PUENTE DOBRA - VALDIMIERA - LA PANDIELLA - VILLANGOSTU - UÑAÑEZ - SEGUENCO - TOLORIU - ENTREPEÑAS - PUENTE DOBRA (circuito)

 

Punto de partida: Puente Dobra.

Duración: 4 horas 50 minutos.

Desnivel: 600 metros (aprox.).

Dificultad: Senderismo de montaña. Sencilla ruta de baja montaña recomendada para senderistas que empiecen a independizarse de los caminos trillados, adoquinados y señalizados. Nivel de compromiso (en caso de pérdida) nulo.

Características: En el extremo noroccidental del Macizo del Cornión, un afilado brazo de desiguales cuestas entra en cuña entre las cuencas de los ríos Sella y Güeña / Covadonga. Pueblos, invernales y cabañas cuasirresidenciales jalonan las vastas superficies de cuidadas praderías que han sido ganadas por el esfuerzo de los lugareños al monte. En este apéndice noroccidental de los Picos de Europa, emergen los últimos oasis kársticos de una cordillera eminentemente caliza. Estos despuntes rocosos, se incardinan en un mundo de cuesta y pradería, albergando rincones de ensueño al alcance de cualquiera con ganas de caminar. Rincones que adquieren su peculiar fisonomía en días grises y lluviosos, en que es imposible disfrutar de las magníficas panorámicas que este irreconocible extremo del Cornión ofrece al que se acerca a conocerlo. La lejanía visual del núcleo de su macizo matriz enriquece una perspectiva en que la desnudez atormentada de sus altivas torres se conjuga con el rabioso verdor de las extensas praderías y de las refulgentes tonalidades de las manchas boscosas que se incardinan en las sierras intermedias. El contrapunto a tan escarpada orogenia se concentra en los abiertos valles de los ríos Sella y Güeña. Vegas de variadas dimensiones jalonan el recorrido de dos cursos fluviales que se fusionan en la misma ciudad de Cangas de Onís, cuya presencia simplemente se intuye. El río Dobra, uno de los principales afluentes del Sella, roba también sus minutos de protagonismo, en su paso triunfal bajo el arco de un puente de piedra que anuncia su próximo morir en las frías corrientes de su río dominante, la antigua frontera entre cántabros y astures.

 

 

Descripción:

Accesos

El entorno de puente Dobra se encuentra entre el pueblo de Tornín y las casas de Miyares, a unos cinco kilómetros de Cangas de Onís, por la carretera del Pontón (N-625).

Puente Dobra - Collao Bajo - Valdimiera - La Pandiella (1 hora 15 minutos)

En los rabiones que rompen sobre el Sella, un puente de la carretera del Pontón salva el cauce del río Dobra. Otro puente, peatonal en este caso, cruza a la margen izquierda de aquél. Pocas son las edificaciones que asisten al enlace de estos caudalosos ríos. Un molino sito en el entronque de caudales, recibe el agua remanente del Dobra. Apenas dos o tres viviendas dispersas. Este rincón dista un par de cientos de metros del pueblo de Tornín, donde se concentra el núcleo de población.

Al lado del puente se ha habilitado una explanada de aparcamiento. Comparte el espacio con una remozada instalación hostelera. Un panel explicativo resume los accidentes del Camín de la Reina (PR.AS - 149), justo en el punto en que se da por finalizado el SGR Senda del Arcediano. Aquél discurre por la margen izquierda del río Sella; este sendero de gran recorrido, por su parte, llega por las orillas del Dobra, tras atravesar el Precornión, individualizado plegamiento del Macizo Occidental, comprimido entre ambos ríos.

Se toma la pista que discurre por la margen izquierda del río Dobra (sentido de la marcha). Al otro lado del puente de la carretera, arranca una segunda pista, más estrecha. Ambas confluyen en Puente Vieyu, próximo al punto de partida de nuestra ruta. Este viejo puente de piedra se asienta en un par de estilizados pilares. Un pegoyo evita el paso de vehículos, a fin de proteger su conservado empedrado. Los muros laterales, demasiado bajos, cumplen su función de quitamiedos.

El paseo continúa por las márgenes del Dobra. La pista de la derecha del río ha degenerado en un estrecho sendero, son los vestigios del antiguo camino real señalizado como Sendero de Gran Recorrido Senda del Arcediano. Nuestra pista, por el contrario, mantiene su fisonomía.

En la sombría humedad del boscaje, la pista gira a la derecha. Una portilla cierra el paso a un recogido prado. Se inicia un corto y suave repecho, que finaliza enseguida frente a la cabaña de Xibil, al menos así reza el letrero tallado sobre la puerta de entrada. Pegado al edificio principal se encuentra un cobertizo. El conjunto viene cercado por una cuidada muria, que discurre paralela a la pista. El acceso a la cabaña se halla cerrado por una portilla de hierro. Más allá de Xibil se abre la vasta extensión de praderías por las que se adentra la pista de la Oya de San Vicente.

Antes de entrar en las praderías, frente a la cabaña de Xibil, se deja la compañía de la pista principal, ascendiendo por un ramal secundario que sale a mano izquierda. Sube encajonado entre una línea de seto y una muria. En un gran hueco cuadrangular abierto en el muro, se oculta el oxidado y enmohecido caño de una vieja fuente.

La pista pasa junto a dos edificaciones. Por su aspecto, se diría que han sido utilizadas como vivienda. La mayor de las dos conserva un pequeño corredor de madera. Un par de bancos evocan las antiguas tertulias bajo el recogimiento de la fachada principal. Piedras amontonadas hacen pensar en unas inminentes obras de rehabilitación de estas casas.

La pista muere frente a la portilla de entrada a un prado. Sin olvidar que se trata de una propiedad privada, se entra en la campera con sumo respeto. Lo menos dañino es seguir por la parte inferior de la pradería hasta una de las dos cabañas que comparten el pasto. Es utilizada como cuadra. En ella se guardan las vacas que durante el día pastan en el prado. Al lado una manguera rellena incesantemente una vieja bañera, reutilizada como bebedero.

Se sube toda la pradería por el lateral derecho, en paralelo a la desdibujada muria que separa el pasto de un franja de gravera y maleza, parcialmente recubierta de un bosquete de avellanos. Los árboles más voluminosos se adentran en la pradera. Junto a uno de éstos, sale un sendero, justo en la esquina superior derecha del prado.

La senda se asienta en plena gravera. Gira bruscamente, aprovechando el escaso espacio libre entre la pradera y la peña. Tras la revuelta, inicia un largo ascenso por el flanco derecho de la franja de gravera. De esta senda que se traza en pleno pedrero, se desgaja una vereda terrosa. El desvío se encuentra un par de metros por encima del recodo que traza el sendero principal al dejar la pradería. Arranca en plena roca. El paso se conserva por el tránsito continuo de cabras y ovejas, que dejan en la peña la marca indeleble de la tierra que llevan pegada a sus pezuñas. Poco a poco se va evidenciando su pisado trazado. Asciende en estiradas vueltas, buscando suavizar la inclinada pendiente de la rocosa ladera. Enlaza con el camino que se venía buscando, en las inmediaciones del Collao Bajo. El camino que dobla este collado procede del pueblo de Tornín. Corta a media ladera los pliegues del terreno, quebrados por escabrosos contrafuertes cársticos, que configuran la margen derecha de la cuenca del Dobra, enlazando las distintas majadas, cabañas, viviendas o praderías que se incardinan en tan hermoso terreno.

El Collao Bajo es un aterrazamiento intermedio en el rocoso canto que baja de la Porra el Greyu al mismo lecho del Dobra. Es una balconada privilegiada, sometida a la mirada indiscreta del pueblo de Vis. Las casas se agolpan en una verde y amplia collada recogida al amparo del Cantu La Sierra. A caballo entre las cuencas de dos grandes ríos, el Dobra y el Sella, marca el punto de inflexión del cordal que incomunica sus cuencas.

Se dobla el canto calizo por el Collao Bajo. El sendero, corta en llano los flancos del crestón inferior de la Porra El Greyu. Entra a media altura en una marcada valleja que baja hasta las mismas profundidades del río Dobra. Las camperas anejas a las dos cabañas centrales de la vaguada, son apenas una pincelada de color en una valleja tomada por la maleza. El hacha a abierto paso en el viejo tronco caído que cegaba el antiguo camino.

El sendero se adentra en el Monte Valdimiera. Recubierto de la caducifolia hojarasca, se desdibuja en un manto terroso que cede ante la inclinación de la pendiente. Mas su rastro es evidente. Discurre paralelo a una línea de alambrada que se interna en esta bella mancha de robles y castaños.

La senda se encarama en plena llomba de compacta tierra. Troncos caídos, cuerres y ruinas de antiguas majadas se ocultan en este rincón del bosque. Un árbol pintado de blanco y amarillo (SPR) marca el sentido que sigue el sendero que continúa a la Casa del Río la Vara. Pese a la cercanía de esta abandonada vivienda, sita en una airosa collada colgada sobre la Olla de San Vicente (recodo del Dobra que configura una falsa lagunilla), nuestra ruta se desvincula de este camino. Se desvía por la senda que remonta directa, loma arriba, entre los troncos caídos de los castaños. Estos grandes árboles se intercalan con matas de avellanos que van ganando terreno. Las marcas de pintura se hacen más frecuentes, aunque aparecen a contramano. El sendero de pequeño recorrido está trazado en sentido inverso al de nuestro circuito. Más arriba la senda se funde con un sendero que entra por nuestra derecha. Es una variante del nuestro, más directa si se subiera desde el río la Vara. Este arroyo de montaña da nombre a la abandonada casería. Nace en las faldas de La Corona. Vierte sus aguas al Dobra en las praderías de San Vicente, asentamiento ligado a la profunda poza de La Olla.

El rastro de los fusionados senderos se difumina al entrar en la zona de pradería. El pasto se escalona en aterrazamientos. Entre los grupetos de árboles y matas arbustivas, irrumpen covachas y peñascos. De vez en cuando se encuentra algún poste indicativo del PR Co-5 ( Pequeño Recorrido nº 5 de la red de senderos de Cangas de Onís).

En la zona alta de las praderas el sendero se detiene ante el extremo final de una pista, junto a las ruinas de una abandonada cabaña. Un poste indicativo del PR indica la contingencia, pues según el sentido de su trazado se produce el paso de un recorrido encauzado en una amplia pista, a una senda difusa semimarcada en la campera. En nuestro caso el efecto es el inverso, pues se pasa de la poco frecuentada senda a una pista transitada incluso por vehículos agrícolas.

La Pandiella - Villangostu (20 minutos)

En los lindes de las praderías, entre la maleza, las piedras de la olvidada cabaña sucumben al paso inexorable del tiempo. Cerca de ésta, entre el boscaje, otra cabaña, mejor conservada. A medida que se avanza por la pista se incrementa el número de construcciones. La humedad del boscaje favorece la formación de musgos que se apoderan de las tejas de la techumbre.

La Pandiella es un enclave eminentemente ganadero. Unas cabañas se aprovechan como tenadas, reservando otras tantas para recoger el ganado. En éstas se ha acotado un espacio de terreno. De los atechamientos contiguos a las cabañas cuelgan los comederos de las cabras. La madera utilizada en los comederos y demás elementos integrantes de los cercados aún rezuma el olor de la madera recién trabajada. Incontestable indicio que pone de manifiesto que el aparente sosiego de este solitario rincón aún atesora una vida intensa entre sus cuatro paredes de piedra. Un trajín incesante que pasa desapercibido al caminante esporádico, que sólo va de paso.

La pista sigue fielmente los suaves plegamientos de la ladera, apenas un par de revueltas para ganar algo de altura. En un lateral un pequeño desgarro cóncavo del terraplén causado por la extracción de grava. Herida disimulada por los coletazos de una mancha forestal irregular que pierde terreno.

Por terreno abierto la pista se encamina hacia el Collao Villangostu. Tras una curva a la izquierda se mete brevemente entre los cierres de dos praderías; encauzamiento que precede al pronunciado giro hormigonado de salida a la collada. En aquella curva, pegado al cierre del prado, entra un camino por nuestra derecha. Plantea una interesante alternativa al circuito que se está describiendo, merecedora de un somero comentario.

El camino faldea por la base de la peña que preside las laderas que se vienen atravesando. Traza un par de tornos, antes de doblar el canto que se recorta a su derecha. Traspone la cresta por una collada que se forma entre dos peñascos (la delata la silueta de un árbol que sobresale de la línea de cresta). Estos accidentes son fácilmente observables desde el arranque del sendero, en la pista de Villangostu.

La senda se adentra en la vasta cabecera del río La Vara. Maleza y pequeños bosquetes marcan el tramo más difuso de la vereda. Un mal cierre corta el paso en el encajonado callejón en que la encauza la muria de un prado. El breve estrechamiento entre el muro de piedra y la pequeña cabaña en que se recogen los cerdos, da paso a un bello paseo entre praderías y castaños de gran porte. En la umbría del bosque brota de las entrañas de la tierra el caudaloso manantial que alimenta el cauce del río La Vara. Un muro de piedra contiene el inestable talud del que rebosan las cristalinas aguas de este joven afluente del Dobra.

Por un buen camino se asciende hasta un amplio rellano del canto sudoccidental de La Corona. Esta falsa collada da paso a una vaguada de pasto por la que serpentea la pista que baja a la majada del Acebal. Por toda la cresta caliza se treparía a coronar la cima de La Corona (760 m.). La Corona es un cueto que se eleva en el extremo sudoriental de una modesta sierra que se extiende a lo largo de la cabecera del río la Vara, a romper sobre las praderías de La Pandiella y de Villangostu. Aquella peña es una irrupción kárstica que aflora en un mundo de romas lomas, vastas colladas e individualizadas cuestas. Es el epílogo calizo de un macizo de alta montaña vasallo de las Peñas Santas.

Apuntada esta ascensión opcional a La Corona, prosigo con la descripción del circuito que se venía describiendo. Ésta se había interrumpido en las proximidades del Collao Villangostu (567 m.). Una señal de tráfico prohibitiva , ya en plena collada, da fe del incesante trasiego ganadero de este recóndito enclave del entorno de Següenco.

Se deja momentáneamente la compañía de la pista, subiendo la afilada loma de cuesta de la izquierda del Collao Villangostu. Por todo el filo de la cresta sube una vereda de los bichos. Este vértice somital de las líneas de cuesta es un magnífico mirador que permite identificar los senderos y enclaves que se describirán en los siguientes apartados de la ruta.

Entrepeñas, pequeño desfiladero que acogerá el camino de regreso, no necesita de descripción alguna para situar su ubicación. Es el referente visual de los montañeros que se acercan a este mirador. A través de esta profunda tajada que desgaja los contrafuertes calizos que delimitan el valle de Tornín por el Sudeste, irrumpe el refulgente verdor de las fértiles vegas de la vera del Sella. Amplias planicies de siembra se agolpan en cada recodo del río, propiciando el asentamiento de pequeñas concentraciones humanas de corte rural. Al fondo de la vasta abertura de la cuenca del Sella se recorta la alargada silueta de la Sierra del Sueve, cuyas faldas sureñas cobijan la villa de Arriondas, capital del concejo de Parres.

La loma occidental del pico de cuesta ( en que nos encontramos) que conforma el Collao Villangostu por su izquierda (Oeste), desciende hasta la collada contigua a la Porra el Greyu. Al Sur de la collada, aguas vertientes al Dobra, paralela a la cresta de aquel contrafuerte calizo, baja la vaguada en que se recogen las cabañas del camino de la Casa el Río La Vara que se intercalan entre el Collao Baju y el Monte Valdimiera. La peña norteña de la Porra el Greyu, delimita la margen izquierda de Entrepeñas.

Al Norte del Collao Villangostu se encuentra la Cuesta de Següenco. Esta doble cima de cuesta se caracteriza por las grandes antenas que la presiden; destacando asimismo una poblada mancha de pinar que recubre la franja cimera occidental de este reconocido mirador. Por la collada que se forma a su derecha, entre la cuesta y las estribaciones de la sierra Los Os, devola la pista que baja a Següenco. De la misma pista , en un giro a la derecha, protegido por un reducido bosque de árboles de tronco blanquecino, arranca el sendero que flanquea la cuesta de Uñañez (vertiente Noroeste de la Cuesta de Següenco), en dirección a la vega homónima. Esta vereda, por la que discurre la siguiente parte de nuestro recorrido, corta en llano la Cuesta el Burdio (ladera sureña de la Cuesta de Següenco). Dobla por la collada que se interpone entre la línea de cuesta y la cresta cárstica que delimita la foz de Entrepeñas por la derecha. En la zona inferior de la cuesta, protegida por el peñón calizo norteño de Entrepeñas, la ruinosa cabaña de una tomada parcela de campera resiste el acoso del matorral.

Villangostu - Uñañez - Següenco ( 1 hora 15 minutos)

La pista que traspone el Collao Villangostu, atraviesa la cabecera del inclinado embudo que se precipita sobre la angostura de Entrepeñas. Las cabañas de la majada se asientan en una loma de pradera que desdobla las faldas occidentales de las estribaciones de la Sierra de Los Os, en una doble vaguada que confluye a las puertas del estrecho desfiladero. Son apenas un par de cabañas pequeñas y remozadas. Sobre la chimenea de una de ellas se ha colocado una maqueta de hórreo. Al romper el alba un gallo se encarama en lo alto del mismo para anunciar la salida del sol.

El breve respiro que supone el plácido paseo entre las praderías de Villangostu, se ve interrumpido bruscamente por el fuerte repecho que afronta la pista. Se sube solamente el primer tramo de cuesta, hasta la pronunciada curva a la derecha que se encuentra a la altura de una cabaña. La vieja construcción es ajena a los profundos arreglos de las cabañas destinadas a ser habitadas temporalmente. Utilizada como cuadra, tiene la tenada parcialmente oculta en un lateral.

En pleno giro se abandona la comodidad de la pista que viene de Següenco. Se toma el camino que sale en llano a mano izquierda. Discurre entre el cierre superior de una campera y las laderas pobladas por la reducida mancha de árboles de corteza blanquecina a que se ha hecho alusión anteriormente. El camino, aunque amplio, se halla anegado por el agua. El tramo es tan breve como el ancho de la pradería que se extiende ladera abajo. Al final del camino se encuentra un bebedero arrinconado en el talud de la ladera boscosa. Para beber puede cogerse el agua en un surtidor que expulsa el sobrante en un depósito contiguo.

A la altura del depósito el camino se desdobla en dos senderos. Uno baja paralelo al cierre del prado. El nuestro sigue de frente, en llano, internándose en una cuesta tomada por el matorral. Las cotoyas levantan por encima de la altura de un hombre, mas el uso frecuente de la vereda por el ganado permite su conservación en tan desagradecido terreno. Cuesta abajo queda el cuadro de pradera aislado en medio de una tupida ladera de matorral. Aparte de los contados árboles que crecen en el entorno de la cabaña contigua, las manchas boscosas se circunscriben al fondo de las vaguadas por las que arroyan las riegas que se adentran en las lúgubres humedades de Entrepeñas.

Antes de la collada en que se dobla la cuesta, punto de unión -como ya he señalado- entre la línea de cuesta y la cresta cárstica que baja a romper a la margen derecha de Entrepeñas, el sendero se bifurca en dos. El más bajo entra directo al collado, donde crecen un puñado de árboles delgados y de escasa entidad. Es preferible seguir por la vereda superior, que se alinea en paralelo al cierre de una finca repoblacional. Ésta dobla ligeramente por encima de la collada, dando paso a la vertiente occidental de la Cuesta de Següenco, la que vierte a la cuenca del Sella.

Al otro lado de la cuesta, prácticamente a la misma altura, se da vista a la Vega de Uñañez. El sendero empieza a ganar altura, para evitar los contrafuertes que se interponen en el centro de la cuesta. De nuevo se retoma el contacto -meramente visual- con los pueblos de la vera del Sella. Pueblos afincados en las vastas vegas que se forman en cada recodo del río. Caño, Aballe...; con especial cariño he de citar el pueblo de Tornín, hasta ahora parcialmente oculto tras los contrafuertes de Entrepeñas.

El sendero, terroso, está muy marcado; aunque a veces se ve afectado por la intromisión de las gruesas raíces del matorral colindante. Alguna roca que emerge en mitad de la cuesta dificulta ocasionalmente el tránsito. Por otro lado no hay mayor problema de extravío, pues siempre se camina al lado del cierre que delimita el espacio objeto de repoblación. Dentro de unos años las guías reseñarán: "el sendero discurre por los lindes de un pinar". Actualmente el pinar se circunscribe a un reducido aterrazamiento en lo cimero de la Cuesta de Següenco, al lado de las antenas.

La línea de cierre lleva a una doble collada asentada sobre los contrafuertes que dominan el valle de Tornín. Se continúa prácticamente en llano. La senda entra en un retal de campera con afloramientos calizos. Se va desdibujando, hasta dividirse en multitud de veredas del ganado que atraviesan la cuesta. Se abandona la compañía del cierre repoblacional, cayendo sobre la collada de Uñañez. La dificultad de encontrar el camino que se traía se ve atemperada por la circunstancia de la escasa entidad del matorral en esta zona de la cuesta. La referencia visual de la cercana vega evita cualquier otra contingencia negativa. Antes de entrar en la amplia collada, ya se habrá retomado el trazado del sendero.

Uñañez (539 m.) es una abierta vega de campera que se extiende por una vasta collada sita en el vértice noroccidental de la Cuesta de Següenco. Las cabañas se recogen en un rincón de la vega bajo el abrigo de un grupeto de árboles. Las muriadas praderas, explotadas por los dispersos invernales de Uñañez, se esconden en la vaguada que baja al Sudoeste de la collada, por donde transitaban los viejos y parcialmente perdidos caminos que subían de Tornín. Una modesta alineación de cumbres, picos formados por las estilizadas lomas en que convergen las vertientes de cuesta, se extiende al Noroeste, entrando en cuña entre los valles del Sella y de su afluente por la derecha, el Güeña. En el extremo final de este cordal de cuestas, punto de unión de ambas cuencas fluviales, tuvo su primera capital el Reino Astur, en lo que hoy es la ciudad de Cangas de Onís.

Al Norte del Collao Uñañez se forma un profundo y sombrío valle que vierte a la cuenca del Güeña. La carretera que sube a Següenco lo cruza de parte a parte. En un extremo de esta serpenteante culebra de asfalto tendríamos el pueblo de Nieda. Las escasas manchas forestales ceden el terreno a las peladas cuestas. Escalonadas en aterrazamientos, son objeto de una ingente labor de repoblación. Si bien es evidente la necesidad de esta política de reforestación para fijar el terreno y evitar las inundaciones del valle; es más discutible si ha de acudirse a una especie foránea en detrimento de nuestros bosques autóctonos (aunque esa es un debate que corresponde plantear y resolver a los entendidos en la materia).

Devolando la collada de Uñañez hacia el Norte, se coge el SGR 105 Oviedo - Covadonga. Este GR, afronta su último sector (Cangas de Onís - Covadonga). Coincide con una pisada pista que viene faldeando por lo cimero del cordal antes mencionado. Corta la vertiente Noroccidental de la Cuesta de Següenco (que por la proximidad de la Vega de Uñañez toma este topónimo como complemento). La pista dobla un nuevo vértice (probablemente el más definido) de la Cuesta de Següenco, concretamente la llomba norteña de este mirador. En la reducida planicie del canto que se dobla, amenazada por una exuberante maleza, permanece inmóvil y vigilante un pino solitario. Enclavado en una privilegiada posición, domina el valle del Güeña y las sierras costeras. Se intuye el curso del río Covadonga, comprimido entre el cordal de Priena y La Cuestona (al Sudeste, que hace honor al nombre). La compleja orogenia asturiana adquiere en este punto carta de naturaleza. Sobre los valles irrumpe el irregular agolpamiento de cordales que, escalonadamente, van encajándose en una desigual disposición que sustenta la base de la que emerge una de las más atormentadas formaciones kársticas de la Península Ibérica. Desgajado en un extremo de este macizo de agrestes torres, el submacizo de Llerosos goza de una privilegiada individualización. La Jascal roba, por su proximidad, el protagonismo a la cima somital del puerto, el Cabezo Llerosos. Un istmo de hermosísimas colladas y modestas cumbres, sirve de enlace entre esta pequeña cordillera y su macizo materno. Por detrás de este brazo de media montaña se recorta la silueta de la alta montaña en esencia pura, el macizo más compacto y abismal de los Picos de Europa, imponente hasta en la lejanía.

La pista se bifurca a la entrada de Següenco (cualquiera de las dos opciones es válida). El ramal de la izquierda baja a la carretera, en las mismas puertas del pueblo. Un hórreo, de los muchos que jalonarán nuestra travesía entre las casas del pueblo, sale a recibir al caminante. Estas típicas construcciones, en declive, se utilizan para almacenar los alimentos obtenidos de la tierra para consumo propio. Su imagen va íntimamente ligada a las panoyas de maíz que cuelgan de sus laterales. Los cuatro pegoyos en que se sustenta, impiden el acceso de los roedores al maíz o a las patatas almacenados. Puede observarse como los peldaños que se utilizan para encaramarse en los corredores exteriores que circundan su estructura, se hallan separados de ésta por, al menos, uno o dos metros, respondiendo a esa misma finalidad de evitar la vulnerabilidad a la presencia de ratones.

Següenco se ha erigido en un enclave privilegiado. Protegido en la falda oriental de la cuesta a que da nombre, recibe las primeras luces del alba. Encaramado en las laderas cimeras del cordal, domina visualmente la alargada depresión del valle del río Güeña. Durante las noches, las luces del pueblo, reforzadas por el balizamiento lumínico de sus antenas, orientan al caminante que sigue el curso descendente de aquel afluente del Sella.

A la salida del pueblo se encuentra la Fuente del Carril. Brota de una peña. En la misma roca se han tallado varias esculturas, bastante rústicas, que representan la forma de diversos animales. Junto a la fuente se conserva un viejo lavadero atechado. Una bombilla ilumina la baldosa decorada con la imagen de la Virgen de Covadonga. A sus pies mana un agua con reconocidas propiedades medicinales.

El tramo asfaltado que recorre las entrañas de Següenco se transforma en una pisada pista. En las afueras del pueblo se encuentra la primera bifurcación. Un poste indicativo señala las distintas alternativas. Por la izquierda continúa el SGR 105, en dirección a Covadonga. Si se planea una travesía, esta opción no es la más recomendable, más por apatía que por falta de tiempo. El circuito que se ha venido describiendo se escora descaradamente hacia las cuestas que caen sobre Cangas de Onís, alejándose paulatinamente del Santuario. No obstante, las posibilidades de reconvertir el circuito en travesía son inagotables. Una bonita alternativa al recorrido de regreso por Entrepeñas es el descenso a La Riera, en el valle de Covadonga. En este caso, basta seguir, por unos metros, la pista de Los Payares (señalizada como parte integrante del GR). Se toma la primera bifurcación a mano izquierda. La nueva pista, también bastante asentada, desciende suavemente. Llega a una collada formada por el peñasco calizo del Pico Colladiello (500 m.). Se retuerce por una húmeda vaguada, hasta alcanzar una segunda collada. La pista se adentra entre bastas praderías. Preside la abierta collada de campera La Porra (508 m.), una compacta mole cárstica que emerge en este mundo de bosque y praderías. Mira hacia la collada por donde traspone la pista su cara Sudoccidental, la más tendida. El recortado pasto, entrelazado entre los matojos que crecen en los resquicios de los abundantes afloramientos calizos que manchan esta panda de La Porra, es el preferido por los rebaños de ovejas. Del paso de estos animales quedan los restos de múltiples veredas que se entrecruzan en la ladera. En la cima de La Porra brilla el reflejo cegador de una pequeña cruz metálica.

Se deja la pista que continúa a los pueblos de Torió y Cabielles, intercalados en una franja intermedia de praderías y castañeos, entre La Venta de Cangas (Valle del Güeña) y Següenco. Para evitar daños en las fincas colindantes a la pista (habría que bajar por la vaguada que se forma entre el Pico Colladiello y La Porra, por la izquierda de una incipiente riega), puede cogerse una estrecha y empinada canal que baja pegada a los paredones de la vertiente Sur-Suroeste de La Porra. Por el estrecho y pindio acanalamiento desciende una vereda de las cabras hasta un enorme abrigo, habilitado para el resguardo de los rebaños, en la misma base de la peña. Junto a la oquedad, la vereda se transforma en marcado sendero que baja entre las matas de avellanos, pegado a la peña, a enlazar con un buen camino que transita por las faldas inferiores de la desplomada pared Sudoriental de La Porra. El camino desciende por las laderas de la margen izquierda del Arroyo de Fuente Mujosa. Llega a unos invernales, donde ya se desvía hacia el fondo del valle, donde se recoge el pueblo de La Riera, en la carretera que sube a Covadonga.

La Riera se esconde tras un peñasco, en un estrechamiento del Valle de Covadonga. La peña que lo comprime ha sido horadada para facilitar el paso de la carretera. Las casas se agolpan a amabas orillas del río Covadonga, en su confluencia con el Arroyo de Fuente Mujosa. Hoteles rurales y tiendas de artesanía son las actuales ofertas turísticas de un pueblo que, según canta la canción, ofertaba buen vino a los canteros de Covadonga.

Tras este prolongado paréntesis, es de rigor proseguir con la descripción del circuito troncal de la descripción: el retorno por Entrepeñas.

Següenco - Toloriu - Entrepeñas - Tornín / Puente Dobra (2 horas)

En la bifurcación de pistas que se encuentra a las afueras de Següenco, se toma el ramal de la derecha, siguiendo las indicaciones que conducen al Mirador. A la altura de un invernal se presenta un nuevo cruce, esta vez de tres pistas. El deteriorado estado del ramal de la izquierda hace que pase desapercibido. Por la derecha sube la pista del Mirador. Aunque ha de seguirse de frente, recomiendo desviarse siguiendo la indicación de las flechas. El mirador que se viene señalando desde el mismo pueblo, y que incluso da nombre al bar de Següenco, no es otra cosa que un rellano en la lomas somitales de la Cuesta de Següenco. La pista de subida es bastante cómoda, pues traza largos tornos a lo largo de la amplia cuesta. Al llegar a la megainstalación televisiva (enclavada en la cima norte de la Cuesta de Següenco - 750 m. - ), se bordea ésta por la izquierda, tocando tangencialmente el pinar, entrando en la terraza en que se ha ubicado el mirador. Junto a las barandillas de madera, varios paneles explicativos reseñan la toponimia de los perfiles del entorno. La hermosa panorámica que se disfruta desde la Cuesta de Següenco es un compendio de las bellas vistas que se han venido contemplando durante el recorrido. Un mirador privilegiado de los valles que se han venido citando a lo largo de la descripción, y una ventana abierta a las lejanas torres calizas que emergen en el núcleo del macizo en que se integra.

Como decía, en el cruce de subida al mirador, se continúa de frente. Se entra en Toloriu, al menos así reza el cartel clavado en una de las estacas que delimitan el cierre de la finca que linda con la pista. Al otro lado, en una hondonada de pradera, una nave se protege en las estribaciones de la Sierra de Los Os. La pista traspone la collada e inicia el pronunciado descenso a Villangostu. En apenas unos metros se llega a la revuelta en que se desvía el camino de Entrepeñas.

El camino de Entrepeñas es el mismo camino anegado por el agua en que se inició la circunvalación de la Cuesta de Següenco. La coincidencia con el sendero de Uñañez es efímera, pues a la altura del depósito nuestro sendero se tira, cuesta abajo, pegado al cierre del prado que nos separa de la pista de Villangostu. La alambrada que lo delimita se clava indistintamente en las alambradas o en los árboles que se alinean por los lindes de la propiedad. En el vértice inferior de la pradera , semioculta en el bosquete, estaría la cabaña. Entra un sendero en llano por la cuesta de la derecha. Desentendiéndose de él, se continúa todo para abajo, por las márgenes del lecho de una incipiente e intermitente riega. Es precisamente en esta línea de vaguada donde se acumula la mayor concentración forestal.

Sin la referencia de un sendero, se prosigue el pendiente descenso por la derecha de la riega. Ligeramente por encima de un encajonado salto de este reseco arroyo, se abandona su lecho. Un sendero cruza su cauce. Se interna en la Cuesta el Burdio, alejándose progresivamente de los taludes terrosos que encañonan la riega. En llano, se corta la ladera entre el matorral de la cuesta. Por el lateral de una abierta cuadra en precario estado de conservación, entra en el aislado remiendo de pradera cosido por una mala muria a una esquina de la cuesta. Algún árbol desgajado del fonfo de la valleja, cobija bajo su sombra los descansos del pastor que atiende su ganadería.

Se baja toda la amenazada campera hasta el rellano inferior, que rompe sobre la riega, en cuyo centro se retoma el sendero que entra en Entrepeñas. Reinternado en el bosquete que recubre el fondo de la valleja, se pega a las peñas de la derecha. Baja al mismo lecho de la reseca riega, en la misma boca de la angostura. Palos y maderos ciegan la entrada al cañón, vestigios de un río hoy sumido. Bajo una roca de la margen izquierda de la hoz, pilar de apoyo del cierre, una cruz rememora uno de tantos nombres anónimos que han muerto en esta peñas.

El camino salva el desfiladero por su margen derecha. Remonta apenas unos metros por la peña de este lado (un cierre dificulta el paso), y sale a una abierta ladera que cae sobre el cañón. Faldea a media ladera. En menos de cinco minutos se habrá superado el escarpado estrechamiento.

Desciende por terreno herboso hasta una cabaña. Si se continúa de frente, se entraría en una red de malas pistas que bajan a Tornín. Por el contrario, el sendero de la izquierda, vuelve a la boca de salida de Entrepeñas. El reseco fondo del cañón se halla recubierto de un tupido bosquete de avellanos. El sendero atraviesa el lecho de la sumida riega que expulsa la angostura y se pega a las peñas que se alinean en perpendicular a su cauce. Asciende entre los avellanos, paralelo a la barrera de paré que se forma en la base occidental del contrafuerte calizo que culmina en la Porra el Greyu.

Más arriba se desvía a la derecha, cortando una franja de mal pedrero. Entra por las laderas norteñas de una llomba de pasto. Flanquea en llano la inclinada vertiente herbosa que cae sobre la cuenca del río de Entrepeñas, a fin de ganar la loma central de la llombona de campera. Se bajan un par de escalonamientos de la pradera a una falsa collada. Junto a las ruinas de lo que en su día fue una cabaña (en la parte izquierda del rellano), arranca un camino que se adentra entre las murias de las fincas colindantes.

Este camino confluye en el principal que sigue a la Casa del Rio La Vara. De frente, siguiendo la tendencia de su trazado, se bajaría a Tornín. Si, en cambio, se toma el nuevo camino a contramano, se embocará en dirección a aquella casa solitaria. Esta es la opción que ha de seguirse si se quiere bajar a Puente Dobra. La referencia visual, a vista de pájaro, de esta mecedura de ríos, es insuficiente. El camino a que se accede, transita atravesando las laderas que caen sobre los últimos rabiones del Dobra; mas la impenetrable maleza hace impensable una bajada directa. Reconforta el hermoso espectáculo que ofrece el enlace de dos de los ríos más significativos de los Picos de Europa, máxime, cuando se asiste a la ceremonia desde una posición tan privilegiada como la que desde esta atalaya se disfruta.

El camino continúa en llano entre prados pastados y pequeños cobertizos. Las blancas pinceladas de las ovejas en las praderas son el contrapunto al lúgubre verdor del bosque en que se interna el sendero. El pueblo de Vis, venteado en los aterrazados huertos de la amplia collada en que se asienta, maraca el punto de inflexión entre una modesta sierra, y la morrénica punta de flecha que se afila entre las cuencas de los ríos Sella y Dobra.

Nada más salir del bosquete que se cierne sobre nuestro camino, en el tránsito a las peladas laderas calizas que obligan a su asentamiento en trabajados tramos muriaos, junto a un árbol, se coge la vereda que baja hacia la cuenca del Dobra. El sendero inicia el descenso por los lindes de una franja de gravera y la inclinada ladera cárstica. Sigue la serpenteante línea superior de la gravera. La ladera se ve interrumpida por pequeños contrafuertes que delimitan la franja de pedrero. Unos metros más abajo se une al sendero que se subió por la mañana, en las inmediaciones del prado particular donde se coge la pista de Xibil.

La ventaja de escoger el Puente Dobra como punto de partida, radica en la facilidad de desviarse a un rincón tan hermoso como la Hoya de San Vicente. En Xibil basta continuar por la pista que remonta por las vegas de la vera del Dobra. Aunque esta cruza a la margen derecha (sentido ascendente de la marcha) del río, para evitar los espolones que se descuelgan de la Porra el Greyu, existe una senda que continúa por la orilla izquierda (sentido ascendente de la marcha) del Dobra. En un recodo de este caudaloso afluente, se entra en las vastas camperas de San Vicente, ya reconciliados con la pista. Allí, en el morir del río La Vara, el Dobra nos regala uno de sus rincones más hermosos. La belleza de la montaña es ajena al sufrimiento; pues el sufrimiento no garantiza bellos rincones, sino imperecederos sentimientos.

 

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