encuentra en las Portillas del Boquejón o de Áliva, en plena angostura.

La entrada al puerto se extiende por una alargada vaguada. Al fondo emergen las primeras torres calizas del Macizo de Ándara. Una masa compacta en que se empastan las primeras cumbres que rebasan la barrera de los dos mil metros. La primera panda calcárea culmina en los Picos de Cámara, tras los que se agolpan el Prau y el Pico Cortés. Por el lecho de la vaguada discurre el río Nevandi, un arroyuelo de alta montaña. Paralela a su curso remonta suavemente la pista. Vastas cuestas se levantan a ambos lados. Por las laderas de la derecha atraviesa la pista que viene de los pueblos de Mogrovejo, Llaves y Pembes. La tierra removida en la abertura de la caja de esta pista sepultó la Fuente de los Asturianos. En la actualidad se conservan dos bebederos a orillas del río Nevandi, próximos entre sí.

Pasada la confluencia de pistas el valle se abre ligeramente. Al Norte las lomas morrénicas cierran la vaguada, desgajadas por la fuerza erosiva del arroyo que da vida al río Nevandi. Protegidas en las camperas que se arrinconan en un extremo de sus faldas, se descubren los solitarios chozos de las majadas de Espinama. La pista se desvía hacia la derecha, a fin de evitar las cuestas llombas tras las que irrumpen las estilizadas torres cársticas de Peña Olvidada y Peña Vieja. Se flanquea por sus laderas orientales, sobre la hondonada de Campomenor. Esta cuenca de pasto se comunica a través de una estrecha valleja con la alargada planicie de Campomayor, bajo las faldas de la Llomba de Toro, morrena lateral de un primitivo glaciar, caracterizada por el peñasco que resiste solitario en lo cimero de la loma. En el estrechamiento que enlaza ambos "campos", quiere verse la roja techumbre de la Ermita de la Santuca de Áliva.

La pista principal continúa hacia una encrucijada de caminos donde confluyen cuatro pistas que, con la que se viene siguiendo, son las siguientes: la que viene remontando por toda la Llomba de Toro (procedente del pueblo asturiano de Sotres); la que continúa de frente a la Mina de las Mánforas (al pie de la Canal del Vidrio); y la que sigue toda la cuerda cimera de la morrena glaciar hasta el collado en que está enclavado el Hotel de Áliva.

Bastante antes de la mencionada encrucijada, en pleno faldeo sobre Campomenor, se desgaja de la pista principal un ramal que remonta directamente por la ladera de la izquierda. Superado el repecho inicial sigue una línea de lomas. Abajo se deja la hondonada de llamarga en que manan los arroyos que alimentan el río Nevandi. Al otro lado de la pista, una laguna artificial que almacena el agua suficiente para dar de beber al importante número de cabezas de ganado que pastan en este vergel de la alta montaña cantábrica. Se vadea la cabecera de una valleja, coronando el collado en que se ha enclavado el hotel.

Desde esta atalaya el montañero comienza a hacerse una idea de la infinita inmensidad de los Puertos de Áliva. Límites inabarcables que se pierden en las profundidades del Valle del Duje, en la Raya que los astutos lebaniegos han trazado a los asturianos, con la complicidad de un gallo borracho que dio por cantar a la Osa Mayor.

La pista devola la collada en que se encuentra el hotel, pasando a la cabecera de la cuenca del río Duje. Arroyo de aguas minerales que discurre por el lecho de lo que fue una lengua glaciar, desgajando los macizos Central y Oriental. A la altura de los invernales del Tejo (Sotres), el valle se transforma en desfiladero. El río baja rebotando entre las piedras, en las umbrías de Maín y Portudera, a unir su ímpetu juvenil a las frialdades esmeralda del río Cares.

Nuestra pista se dirige hacia las faldas morrénicas de Peña Olvidada y los espolones de Peña Vieja. De su trazado se desgaja el ramal que baja al Chalet Real. Desproporcionada residencia empequeñecida por la majestuosidad de las torres que la circundan.

Una riega arroya sobre la pista. Una improvisada fuente aprovecha el agua sobrante de una pequeña arqueta. Más adelante se complica la posibilidad de encontrar agua, baste adelantar el significativo topónimo de Fuente Escondida. La plácida hermosura de estas camperas invita a un premeditado vivac. Rebaños intermitentes de blancas ovejas compartirán nuestra sobremesa, mientras los vigilantes mastines velarán desconfiados del extraño visitante. Un manto de desordenadas estrellas, agolpadas en constelaciones más o menos familiares, cubrirán nuestros sueños. El diminuto rocío, esparcido por las briznas de hierba, será el recuerdo mañanero de un halo de niebla que se retira al alba por el bajo valle.

Con el frescor de la mañana se reemprende la marcha. Los rayos de sol despuntan en las aristas cimeras de una doble peña -dicen- vieja y olvidada. Resuenan los cencerros que individualizan los rebaños, rompiendo con su melódico paso el eterno silencio del aire calmado y los arroyos enmudecidos. Ha de avivarse el paso, pues tan sublime conjunción de luces, olores y sonidos se irá desvaneciendo a medida que el resplandeciente sol ahogue la tregua del amanecer. El ritmo natural se verá alterado por una estruendosa irrupción de vehículos todoterreno que transportan turistas por las antiguas pistas mineras. Un trasiego incesante de máquinas que acarrearán hordas humanas al debilitado corazón de nuestras montañas. Un desfile de modelos que muestran, como en un bazar, una amplia gama de calzados y de cochecitos de bebé. Un paseo por los tesoros de la alta montaña, quizás reconvertido en un cómodo descenso senderista, con servicio de restaurante opcional. Sólo el canto de aquel gallo que astutamente emborracharon los lebaniegos, puede despertarnos a tiempo para que nuestra marcha no se confunda con el urbanizado caminar de un turismo (entremezclado con el montañismo popular) que, al igual que el rey Midas, tansforman en oro todo lo que tocan. Huyendo del rugido de los motores que el eco anuncia ya próximos, tratamos de evitar que nuestras miradas se fundan con el vacío mirar de una masa humana transportada a lomos del que llaman progreso. Porque ya no nos queda la esperanza de encontrar rincones libres de la especulación y del egoísmo; espacios naturales que van sucumbiendo a las ansias de una rentabilidad a corto plazo, exenta de alternativas integradoras y desigualmente repartida, y de un frívolo disfrute del medio encubierto bajo el paraguas de una actividad deportiva que no es capaz de distinguir la diferencia entre deportes desarrollados en un entorno natural y actividades -digamos deportivas- integradas en dicho entorno que, como el montañismo, se desvirtúan en la medida en que se altere el marco en que se desenvuelven. Mas somos conscientes que aún quedan momentos en que la montaña conserva esa inocencia robada, efímeros segundos en que nuestras miradas buscan solitarias una silueta, un sonido o un silencio, quizás un pensamiento; un espacio temporal en que los ojos retornan a la infancia, antes de que la cruda realidad nos devuelva a un ecosistema humanizado donde las miradas se traducen en dividendos o en inertes panorámicas de postal. Por eso el montañero ha de avivar el paso, porque ha de ir siempre por delante, evitando ser engullido por esas miradas que, como la de Medusa, sólo ven piedra a su alrededor. El montañero, como el pintor o el poeta, siempre ha de ver más allá; ha de observar la montaña como un ecosistema vivo donde es un extraño. Nunca osaría degradar ese santuario de vida que da nombre a su actividad, a cambio de una conquista fraudulenta encubierta bajo los falsos pretextos de seguridad y comodidad. Rebajando la montaña a su nivel no consigue prestigio ni renombre, ni siquiera crece como montañero; sino que desprestigia al colectivo en que se integra, acosa por un mero interés lúdico los ecosistemas menos adulterados y gana la dudosa admiración de ignorantes y aduladores.

 

 

Horcadina de Covarrobres - La Vueltona - Collado de Fuente Escondida (35 minutos)

La pista que se trae, corona la Horcadina de Covarrobres tras flanquear los canchales sudorientales de los desplomes de Peña Olvidada. Estas laderas de pedrera se extienden entre aquella horcada y el Collado de Juan Toribio que le precede. Éste collado, donde la pista afronta una doble revuelta, marca el límite del pastizal. Se trata de un pequeño rellano que atenaza los Cuetos de Juan Toribio (1.887 m.), una cresta de picachos que resaltan en un extremo de la inmensa hondonada de Áliva.

La Horcadina de Covarrobres (1.933 m.) es la puerta de entrada a la meseta de Lloroza. A un lado de la pista se agolpan los bloques desgajados de las Agujas de Tajahierro, verticales pináculos empastados con los paredones de Peña Olvidada. De frente (Oeste), al otro lado de la depresión de Lloroza, asciende la Canal de San Luis. Por sus laterales serpentea el Sendero de los Burros, camino "muriao" por donde estos animales bajaban las cargas de mineral. En la cabecera de la canal se encontraría el Hoyo Oscuro, oculto, que da nombre a la torre que lo delimita por el Norte. La Torre del Hoyo Oscuro es un paredón de redondeada cima que se incardina entre el Madejuno y el Pico San Carlos. Éste es el primero del cordal. Su enorme volumen empequeñece visualmente las torres sucesivas, Hoyo Oscuro (a su derecha) y Madejuno, más estilizado que el anterior (parece que le falta un pedazo en la base de su lateral izquierdo).

En el lado opuesto de la Canal de San Luis, algo alejado de su línea de vaguada, se encontraría el pico de La Padiorna. Un peñasco que preside una tumbadas laderas de grijillo que destacan en un mundo caótico de crestas, cabezos y llambrias. Sus faldas descienden plácidamente a la amplia comba de la Colladina de las Nieves. Al Sur, la cresta de La Padiorna, se recorta sobre un abismal embudo que se intuye con temor, tras el que sobresale Peña Remoña.

Pasada la Horcadina de Covarrobres, la pista se desdobla. El ramal de la izquierda permite bajar al Sendero de los Burros. Este camino carretero se desgaja de la pista en la primera curva a la izquierda, tras el breve descenso que acomete tras devolar la Horcadina de Covarrobres. El camino baja a unas ruinas. Sigue una línea de llombas, entre la profunda hondonada de pasto de los Hoyos de Lloroza (Norte) y la vaguada que se encauza a la angostura de la Canal de la Jenduda (Sur), sombrío canalón que se descuelga entre pulidos paredones. Esta muralla morrénica conduce el Sendero de los Burros a las laderas norteñas de la Canal de San Luis. El camino carretero muere al llegar a unas bocaminas, hacia la mitad de la canal. En este punto se desvía por la vaguada que gira al Sur, abandonando la evidente línea de pedrera de la Canal de San Luis (que en este tramo abraza por el Sur los paredones del Pico San Carlos). Este momentáneo desvío pronto se corrige. El sendero se tira a las llambrias de la derecha, iniciando una travesía que le devuelve al lecho de la recta Canal de San Luis. En la boca del Hoyo Oscuro, los jitos remontan por las llambrias de la izquierda (Sur). Señalizan el sendero que sube a la Colladina de las Nieves. Una línea de jitos menos evidente, faldea la hondonada por la derecha, subiendo por una gravera a la Horcada Verde, entre el Pico San Carlos y la siguiente Torre, la del Hoyo Oscuro.

La Horcada Verde es uno de los puntos que jalonan nuestro recorrido, de ahí el interés de esta descripción. A esta misma horcada se llega desde el Collado de Fuente Escondida, opción recomendada en esta ruta. La pista que sube a esta collada se corresponde con el ramal que, al trasponer la Horcadina de Covarrobres, sale a la derecha.

Faldea los lleraos inferiores de los caóticos paredones occidentales de Peña Olvidada. Su trazado es prácticamente llano. Discurre a media ladera, delimitando los pozos de Lloroza por el Noreste. En estas pequeñas cubetas se almacena el agua que circula por el entramado subterráneo de sifones calcáreos que vertebra el macizo. Los pozos más pequeños apenas aguantan el estío. Sólo uno de ellos, de mayor tamaño que el resto, se consolida año tras año como una pequeña laguna permanente.

La Vueltona es una amplia revuelta de la pista, donde se desgaja el desfigurado camino carretero que sube a los Tiros del Rey; camino construido para las cacerías reales que evoca este topónimo y reconvertido en sendero turístico-montañero con sus dos variantes de La Canalona (salida a los Tiros del Rey) y Horcados Rojos. El giro de La Vueltona ciega la estrecha cabecera de la vaguada de los Lagos de Lloroza. A su derecha (Norte) se cierra un pequeño hoyo. En la peña que lo delimita por el Oeste se forman unas cuevas. Un sendero de ovejas conduce a la boca de una pequeña gruta, en cuyo interior se conserva una charca de gélidas aguas.

La Vueltona se traza en una falsa collada, comprimida entre los lleraos inferiores de Peña Olvidada y los contrafuertes orientales de una modesta sierra que se eleva entre el Hoyo Sin Tierra y los Hoyos de Lloroza. La pista minera que continúa al Collado de Fuente Escondida asciende suavemente bordeando a media ladera las vertientes sureñas de la breve sierra; faldas lapiaces que vierten al fondo de la Canal de San Luis. A mitad de flanqueo se desgaja un corto ramal que baja a una explanada de escollera donde quedan vestigios de las primitivas construcciones mineras. Círculos de piedra más recientes son utilizados por grupos de espeleólogos para proteger sus tiendas de campaña. La pista principal mantiene su leve tendencia ascendente hasta coronar el Collado de Fuente Escondida.

Esta collada marca el límite occidental de la modesta sierra que se viene faldeando. Devolando la collada baja un ramal de la pista a las escolleras abiertas en los laterales del Hoyo Sin Tierra. Sobre esta enorme depresión cuelgan las pedreras y canchales que se forman en las faldas de algunas de las torres más elevadas de los Picos de Europa: Peña Vieja y Santa Ana. Las dos cumbres de Santa Ana se confunden en una escabrosa cresta poco definida. Espolones, agujas y contrafuertes, forman una amalgama de difícil traduccción que distorsiona la sencilla orografía. Al Oeste de Peña Vieja, techo de Cantabria y destacada por su puntiaguda cima clavada en el cielo, sólo estarían los Picos de Santa Ana y la Torre de los Horcados Rojos (el Tesorero ya quedaría desplazado por la abierta depresión de la horcada que da nombre a aquella torre), aparte de una tercera torre -pegada a Peña Vieja- que pasa desapercibida si se observa desde la vertiente opuesta (la Torre de las Coteras Rojas).

Collado de Fuente Escondida - Tiros de Casares

Este apartado lo subdividiré en dos bloques: a) por las horcadas; b) por las cumbres. El primer bloque describe una alternativa más sencilla (Iš). Sigue las veredas que enlazan las distintas horcadas que se intercalan entre las cumbres del cordal, justificando la impropia rúbrica del subapartado (el sendero de Examinacorizas faldea los lleraos norteños de la alineación de cumbres, dejando a un lado la Horcada Verde). En el segundo bloque se reseñaran las distintas vías normales de la Torre de Altaiz, el Pico San Carlos y la Torre del Hoyo Oscuro (pasos aislados de segundo grado).

 

 

a) Por las horcadas: Horcada Verde y Horcada de Casares (1 hora 15 minutos)

Se prosigue en suave ascenso por la pista minera que sigue la línea del Collado de Fuente Escondida. Pronto traza una primera revuelta. En pleno giro se coge el sendero que continúa de frente. Atraviesa en llano a media ladera por la vertiente del Hoyo Sin Tierra, enorme hondonada donde crecen pequeños matos de pasto alpino.

Cien metros más adelante, inicia un leve descenso. Discurre pegado a la base de un pequeño farallón rocoso donde rompen los inclinados llambriales que se extienden por la falda de la Torre de Altaiz. Pasa frente a la boca de una recta y profunda galería, gritos ahogados de un mudo pasado de penuria. Deja momentáneamente la compañía de la peña, para atravesar un corto tramo de pedrera. Llega a un evidente canto que se dobla ganando altura por el llambrial tapizado de retales de gravera (Iš). El abrasivo suelo hace innecesaria la referencia al sugestivo topónimo que nomina este terreno: Examinacorizas.

El sendero, muy pisado, afronta una larga travesía por pleno pedrero, a lo largo de los lleraos inferiores de los desplomados paredones norteños del Pico San Carlos. Se dirige a la base de la Torre del Hoyo Oscuro, verticales paredes encuadradas en una familiar silueta de suaves formas. En la falda de esta torre se forma una amplia plataforma inclinada de grava. Una franja de llambrial se extiende entre este faldón de la torre y el lleráu que se viene flanqueando.

El sendero llega al final de la gravera. Entra en la zona de llambria por una pequeña rampa. Una sencilla trepada (Iš) que accede a un reducido rincón de pozucos con alguna torca. Se bordean por el llambrial y se remonta hasta la inclinada plataforma de gravera que se forma bajo la desplomada Torre del Hoyo Oscuro.

Por la base de la pared transita una vereda que viene de la Horcada Verde, depresión que se incardina entre la mole calcárea del Pico San Carlos y la torre mencionada. Se bordea ésta, dejando a la espalda la Horcada Verde. Se llega a una falsa collada, donde se recupera la vista de la estilizada silueta del Madejuno. A su izquierda, entre esta enhiesta peña y la Torre del Hoyo Oscuro, se aprecia la abertura de la Horcada de Casares, paso a la vertiente leonesa del Macizo.

En la horcada, nuestra vereda confluye con otro sendero trazado en los lleraos inferiores del Madejuno. Laberíntico sendero que viene de la cúpula metálica de Cabaña Verónica. Tras el brillo metálico de este recuerdo de la marina, se ha venido destacando la abertura al Cantábrico de los Horcados Rojos, entre la torre a que da nombre y la piramidal figura del Tesorero, punto de unión de las Provincias que comparten el territorio de los Picos de Europa.

La angosta estrechez de la Horcada de Casares se comprime bajo las verticalidades de los contrafuertes del Madejuno, antiguo apostadero de caza que ciega la entrada a la vía de trepada por la arista sudeste. Tampoco se llega a ver la cima de la Torre del Hoyo Oscuro; sólo se aprecia la tendida cresta donde arranca la vía normal de subida.

b) Por las cumbres: Torre de Altaiz, Pico San Carlos y Torre del Hoyo Oscuro (2 horas)

b.1. La Torre de Altaiz (45 minutos)

La Torre de Altaiz se configura como una submeseta del Pico San Carlos. Desde el Collado de Fuente escondida parece individualizarse. La cercanía de la peña oculta la cima principal del San Carlos. La vertical fortaleza oriental de Altaiz presenta una cresta somital descendente, recortada línea tumbada hacia la vertiente de la Canal de San Luis. La base de la pared mantiene la horizontalidad. Este farallón presenta pues su máxima inexpugnabilidad en el torreón somital. A su izquierda una canal, ligeramente tendida hacia esta mano, presenta el único punto vulnerable de la trapezoidal pared. Los restos de un viejo sendero minero tallado en la roca, cortan la base del espolón de derecha a izquierda, en dirección a las bocaminas del centro de la canal.

El punto de partida es el mismo que el descrito en el apartado anterior (la variante por las horcadas). Se continúa por la suave pista que sigue la comba del Collado de Fuente Escondida. Se pasa el giro a la izquierda donde se desgaja el sendero de Examinacorizas, y se prosigue hasta el final de la pista. Muere entre unas peñas, colgado entre muretes sobre las bocaminas. De las viejas explotaciones quedan metros de grueso cable de acero y trozos de roída madera.

Se remontan unos metros a mano derecha. Se alcanza un segundo plano de plataformas, bajo un paré en cuyo centro crece un pequeño árbol. Quedan restos de recientes vivacs, círculos o muretes circulares de piedra que protegen al montañero del viento o en cuyo interior se puede resguardar la tienda. Se sube por la derecha del paré, por una canaluca estrecha con algo de gravera.

Vuelve a verse la pared oriental de Altaiz. Se bajan unos metros a la izquierda, a fin de coger una evidente línea de llambria que sube delimitando la falda de pedrera de la torre. Esta franja caliza remonta de izquierda a derecha, en dirección a la collada situada bajo el espolón de la cumbre de Altaiz, aguas vertientes a Examinacorizas (Hoyo Sin Tierra) y aguas vertientes a la Canal de San Luis. Un pequeño pozo interrumpe la loma de llambria por la que se asciende, obligando a un corto rodeo antes de alcanzar la mencionada collada.

En ésta se toma el camino tallado en la peña, que corta la pared en dirección a la canal de subida. Deteriorado por el abandono y el paso del tiempo, su trazado conserva suficiente amplitud. Reseñar un ligero estrechamiento algo airoso, donde ha de prestarse algo de atención. Se cruza la canal antes de afrontar el primer torno del sendero, el único que se conserva. Se pasa por el frente de una cegada bocamina y se retorna a la canal, donde el camino se pierde, anegado por una pelada gravera. Se remonta directamente por la pendiente calva terrosa. Unos metros más arriba se dobla el espolón que delimita la canal por la izquierda, por una muezca que parece un vestigio del viejo camino tallado. Se sale a terreno abierto. Una vieja torreta de madera, empleada para descolgar el mineral, a duras penas se sostiene en pie. Ligeramente escorada por el desplazamiento de alguna de sus vigas, ha perdido la estabilidad. Detrás se extiende un alargado muro bastante alto. Sirve de contención de una amplia plataforma que se sustente sobre la trabajada estructura de piedra. En la explanada se toma un breve tramo de pista que retorna a las bocaminas del centro de la canal, al pie del sombrío canalón de salida a la cresta.

Se sube por la angostura, por una zona de grandes bloques que ciegan parcialmente la entrada a las antiguas bocaminas. El canalón adquiere una pronunciada inclinación. El terreno, terroso y cubierto de gravilla complica el avance. La primera trepada (IIš) está coronada por una pindia panda de esta húmeda capa terrosa. El resbaladizo suelo se adhiere a la suela de las botas, robándoles la adherencia que requiere la segunda trepada (IIš), que deposita al montañero en la horcada cimera.

Una vez en la horcada, se trepa (Iš) por la peña que la delimita por la derecha. La amplitud del espolón desfigura tal fisonomía; tampoco puede hablarse de una cresta, forma que adquiere al remontarse este peñasco. El largo cresterío se descuelga al Este por la vertical pared de la Torre de Altaiz. Por el otro lado, presenta una caída de menos decenas de metros, pero igual de vertiginosa, sobre una lengua de gravera que entra en curva abrazando la cumbre sur del Pico San Carlos. Mas no se trata de una cresta especialmente aérea, reseñar -únicamente- un par de estrechamientos (Iš) donde ha de prestarse un poco de atención. A medida que el cresteo se aproxima al punto somital de la torre, se va estilizando. Con una creciente sensación de angustia se llega a un corte de la arista. Se destrepa (IIš) por el lateral derecho, sobre las verticales caídas que se descuelgan sobre el Collado de Fuente Escondida. Las manos encuentran buenos agarres, en tanto que los pies buscan los vértices de una cuasivertical rampilla, donde fijar el canto de la bota. Apenas dos o tres metros hasta la estrecha horcada sita bajo el corte. Se prosigue por un tumbado plano de llambria, ya próxima a la vasta terraza sobre la que se asienta el peñasco de la cumbre (2.235 m.).

Integrada en la mole calcárea del Pico San Carlos, la Torre de Altaiz presenta el único atractivo de erigirse en privilegiada balconada sobre el Collado de Fuente Escondida, un rincón de este sector oriental de la peña que el contrafuerte de Altaiz hurta visualmente a la cumbre principal.

b.2. El Pico San Carlos (15 minutos)

Desde la Torre de Altaiz se puede destrepar por una canaleta que baja a la lengua de pedrera que entra en curva a la cresta que separa la cumbre Sur del Pico San Carlos y la cima principal, a su derecha. Sin embargo, para evitar perder tanta altura, se sigue -por el lateral izquierdo- la línea de cresta que sube directa a esta cumbre somital.

Un primer peñón, quebrado por una vertical grieta, impide progresar por la misma cresta. Se evita trepando por la llambria anexionada a su izquierda. Se supera el resalte, bien por una vira que remonta directa el obstáculo, bien por una evidente travesía que dobla la llambria por el lateral (el paso, corto y sobre buena llambria, es algo delicado y ligeramente aéreo; para cualquiera de las dos alternativas cabe señalar una dificultad de segundo grado). Al otro lado decrece la dificultad. Se continúa con leve tendencia descendente, alejándose progresivamente de la línea de cresta. Se trepa por unos bloques, por el mismo flanco izquierdo por el que se progresa, alcanzando una terraza de llambria por la que se entra, en llano, tanto a la cresta (a una horcada que se descuelga sobre los abismos que presiden las pedregosas faldas de Examinacorizas), como a la parte final de la lengua de gravera que sube abrazando la cumbre sureña del Pico San Carlos. Por terreno inclinado de llambria y gruesas piedras se asciende hasta la cima del San Carlos (2.392 m.).

Esta montaña emerge en el extremo de una alineación de torres que culmina en los 2.642 metros de la Torre del Llambrión. Esta escorada posición la erige en uno de los miradores más frecuentados del cordal. Goza de una hermosa panorámica de la meseta de Lloroza. El corte de esta planicie de hondonadas oculta los pastos de Fuente Dé, fuente del Deva. La riqueza del valle no se esconde por completo, sino que muestra su tesoro más preciado, la extensa mancha forestal que ha propiciado la extensión del Parque Nacional de los Picos de Europa, más allá de sus límites geográficos. Tesoro ecológico en el entorno de Pido, agraciado con una diversidad cromática que resalta la calcárea desnudez de la alta montaña. Este contraste entre el valle y las catedrales que emergen en esta meseta glaciar, roto en el inerte corazón lunar de los Urrieles, pone de manifiesto la radical separación entre dos ecosistemas tan unidos como distantes: el forestal y el alpino; transición de varias horas de marcha que ahora se condensa en una sola mirada.

 

 

b.3. La Torre del Hoyo Oscuro (45 minutos)

El descenso del Pico San Carlos se efectúa por la cresta noroccidental, en dirección a la Torre del Hoyo Oscuro (segunda de las montañas que se alinean en este cordal). La relativa inclinación de la vertiente del Hoyo Oscuro, evita la angustiosa compañía del vacío que cuelga sobre la depresión del Hoyo Sin Tierra. Sin embargo, la cresta se perfila unos metros más abajo. Encaramándose en su filo se nota una ligera sensación de altura, mas el paso es relativamente sencillo (Iš). Esta variante de la vía normal, que evita este tramo de arista, permite descubrir un sobrecogedor "furacao" recogido en un extremo de la vertical cara Norte de la montaña.

Antes de dar por concluida la corta arista, se baja a una horcadita a caballo entre un sombrío cuenco y una canaleta que baja por la vertiente del Hoyo Oscuro. La pequeña cubeta circular se entuba bajo el arco natural del compacto ojal, precipitándose por los abismos de la cara Norte. La canaleta de la vertiente contraria, baja directa (sencilla destrepada - Iš/IIš en el inicio-, sin sensación de altura) a enlazar con la vía normal. Se une a ésta tras la breve angostura inferior, al lado de la collada por la que se devola al cuenco de salida, por donde la vereda de los montañeros traza un par de zigzags.

Debajo de este acanalado cuenco se extienden las pedreras que recubren las laderas que bajan hacia el fondo del Hoyo Oscuro. Se baja por ellas, con leve tendencia a la derecha, doblando el canto de llambria que impide ver la Horcada Verde (2.291 m.).

Esta horcada se incardina entre el Pico San Carlos y la Torre del Hoyo Oscuro, sirviendo de paso entre el hoyo que da nombre a esta torre y el Hoyo Sin Tierra. El retal de pastizal que la recubre, marca el contrapunto entre las graveras de la vertiente del Hoyo Oscuro y los llambriales de Examinacorizas. Un promontorio la desdobla en dos colladas.

Para iniciar la aproximación a la base de la Torre del Hoyo Oscuro se sigue la línea de la doble collada, remontando el pequeño promontorio intermedio. Se asciende hasta la base del torreón somital de la torre, donde se aprecia un desdibujado y alargado (se extiende por toda la base de la cara Sur del mencionado torreón somital) aterrazamiento. Se recorre esta inclinada plataforma en su integridad y se dobla el espolón de la torre (siempre por la vertiente del Hoyo Oscuro). Nada más doblar la peña se da vista a la canal que sube a la vía normal de la Torre del Hoyo Oscuro, que recorre la cresta noroccidental en toda su integridad.

Esta canal sólo se descubre al llegar a la misma. Desde la Horcada Verde, la subida más evidente seguiría una segunda canal, paralela a aquélla, que recorre la línea de intersección entre la vertiente Sur de la Torre del Hoyo Oscuro y un contrafuerte que se desgaja a su izquierda, coronado por tres picachos y que cae sobre la horcada que delimita el Hoyo Oscuro por el Oeste, depresión de paso al Hoyo del Sedo. Sin embargo, al doblar el torreón somital de la montaña, y descubrir aquella oculta canal, es ésta la que se erige en la opción más evidente.

Ambas alternativas son, pues, igualmente válidas. Para entrar en la primera canal basta doblar el espolón, descubriéndose una enorme cueva. A la altura de la lúgubre oquedad, se inicia la trepada de una plancha de inclinadas llambrias (Iš/IIš). Arriba, la canal gira a la izquierda, saliendo a la cresta somital por una amplia vira.

Si se opta por la segunda canal, en vez de doblar el espolón, se inicia una travesía por pasos de rebecos (Iš/IIš). Se busca el arranque de aquélla, cegado en su parte inferior. Remonta directa a la cresta somital, próxima a la salida de la anterior.

Coronada la cresta, se sigue por su lomo. A medida que se acerca a la cima se va estrechando. Se baja a una tabla de llambria. Una fundida roca entorpece la entrada a esta delgada plataforma. Se sigue hasta el corte de la misma, frente a dos gendarmes cubiertos de un liquen rojizo. Hay que asomarse a la misma línea de corte, para descubrir una vira que permite destrepar (IIš) el par de metros hasta la horcada inferior. Los dos gendarmes se flanquean por la izquierda (Iš); afrontando, a continuación, el ascenso de los escasos metros que restan hasta la cumbre de la Torre del Hoyo Oscuro (2.429 m.).

La posición intermedia de esta montaña en la alineación en que se integra, es un indicativo de su mermada vista. Aunque desmerece respecto de la del Pico San Carlos puede considerarse un hermoso complemento. La posición más escorada respecto del Hoyo Sin Tierra la convierte en una buena balconada sobre tan vasta hondonada. La meseta de Peña Olvidada y la cúspide de Peña Vieja enmarcan este privilegiado rincón. Quizás la vista sea más personalizada hacia el Sudoeste. Tras la barrera de las Peñas Cifuentes, se sucede un agolpamiento de desiguales cordilleras. Si bien los mejores encuadres serán los que jalonen el camino de regreso. Llama la atención la estilizada silueta del Madejuno, irrumpiendo sobre los contrafuertes de los Tiros de Casares. Destaca la brecha por donde discurre la trepada de su espolón Sudoriental, quedando la vira normal de subida oculta en el costado derecho de la estilizada torre.

Se regresa por la cresta, tanto más amplia cuanto más se aproxima a los Tiros de Casares. El último tramo, el descenso hasta la horcada, se recorre por la loma de llambria que va dando vista a Horcados Rojos, amplia abertura entre la torre a que da nombre y la piramidal montaña del Tesorero, a través de la que se ve la azul línea del horizonte del Mar Cantábrico.

Los Tiros de Casares es paso entre la vertiente de Cabaña Verónica y el Hoyo del Sedo. Un sendero bastante frecuentado traspone la horcada. Forma parte de uno de los distintos itinerarios que utilizan los montañeros para enlazar los distintos refugios de montaña de los Picos de Europa, evitando -en este caso concreto- la peligrosa trepada de Tiro Callejo.

Tiros de Casares - Vega de Liordes (1 hora)

En el paso de los Tiros de Casares se toma dirección suroeste, siguiendo el sendero de pelada gravera que baja por esta vertiente de la horcada. El estrechamiento inicial por donde serpentea la pisada vereda, da paso a una abierta vaguada. Esta alargada hondonada del Hoyo del Sedo viene delimitada por la izquierda por un monótono canto. Presenta una amplia collada en la parte inferior, cerca de la embocadura de salida del hoyo. Por la derecha se yergue solitaria la Torre de la Horcada Ancha. La horcada que le da nombre es la vasta collada que la precede, por donde devola la senda que sube a las Colladinas bordeando la depresión del Lago Cimero por los lleraos inferiores de la Torreblanca.

Bajado el estrechamiento en que se entuba el sendero que pasa por los Tiros de Casares, se gira completamente a la izquierda, ladeando a media altura la pedregosa falda occidental de los contrafuertes de la Torre del Hoyo Oscuro. El flanqueo finaliza a la altura de la horcada recubierta de pasto que se encuentra al otro lado de los contrafuertes (paso hacia el Hoyo Oscuro). Esta travesía pretende situar la vereda en el lateral izquierdo del Hoyo del Sedo, donde se encuentra un ceñido canalón que baja a una plataforma intermedia. Se trata de evitar una bajada directa desde la Horcada de Casares, dada la caótica configuración orográfica del Hoyo del Sedo. El desordenado entramado de pétreas llombas, torcas y llambriales invita a buscar una línea evidente de descenso que es la que se ha encontrado por la izquierda de la alargada hondonada.

Desde la plataforma intermedia, siempre por la izquierda, se entra a un segundo canalón, más breve que el primero, que lleva a la planicie inferior de la hondonada. Se recorre toda la ondulada explanada lapiaz, hasta llegar a una banda de campera que la atraviesa de parte a parte (a la altura de la collada mencionada someramente en la descripción general del Hoyo del Sedo). Se entra por la derecha de esta franja de pasto, bordeando por este lado unas rocas ferruginosas que afloran en un peñasco. Este alfombrado pasillo de campera conduce a la estrecha vaguada de salida, en dirección a la Torre de Salinas y la Torre del Hoyo de Liordes (máxima altura de la Peñas Cifuentes). Entre los jitos que van orientando nuestro camino, se encuentran un par de ellos levantados con trozos cargados de mineral de hierro, dándoles una destacada tonalidad rojiza.

Esta entubada vaguada, que se erige en desagüe natural del Hoyo del Sedo, acomete un breve descenso. Muere en el camino que viene de Collao Jermoso, colgada sobre los paredones que se precipitan sobre la Canal de Asotín (La Sotín). En el punto de confluencia con este camino, entra por la izquierda otra línea de jitos (por una traviesa) que señalizan la vereda que viene de la Colladina de las Nieves. Esta encrucijada de desiguales senderos es una magnífica atalaya para contemplar el Lago Cimero, apenas una lágrima esmeralda escondida en el pequeño valle lateral de la vaguada principal de Asotín. La enorme abertura de la canal, primitiva lengua glaciar que entró en cuña entre la Torre del Friero y la Torre de las Colladinas, es una ventana abierta a la excelsa belleza del Cornión, el reino de Peña Santa.

El camino de Collao Jermoso se coge en la misma entrada del Sedo de la Padiorna. Traza un par de revueltas en plena peña e inicia una travesía descendente. Al llegar a la altura de la Collada de la Padiorna baja directo a la misma, entrando en una nueva encrucijada de caminos.

La Vega de Liordes es una enorme cubeta recubierta de húmedos pastizales. Las entradas naturales a la vega se corresponden con las tres depresiones que se incardinan entre las montañas circundantes. La separación entre la Padiorna y Peña Remoña dan vida a la boca más imponente (al Este de la vega). En un extremo de la amplia comba se sitúa el Collado de Liordes. Por el collado, bajo la sorprendente faz desplomada de La Padiorna, transitaron durante años las cargas de mineral arrancadas de las entrañas de la peña. Las viejas explotaciones mineras han mudado en silenciosas bocaminas, inertes vestigios de un miserable pasado. Quedan como legado los treinta y cuatro tornos que los sufridos bueyes recorrían a diario en su penoso bajar las explotaciones de Fuente Dé.

La tajada que se corresponde con el Collao de Remoña se esquina en el vértice sudoeste de la vega, entre la Torre de Pedabejo y las estribaciones de la Torre de Salinas.

El magno lecho de la lengua glaciar alimentada en el depósito de Liordes se abre camino entre la Peñas Cifuentes y la accidentada orografía del Llambrión. Esta inmensa ventana al Macizo del Cornión, orientada al Noroeste, se muestra menos homogénea a ras de suelo. La loma lapiaz que delimita la hondonada de Liordes por el Norte, reconduce las veredas de entrada a la vega a la vasta collada de campera de La Padierna, sita en el extremo Norte de la vega bajo la franja rocosa que se extiende desde la cumbre de la Padierna hasta la Torre de las Colladinas.

Una somera referencia a las montañas que circundan la Vega de Liordes, puede ayudar a una mejor ubicación de las colladas referidas. La silueta del Pico de La Padiorna (Padierna), pese a su vertical novedad, nos es ya familiar. Asomaba su cima a nuestra llegada a Espinama. Retornó a nuestra compañía al coronar la Horcadina de Covarrobres. En toda la ruta no se ha hecho otra cosa que rodear su punto cenital, como el compás que gira entorno al punto central en que fija su aguja. Cuatro caras radicalmente diferenciadas, pero que no ocultan esa cierta familiaridad derivada del trato continuo.

También se vislumbra la conjunción de torres de Peña Remoña desde las terrazas de Espinama, mostrando orgullosa su vertiginosa franja de traviesas. Esta esbelta configuración pétrea, se desfigura sobre la placidez de Liordes, transformándose en una homogénea sierra que delimita todo el frontal Sur de la vega. Del conjunto se desgaja, en el extremo occidental, la Torre de Pedabejo, separada del resto por la banda de campera de la Cuesta Regaliz.

La caliza recupera pleno dominio en la allombada torre de Salinas, inexpugnable baluarte que se yergue al Oeste de la depresión de Liordes. Al Noroeste de su cima, la cresta presenta una pequeña tajada vertical sobre el Hoyo de Liordes, reducida cubeta que se esconde en el circo que se forma entre la Torre de Salinas y la Torre del Hoyo de Liordes.

No puede cerrarse este apartado sin un rápido recorrido por el fondo de la vega a través de estas líneas. En las escolleras mana un gélido arroyo, dotado del cristalino reflejo que atesoran las riquezas minerales del subsuelo. Los rayos del sol atemperan los meandros que riegan tan extenso pastizal. El breve curso del arroyo, condenado a fluir sin descanso por los bajíos de Liordes, rebasa con insistencia sus fronteras. Inconformista, rechaza sujetarse a un paisaje inmóvil y eterno. Sus aguas se extienden por la plana vega, encharcando desiguales manchas de tierra. Círculos y figuras lacustres, que dotan a la vega de una amalgama de colores mutable al compás de las estaciones. Caminos de florecillas siguen la líneas de riego contrastando con la diversidad de verdes tonalidades. Torres calizas adornadas de nieves perpetuas emergen en el centro de la hondonada, reflejos efímeros descompuestos al paso del ganado. En un rincón, el viejo chozo, impertérrito ante la lúgubre compañía de la pequeña gruta que amenaza con engullir el curso de agua que dota de vida las delicias de Liordes.

Vega de Liordes - Collao de Remoña - Sedo de Remoña - Majadas de Pedabejo - Las Berrugas - Pido - Espinama (2 horas 30 minutos - 3 horas)

El camino del Sedo de la Padiorna baja directo a la encrucijada de caminos de la Collada de la Padiorna. Por la derecha llega el sendero que remonta toda la Canal de Asotín. Más pisado, a la izquierda, recorriendo a media ladera las faldas pedregosas del Pico de La Padiorna (en dirección al Collado de Liordes), continúa el sendero terroso que enlaza con los Tornos de Liordes. De frente estaría el sendero de Pedabejo (el que he elegido para el regreso).

Su trazado se borra en la campera de la collada, de ahí que pase desapercibido. Desciende por una vaguada de campera (en dirección a la Torre del Hoyo de Liordes), que bordea por la derecha los cabezos calcáreos que delimitan la Vega de Liordes por el Noroeste. Al finalizar el rodeo, la vaguada gira a la izquierda, embocando el Collao de Remoña.

Afronta un largo flanqueo bajo las lomas morrénicas que descienden del Hoyo de Liordes (cuenca entre las Torres del Hoyo de Liordes y de Salinas). Atraviesa lo que fue el lecho de la primigenia lengua de hielo que se descolgaba sobre la cubeta de la Vega de Liordes. Asciende unos metros, uniéndose al camino que viene del cercano chozo de Liordes. Continúa la subida hasta coronar el Collao de Remoña.

Se devola el collado, dejando atrás la compañía de la hermosa vega que se ha venido bordeando. Se baja a una vaguada, en la boca de la Canal de Pedabejo. Se deja la cabecera de la canal a la izquierda, remontando al collado que está de frente (Alto de la Canal).

El Alto la Canal es un falso collado de fuertes hierbas, sito en el extremo inicial de la cresta que sube intermitentemente a enlazar con la arista de Salinas. Queda sobre la Canal de Pedabejo, profundo canalón que desciende al pie de la vertical pared occidental de la Torre de Pedabejo. Es paso obligado para entrar en el Sedo de Remoña (Iš). El frecuentado sendero del sedo está muy marcado. Pasa a un segundo collado antes de entrar en el embudo de descenso. Baja por la derecha del cegado canalón por el que se descuelgan inclinadas llambrias. Gana un estrecho canto, por el que baja serpenteando antes de entrar en el cuenco de salida del sedo (Iš), sobre los inabarcables pastos que vierten a Cantabria.

El sendero, trazado en una mancha de pedrero desdibujada entre el matorral, baja a la zona de pasto. Una senda (procedente de la Canal de Pedabejo) cruza la campera de izquierda a derecha, enlazando con la pista que baja al Caben de Remoña (aguas vertientes a los valles de Liébana y Valdeón). Bajo la línea de la senda afloran unos riegos de llamarga, donde brota la fuente. Se ha construido un bebedero unos metros más abajo, facilitando la localización del manantial.

Por la pendientes vallejas que bajan al Este (tomadas de brezales y llamargas) se llega a la majada de Pedabejo. En la solitaria cabaña, sita en un altozano junto a un cercado de madera, se toma un tramo cegado de pista que baja a un bebedero.

Por senderos de ganado se tratará de descender hasta un tramo recto de pista que se ve debajo de la vaguada. Es la misma pista que, en los montes de enfrente, corta en diagonal la cuesta norteña del Alto de la Triguera, marcando una pronunciada revuelta a escasos metros de la vega de Bustantivo (reconocible por el verde cuenco de pasto que se intercala entre las laderas de matorral, sobre los lindes del bosque). También en diagonal se descenderá para enlazar con esa pista, en el punto donde dobla la loma y se pierde de vista. Destaca la redondeada meseta de campera, donde crecen tres solitarias espineras, contigua a la pista.

Así en el bebedero se toma la senda de tierra que en suave descenso llega a una alambrada que cierra el paso. Se pasa por el entramado de hierros que hace las veces de portilla, entrando en una loma que se dobla por encima de la línea de Escobales. Por terreno abierto se van buscando las sendas del ganado más cómodas que se dirigen a la circular campera que da paso a la pista. Atrás se dejan las estribaciones de Salinas y la angostura de Pedabejo. Al otro lado del valle, la recóndita placidez de los Puertos de Somo, apenas se intuye entre la silenciosa cascada que irrumpe entre las blancas paredes que se ciernen sobre la cuenca del río Cantiján. Paredes de las que se desgaja una gruesa aguja que muestra su sombría silueta. Al fondo la piramidal figura del Coriscao, que irá acompañando nuestro descenso a la confluencia de esta riqueza de valles, en las inmediaciones de Pido.

La pista viene del Puerto de Pandetrave (por donde pasa la carretera que une los pueblos de Portilla de la Reina y Santa Marina de Valdeón). Es común con la que sigue hasta el Caben de Remoña, pero se desdobla a la altura del Collao de Valdeón, pasando a esta vertiente cántabra del modesto cordal.

Se toma la pista en dirección Este. Las cuestas de escobales pronto ceden ante el rastrero matorral. Abajo en el fondo del valle disfrutan los pueblos de Pido y Espinama de los últimos rayos de sol. En la parte baja de la cuesta que se va atravesando, paralela a la nuestra, discurre la pista de Bustantivo. En el fondo, escondido en la mancha forestal, arroya el río Cantiján.

El descenso fuerte no empieza hasta entrar en el bosque. En una pronunciada revuelta se une la pista que se acaba de mencionar, la que viene de Bustantivo. Se sigue por la pista hasta los invernales de Las Berrugas. La luz del atardecer ilumina los Pico de Valdecoro. Sobre el imponente murallón que cierra el circo de Fuente Dé, emerge un bastión amesetado coronado por una gorra de ondulado pasto. Inolvidable silueta para una montaña que no hace honor a su nombre.

En los invernales hay que tirarse por una pista secundaria, dejando la principal que baja al circo glaciar donde brotan las aguas del Deva (da un largo rodeo, de ahí que nos decantemos por la bajada más directa). El ramal escogido se bifurca en varios brazos. Se entra por el del centro.

De los Invernales de Las Berrugas bajan dos pistas, ambas llevan a un tramo de asfaltada pista que pasa por una quesería. La primera lo hace cerca del cruce con la carretera cegada que sube de Espinama (a la altura de la Vega del Naranco); el otro ramal entra en el asfalto más próximo a la nave de la quesería, en la confluencia de las cuencas de los ríos Cantiján (primer puente que se pasa) y Las Bárcenas (segundo puente). Sigue el linde del bosque, bordeando las praderías de Pido que se extienden por la margen derecha del río Deva.

Viejos invernales nos reciben a la entrada del pueblo. Si ha de seguirse hasta Espinama puede optarse por utilizar la carretera del pueblo (según se entra en Pido se tira directo para abajo por una empinada callejuela hormigonada); o el viejo sendero, para lo que ha de atravesarse todo el pueblo (lo normal es perderse entre sus casas).

 

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