AMIEVA- COLLAO DE ANGÓN - CENTRAL HIDROELÉCTRICA DEL RESTAÑO - SEOS DE OZANIA - JOU LA PERRA - CEBOLLEDA - JOU LES POCES - HORCADA DEL ALBA - LA TORREZUELA - TORRE DEL TORCO - JOU LES POCES - BOCA CORROBLE - MAJADA DE CORROBLE - VALDELASOMBRA - CAROMBO - BARCINERA - VALDELOSCIEGOS - SOTO DE SAJAMBRE (travesía)
Punto de partida: Amieva. Aunque la ruta se ha planteado como una travesía, existen varias alternativas para reconvertirla en un circuito.
Duración: 12 / 13 horas. Las marchas de aproximación se ven inevitablemente condicionadas por la concentración de los escasos núcleos rurales en los valles que vierten al Sella. Este río se erige en el límite occidental del submacizo del Precornión. Será la cuenca de uno de sus mayores afluentes por la derecha, el río Dobra, la que desgaje las hermosas sierras y puertos integrantes de aquél cordal, del núcleo matriz en que emergen las atormentadas formaciones kársticas del Cornión. Este tránsito de las vertientes del Sella a las vegas de la vera del Dobra, a través de las colladas o pasos cimeros del Precornión, constituye por sí mismo un itinerario individualizado, origen de bellas rutas de senderismo. La verdadera aproximación a la montaña se inicia a orillas del Dobra. Abandonados senderos, sedos y veredas que compaginan la cíclica alternancia entre longitud y desnivel. Una travesía de gran dureza, incardinada entre un prólogo y su epílogo, redactados por la secular dependencia de estos pueblos de montaña de la cuenca del Sella.
La travesía propuesta está reñida con el sedentarismo a que vive sometido el hombre moderno. Aquellos montañeros que restrinjan su actividad física a las salidas de fin de semana, podrán estructurar el recorrido en dos o tres jornadas. La normativa del Parque Nacional de los Picos de Europa permite el uso de tiendas de campaña, siempre que se monte al atardecer y se levante al amanecer. El vivac no parece sujeto a otras restricciones que las derivadas de un uso respetuoso del medio.
Desnivel: 1.700 metros. La puerta de entrada a esta vertiente occidental del Macizo del Cornión se circunscribe básicamente a los enclaves de Soto de Sajambre y de Amieva, pueblos asentados en los recogidos valles del Precornión. Este submacizo es un individualizado cordal, desgajado del macizo en que se integra por la garganta del río Dobra. La profunda depresión que se ha horadado a lo largo de esta cuenca fluvial, supone un factor distorsionador que va a condicionar los desniveles y dureza de las rutas que se adentran en los pastos de la alta montaña del concejo de Amieva. Esta eventualidad aconseja matizar el desnivel reseñado, incrementándolo con la toma en consideración de un concepto más ajustado a la realidad del terreno como es el del desnivel acumulado, que podría rondar los 2.200 metros.
Dificultad: Algo difícil (IIIš). La trepada a la Torre del Torco puede afrontarse indistintamente desde el Jou Santu o desde el Jou de Pozas. Las distintas guías reseñan en ambos casos una catalogación de tercer grado (IIIš). Sin embargo, la vía normal de la cara Oeste (vertiente de Pozas) es más corta y sencilla. Personalmente creo más acertado calificarla de poco difícil (IIš). Esta gradación sería más acorde con la consideración de la arista de las Tres Marías como una trepada de este mismo grado. La ascensión a la cumbre Sur de esta trilogía, es un interesante complemento a la vía normal de la Torre del Torco.
La Torrezuela, por su parte, presenta una arista de segundo grado. Una vira evita el sector más escarpado y aéreo de la cresta, rebajando la dificultad de la ascensión a una bella trepada de Iš/IIš.
Mas las dificultades del recorrido no se circunscriben a la ascensión de las cumbres. Los Seos de Ozania (IIš) exigen una primera toma de contacto con la trepada y los abismos. A lo largo de la marcha se sucederán tortuosos espacios de lapiaz, que borran el rastro de las intuidas veredas y requieren de sobrada solvencia para el desplazamiento por terreno agreste. El llambrial recobra su máxima expresión en la vertiente Sur de la Horcada del Alba. Caminos imaginativos en la peña que se traducen en cortas y sencillas trepadas (Iš), que encontrarán continuidad en el flanqueo bajo los contrafuertes de la Torres de Enmedio y de las Tres Marías.
La alta montaña cobra en este rincón su verdadero significado. Los antiguos caminos de las majadas han ido degenerando en difusas veredas que van cediendo ante el empuje de la vegetación y los avellanos. De los viejos poblados en la montaña no quedan sino un montón de ruinas indefensas ante el paso del tiempo. Del pretérito bullicio de las majadas apenas queda el acompasado tintinear de los cencerros. La señalización de los senderos se restringe a un relativamente frecuentado recorrido que simplemente roza tangencialmente nuestra ruta. La "seguridad" (o por mejor decir, comodidad) de los refugios no es sino una vaga referencia de la presencia de uno de estos monopolios urbanizadores destinados al uso de los montañeros (colectivo que se autoproclama máximo defensor de los espacios de montaña) en un rincón alejado de la vertiente Norte del macizo; o el nostálgico recuerdo, de los amantes de una naturaleza domesticada, de las ruinas que recuerdan el desprecio de nuestro colectivo al aislamiento, virginidad y soledad de la alta montaña (valores intrínsecos de las agrestes cumbres; que decimos anhelar, pero que tratamos de encubrir).
La marcha de aproximación a la montaña recobra el significado que le es propio; un espacio de transición entre el valle y la peña, cuya dureza deriva de la altitud y aislamiento de la cumbre elegida. Cuando ese progresivo alejamiento de la civilización no se enmascara con una urbanización agresiva de recónditos enclaves, ajena incluso al emplazamiento y fisonomía de los asentamientos tradicionales en los puertos de altura, la montaña recupera ese halo de espiritualidad (morada de dioses, monstruos o seres mitológicos) con que el hombre encubrió sus miedos desde tiempos remotos. Respuesta irracional a un temor racional a una naturaleza hostil y eternamente cambiante que se muestra desafiante en los confines de la influencia humana. Esos valores intrínsecos a los espacios vírgenes o escasamente degradados, sujetos todo lo más a actuaciones esporádicas temporalmente localizadas, han sido redefinidos por el hombre moderno. La creciente demanda de espacios naturales por una sociedad ociosa se ha asentado sobre una concepción turística a la que no se escapan los más escarpados y apartados rincones. Frecuentemente encubierta como actividad deportiva, ha ido rebajando las exigencias de la montaña al nivel de un colectivo heredero de las ansias del turismo de montaña decimonónico.
Esta concepción popular de la montaña parte de un enfoque sesgado del montañismo ajeno a la historia, evolución y tendencias de aquellos hombres que han ido marcando la pauta de nuestra disciplina. La Torre del Torco, al igual que cualquier otra montaña, puede acometerse desde distintos puntos. La elección de uno u otro nunca es aleatoria, sino que responde a una distinta concepción de la montaña que no es ajena a los condicionantes extrínsecos a la misma. Desconocer esta realidad, simplificando el valor de una cumbre en los dígitos que representan su altura o la dificultad de su vía normal de subida, revela un acercamiento autómata a la montaña, la mayoría de las veces basado en la ignorancia. Porque la dificultad deriva de múltiples factores. La ausencia de caminos o la dureza de la marcha de aproximación rara vez es uno de esos condicionantes que engrandecen una cima, cuando estas circunstancias no se desvinculan de aquellas actuaciones que en su día sustentaron el turismo de montaña y que en la actualidad se han ligado erróneamente al montañismo. La vuelta a la naturaleza virgen, aquélla que reclamó el interés de los pioneros, requiere un cambio de mentalidad; no ya por el bien de nuestra disciplina, sino por una preparación más acorde a los peligros que las mismas montañas presentan a los "nuevos" montañeros.
Es este espíritu el que impregna estos recorridos por los rincones mejor conservados del Parque Nacional, obligando a una disertación quizás más sintomática de la dificultad de la ruta que la simple traducción de los valores de una escala que se pretende objetiva de los condicionantes de tipo técnico.
Características:
La lectura de los apartados anteriores pone de manifiesto el auténtico encanto de esta ruta. La montaña deja de ser ese espacio domesticado que pone sus cimas al alcance de cualquier persona, para reafirmar su identidad. El montañero ha de aceptar un compromiso. Se ha decantado por adentrarse en pleno corazón del Cornión. El sacrificio que la montaña le reclamará estará en consonancia con objetivo propuesto.
Se ha buscado un rincón de Los Picos ajeno a los condicionantes del "montañismo popular", con el fin de devolver todo el protagonismo a la montaña. La belleza de los paisajes adquiere una nueva dimensión, al perder su consideración de meras panorámicas de postal, gracias a una integración completa del montañero con el medio. El montañero se funde en una riqueza de ecosistemas, donde aún son posibles los avistamientos de las más emblemáticas especies de nuestra fauna: rebeco, águila real y lobo. Llegando incluso a constatarse el esporádico paso del oso y la cercana presencia de cantaderos de urogallo.

Descripción:
Accesos
A unos quince / veinte kilómetros de Cangas de Onís por la N-625 o carretera del Pontón, en la localidad de Ceneya, se toma la sinuosa carretera de montaña que sube al pueblo de Amieva (4 km).
El desvío de Soto de Sajambre (5 km.) se encuentra a treinta y cinco kilómetros de Cangas de Onís, en la misma carretera nacional, unos quinientos metros antes de llegar a la capital del Valle de Sajambre, Oseja.
Amieva - Collao de Angón - Restaño (1 hora)
El estrecho desfiladero del río Vallegón, se abre a un abrigado valle de bosque y praderías. En un lateral del mismo, protegido en un flanco de la llomba sureña del pico La Cuesta, se recoge el pueblo de Amieva. Privado de la capitalidad del concejo a que da nombre, aún conserva el nostálgico recuerdo de una de las principales comunicaciones con Castilla.
La iglesia recibe al visitante que se acerca al pueblo. A la izquierda de la carretera quedan las paredes del antiguo cementerio, hoy reubicado en las afueras. Dos grandes edificios, la abandonada escuela y una casa de reciente construcción, encierran un rectangular recuadro de aparcamiento. Entre la iglesia y el pequeño rincón que acogía el viejo bar del pueblo, adosado a la desmesurada vivienda, se cuela la carretera. Este ramal asfaltado se erige en la columna vertebral que estructura la alargada configuración de Amieva.
La pista que sube al Collao de Angón, arranca a escasos cincuenta metros de Amieva. Pasa junto al nuevo cementerio y se adentra entre los dispersos invernales. Sube a unirse a la que sale por la parte alta del pueblo, fusión que se consuma en las praderías que se extienden a lo largo de la falda de la Sierra de Amieva. Flanquea el sector sudoriental de la sierra, por los lindes de las praderas de La Cotada de La Visitancia.
El Collao de Angón (815 m.) es una ventana abierta a la vertiente occidental del Macizo del Cornión. Se interpone entre ésta y el Precornión la cuenca del río Dobra. A la vera del río, las plácidas praderías de Angón permiten un respiro en el atormentado discurrir del Dobra. Este impetuoso torrente se encañona en profundos y estrechos desfiladeros. Aguas arriba la garganta choca contra los gruesos muros del embalse de la Jocica; aguas abajo, la corriente vuelve a internarse en las entrañas de la peña, dando forma - posiblemente - al cañón más salvaje e impenetrable de nuestra orografía. Los viejos pasos pastoriles y las impensables majadas a orillas del Dobra, van sucumbiendo inexorablemente al empuje irrefrenable de la exuberante vegetación.
Si bien las orillas de la margen izquierda del Dobra ceden momentáneamente en bravura, domadas por la manta de suaves laderas de campera que se desliza desde el Collao de Angón; la escarpada orografía de su margen derecha no da tregua. Desplomados abismos se precipitan sobre el lúgubre lecho del río. Dos marcadas tajadas cortan la peña de arriba a bajo: el Canalón del Texéu y el Valle de Ozania. Sobre aquél penden inclinadísimas laderas herbosas, son las llamadas playas. Se extienden por toda la falda de una vertical barrera de llambria, en cuyo vértice reposan los restos de D. Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa. Este farallón calizo es la continuación de una abismal pared de llambria, que configura la cara Oeste de la mole de Cotalba.
El espolón rocoso que se precipita de la cima del Lindón separa el Canalón del Texéu de los Seos de Ozania. Por la Boca Les Albarques, collada contigua a aquella peña, traspone el antiguo sendero que unía las majadas de Teyeres y del Jou La Perra. La primera preside las playas herbosas a que da nombre; la segunda se recoge en la cabecera del Valle de Ozania.
El Valle de Ozania es la puerta de entrada a un alargado circo de alta montaña. Se integra prácticamente en su totalidad en el concejo de Amieva. Viene delimitado por una cuerda de cumbres que rebasa la barrera de los dos mil metros. Cotalba, la compacta mole caliza que se yergue sobre el Canalón del Texéu, marca el inicio de esta escarpada alineación de torres. Su grandiosidad encubre las cumbres que delimitan el Jou Lluengu por el Norte. Procederé brevemente a su descripción, pues se irán perfilando a medida que la ruta se adentre en el laberíntico mundo de este alargado y profundo jou.
A continuación de Cotalba (2.026 m.) vendría la Torre de la Canal Vaquera (2.041 m.), separadas por la vasta Collada de Santa María (1.945 m.). Una estrecha horcada de verde pasto, la del Poyo (1.979 m.), precede a la aguja del Tercer Poyón (2.025 m.). La Horcada Ancha, colgada sobre verticales llambrias, se recorta en el cielo enlazando aquella aguja con la arista Noroeste del Requexón (2.170 m.). El límite del concejo se desentiende de la cuerda de cumbres, cortando directa hacia La Torrezuela. Se desgaja así el único trozo del circo que no pertenece a tierras de Amieva.
Entre el Requexón y las Torres de Cebolleda (2.438 m.) se intercala una alargada crestería que se interrumpe en las amplias laderas de pasto alpino de La Mazada. Las Torres de Cebolleda se integran en una homogénea arista asentada en desplomadas llambrias. Una cueva en la base de la pared, sobre el emplazamiento de Fuente Prieta, configura ese sombrero de llambria que quiebra la verticalidad. Tras las torres emerge la Peña Santa de Enol (o Torre Santa María), haciendo valer sus dos mil cuatrocientos setenta y seis metros. Pasa desapercibida la aguja del Gua, comprimida entre estas esbeltas aristas calizas.
El glaciarismo de épocas remotas ha modelado la configuración de la atormentada orografía de los Picos de Europa. Esa acción erosiva de las lenguas glaciares, puede explicar la, a simple vista, simple orografía del circo que representa la participación administrativa de Amieva en la alta montaña del Cornión. El principal cuenco que alimentara la lengua glaciar se asentaría en lo que hoy es el Jou de Pozas. Se ha descrito el lateral derecho que encauzaría la lengua de hielo. Cerrando el circo por el Este se eleva una barrera de torres que se extiende entre ambas Peña Santas, la de Asturias y la de Castilla. Este recortado cordal pétreo separa el Jou de Pozas del Jou Santu. En esta depresión se asentaría un segundo cuenco glaciar que, a su vez, alimentaría una segunda lengua de hielo, que se precipitaría sobre el Cares (en el actual emplazamiento del pueblo de Caín) rompiendo sobre los paredones que quiebran la uniformidad de la abierta Canal de Mesones.
La Horcada de Santa María, junto con la Forcadona (o Jorcaína del Neverón, según testimonios recogidos por Ramón Sordo), serían las estrechas brechas que desgajan el cordal del Torco de la Torre de Santa María y de la Peña Santa de Castilla, respectivamente. En la canal de pedrero que se descuelga de la Horcada de Santa María, se trazan las retorcidas revueltas de un camino carretero que afronta sus últimos escorzos. Forma parte de una red de caminos que vertebra la vertiente Norte del Macizo Occidental. Una intromisión de la apertura del turismo a la alta montaña que lleva a situaciones sangrantes. Montañeros que en las graveras inferiores de la Horcada de Santa María, una vez finalizado el camino que los encauzaba como ovejas en pleno corazón de Los Picos, empiezan a plantearse si en realidad ese camino conduce a la Vega de Ario o, incluso, al Mirador de Ordiales.
Al Sur de la horcada irrumpe un bloque calizo del que emergen dos torres, la de la Horcada y la de Enmedio (2.460 m.). Verticales paredes se descuelgan sobre una antecima que precede la cortante arista de la Tres Marías. La cima principal es la Norte (2.408 m.). La más sureña destaca como un anexo de la Torre del Torco, que recibe el sobrenombre de Porro del Torco (2.406 m.). En la horcada intermedia entre ambas peñas, el Porro y la Torre del Torco (2.451 m.), confluyen las vías normales de trepada que se encaraman en a arista cimera del cordal.
El compacto morro cimero del Torco cae a plomo sobre La Forcadona, abertura que desgaja este cordal de las estribaciones occidentales de Peña Santa. Un dentado espolón se escalona el Oeste, dando forma a la Horcada de Pozas (o La Forcadona, según la toponimia apuntada por Ramón Sordo).
La Horcada de Pozas es un profundo boquete que comunica el jou que le da nombre con La Llerona, en la vertiente leonesa del macizo, y paso a Vega / Llagu Huerta, bucólico pastizal alpino que no ha sucumbido a la política urbanizadora de los refugios de montaña. Las ruinas del primitivo enclave urbanizador (encubierto como instalación deportiva de primera necesidad; sin reconocer que en las sociedades consumistas modernas las necesidades no responden a una carencia sino que se crean para favorecer determinados intereses) son el único vestigio de un vano intento por degradar la sublime cara Sur de Peña Santa a la categoría de mera escuela de escalada de alta montaña.
Las pulidas paredes que delimitan por el Oeste la forcadona de Pozas, pues su grandiosidad excede con creces la pequeñez de una simple horcada (la orografía del terreno parece corresponderse con la toponimia recogida por Ramón Sordo), culminan en Los Estribos (2.297 m.), cumbre anexa a la máxima altura de la cantabria que delimita por el Sur la cuenca glaciar que, decía, alimentaría la lengua glaciar que habría modelado el Jou Lluengu: la Torre de la Cabra Blanca (2.320 m.). Esta peña se caracteriza por la diagonal que corta su cara Norte (vía normal de subida). Sus desplomadas verticalidades remarcan la estrecha brecha que se incardina entre la Cabra Blanca y El Diente, porro inicial de la segunda parte de esta cantabria o cordal.
El Diente (2.298 m.) es una pequeña aguja que se individualiza al Este de la roma cima de La Garita Cimera (2.274 m.). Estas dos cumbres marcan el punto de inflexión del cordal, cuya fisonomía se simplifica en la homogeneidad de una alargada cresta descendente. La sombría cara Norte del cresterío cierra en arco los Hoyos de Corroble, lomas morrénicas que se intercalan entre la Boca homónima y el Jou de Pozas. Esta lúgubre línea curva de la arista de la Garita Bajera recibe el nombre de La Sombrona.
La Boca de Corroble es un inmenso espacio vacío que interrumpe la agreste arista de la Garita Bajera. Una horcada de considerables dimensiones que se abre camino entre compactas murallas calizas. El Camperón (2.007 m.) delimita la abertura por el Noroeste, dando forma a una vaguada que baja hasta la majada de Corroble. Desde las ruinas del olvidado asentamiento pastoril el Camperón se yergue como un auténtico torreón; majestuosidad que se desdibuja por la cara oculta de la montaña. Su bonita cresta cede ante los suaves relieves de pastizal del Collao Verde. Precede el collao a la descendente cuerda cimera de la Sierra Mercader, un canto orientado al noroeste que delimita por la derecha el profundo valle del Jou Luengu. En plena sierra se abre la Muda de Ozania, por donde traspone el paso de las vacas a los pastos de Cebolleda y del Jou la Perra. La collada apenas quiebra la uniformidad de la homogénea sierra (sólo se destaca desde la vertiente del Jou Luengu). Será otra collada, contigua al Cantu Jañón (1.592 m.), la que ceritifique la descomposición del cordal. La vasta depresión rompe en herbosos llambriales sobre el Valle de Ozania. La aparente comunicación entre ambas vertientes de la sierra, se transforma en las umbrías de Ozania en un vertiginoso corte sólo apto para las cabras y los atrevidos pastores. El camino de las vacas se desentiende de la línea del cordal, incrementando la longitud del rodeo que su inadaptación a la alta montaña les impone. El Abedul, franja de campera que se adhiere a los pliegues de la montaña, asiste impasible al tránsito de regreso de los grandes rebaños de Amieva a la seguridad de Bellanzo (donde se coge la pista del Restaño, que muere al doblar el canto en el Embalse de La Jocica).
Resta por hacer una somera mención a una de las montañas más renombradas del entorno, que no ha sido incluida en esta parcial descripción de la alta montaña del concejo de Amieva. La Torrezuela es un torreón desgajado de la línea de cumbres que delimitan los circos de la cabecera del Jou Luengu por el Este. Esta irrupción kárstica emerge sobre el pretérito cuenco glaciar, deslindando el Jou de Pozas del laberíntico escar de Fuente Prieta. Por las graveras de sus inclinadas faldas occidentales dobla el sendero pintarrajeado que pasa de la vertiente Norte del Cornión a la zona leonesa de Vega Huerta. La Horcada del Alba es el engranaje que fija este apéndice del cordal del Torco a los contrafuertes de la Torre de Enmedio.
Tras esta larga y obligada exposición, procedo a continuar con la descripción de la ruta (que se había detenido en el Collao de Angón).
En la explanada contigua a la pista hormigonada que traspone el Collao de Angón, confluyen dos amplios caminos carreteros, el de Gustaviegu y la Senda del Arcediano. Bellos recorridos por la cambiante orografía del Precornión. Baste la referencia, sin incidir en mayores precisiones, pues, encauzado nuestro caminar en una pista recubierta de una gruesa capa de hormigón, no plantean dudas los caminos que se desgajan de la misma, por muy amplios y frecuentados que puedan ser.
La pista devola la collada, iniciando un largo y pronunciado descenso entre las cercadas praderías y los dispersos invernales de Angón. La pérdida de altura permite que las peñas de la margen derecha del Dobra vayan adquiriendo unas dimensiones desproporcionadas, ocultando las hermosas cimas calizas del macizo y engullendo la abierta panorámica de que disfrutaba nuestra pista.
Bordea la pista las praderas del fondo de recogido valle por la derecha. Los invernales se concentran en las fincas de la vera del Dobra. En los márgenes de la carretera se suceden las residencias estivales. Los ruinosos barracones que acogían a los trabajadores de la central, contrastan con cuidadas y remozadas construcciones que se suceden a lo largo del recorrido. Una pequeña casita de madera evoca la típica arquitectura que predomina en los valles alpinos de Suiza. Pero el camino continúa y se adentra en las boscosas peñas que caracterizan uno de los rincones más agrestes y salvajes de Los Picos. En un resquicio de la peña se ha construido la central hidroeléctrica que transforma en electricidad el agua embalsada aguas arriba, en el embalse de La Jocica.
Puente Restaño - Ozania - Jou la Perra ( 2 horas - 2 horas 30 minutos)
Los alargados y delgados pilares del Puente Restaño sustentan una plancha de oscuro hormigón recubierto de musgo. Las húmedas barandillas ni siquiera garantizan la falsa sensación de seguridad a que fueros destinadas. El viejo puente se asienta sobre un plano inclinado por el que se desliza la escasa agua embalsada del río Dobra. En uno de sus extremos una portilla corta el retorno del ganado que se trata de subir a los pastos estivales. Al otro lado la pista deja a un lado un pequeño rellano utilizado como aparcamiento.
Esta pista de montaña se está convirtiendo en una vía de entrada al Parque Nacional de los Picos de Europa. Si bien la agreste orografía del macizo en este sector favorece la escasa afluencia de turistas / montañeros (se trataría de uno de los rincones menos agredidos del Parque), se incurre en los mismos errores que se observan en la generalidad de nuestras montañas. La pista que traspone el Collao de Angón sirve para el servicio de la Central del Restaño y el embalse que la alimenta. Asimismo, la diversidad de vegas, majadas e invernales justifica un incesante trasiego de vehículos agrícolas. Incluso se ha de garantizar el libre tránsito de los propietarios de las viviendas construidas en las praderías de Angón. Sin embargo, la desidia ha permitido la intromisión de particulares que utilizan la pista con una mera finalidad lúdica.
La excesiva proliferación de pistas acosa las pequeñas cordilleras españolas. Son montañas humanizadas desde tiempos remotos, que justifican algunas (o muchas) de estas heridas. Sin embargo, sólo afectando las pistas al uso a que han sido destinadas, puede minimizarse el impacto de estas obras. En la medida en que se desvirtúe la finalidad para la que fueron creadas, afectándolas a un uso turístico, se incrementan sus efectos nocivos en nuestras frágiles montañas.
La estrechez de la pista que entra en el Valle de Angón se ha hecho más acusada con las obras de hormigonado. A duras penas pueden cruzarse dos vehículos. Esta infraestructura es a todas luces insuficiente para erigirse en un acceso rodado de entrada al Parque Nacional. Su uso particular no acarrea más que inconvenientes a los propietarios y vecinos que se ven obligados a un uso cotidiano. Para disuadir a los montañeros que se adentran en esta vertiente del Cornión del uso inadecuado de esta pista eminentemente ganadera, he creído más adecuado plantear la ruta como una travesía. Al describir el paso por la pesada capa de hormigón en un solo sentido se evitan malas tentaciones; al mismo tiempo, se hace más asequible dejar un coche en Amieva en vez de llevarlo hasta la Central.
No obstante, ha de tenerse en cuenta que en el Collao de Angón se entra en el límite administrativo del Parque Nacional de los Picos de Europa, cuyo Plan Rector prohíbe el uso particular de las pistas de montaña, con las excepciones en él contempladas.
En el Puente del Restaño el duro hormigón deja paso a un piso pedregoso. Se entra en los límites nostálgicos del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga (germen del actual Parque Nacional de los Picos de Europa). Un corto repecho rodea el peñón que comprime el curso del Dobra en el lúgubre encañonamiento que rompe sobre el pequeño embalsamiento contiguo a la Central. Atraviesa la pista una conducción de escasa capacidad que encauza el agua sobrante de la riega que se precipita del Canalón del Texéu. La boca de entrada a esta profunda brecha se halla cegada por un contrafuerte que desvía el curso del torrente que discurre por sus entrañas, dando forma a un sombrío salto de agua. El sendero de entrada al canalón remontaría por la Mata la Rasa, tomada ladera que vierte al Dobra desde la boca de la angostura.
Superado el repecho, la pista pierde la referencia directa del río. Atraviesa a media ladera las empinadas laderas que vierten al mismo. Dobla un bosquete, aún bajo el abrigo de la fresca sombra de frondosos árboles, en medio de una vasta explanada de campera. Al otro lado cede la foresta, abriéndose en toda su majestuosidad esta hermosa abertura de la cuenca del Dobra.
Al Norte se yergue dominante la cúspide del Canto Cabronero, asentada en un verde faldón de inclinadas laderas. El Dobra baja abrazando su costado oriental, provocando la desgarradora quiebra de este apéndice del Cornión. El Valle de Ozania, inclinado corredor ligeramente curvo de rabioso pasto, cuelga en lo alto de una cegada abertura que se desgaja al Este de este breve respiro del Dobra en su atormentado destino.
Apenas iniciado el corto descenso que devuelve la pista a orillas del caudaloso afluente, se deja su compañía. El rastro de un sendero parece adivinarse en el talud de la pista. Se adentra en el bosquete que se acaba de doblar. El ganado busca refugio entre las incordiantes matas arbustivas. La tupida mancha arbórea protege a los animales del agobiante calor estival. Durante el invierno, son los animales del bosque los que hallan resguardo entre los pequeños árboles, pues forman un espeso manto que mantiene el sotobosque unos grados por encima del gélido ambiente exterior. Esta afluencia constante de animales somete el suelo a una compactación que impide el crecimiento de la vegetación. El sendero se difumina entre estas calvas terrosas que circundan los troncos de los pequeños árboles, multiplicándose en infinidad de veredas que vertebran el reducido bosquete. Una vez que sale de la mancha arbustiva se empieza a destacar su trazado entre las inclinadas laderas herbosas en las que se adentra. Pausadamente se encamina a los escarpados cortes que sustentan el Valle de Ozania.
El Valle de Ozania es la entrada habitual de los pastores a la majada del Jou la Perra. El abrupto terreno es impracticable para el ganado vacuno. Cada año, en las cortas trashumancias del valle a los altos puertos de los Picos, los pastores guían sus vacas a través de las asequibles inclinaciones de la vertiente sudoccidental de la Sierra Mercader. La Muda de Ozania se convierte así en el único paso hábil para llevar las vacas a los pastos del Jou La Perra.
Conviene detenerse unos instantes para hacer una somera reseña de estos pasos a los puertos altos del concejo. La pista del Restaño desciende brevemente hasta retornar a las orillas del Dobra, en la confluencia con el reseco torrente que se descuelga por las angosturas de Ozania. Un amplio puente empedrado salva el pedregoso lecho de esta riega.
Enseguida se llega a la bifurcación en que se desgaja el ramal que entra en Ceremal, una hermosa majada que se recoge en un circo de campera bañado por las calmadas aguas del caudaloso río. Dulces meandros nutren las pozas sobre las que cruza el funcional puente que da paso a esta majada de la vera del Dobra.
Pasado el entronque, ligeramente por encima de la pista, pipa una fuente de frías aguas cristalinas. Con acusada tendencia ascendente, la pista, hormigonada en los tramos más pendientes, traza desiguales revueltas, retorciéndose en la vasta ladera boscosa que cierra por el Sur nuestra posición. Arriba, en unas hondonadas de vastas camperas se esconde la majada de Bellanzo. La pista dobla el canto rocoso del otro lado de la vega, entrando en las ruinas de la explanada que cuelga sobre el Embalse de La Jocica. En el extremo de la pista, en la artificiosa planicie en que se cogen las escaleras que bajan a los gruesos muros de la presa, puerta de entrada a las abismales angosturas del desfiladero del Dobra, arranca una vira por la que trepa la Senda de la Jocica. Este camino atraviesa todo el desfiladero por las laderas de su margen izquierda (sentido ascendente de la marcha). Discurre a considerable altura, primero sobre el agua embalsada y después sobre el lecho del río. Con el paréntesis de Dobraseca (margen izquierda del río), donde sólo quedan las ruinas de una antigua majada (con el estío el Dobra se sume en este punto, favoreciendo el paso a la campera a través de su pedregoso y reseco lecho), se trata de un recorrido por un terreno montuno en que se suceden reductos forestales, torrenteras, canales y peñas. Al otro lado del desfiladero se recogen los controvertidos pastos de Carombo.
El camino de las vacas a los puertos altos se desvía en la propia majada de Bellanzo. En un bebedero que se encuentra al lado de la pista se deja su compañía para remontar por toda la franja de pradería. Una collada da paso a una segunda hondonada. La campera se impone sobre los reducidos bosquetes. Ladera arriba se remonta hasta coronar una nueva collada, por la que se traspone a las laderas que vierten al Dobra. La senda discurre paralela, a mayor altura, a la de La Jocica. Cruza el seco lecho de un tortuoso torrente. Enseguida da por finalizada la travesía y acomete el ascenso directo por el pendiente muro que la delimita por su izquierda. Sobre la peña se encuentra El abedul, una franja de campera que se adhiere a los pliegues del terreno. En una cueva brota un caudaloso manantial, aunque se seca entrado el estío. En la alargada vega arranca una difusa vaguada que sube hacia el Noreste. A la altura de una vasta collada, inverosímil paso hacia la vertiente de Ozania, se gira a la derecha, por encima de un enorme llambrial. La vereda flanquea a lo largo de la vertiente sudoccidental de la Sierra Mercader. Gana altura hasta discurrir paralela a la cuerda cimera del cordal. Traspone a la vertiente del Jou la Perra por la Muda de Ozania. Siguiendo la línea de la sierra, se llegaría al Collao Verde, romas lomas de verde pasto que preceden la cresta somital del Camperón, y paso a los Hoyos de Corroble.
Por su parte - como decía - los pastores, libres de la carga del ganado vacuno, subían y bajaban por los Seos de Ozania, evitando el largo rodeo por La Muda. En el breve trecho en que la pista de Bellanzo camina paralela al curso del Dobra, salva por un puente el pedregoso lecho de una riega que recoge las aguas que se despeñan por las angosturas de un valle que se abre al Este. En las paredes que delimitan el cerrado circo por el Norte, irrumpe un esbelto salto de agua que rompe contra las rocas del fondo del valle. A la altura de la cascada, el valle se cierra en un sombrío cañón que sube en curva a morir en las herbosas pendientes herbosas sobre las que emergen los paredones que sustentan el Valle de Ozania.
La subida de los Seos de Ozania se realiza por la izquierda del abrupto canalón. La aproximación a los sedos sigue en travesía una faja herbosa, que pende sobre el murallón pétreo por el que se descuelga la cascada antes citada. A continuación busca dos pandas colgadas, parcialmente recubiertas de avellanos, sitas una encima de la otra. De la segunda se remonta a un cegado campo de pasto, por el que ya se pasa al Valle de Ozania. Este caleyón se va estrechando, perdiéndose tras los desplomados contrafuertes de la Sierra Mercader. Escondidas en el amplio circo que se abre encima de las peñas que delimitan el Valle de Ozania por la izquierda, se encontrarían las ruinas de la majada del Jou la Perra.
Esta imagen de conjunto permite retomar el hilo de la narración, detenida en el inicio de la aproximación a los sedos. El sendero recorre en su integridad la faja que se interpone en los paredones que delimitan por el norte el circo inferior de la abertura de Ozania. La senda se hace más evidente a la salida del bosquete que linda con la pista de Bellanzo, pues las dispersas pisadas del ganado que busca cobijo entre los árboles se concentran en un mismo camino. Remonta rápidamente entre la pendiente ladera de largas hierbas. Una vez cogida altura inicia la colgada travesía sobre el circo anexo a la cuenca del Dobra. Omnipresente la maciza silueta del Canto Cabronero. La faja se estrecha y gana en inclinación. Calvas terrosas invitan a un mal resbalón. A la altura de Fuente Prieta, manantial que alimenta el salto que se precipita sobre el fondo del valle, el sendero se pega a la pared de la izquierda. Entre las rocas se oculta una cueva, que en días de grandes deshielos - propios de otras épocas -, expulsa el agua a borbotones, anegando el mismo manantial de Fuente Prieta. La cascada que se debe formar ha de ser imponente.
El sendero entra en un breve callejón, comprimido entre una peña y la pared. Se pierde momentáneamente entre las rocas y la exuberante vegetación. Las verticalidades que se yerguen sobre Fuente Prieta presentan inverosímiles techos que cuelgan sobre el vacío. El agua que arroya por las paredes, deja una bonita tonalidad azulada.
Entre Fuente Prieta y la cabecera del estrecho cañón que concentra las aguas que caen sobre el lecho del valle, se extiende la segunda parte de la franja herbosa que se viene recorriendo. La traviesa es más amplia y tendida. En la base de la peña que la delimita por la izquierda se recoge un buen abrigo para el ganado. En su entrada crecen matas arbustivas en estado embrionario. Sobre estas compactas paredes, se sustenta la primera panda herbosa que ha de alcanzarse. Entre la hierba se intercala una mancha de pedrero que el sendero cruza. La travesía muere en un cerrado cuenco de inclinadas laderas herbosas. Una riega, que marca la línea central de este magno canalón (la inconmensurable boca que abre la cuenca del Dobra a los pastos del Jou la Perra). Este regato se desliza entre la hierba para colarse por el sombrío embudo encañonado que se va ensanchando hacia el fondo del valle.
Sin rebasar el arroyo, se remonta directamente, paralelos a su curso, hasta los mismos paredones por los que se viene descolgando. En travesía a la izquierda, por la base de la pared, se entra en una pindia canaluca que sube a la primera de las dos cangas tomadas por sendos tupidos bosquetes de avellanos (colgada sobre el camino que se acaba de recorrer).
Libres del acoso de los avellanos, se busca la protección de la pared de la derecha. Una vira, que corta la pared de izquierda a derecha, marca el arranque del primer sedo. Más allá, la colgada panda tiene continuidad en una sucesión de estrechas viras herbosas que se adentran en la peña. Aún se oye a la gente que pasea hasta la vega de Ceremal y, sin embargo, estamos inmersos en el reino de los rebecos. Estas gráciles criaturas, perfectamente adaptadas al medio, confían su integridad al mecánico apoyo de sus pezuñas. Brincan de peña en peña, de canga en canga, sin alterar un ápice la estabilidad de su cuerpo. Analfabetos bichitos que coquetean con el vacío ignorantes de las leyes de la gravedad.
El primer sedo es el más largo y aéreo de los dos. Los avellanos dificultan el avance por el último tramo de la perfecta diagonal que traza inicialmente en la peña. El zigzag superior entra de lleno en el avellanal que recubre un sector de la segunda panda o aterrazamiento. Superado el sedo, apenas reseñar una llambria que se interpone en el camino en un claro entre los avellanos.
Se remonta toda la canga hasta llegar a la peña que la cierra por arriba. El segundo sedo empieza con una corta trepada por un resalte a la izquierda de un arbolillo. Es más corto y menos aéreo que el anterior, aunque técnicamente se acerca más al segundo grado que aquél. La salida tiene lugar por una pindia canaluca que da paso al cegado campo superior.
Este inclinado campo cuelga sobre el segundo de los Seos de Ozania. El lateral izquierdo y el frontal superior quedan encerrados por inexpugnables paredones de ricas tonalidades. Por la derecha se descuelga el cañón de la riega que siempre se ha ido dejando a esta mano. Se asciende por la herbosa cuesta. A medida que se gana altura, la cabecera de la vaguada que cierra este recogido campo por la derecha, se vuelve más vulnerable. Una sencilla travesía deposita la difusa vereda en el rompiente del Valle de Ozania.
Delimitado por peñas y desplomadas paredes, el Valle de Ozania asciende a modo de encauzado pasillo hacia los puertos altos de Amieva. Los rebecos trepan por las canales de la izquierda, a cobijarse en una pequeña cueva que abre su oscura boca en plenos llambriales. Mas la gran cueva de Ozania se esconde en las desplomadas verticalidades que cierran el valle por la derecha. Una enorme abertura permite contemplar las lúgubres interioridades de la roca. En esta amplia bóveda bajan a refugiarse las vacas que, habiendo alcanzado el Jou la Perra y los pastos de Cebolleda por el paso de La Muda, ya no encuentran impedimento para adentrarse por el Valle de Ozania.
Por encima de la Cueva de Ozania, el valle degenera en una estrecha canaluca. Ceden las imponentes paredes que lo delimitan. A la izquierda del desdibujado valle se encuentra la vía de escape. Un apéndice lateral al embudo superior de Ozania, medio cerrado a modo de sombrío recuenco. La traza de un evidente camino parece confirmar que se trata del paso de entrada de las vacas a Ozania. No obstante, no conviene adelantar la salida de la canal que encauza nuestra subida. El mundo del Jou la Perra es un vasto terreno cárstico donde los senderos son intermitentes vestigios del trasiego desbocado de vacas, cabras y rebecos.
Se continúa por todo el estrecho caleyón en que se ha convertido el Valle de Ozania. Una senda se retuerce en sucesivas revueltas, aprovechando el escaso margen que le cede el terreno. El encajonado pasillo se interrumpe bruscamente. El Pozu Manperi, una torca de enormes dimensiones se interpone en plena línea de valle. Las cabras buscan cobijo en los aterrazamientos protegidos por las paredes de inmenso hundimiento. Cortada toda posibilidad de progresión, ha de abandonarse la encauzada canal. Se trepa por las llambrias de la izquierda (IIš). La roca, de excelente calidad e increíble adherencia, facilita la maniobra. La trepada, de unos cinco metros, emboca a un apretado pasillo natural. Ceñido entre dos peñas, reconduce nuestro caminar apenas unos metros. Se sale por la derecha a una pequeña vega contigua. El rastro de los animales, semiborrado en el inmenso mundo lapiaz a que se da paso, permite intuir las veredas que conducen a la majada del Jou la Perra (Norte-Noreste; en dirección a la Collada Santa María).
Las ruinas de la majada del Jou la Perra se recogen en una pequeña hondonada, asentada en medio de este universo calizo de la alta montaña del concejo de Amieva. Llambrias y plantas rastreras aún dejan espacio a dispersos reductos de pasto por los que se distribuyen los distintos rebaños. En el Jou la Perra aún se mantiene una cabaña en pie. Destaca su techumbre, toda de piedra. La estudiada disposición de las losas ha creado un pequeño habitáculo que ha soportado el peso del abandono de un sacrificado modo de vida en declive. El Tiatordos, señor dominador de los cordales de Caso y Ponga, presenta su cara más abrupta. Un circo de abismales verticalidades, que cierran un sombrío circo.
Al Noroeste de la majada, a una altura similar, se encuentra la Boca les Albarques. Por esta horcada formada por la cresta del Lindón (1.566 m.), devola el sendero que entra a la majada de Teyeres. El inicial descuelgue sobre los herbosos toboganes que rompen sobre el Canalón del Texéu, precede la larga travesía por las playas, bajo las infinitas llambrias que esconden uno de los miradores más renombrados de los Picos de Europa, el Mirador de Ordiales, panteón natural de D. Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa.
La Collada de Santa María (Noreste) se corresponde con la amplia línea cóncava que se recorta en el horizonte. Se interpone entre la mole de Cotalba y la Torre de la Canal Vaquera. La Canal Vaquera desciende por la vertiente oculta de la collada. Esta abierta vaguada de profundas torcas, muere montaña abajo, en las camperas de los Joos de Huerta, separados por tronco kárstico de los Campos de la Torga (por donde faldea el camino que sube a Ordiales). La vereda de subida a la collada busca una perfecta diagonal corta las laderas sureñas de la Collada de Santa María.
Jou la Perra - Cebolleda - Hoyos de Corroble - Jou de Pozas (2 horas - 2 horas 30 minutos)
La Fuente Calderón no se encuentra en la misma majada, sino algo separada . Se camina en dirección a La Muda de Ozania (Sur),paso de las vacas a través de la Sierra Mercader. La fuente brota en plenas llastras. Del cuenco que embalsa el manantial, arroya un breve reguero de agua que se va sumiendo en el tránsito de la llambria al suelo terroso. Las veredas del ganado, que confluyen en la fuente, permiten dar con este rincón. Incluso en la misma llambria quedan los restos del paso de las manchadas pezuñas de los animales.
Se mantiene la tendencia al Sur para, enseguida, doblar una zona de llambria y encaminarse al Este, recuperando la dirección del Valle de Ozania. Paralelos a la parte final del mismo, el tramo cegado por la profunda torca del Pozu Mamperi, se entra en las camperas de Cebolleda. Cebolleda es la zona de pasto más importante del puerto. En estas praderas alpinas se concentran gran número de cabezas de ganado. Una riega arroya por la vega. Sus aguas se encauzan en la vaguada interrumpida por el Pozu Mamperi. Se precipitan por sus oscuras paredes sobre el fondo de la torca.
Al Sur de Cebolleda se encuentra La Muda de Ozania. Precede a la collada un recogido cuenco, que se forma entre las peñas de la Sierra Mercader. En la boca de entrada a este pequeño circo, se intuye el rastro del camino de las vacas, que entra al cuenco inferior de La Muda, en llano, de izquierda a derecha. La mejor alternativa para dirigirse a los Hoyos de Corroble busca las faldas norteñas de la sierra, donde se pierde el camino que baja de La Muda.
Al Este de Cebolleda se destaca una cerrada cuenye. El terreno invita a seguir esta acanalada apretura. Esta opción confirma la recomendación inicial. La canal finaliza en una horcada que se descuelga vertiginosamente sobre el Jou Luengu. Una bella campera recubre el alargado fondo de esta inmensa hondura. Pindios canalones recorren el imponente muro que cierra el paso a las faldas de la Torrezuela, por donde dobla el sendero que pasa de Fuente Prieta al Jou de Pozas. Por las llambrias y peñas que delimitan por la derecha esta angosta horcada, se enlaza con la primera alternativa apuntada.
Se flanquea toda la falda norteña de la Sierra Mercader. Terreno cambiante de llambria, reductos de pastizal e intermitentes pedreros en que aún es posible encontrar el rastro del paso de los animales. Múltiples veredas que facilitan el largo flanqueo.
Por la vertiente oriental del Camperón baja una franja de pradera desprendida del Collao Verde. Entra en una sucesión de irregulares hondonadas que conducen a la Boca que les da nombre: la Boca de Corroble. Esta vasta horcada desgaja la torre del Camperón de la alargada y escarpada cresta arqueada de la Garita Bajera. Al Este de la profunda abertura se sigue una línea de lomas morrénicas. Se deja a la derecha el jou más definido de este bello conjunto de los Hoyos de Corroble. Cierra el paso hacia el oriente un cabezo de llambria, por cuya derecha bordea la fresca vaguada de la Sombrona, bajo el imponente farallón Norte de la cresta somital de las Garitas.
La manía de buscar delimitados callejones que nos encaucen en caso de niebla, lleva a bordear este cabezo de llambria por la izquierda. Para entrar en la canal que delimita el peñasco por esta mano, se coge una vereda del ganado que entra en travesía desde el punto de unión de las lomas morrénicas con el llambrial. La canal está recubierta de pedrero en su mayor parte. La formación cárstica del macizo favorece la formación de simas y torcas. Retales de pasto alpino siguen pugnando con la desnuda caliza.
Devolando la collada que preside este acanalamiento, se sigue faldeando por la derecha del pequeño farallón rocoso que venía delimitando el callejón, hasta dar vista a la gran hondonada del Jou de Pozas.
Jou de Pozas - Horcada del Alba - La Torrezuela (1 hora)
El Jou de Pozas es una enorme cubeta que en épocas glaciares pudo albergar un gran depósito de "nevé". Un cordal de escarpadas torres separa este cuenco del Jou Santu. Forman parte de la crestería que se intercala entre ambas Peñas Santas (la de Asturias y la de Castilla). Salvo la Torre de La Horcada, todas las demás torres deslindan el Jou de pozas por el Este: Torres de Enmedio, Tres Marías y del Torco.
Cierran el circo por el Sur Los Estribos y la Cabra Blanca, desgajadas de las estribaciones del Torco por la "Forcadona" de Pozas. La Torrezuela es la torre que marca el límite Norte, fuertemente fijada a las paredes occidentales de la Torre de Enmedio por la Horcada del Alba.
La lengua glaciar alimentada por la cubeta de Pozas bajaría abriéndose camino entre la cantabria (cordal) de la Cabra Blanca y la Torrezuela. La cresta de la Garita Bajera y El Camperón desviarían esta masa helada hacia el Noroeste (a las honduras del Jou Luengu); cediendo únicamente ante su empuje en la vasta abertura de la Boca de Corroble.
Se entra en el Jou de Pozas bajo la protección de las paredes sudoccidentales de la Torrezuela. Por encima de la barrera rocosa que viene delimitando nuestro flanqueo por las puertas de entrada a Pozas, se encuentra la collada por la que traspone el sendero que viene de Fuente Prieta. Pronto cede la muralla pétrea que separa ambas rutas. Bordeando el hoyo por la izquierda se confluye con aquel sendero. Baja por una desnuda llomba, recubierta de grijillo. Deja a mano izquierda pequeños jous. Al otro lado mana agua entre las llambrias. Aunque no puede hablarse de una verdadera fuente, es un brote incesante que se mantiene durante todo el estío (no obstante, cabe la posibilidad que el agua sea pobre en sales).
Pronto el sendero, que no es más que una variante del que baja al mismo fondo del jou, retoma el sentido ascendente. Se deja, para subir por las pedregosas laderas de la izquierda, en dirección a los paredones de la Torrezuela / Horcada del Alba. Un gran bloque parece una redondeada lágrima adherida a la pared.
Sin llegar a la base de la pared, se coge una ceñida canaluca que se mete entre las llambrias de la derecha. La protegida trepada precede a una corta y airosa travesía (Iš) por las llambrias que caen sobre el sendero Fuente Prieta - Vega Huerta (la variante que se ha abandonado para acercarse a la Horcada del Alba). Plantas rastreras de punzantes hojas crecen en este terreno yermo de desnuda caliza, distorsinando la localización de las mejores presas. Se continúa por una tendida vira. Esta enlaza prácticamente con una segunda vira, que corta la inclinada vertiente sureña de la Horcada del Alba de derecha a izquierda. A medida que esta diagonal se va desdibujando, se abandona para acometer una tercera diagonal (esta vez menos evidente) que lleva, por fácil terreno de llambrias, a la pedrera de salida a la horcada.
La Torrezuela se ataca desde la misma Horcada del Alba. Se sortean los pozos de la collada y se entra por una estrecha y colgada rampa que se mete por la vertiente Sur de la cresta. Se sale de la vira por un estrecho callejón que presenta pequeños resaltes (IIš). El encajonamiento da paso a una tendida llambria (Iš) por la que se trepa a ganar la arista. La cresta, aunque se pasa caminando, es relativamente aérea. Desciende ligeramente hacia una plataforma más amplia, donde se asienta la trepada (IIš), de unos tres o cuatro metros, que da paso a la cresta de la cumbre.
La Torrezuela es una magnífica atalaya sobre las inmensidades del Jou Luengu. Su hermosa vista se restringe al amontonamiento de cordales que se suceden hacia el occidente, pues sus dos mil trescientos diecisiete metros se relativizan ante la imponente concentración de torres que la circundan.

Horcada del Alba - Torre del Torco (1 hora)
Se deja la horcada por la misma pedrera de subida (Sudeste). Han de atravesarse los contrafuertes sudoccidentales de la Torre de Enmedio. Aunque el terreno invita a tirarse por una vira herbosa descendente (paso utilizado por los montañeros para pasar de Fuente Prieta a Vega / Llagu Huerta por la Horcada del Alba), existe un corredor superior que entra en llano cortando la peña. El paso es sumamente estrecho, pero franco. Dobla el canto para dirigirse a un amplio embudo de gravera, que se descuelga sobre el Jou de Pozas.
Este campo de pedrera se forma en el cuenco que se recoge entre la Torre de Enmedio y la Torre Norte de las Tres Marías. Entre los verticales paredones de aquélla y la doble arista de ésta se incardina una pequeña cumbre piramidal, desdoblando el engarce entre ambas torres en una doble horcada. Por la de la izquierda se pasaría a la vertiente del Jou Santu. Más que un verdadero paso, supondría destrepar por el arranque de la vía original de escalada a esta Torre Norte de las Tres Marías (2.408 m). Los primeros ascensionistas (Pedro Martí, "El Boti" y "El Noy") iniciaron la trepada en el Jou Santu. Coronaron esta horcada siguiendo una diagonal que corta la base de la pared sudoriental de la Torre de Enmedio.
La horcada de la derecha, por su parte, podría considerarse una falsa horcada. Permite enlazar con la mencionada vía original de escalada a la Torre Norte de las Tres Marías, que sigue la cegada y ceñida canal (IIš) que se cuela entre la doble cresta norteña de la torre. Las mayores dificultades de la peña se concentran en su morro cimero (IIIš), un desplomado resalte sobre un plano inclinado de llambria, que obligó a sus aperturistas al uso de cuerda y clavijas (rápel en el descenso).
Del cuenco de pedrera se desprenden sendos canalones que se despeñan sobre el Jou de Pozas. Atravesando en sentido ascendente la gravera del primer embudo, se alcanza un falso collado, sito sobre el espolón rocoso que separa ambas angosturas. Dichas estrecheces se corresponderían con cada una de las horcadas en que la piramidal peña ya reseñada desdobla el accidentado entronque entre las Torres de Enmedio y de las Tres Marías.
Se destrepa por la segunda canal, a fin de enlazar con una vira que asciende bajo los verticales farallones de la Torre Norte de las Tres Marías. Este pasillo da paso a una vasta plataforma que se asienta en la base de la extensa pared de llambria de la cara Oeste de las Tres Marías, en que irrumpen sus torres Sur y central.
Este aterrazamiento de grandes rocas es la base de la trepada de esta cara Oeste de la Torre del Torco. Al igual que la vía normal por la vertiente del Jou Santu, no trata de atacar directamente el compacto morro somital del Torco, sino que se dirige a la horcada que lo separa del Porro del Torco (o Torre Sur de las Tres Marías). En esta horcada confluirían ambas vías normales.
Desde la plataforma se destacan las dos grietas que obstruyen el paso a las graveras superiores. La grieta de la derecha es una apretada acanaladura de gran verticalidad. El primer resalte se entra ligeramente por la derecha. Una breve travesía devuelve la vía a la encajonada grieta. Se progresa por el interior de la misma. La grieta se va tumbando, dando paso a las acanaladuras de gravera por las que se sigue hasta la horcada. La trepada, de unos diez metros, aparece catalogada en algunas guías como de tercer grado (IIIš). Sin embargo, dispone de buenas presas y apoyos. No se sostiene la comparación con otras vías de segundo grado que plantearán más problemas: Torre del Llambrión, Tiro Tirso, arista Este de Torre de Cerredo, u otras del entorno como la Torre de Santa María, la Torre de la Horcada o la Torre de la Cabra Blanca. En cualquier caso, la diferencia entre ambos grados es muy sutil y subjetiva.
La segunda de las grietas referidas, a la izquierda de la anterior, es más desplomada y sombría. La trepada por este lado, evita la cegada quebrada. Trata de enlazar con una fisura que confluye con la parte superior de la profunda acanaladura. Se trepa la vertical y corta resquiebra que rasga las llambrias de su izquierda, bien por el interior de la grieta o por el resalte de su derecha. Este vertical arranque (IIIš), enlaza con la tumbada fisura que, colgada sobre la desplomada y lúgubre grieta, va a enlazar con la parte superior de la misma. La trepada de la fisura es de gran belleza y sencillez. La catalogación de tercer grado la hago con las mismas reservas anteriormente apuntadas.
Alcanzada la horcada que separa la Torre del Porro del Torco, se descubre el angustioso canalón por el que discurre la vía normal por la vertiente del Jou Santu, parcialmente recubierto de nieve hasta bien entrado el verano.
Hasta la cúspide del compacto torreón del Torco (2.451 m.), resta una bonita trepada de primer grado (Iš). Una protegida canal se va estrechando. Se dobla por las tendidas llambrias que penden sobre los abismales desplomes que se descuelgan sobre el Jou Santu, vía de paso a la amplia cresta somital. La cima se encuentra en el extremo Sur del doble pegote que configura esta amesetada torre.
Si bien el reclamo más llamativo de esta peña es su singular figura, pues las más hermosas vistas las acaparan las torres que se erigen en los extremos del cordal en que se integra (ambas Peñas Santas); no es menos cierto que, al igual que la Torrezuela, permite descubrir otras perspectivas complementarias del entorno. En este sentido, su posición escorada respecto a la Peña Santa de Castilla, erige a la Torre del Torco en un magnífico mirador de las canales de subida a la reina del Cornión.
Si se opta por subir al Porro del Torco o Torre Sur de las Tres Marías, se parte de la misma horcada que separa este porro de la torre que le da nombre. Una vez al pie de la peña, se entra por una fisura que rasga la cara Este (vertiente del Jou Santu). Al final de la fisura, se trepan dos o tres metros hasta quedar bajo un pequeño techo. El paso se salva saliendo a la arista de la izquierda. Es el punto más delicado. La catalogación difiere según los montañeros, oscilando entre el segundo y el tercer grado. En este caso me decanto por esta última gradación. Por la arista se gana la terraza sita sobre el pequeño desplome. Vuelta a la cara Este para coronar este peñasco.
Una segunda opción sería salir a la brecha que caracteriza la cresta cimera, muy llamativa desde la vertiente de Pozas (cara Oeste). En este caso se flanquea el Porro del Torco por esta vertiente occidental, en dirección a la torre central de las Tres Marías (por referencias la más sencilla). La trepada discurre por el centro de esta cara Oeste. Se inicia por la grieta que forma una laja medio desprendida. Para evitar la zona de verticales canalizos subsiguiente (más problemática en el descenso), es mejor desviarse ligeramente a la izquierda, a fin de enlazar con una corta travesía que devuelve la vía a la vertical de la grieta de arranque. Resta la rampa de llambria por la que se trepa a la arista, y que configura la característica muezca de esta peña. La arista de la cima somital, está cortada como un afilado cuchillo. Cuelga sobre un abismo infinito, una caída libre en que no se hace pie hasta lo más profundo del Jou Santu. Por el contrario, la trepada es, dentro del grado, y abstracción hecha del vacío, muy sencilla. Esta variante de subida puede catalogarse de poco difícil (IIš).
Torre del Torco - Horcada de Pozas - Jou de Pozas - Boca de Corroble - Majada de Corroble (2 horas)
Destrepada la torre por cualquiera de las alternativas propuestas en su momento, se regresa a la vasta planicie de pedrera. Un aterrazamiento que se asienta aparentemente en plena pared. Un engaño a las miradas que se limitan a observar desde lejos. Desde la plataforma se desciende directamente (Sudoeste) a la Horcada de Pozas por fáciles llambrias.
En la "forcadona" se enlaza con el sendero de montaña que pasa de Fuente Prieta a Vega / Llagu Huerta. Se atraviesan los pequeños jous contiguos a la horcada (Norte). Enseguida gira el camino principal (al menos el más pisado, que no el más cómodo) y baja directo a las honduras del Jou de Pozas. Empieza a remontar hacia el Noroeste, hacia la collada en que dobla hacia las pedregosas faldas occidentales de La Torrezuela. A mitad de subida, se retoma la senda que se recorrió durante la aproximación hacia El Torco. El flanqueo bajo la barrera rocosa que encauzó la entrada en Pozas, sirve ahora para retornar a la collada que traspone a la lineal canal recubierta de pedrero.
En el acanalado descenso reaparece la torca que interrumpe la franja de pasto del lateral izquierdo de la canal. En la peña que delimita la vaguada por esta mano se extiende una alargado aterrazamiento recubierto de vegetación. Para entrar en la amplia terraza debe treparse por las llambrias que lo ciegan (Iš), siguiendo el paso de los rebecos. En el aterrazamiento se toman las veredas que inician la travesía hacia los Hoyos de Corroble.
Las lomas morrénicas conducen a la misma abertura de la Boca de Corroble. De frente, bajo la protección de los contrafuertes de La Garita Bajera, discurren las veredas que se encauzan en el estrecho canalón (Iš) que da paso a la zona más abierta de la canal. Si se desconoce el terreno (o en caso de niebla), es mejor seguir una segunda alternativa.
En la misma boca se coge una corta canal que baja con tendencia a la derecha. Muere en un pequeño jou. Se bordea su fondo, entrando en un cerrado callejón orientado al Oeste. Se sigue hasta el fondo, saliendo del mismo gracias a una corta trepada (un par de metros) por las llambrias de su derecha. Se entra en un mal terreno de llambrias y plantas rastreras. Se baja con leve tendencia a la izquierda, sorteando las llambrias que dificultan la entrada a la valleja de descenso. Esta acanaladura se caracteriza por sus llastras oscuras (Iš) donde arroya algo de agua.
En cuanto cede la valleja, la tendencia a la izquierda se vuelve más acusada. Por esta mano baja el rectilíneo y apretado canalón apuntado someramente al principio. Se bordea una lengua de llambria que se extiende sobre la ladera en un extremo de los paredones que quiebra el canalón. Un solitario cueto viene señalando la ubicación de la majada. Se atraviesa un canchal, medio acosado por la vegetación. Ortigas y demás plantas ligadas a los enclaves de pastoreo, crecen entre los resquicios de las rocas.
De la majada de Corroble no quedan sino vestigios del primitivo asentamiento. Las ruinas dan fe de la planta de las perdidas construcciones. Este enclave domina visualmente las inclinadas laderas de vastos llambriales que se extienden a lo largo de la vertiente occidental del Camperón. Abandonados caminos que durante largos años recorrieron los pastores del concejo de Amieva y que hoy asisten impasibles, al esporádico paso de los últimos herederos de un modo de vida en declive.
Al Noreste se yerguen las imponentes paredes sureñas de aquella cumbre que a duras penas rebasa la línea de los dos mil metros. Enhiesto farallón que delimita el caótico valle que sube hasta la Boca de Corroble. Junto al Camperón, el otro gran dominador de este recóndito rincón, es un hermoso conjunto montañoso que se eleva sobre la margen izquierda de la cuenca del río Dobra. Sus dos cumbres más destacadas son Peña Beza y el Canto Cabronero.
Majada de Corroble - Canal del Agua - Colladinas de Valdelasombra - Carombo (1 hora 30 minutos)
La majada de Corroble se cobija al amparo de un pequeño cueto, que mira solitario a las profundidades del Dobra. Se devola la collada (Sur) que desgaja este prominente cuerno inerte. La vereda pasa junto al pozo que se esconde al otro lado. Pierde unos metros, evitando una zona de llambrias parcialmente cubiertas de plantas rastreras, apuntando la corta travesía (Iš), que da entrada a la Canal del Agua.
La Canal del Agua es un empinado canalón por el que se descuelga un río de piedra. La horcada somital devola a los Campos de Matías, terreno intermedio entre el Collao Viejo y el Peñón Roxu. El Collao Viejo es una collada de verde pasto que resalta airosa en el desnudo universo cárstico que se extiende por la vertiente Sur de la cantabria de la Cabra Blanca, base de las ascensiones al Diente y a la Garita Cimera. El Peñón Roxu, por su parte, se camufla en las laderas occidentales de los Campos de Matías. Este rojizo farallón encauza la vereda que comunicaba Les Pandielles (otra de las majadas condenadas al ostracismo) con los altos pastos abrigados al amparo de las Garitas.
Se baja por la derecha del reguero de pedrera que discurre por el centro de la canal. El estrecho y pindio acanalamiento lateral por el que se desciende, se abre en un recogido recodo de pasto. En la base de los paredones en que se sustenta el cueto que preside la majada de Corroble, se encuentra un enorme paré en que se refugian los rebaños que pastan por estos rincones. Sin llegar a su altura, evitando los primeros resaltes de la incontenible lengua de gravera que se descuelga, ladera abajo, sobre la margen derecha del río Dobra, se cruza esta franja de pedrera.
Se inicia una travesía marcadamente descendente a lo largo de las laderas del lateral izquierdo de la, aún no del todo, desdibujada Canal del Agua. Una diagonal que se va alejando progresivamente del centro de la vaguada. Pequeños afloramientos de llambria, no son sino pinceladas blanquecinas entre el pasto y el matorral que se van sorteando sin dificultad.
El acanalamiento da paso a las inmensas laderas de Valdelasombra. Este universo infinito de verde pasto vierte sobre los contrafuertes que rompen sobre la Senda de La Jocica, en la margen derecha del río Dobra. Las largas hierbas ceden ante el empuje del matorral, que recubre extensas porciones del puerto. Las graveras, residuos desintegrados de las agrestes peñas que dominan las vastas laderas de Valdelasombra, apenas osan profanar este jardín de rebecos, ovejas y cabras.
Un pisado camino de tierra entra por el canto que oculta a nuestra vista la vega de Carombo, cortando la ladera, a media altura, en dirección al enorme paré a que ya se ha hecho alusión. Se baja entre el matorral, buscando vestigios de difusas veredas de los bichos que se pierden entre el pasto. Se enlaza con el frecuentado sendero, entrando en el canto que nos cierra por el Sur. El sendero dobla el perfilado cresterío que cae sobre el Dobra, por las Colladinas de Valdelasombra. Se trata de una sucesión de pequeñas colladas que permite pasar a la vertiente de Carombo. Un afincado jito natural, pináculo pétreo de estilizada silueta, señala el punto de entrada a las colladinas.
Al otro lado del canto, se abre otra inabarcable extensión de ladera. Vierte al río, en la misma puerta de entrada al hermoso desfiladero por el que faldea la Senda de La Jocica. Al Sur se divisa toda la cuerda de cumbres que cierran la cabecera del Dobra, desde las negras rocas del Cueto los Callejones (Samaya), hasta el perfilado farallón que sustenta las laderas de pasto que culminan en la cima del Jario. El bosque se apodera de las vaguadas y peñas que se ciernen sobre los márgenes del encañonamiento del río, Cuesta Fría por su izquierda (sentido del observador) y Cotorra de Escobaño sobre los despeñaderos de la otra margen del afluente principal del Sella.
Nuestro camino baja a enlazar con otro sendero que dobla el canto de las Colladinas de Valdelasombra a menor altura. Su uniforme trazado se difumina parcialmente en la zona de gravera que atraviesa, aunque no llega a desfigurarlo por completo. Veredas de grava se utilizan a modo de atajos por los que descolgarse sobre la senda inferior. Desde la lejanía, el camino conserva con nitidez las líneas de su trazado.
Siempre bajo la atenta mirada del Canto Cabronero, el sendero cruza sobre el Hoyo de los Castellanos. Entra en una zona más tomada, de roca, maleza y algún espino. Corto tramo descendente que da paso a la ladera que vierte sobre Carombo, donde se confluye con la vereda que baja de la majada de Les Pandielles (que rodea por este lateral exterior el resalte final del encañonamiento de Valdecarombo).
Carombo, tierra de cruentas batallas e interminables pleitos, es una recóndita vega recogida a la vera del Dobra. Un compendio de majadas que, a simple vista, parece reducida al enclave del Chamozo, pequeña cabaña que se levanta en el centro de la vega. Este reducido cuenco de campera que se esconde en los lindes de un vasto hayedo que se extiende por las montañas leonesas, integra un inabarcable puerto que durante siglos se disputaron los concejos de Amieva (Asturias), Valdeón y Sajambre (León).
La cabaña del Chamozo es la única conservada de un conjunto de ruinas medio ocultas por la vegetación. Preside la vega un reseco salto de agua que irrumpe del encañonamiento inferior de Valdecarombo. Este profundo canalón baja desde los mismos pastos de los Altos del Verde. Por sus entrañas se adentra el sendero de Les Pandielles. Por tres veces se sale la senda del cañón. Una para entrar al mismo, evitando el resalte inferior; otra tras un estrecho recodo, al girar el canalón hacia la derecha, y, la tercera, en una pequeña canal que se desgaja a su izquierda (siempre en el sentido ascendente de la marcha), donde aún se conserva el trazado del viejo camino de la majada, trepando por un lateral del abrupto acanalamiento. La majada de Las Pandiellas / Les Pandielles se asienta en una inclinada ladera a mitad de camino entre Carombo y La Duernona (paso a Vega Huerta) o el Peñón Roxu (paso a los Campos de Matías y el Collao Viejo).
Unos metros al Sur de la cabaña del Chamozo, ligeramente por encima de su posición, brota la fuente de la vega. Su arroyar va a unirse a la riega que recorre el lateral de la campera (la que cae de Valdecarombo) que, a su vez, entrega sus aguas al Dobra. A la altura del Chamozo arranca la Senda de la Jocica, que se adentra en las entrañas del desfiladero del Dobra anegado por el embalse que alimenta la Central del Restaño.
Carombo - Barcinera - Llagubeño - Valdelosciegos - Soto de Sajambre (1 hora 30 minutos)
Barcinera es la amplia collada que se alza al Sudoeste de Carombo, entre las boscosas faldas noroccidentales de la Cotorra de Escobaño y las laderas sudorientales del murallón de Beza.
Se deja a mano izquierda la cabaña del Chamozo, bajando por toda la vega. Se cruzan los regatos que arroyan de la fuente y se entra en una sucesión de recogidas camperas cercadas por tupidas matas arbustivas. Antes de llegar a dar vista al Dobra, cuando apenas se intuye su murmullo, se gira a la izquierda, tocando tangencialmente el hermoso hayedo que delimita la vega por el Sur. El sendero llega a orillas del Dobra, a la altura de un buen puente de hormigón que permite pasar a la margen izquierda del río.
El camino sube a otra recogida campera. Este claro del bosque en que se va internando permite disfrutar del imponente entorno de alta montaña que se yergue sobre las profundidades del Dobra. El Camperón y el marcado camino que sube hacia las Colladinas de Valdelasombra; La Punta Extremera y La Duernona, desplomada pared y recogido cuenco que dan paso a la belleza de Vega Huerta; Las Garitas y el Collao Viejo, y, cómo no, la excelsa Peña Santa.
El camino se pierde en la campera, reapareciendo al otro lado, con el ancho de la caja de una mala pista, al vadear una pequeña riega. Aquí se inicia propiamente la larga subida al puerto de Barcinera. En los primeros repechos se suceden, con desigual intensidad, los quiebros y requiebros a fin de arañar más metros a la ladera. La pista vuelve a difuminarse entre el manto herboso de una alargada campera. Se recorre en su integridad, siempre en continua subida. En la parte alta, reintegrados en el bosque, reaparece el camino. Gira a la derecha. La pendiente se va suavizando paulatinamente. Por la derecha entra otra pista disimulada entre la hojarasca. Su engañoso ancho encubre un sendero que se va perdiendo entre los retoños del monte. Dobla los Porros de Canal de la Vieya para entrar en Llaviñeru, una antigua majada escondida al abrigo de las abruptas peñas en que se sustenta el canchal de Los Palombares (falda de la pared Sur del Canto Cabronero). En Llaviñeru se coge la senda que corta la vasta ladera oriental de este canto, que llama la atención durante todo el descenso de Corroble.
Pasada la confluencia de ambos caminos, la subida prácticamente remite. Un corto paseo por el bosque lleva a Barcinera. Una senda sale por el talud de la pista, remontando la campera de la collada. En Barcinera se encuentra un mojón de pastos. Es una de las dos colladas en que la Cotorra de Escobaño desdobla la cabecera del valle de Soto de Sajambre. La pista que se deja faldea la vertiente occidental de esta montaña para entrar en Vegabaño, bella vega donde se enlaza con la pista que baja a Soto por las boscosas laderas norteñas del valle. Por nuestra parte, se seguirá el camino que desciende por las laderas opuestas, en la falda del murallón de Beza.
Se echa por última vez la vista atrás, para reconocer la silueta de la compacta peña somital de la Torre del Torco, sobresaliendo tras la Garita Cimera y empequeñecido por la imponente majestuosidad de la pared Sur de Peña Santa.
En la collada de Barcinera se coge un amplio camino carretero. Discurre en llano a la sombra del hayedo. El desvío al Puerto de Beza apunta el inminente punto de inflexión del camino. El Camino de Los Rocinos (sendero que se desgaja a la derecha del camino por el que transitamos) sube a la majada de El Olla, en paso al puerto referido. Un paso por tierras leonesas de los vecinos del concejo asturiano de Amieva, que llevan sus rebaños a los pastos de Carombo.
Esta bifurcación anuncia - como decía - el punto de inflexión del camino. Corta en arco una vaguada para reinternarse en una mancha de bosque. Al otro lado degenera en un sendero terroso que inicia una marcada tendencia descendente entre los espinos que crecen en las abiertas laderas sureñas de Beza. Pronto recupera parte de su ancho inicial, continuando la travesía (siempre con tendencia descendente) hacia Llagubeño.
El sendero se pierde al entrar en la campera. Se gira bruscamente a la izquierda, bajando por toda la pradera. Abajo se retoma el sendero, que sale a mano derecha. Continúa su descenso entre prados muriaos y grandes invernales.
El bosque cede al acercarse a las grandes praderías de los laterales del valle. El camino se encauza entre el cierre de las praderas y el talud del monte de escobas. Confluye con la Senda del Arcediano a la altura de Valdelosciegos, en una revuelta de la pista que baja de Los Collaos (Collao Pandemones), integrante de este SGR.
La pista se estrecha, encauzada nuevamente entre los cierres de las praderías y los lindes del monte. Un bebedero aprovecha el agua de una riega que arroya sobre la pista, al lado de uno de los pocos invernales que jalonan el tramo que resta de descenso hasta Soto.
La pista se une a la que baja de las camperas de Rodiles, por Güembres (antes del cruce existe un atajo más directo, cerrado por una portilla de hierro pintada de verde). El pronunciado descenso se acompaña con la gratificante vista de los humeantes tejados de Soto.