LA MOLINA - RÍO CASAÑO - CANAL DE PICHO - PEÑA RUANA - LA BELLUGA - COLLAO MEDIO - BERESNA - HORCADA LOS BUEYES - CABEZO LLEROSOS - SALINAS - CERIBIOS - LOS RETRAITES - EL COTERÓN - PUENTE POMPEDRO - LA MOLINA (circuito)
Punto de partida: La Molina (Cabrales).
Duración: 8 / 9 horas.
Desnivel: 1.500 metros (aprox.). La dureza del interesante desnivel se ve incrementada por la larga distancia que separa las dos ascensiones del circuito (Peña Ruana y Cabezo Llerosos).
Dificultad: Poco difícil (IIº). Toda la exigencia técnica del recorrido se concentra básicamente en la subida de la Canal de Picho. Las distintas trepadas alternan con tiradas más o menos largas a través de fuertes pendientes herbosas en que ha de progresarse con la ayuda de las manos.
Aparte han de tenerse en cuenta los condicionantes de tipo psicológico. La Canal de Picho arranca de uno de los rincones más solitarios y salvajes de la atormentada orografía de los Picos de Europa, el curso alto del río Casaño. Por otra parte, aunque la cima de Llerosos no alcance siquiera los mil ochocientos metros es una circunstancia engañosa. Su modesta altura no se corresponde con la carga negativa de tipo psicológico que impone su aislamiento de la civilización. Los pueblos del entorno se hallan distantes del punto culminante del puerto. En este cordal desgajado del Macizo Occidental de los Picos de Europa no se ha dejado sentir la actividad turística. El medio invasor más próximo es la carretera turística de los Lagos que, aunque ha matizado el desnivel a salvar, se halla lo suficientemente alejada de Llerosos como para haber dado lugar a situaciones comprometidas. No ha de olvidarse además, que el Cabezo Llerosos se halla enclavado en uno de los terrenos más complejos de Picos. Un universo de microrrelieves que ha dado lugar a extravíos en los mismos caminos de las majadas.
Para la realización del itinerario propuesto he contado con la compañía de Marcos Llera. Este compañero viene de realizar en el día el circuito Poncebos - Torre Cerredo - Torre del Llambrión - Caín - Poncebos; sin embargo, se vio sorprendido por la dureza del recorrido que aquí se propone. A la falta de motivación se unió un hecho que le llamó la atención. El Cabezo Llerosos está lejos de todo núcleo civilizador. Este aislamiento ha venido provocado por el abandono de la actividad pastoril. Hace años, en Beresna (a media hora de la cumbre) sería frecuente el continuo trasiego de pastores.
Características: La cima de Cabezo Llerosos es una de las más hermosas de la cornisa cantábrica. Goza de una de las panorámicas más reconocidas por los montañeros asturianos. En la aproximación a la montaña se ha tratado de combinar el recorrido de las majadas de la vertiente Norte del puerto, con las que disfrutan de mejores panorámicas, enclavadas en la vertiente opuesta. Si hay que destacar alguna me quedo con Beresna. La boca de una lúgubre sima le da un aspecto tenebroso. Las viejas cabañas van sucumbiendo al paso de los años. La soledad que las acompaña gran parte del año, confiere a una simple sima ese halo de misterio que encubría el bullicio de tiempos pretéritos.
En la misma ruta se proponen dos tramos que parecen sacados de mundos distintos. El hermoso paseo por las orillas del río Casaño precede a un acongojante recorrido por las entrañas de un universo selvático. Al caminar por los antiguos senderos pastoriles, la mente no sabrá distinguir si la subida por la Canal de Picho ha sido un sueño o ha sido real. Sólo la pesadez que sentirán las piernas en los cortos repechos que hayan de afrontarse, parecerá confirmar que la actividad no se reduce al conocimiento de los senderos pastoriles de este bello apéndice Nororiental del Macizo Occidental de los Picos de Europa.

Descripción:
Accesos
En Cangas de Onís se toma la carretera de Arenas de Cabrales (común en sus primeros cuatro kilómetros con la que sube a Covadonga). Recorre todo el valle del río Güeña, adentrándose en tierras de Onís. En la capital del concejo (Benia) se inicia el ascenso al Alto de Ortiguero. En Llamargón se recibe la carretera que sube de la costa (Posada de Llanes) por el Río Las Cabras. Enseguida se entra en el concejo de Cabrales, poco antes de coronar el suave puerto. El verdadero descenso al valle de Cabrales no empieza hasta el pueblo de Canales, a unos quinientos metros de Ortiguero.
Canales es un hermoso balcón natural sobre el Puerto de Llerosos, asentado sobre las laderas que vierten al río Casaño. La línea cimera del cordal viene configurada (de izquierda a derecha) por el Alto la Peña (Cuetón de Llerosos), el Cabezo Llerosos (máxima altura de esta cantabria), La Jascal y Peña Ruana. El camino de Los Retraites, que se describirá para el descenso, atraviesa la franja cárstica que se extiende sobre la sucesión de pliegues que caracteriza la falda del cordal. Más evidente se destaca el sendero del Coterón (continuación de aquél), serpenteando por estos plegados valles inferiores del puerto. Esta ruta de bajada recorre la parte occidental de esta vertiente norteña del cordal, en la misma vertical del punto de unión de Peña Ruana y La Jascal. Las majadas de Ceribios y Salinas se esconden en un alargado valle que atraviesa en diagonal las laderas inferiores de La Jascal.
En Canales se toma el desvío de La Molina (2,5 km.). La estrecha carretera de montaña se adentra entre las casas del pueblo. Va ganando unos metros antes de iniciar (fuera ya de Canales) el pronunciado descenso hacia la recogida aldea de La Molina.
La Molina - Puente Pompedro - desfiladero del río Casaño (1 hora 30 minutos)
La Molina es una recóndita aldeíta de montaña oculta en las laderas que vierten al río Casaño. Sus pequeñas casas de piedra son el pasaje a una época pasada, ajena al trajín de los tiempos modernos. La explanada en que muere la carretera marca la frontera temporal entre ambos mundos. Los pocos vecinos que van quedando en el pueblo se congregan en torno a la diminuta iglesia que se confunde entre las casas colindantes. Las praderías del entorno se intercalan entre las irregulares manchas boscosas.
Se bordea la aldea por el hormigonado ramal que discurre por la parte superior, tanto de su núcleo principal, como del conjunto de casas desgajadas por el discurrir de una despreciable riega. El hormigón se extiende por el ramal que transita frente a la cuadra de las afueras. Una reducida explanada da paso al antiguo trazado de un amplio camino empedrado. En unos metros se llega a la Fuente de La Sotarraña. El agua que rebosa del bebedero corta nuestro camino y alimenta un abierto lavadero que se recoge bajo el talud del camino, semioculto entre la maleza. El sendero que entra al lavadero se desvía del camino principal a unos diez metros de la fuente.
El empedrado camino continúa su descenso tapizado por la hojarasca de los árboles que se extienden por la ladera. Dobla bajo el espolón de una compacta peña caliza, afrontando el duro y breve repecho que da paso al Puente Pompedro, en la cuenca del río Casaño. Este pequeño puente de piedra se integra en uno de los rincones más imponentes de este curso fluvial. El amplio lecho del río se comprime entre desplomadas paredes. El agua se entuba en el profundo encañonamiento, descolgándose entre la porosa caliza con una fuerza inusitada. Cortos saltos se suceden entre pozas y sifones, arañando minúsculas partículas a la débil roca. El flujo constante del agua lija las paredes que la cierran, configurando una estruendosa y pulida bóveda natural. El arqueado puente de piedra que sirve de mirador comparte este rincón con un compacto puente de roca, una unión natural entre las dos peñas que se ciernen sobre el Casaño. Por un tercer puente, poco imaginativo pero funcional, cruza el sendero que se adentra en el desfiladero horadado por este río de montaña.
Aguas arriba el Casaño discurre plácidamente entre vegas y castañeos. Restos de antiguas cuerrias reflejan un pretérito aprovechamiento de sus frutos. Las laderas de su margen izquierda (sentido ascendente de la marcha) han degenerado en tomadas cuestas de matorral. Vastas praderías se extienden por la falda del cordal del Pandescura, en la vertiente orientada al sol del mediodía.
Un gran puente de hormigón, con barandillas de hierro, salva el cauce del río, depositando el sendero en la margen derecha del río (sentido ascendente de la marcha). En la orilla opuesta se descubren los restos de la vieja y abandonada central hidroeléctrica. Arriba, en la peña, irrumpen las aguas de la riega Las Párvoras. La montaña escupe un torrente de espumosas aguas cristalinas, que bajan a confundirse con el murmullo del Casaño.
El sendero pronto retorna a la orilla izquierda del río (sentido ascendente de la marcha), dejando atrás dos grupos de cabañas con sus respectivas praderías. Son las últimas majadas del desfiladero. Rebaños de cabras pastan por las cuestas del entorno, mientras los cabritillos corretean por los entresijos de las cabañas.
Prosigue el bello paseo a la vera del Casaño. Pequeños árboles se desgajan del tupido bosquete arbustivo que recubre las laderas norteñas del desfiladero. En la margen opuesta el matorral domina las cuestas que se intercalan entre los contrafuertes de oscuras peñas que se descuelgan de las cabezas cimeras del cordal. El sendero se difumina en una alargada vega medio tomada por la maleza y los helechos. Ha de abandonarse la compañía del río, afrontando el primer repecho del día. La única referencia válida es la copa de un gran árbol que emerge en el centro del bosquete. Veredas del ganado se internan entre los arbustos de las laderas de la izquierda. Se sube buscando el terreno más abierto. Una vez que se ha ganado altura se va girando a la derecha, en dirección al solitario ejemplar arbóreo de gran porte. Su tronco central se abre en horquilla, desdoblándose en dos gruesas cañas que se yerguen hacia el cielo.
A su altura se sube recto hacia arriba, saliendo a terreno más abierto. En la peña de la derecha se aprecia con claridad una grieta horizontal que la corta de parte a parte. Son los vestigios de un antiguo proyecto de aprovechamiento hidroeléctrico del río Casaño.
Nuestro sendero, que poco a poco se va volviendo más evidente, aún ha de atravesar un incómodo terreno dominado por la maleza. Cruza una pedrera que se forma en la falda de un pequeño y rectilíneo canalón. Se dirige al espectacular paso tallado en la roca. Abandonando la senda puede cogerse este aéreo pasadizo en su inicio. Basta remontar los primeros metros del canalón, enlazando - en el arranque del camino ganado a la peña - con un sendero de animales que viene de la parte superior del mismo (se trata de un perdida vereda que se toma en la riega las Párvoras, y que atraviesa un tupido y espeso bosquete). Esta variante no es muy recomendable.
El sendero más utilizado entra en el tallado camino en su primer tercio, tras pasar una cueva donde se refugian las cabras. Sortea un par de cierres antes de encaramarse en tan colgado pasaje. Esta aérea travesía es bastante delicada. El camino es excesivamente estrecho. El techo no adquiere una altura suficiente, como queriendo recordar que se trata de un camino inacabado. Debe prestarse especial atención a la mochila. Un posible roce con la pared lateral puede desequilibrar nuestro cuerpo y echarlo hacia el vacío. Cuanto más despacio se avance menos peligro se corre. El hermoso recodo del río, en la falda de las Cabezas Saldaña y Pandescura no debe hacernos desviar la vista del camino. Aquí, más que en cualquier otro lugar, para contemplar los bellos rincones de Los Picos, ha de pararse. Nunca se mire el paisaje sin detener la marcha.
El camino dobla el canto dando por concluido el airoso episodio. Por las peñas de la izquierda sube un paso pastoril a la alargada vaguada de pasto de Tresordiales, antesala de la majada de La Redondiella. El viejo sendero del abandonado proyecto de aprovechamiento hidroeléctrico del río Casaño faldea las desnudas laderas de la margen derecha del desfiladero. Prácticamente puede asegurarse que mantiene la altura. El plácido paseo finaliza cuando, reinternados en un bosque predominantemente de avellanos, el río recupere el desnivel perdido respecto al sendero.

Río Casaño - Canal de Picho - Peña Ruana (2 horas - 2 horas 30 minutos)
El camino retorna a la orilla del río Casaño, dando por finalizado su trazado. Muere al pie de una empinada y herbosa vaguada que remonta hacia el Este. Entre las rocas del desfiladero deja entreverse un gran salto de agua. Un pisado sendero terroso asciende por el terraplén que sustenta la vasta ladera de esta margen del río. La altura ganada en estos pocos metros permite contemplar la esbelta cascada, punto de encauzamiento de las aguas del proyectado canal. Un proyecto que hoy duerme en un cajón y que permite disfrutar de uno de los rincones más salvajes de los Picos de Europa.
El sendero se difumina al entrar en la ladera antes mencionada. Ésta viene delimitada entre la herbosa vaguada donde muere el camino (a la que se ha hecho una somera referencia en el párrafo anterior) y la riega que se precipita desde la Canal de Picho. Un grueso manto herbáceo se extiende por toda la ladera. El bosque pierde densidad, degenerando en una mancha de árboles desperdigados. Los avellanos quedan en la parte inferior del desfiladero, dejando la conquista de los angostos canalones superiores a la resistencia de las hayas.
El río Casaño abandona nuestra compañía. Aguas arriba (Sur) choca contra un inmenso murallón, antesala de los plácidos pastos de Vegaespines. Por su izquierda se descuelga la cascada en que se precipita la riega que nace en Camplengo. El río evita el obstáculo en un forzado escorzo. No es aconsejable penetrar en esta selva cantábrica. He realizado dos intentos para llegar al Oyo la Madre a través de las entrañas de este amazónico desfiladero. La primera terminó en las pindias canales herbosas que recorren el murallón que emerge al Sur, enlazando con la canal normal de entrada por Vega Espines; la segunda penetró con más ahínco en tan intrincado laberinto ecuatorial, mas se dio por concluida en las amplias canales que caen de Soñín de Arriba (enlazando con la bajada normal al Oyo La Madre por esta majada - donde muere la hormigonada pista que sube de Demués -).
La Canal de Picho recorre la atormentada vertiente occidental de Peña Ruana. Se integra en un caótico entramado de colgados y angostos canalones. La heterogénea distribución de desplomadas paredes, entre las que se intercala una irregular proliferación de estilizadas torres calizas, invita a la confusión al montañero que se adentra por primera vez en las pindias canales transitadas otrora por los vecinos de La Molina.
Una primera visión de conjunto sólo puede alcanzarse al coronar la vasta ladera en que había dejado la descripción de la ruta. La subida de esta interminable cuesta ha de hacerse por su izquierda, buscando más la referencia de la vaguada que la delimita por esta mano, que la compañía de la riega que se descuelga de la Canal de Picho. La misma configuración del terreno lleva a esta solución, pues a medida que se va ganando altura la ladera va adquiriendo la fisonomía de una difusa llomba. Al final de la loma, cuando ésta prácticamente se confunde con la vaguada contigua, se inicia una travesía a la derecha, para ganar la evidente collada que preside la extensa y empinada ladera herbosa.
Desde la collada se puede hacer un primer reconocimiento de los entresijos de la montaña. Entre las peñas cimeras se cuela un curvo canalón que pende sobre la oculta hondonada de Llano Picho. Su lecho se halla tapizado de un manto herboso de rabiosa tonalidad verde. En la pared de la izquierda se alcanza a ver Cueva Ruana. La Canal de Picho emboca este callejón sin salida, desviándose por las comprimidas angosturas contiguas.
La riega que se precipita por la Canal de Picho se pierde entre los grandes bloques del vertiginoso canalón que la encauza. Un cueto calizo separa el impracticable cañón de la collada a que se acaba de llegar. Esta somera visión pone de manifiesto que debe seguir evitándose el lecho de la riega.
No se traspone la collada, sino que se sube por la loma de su izquierda, en dirección al paredón que cierra la canal por esta mano. En este corto repecho se pasa junto a una solitaria haya de gran porte. En su tronco se han grabado los nombres de las personas que nos han precedido.
Se inicia una travesía, siguiendo la línea de la pared. Se recupera momentáneamente el rastro del sendero. Un tejo crece en la base del paredón. Se encuentra en el último tramo del flanqueo, donde la ladera se descuelga con el desnivel más pronunciado sobre el cañón.
Se llega a un pequeño canalón. Este embudo recoge las aguas que se deslizan por las empinadas laderas superiores. El sendero cruza la riega y se dirige a una rampa que remonta por su derecha. La humedad y los tapinos terrosos que recubren parcialmente la llambria ensombrecen una sencilla y tumbada trepada (IIº) que cuenta con buenas presas y apoyos, no en vano era un antiguo paso de los pastores. La rampa se interrumpe sobre el cuenco que entuba las aguas que se descuelgan de los regones superiores. La llambria da paso a un piso terroso en que crecen pequeños matos de hierba. La humedecida roca presenta los agarres suficientes para sortear esta airosa travesía.
La intuida vereda se desvanece nuevamente en una inclinada ladera de largas hierbas. Un difuso canto la separa de los regones de la izquierda, donde el agua ha formado humedecidas calvas en el manto herbáceo. Se sube por la inclinadísima pendiente de hierba. A mano derecha se abre una falsa collada que pende sobre el cañón por el que discurre la riega de la Canal de Picho. Esta abertura a las profundidades de Picho incrementa notablemente la sensación de inseguridad. El miedo recuerda que un mal resbalón precipitaría nuestro cuerpo por el entubado descuelgue. La inclinación aumenta a medida que se va ganando altura. Se progresa lentamente, agarrando buenos puñados de hierba. El tramo finaliza con una inclinada travesía en dirección a una collada que se encuentra ligeramente a la derecha.
Devolando la collada se entra en un cuenco más recogido. En la hondonada crece un aislado conjunto de ejemplares arbóreos. Gran cantidad de piedras se confunden con la vegetación que todo lo cubre. La vereda vuelve a intuirse en las incómodas manchas de pedrera que caracterizan este nuevo tramo de subida. La riega que recorre el centro de la canal queda a nuestra derecha. Superada la altura de los peñascos que dificultan el paso hacia aquélla, se da por concluido el ascenso. Un brusco cambio de rumbo marca el inicio de una travesía que corta la canal en dirección a los imponentes paredones que la cierran por la derecha.
En plena travesía ha de atravesarse la riega central. El talud y los bloques de sus márgenes complican el vadeo de un reseco regato. Este profundo surco se adentra en las angosturas de la Canal de Lerva. Por la parte superior es una canal muy amplia y, aunque empinada, andadera. Sin embargo, en la zona central se comprime al extremo. Su lecho se cierra con apretados resaltes. Dicen los pastores que la salida ha de efectuarse por una colgada playa que evita la angostura por su derecha. El paso es muy delicado, pues entre las hierbas de la traviesa brotan las aguas que alimentan la riega de la Canal de Lerva.
Una vez que se cruza esta riega el manto herbáceo toma una tonalidad oscura. Las largas hierbas se vuelven más gruesas y comparten la pendiente con una uniforme diversidad de plantas propias de terrenos muy húmedos. El tupido manto vegetal encubre el lecho de un fino arroyo. Siguiendo su curso se retoma el sentido ascendente de la marcha. Sombríos y altivos paredones cierran el avance por la derecha.
Pronto se alcanza un falso llano, donde se pierde la referencia directa de la inexpugnable línea de pared. Una última mancha forestal ha logrado encaramarse en las laberínticas humedades de Picho. Sobre el bosque se alza una compacta aguja. Sus riscos somitales asemejan dos orejas puntiagudas, integrantes de la cabeza de un delgado felino desdibujada por la laja adherida a una de sus picas. Esta estilizada torre separa las canales de Lerva y de Picho. Dentro de ésta, en el falso llano a que se ha llegado, se intuye el discurrir de dos riegas. La más reseñable es la de la izquierda, pegada a la pared que impide la comunicación con la Canal de Lerva. Este regón se alimenta de las aguas que se recogen en el angosto canalón de salida. Mas, en principio, debe evitarse su cauce. La otra riega, la de la derecha, discurre paralela a la anterior. Distan escasos metros entre sí. Se nutre del agua que se acumula en Llano Picho. Se ve claramente como un poco más arriba se separan los cursos de ambos arroyos (las referencias son siempre a las líneas de sus cauces, con independencia de la tendencia opuesta de sus aguas, que se deslizan canal abajo). El de la derecha entra en la alargada cuenca de Llano Picho, oculta a nuestros ojos. Entre la riega de la izquierda y esta recogida hondonada se interpone un canto. Entre los dos peñascos que lo culminan se cuela una pequeña canaluca de hierba, por la que discurría la vieja senda.
En el falso llano que se menciona en el párrafo anterior se toma el lecho de la riega de la derecha. La progresión es más rápida que por la zona de hierba. El arroyo se desvía ligeramente para entra en la hondonada de Llano Picho. Este cuenco se asienta en la base del corte que quiebra el canalón de Cueva Ruana. Por la derecha de este depósito de aludes, arranca una canal de escape. Esta variante del Matadorio ciertamente es más corta que las salidas por Picho o Cueva Ruana, pero corona una sierra muy alejada de las más frecuentadas vías pastoriles.
Apenas se alcanza la cuenca de entrada a Llano Picho, hay que desviarse por las fuertes inclinaciones herbosas de la izquierda. Agarrándose a las largas hierbas se va buscando el terreno más propicio para entrar en la empinada canaluca a que se ha hecho alusión en su momento, la que se cuela entre dos peñascos que se interponen entre la riega que se dejó a mano izquierda y Llano Picho.
En la parte alta de tan breve canaluca quiere intuirse el rastro del paso de las cabras. Se gana la cresta de la derecha, una aérea balconada sobre Llano Picho. Se sigue por el filo de la airosa arista. Entra en una panda, cómo no inclinada y herbosa, cerrada por arriba por un desplomado paredón. En el centro de la panda se encuentra una calva terrosa.
Por la derecha del paredón que cierra el avance se encuentra el paso a Cueva Ruana. Se trata de un plano inclinado a modo de herbosa terraza que se intercala entre resaltes de roca. El resalte superior está coronado por una mata de matorral. A sus pies espera el desventío que escupe los aludes que se acumulan en Llano Picho. Son apenas diez metros que dan paso al canalón de Cueva Ruana. Este curvo encajonamiento ya no presenta mayores problemas. En su tiempo bajaban por él las vacas. Cuentan que uno de estos voluminosos animales se fue metiendo en las entrañas del canalón. Pace que te pace se vio engarmada en pleno pasadizo. Tuvieron que subir varios pastores. Para sacarla hubieron que fijar anclajes donde amarrar las cuerdas.
Cueva Ruana vivió épocas pasadas de frenética actividad pastoril. A una de las pastoras que cuidaba sus rebaños le llegó el tiempo de dar a luz. Ni corta ni perezosa emprendió un rápido descenso por la Canal de Picho, para bajar a parir al calor del hogar. Aún vive el involuntario protagonista de esta historia.
Desechada la opción de Cueva Ruana (el corto paso parece bastante delicado, expuesto y aéreo), se inicia una travesía ascendente por las pindias pandas herbosas de la izquierda. En apenas unos veinte metros se entra en el canalón de salida. Su lecho seco conserva piedras sueltas desprendidas por las fuertes lluvias o por los aludes del invierno. El rodeo por el lateral de Llano Picho ha servido para evitar el regón que se descuelga canal abajo. El terreno invita a progresar por este angustioso encañonamiento. Los laterales presentan tramos de resbaladiza tierra. El fondo del regón está formado por pulidas y tumbadas llambrias.
Más arriba el canalón se bifurca en dos ramales. El de la derecha se torna impracticable. Por la izquierda remonta una estrecha canal de hierba que, aunque bastante pindia, parece asequible. No obstante, el viejo sendero, que muestra sus huellas a los que saben leer en la peña, sale del regón unos metros antes de la bifurcación. Trepa en diagonal por una llambriuca de reducidas dimensiones, y acomete un par de revueltas para internarse en una tercera canaluca, a la izquierda de los ramales antes descritos. El tramo es corto pero adquiere una tremenda inclinación. La hierba es corta y poco resistente. Han de evitarse las manchas de tierra y grijillo suelto (sospecho que en este pasaje no he sabido leer correctamente las letras de mis antepasados, pues debe haber una vereda que se desvíe por la peña de los laterales). Esta canaluca secundaria muere en una collada. Algunos montañeros dudan de la existencia de una senda en estos parajes. Sólo basándome en la evidencia de este antiguo paso, puedo encontrar sentido a este desvío de la evidente canal de salida. Si no hubiera existido tal paso, esta canaluca secundaria sería una ratonera. La colladuca cimera no tiene paso. La peña que la preside invita a una interesante trepada. La solución viene de la mano de las astutas cabras. El viejo sendero inicia una travesía bajo un arbolillo que crece en plena roca. Dobla el canto (sencilla trepada en horizontal donde se hace evidente el paso de pastores y ganado) y entra a la canal herbosa que se desgaja del regón principal ( en apariencia impracticable, como dije). Pero apenas entra en esta canal, vuelve a doblar el canto para situarse sobre el sendero que se traía (sobre el arbolillo, dicho con menor rigor). La trepada (IIº) es algo aérea, aunque con buenos agarres. Recto hacia arriba ya se corona la primera de las horcadas de salida, en las peñas que cierran la Canal de Lerva por la derecha.
En pocos minutos se alcanza la segunda horcada (la subida es evidente y no da pie a equívocos). La tercera de las horcadas desmoraliza al fatigado montañero. Una corta travesía sobre el embudo que cae sobre Lerva, da paso a una corta ladera. La tierra, afectada por la humedad del terreno, cede formando un característico argayo. Una mancha de pedrera precede la estrecha e inclinada canaluca que trepa hasta la última de las horcadas. Por una vaguada tomada de brezales se gana la collada intermedia entre los cantos somitales de Peña Ruana (1.510 m.).
La vista, hasta ahora comprimida en el estrecho margen que permitía el encajonamiento de Picho, se abre en una amplio abanico de posibilidades. Al Oeste se perfila el estilizado torreón del Cantón del Texéu, fiel vigía de los canalones que descienden hacia el Oyo de la Madre (nacimiento del río Casaño) y antesala del poljé de Comeya, plana depresión de turbera donde se sumen las aguas que rebosan del Lago Enol. La Porra Enol, con su característica silueta, fija la ubicación del lago que se esconde a sus pies. Alcanza a verse la llomba glaciar de La Picota, por donde dobla la carretera de montaña que entra en La Tiese. Una marcada brecha vertebra por su centro la loma morrénica. No es más que el enlosado camino turístico construido por Parques Nacionales para mostrar a los turistas los encantos de este rincón de la naturaleza. Desde el mirador de La Picota gozan de la privilegiada contemplación de dos bellos lagos de montaña sin necesidad de mancharse los zapatos y con la comodidad de tener el coche al lado (perdón, es verdad que con el nuevo aparcamiento hay que andar un cuarto de hora, si eres tan tonto de no subir el coche a La Tiese).
Al Sur se recoge la majada de Camplengo El Viejo. Se encuentra en un lateral de la cabecera de una profunda vaguada. Es una buena opción para bajar a la majada de Vega Espines, siempre que se tenga en cuenta que la riega que discurre por su cauce se precipita en una vertiginosa cascada sobre el río Casaño. Es obligado, pues, salirse de la vaguada por una collada que se encuentra en su parte final. Esta variante permite entrar en Vegaespines o coger la pindia canal herbosa que baja al Oyo de la Madre (esta canal, cerrada con una alambrada en su entrada, también ha de abandonarse en su parte inferior, tomando unas traviesas por su izquierda).
Todas las majadas de esta vertiente Norte del Cornión representas auténticos vergeles de verdor en el caótico universo cárstico del entorno de las Peñas Santas. Al otro lado del canto rocoso que cierra Camplengo el Viejo por el Sur, perviven las cabañas de Camplengo La Cueva. Una charca donde retozan las ranas se forma en el centro de la vega. La cresta que separa ambos Camplengos remonta separando dos marcadas vaguadas. Las colladas somitales vienen separadas por el Canto Moscadorio (1.546 m.). Al Sur de esta modesta cumbre estaría el Collao Camplengo, paso de Camplengo la Cueva a Vega Maor, en la vertiente del desfiladero del Cares, pero perteneciente al concejo de Onís. El Collao Verancielles se encuentra al Norte del Canto Moscadorio. Por la collada devola el camino que pasa de Camplengo el Viejo a la majada de Las Fuentes de Cabrales. Esta majada se cobija en la vertiente Sur del puerto de Llerosos, entre Beresna y el Valle la Texa (paso de Vega Maor a la majada de Ostón).
El otro punto cardinal que en este momento presenta un mayor interés es el Este (Sudeste, según la dirección de la línea vertebral del cordal). La gran peña que emerge en esta dirección, separada de Ruana por la collada en que se resguarda la majada de La Belluga / Beyuga, es La Jascal (1.730 m.). A su izquierda, al fondo, se deja ver la amesetada montaña de Cabezo Llerosos (1.794 m.). La enorme distancia que resta por recorrer, otorga a la máxima altura de la sierra esa modestia que la empequeñece respecto de su hermana menor La Jascal.
Las opciones más recomendables para aproximarse a la base de Llerosos se reducen a dos. Bien podría bordearse La Jascal por la izquierda, o bien cabría flanquearse por la vertiente opuesta. La primera alternativa supondría remontar la cuesta que se encuentra al Este de La Beyuga. Al otro lado, al pie de las desplomadas paredes norteñas de La Jascal, se extiende el Caleyón de Santo Toribio.
No obstante, he preferido decantarme por el largo flanqueo de su vertiente Sur. En primer lugar, porque la opción del Caleyón es válida también para el regreso, desviándose en la majada de La Jascal (sita en una horcada al Norte de la hondonada de desagüe de la alargada depresión) a Ceribios. En segundo término puede destacarse la más abierta panorámica que se disfruta desde estas soleadas laderas sureñas de La Jascal, que dominan la cuenca del Cares, profunda brecha que desgaja los Macizos Central y Occidental de Los Picos de Europa. Por último, es obligada la visita a la majada de Beresna. Precisamente los caminos pastoriles que comunicaban las distintas majadas van a permitir una mayor agilidad en la aproximación a la montaña.
La alternativa más dura sería atacar la cima de La Jascal y seguir el largo cresterío que se extiende hacia Cabezo Llerosos, siguiendo la línea divisoria del Parque Nacional de los Picos de Europa. Para rizar el rizo podría seguirse hasta el Alto la Peña, última cumbre de la columna vertebral del puerto de Llerosos. En el montañismo las distintas alternativas sólo están limitadas por la imaginación del montañero y por su capacidad física y psicológica. Es esta última la que lleva a considerar el acercamiento desde Los Lagos como la ruta normal de aproximación al Cabezo Llerosos. Piensan que el drástico recorte de desnivel que proporciona la carretera suaviza la dureza de la ruta. Por el contrario, se decantan sin saberlo por el punto más alejado, deparando desagradables sorpresas durante el regreso de los, por lo general, poco preparados montañeros.
Peña Ruana - La Beyuga - Collao Medio - Los Jondones - Beresna - Horcada Los Bueyes - Cabezo Llerosos (2 horas)
El flanqueo de La Jascal sigue un pisado sendero que corta la Cuesta Coriscada (ladera sudoccidental de esta montaña) en dirección a un evidente collado de fuerte tonalidad verde que se recorta en la mitad de la línea de cuesta que cae de la cima de la montaña. Fijada la referencia se inicia el descenso de Peña Ruana.
Se sigue la cresta (Este) del canto cimero de esta peña, el más sureño, durante unos pocos metros. Descolgándose por las llambrias de la vertiente sur de Ruana (reseñar un destrepe en una canaluca de llambria sin mayores problemas) se entra en una inconfundible vaguada orientada de Este a Oeste. En esta dirección se iría a Cueva Ruana; girando al oriente, por el sendero que sigue la línea de la vaguada, se baja a la majada de La Beyuga. Las cabañas se protegen al pie de las peñas que protegen la resguardada vega. El progresivo abandono de la actividad pastoril contrasta con los intentos esperanzadores de recuperar algunas de las cabañas del puerto.
Por la collada que se abre al Noreste de la majada se entraría en la cuenca de una riega que discurre intermitentemente por la valleja que cae sobre Braña Redonda. Las cabañas de esta alargada vega destacan por su tamaño. El valle se recoge en un protegido circo, al abrigo de los vientos. Una pequeña loma cierra la campera por el Norte, punto en el que confluye con el valle de Ceribios.
Por la collada del Sur devola el camino de Los Camplengos. Dos son los senderos que cortan la Cuesta Coriscada. El inferior, que la atraviesa en sentido descendente (el que baja a Camplengo el Viejo); y el superior, que entra en los Jondones a través del Collao Medio (camino que une las majadas de la Belluga y de Beresna). Para enlazar con este se remonta en diagonal (Sudeste) por el cárstico terreno occidental de la Peña Jascal. El arranque del sendero es confuso, pues son múltiples las veredas trazadas por los rebaños. Se dobla el canto que impide la visión de la Cuesta Coriscada. Todos los senderos van confluyendo en uno principal que corta la cuesta en dirección al collado de referencia, apuntado al principio de este sector del circuito.
Traspuesta la verde collada se afronta un corto flanqueo a un segundo collado, donde el brezo predomina sobre la campera. En este punto se enlaza con la ruta que viene de los Lagos / Los Gamoneos / Demués (tierras de Onís y de Cangas de Onís), o, más correctamente, esta ruta confluye con la nuestra, pues el camino de Beresna pertenece a los cabraliegos. El Collao Medio, punto de unión de los diversos recorridos, se encuentra en la vertiente Sur de la Peña Jascal. Se intercala entre la cresta caliza cimera y el Collao Verancielles.
Nuestro sendero prosigue, prácticamente en llano, atravesando una cuenca tomada por el brezo. Paralelo al mismo, pero a un nivel inferior, discurre el camino que traspone el Collao Verancielles. Mucho más pisado que el nuestro, se encamina a la majada de Las Fuentes de Cabrales.
Finalizado el flanqueo del cuenco contiguo al Collao Medio, el sendero entra en una pequeña campera. Se puede subir directamente a una collada que hay al lado, o bordear el canto de su derecha hacia una segunda collada (que éste nos oculta). Ambas colladas son la puerta de entrada a los Jondones, una sucesión de profundos jous que ha de ir sorteándose. El sendero los flanquea, cuando por la derecha, cuando por la izquierda. Pierde altura y remonta a las colladas que se intercalan entre las distintas hondonadas, configurando un duro terreno rompepiernas. El primer jou es de grandes proporciones. Se evita por los flancos de la derecha. Siguen unos hoyos menores. Otra gran depresión incrementa la desmoralización del cansado montañero, esta vez se bordea por la izquierda. Aún resta una nueva hondonada, más pequeña, pero que puede ser la puntilla que remate al desesperado andarín. Éste es el terreno que espera al regreso de los montañeros que se han decantado por la aproximación desde los Lagos.
Devolando la última collada se baja a la majada de Beresna de Abajo. Este es el punto clave de la travesía. El sendero invita a mantener la dirección, trasponiendo la horcada que hay al otro lado de la vega. Es un sendero muy frecuentado por el ganado, pues entra en los Prados de Arriba. Puede ser utilizado para bajar a las Fuentes de Cabrales o para entrar en la Canal de las Avareras (que cae sobre el desfiladero del Cares). Es un terreno complejo para aquellas personas que desconozcan el entorno.
La majada de Beresna de Abajo se encierra en una recogida hondonada. Aún se mantiene en pie una pequeña choza con la techumbre de piedra. El techo se cubría con pequeños tapinos. Un muro protegía la puerta de entrada, cerrando un reducido huerto.
Se pasa junto a la cabaña. En el escar que delimita la vega por el Norte, se retoma el camino que sube a Beresna de Arriba. Al principio aparece muy pisada por el ganado que sube a beber a la fuente. Hace años el agua rebosaba por este bebedero de piedra. Hoy apenas mana un hilo de agua que se pierde en el fondo del cuenco. Más arriba el camino se adentra en el laberinto calizo, confundiéndose entre las llambrias. Los tramos muriados de la travesía superior sirven de orientación, pues son visibles desde el Collao La Cistra (el que da paso a la majada de Beresna de abajo). El "camín calzáu" atraviesa las llambrias superiores del cueto cárstico, completándose con armaduras para asentarlo en la inclinada caliza. Ramón Sordo distingue una armadura de un "camín muriau" o "calzáu". La armadura se emplearía en aquellos caminos asentados con madera. Cuando el camino se apoya en muros de piedra se emplearían estos últimos términos.
Beresna es una majada que se mantiene en un equilibrio inestable sobre una lúgubre boca que amenaza con engullirla. La peña en que se abre la enorme sima recuerda la cabeza de un monstruoso simio convertido en piedra. El silencio que reina en la recóndita majada sobrecoge el alma de un viajero ocasional, ignorante del bullicio que en otro tiempo alegraba este rincón de nuestras montañas.
El Cabezo Llerosos, destino de este viaje sin recompensa, se confunde en este laberinto de peñas. Una pequeña cueva, al lado de su cima, le delata. Se deja la majada por una horcadita que se oculta tras ella (Noreste). Se baja por una cuenye iniciando el flanqueo (Este) por la vertiente que cae sobre los Praos de Arriba. Pronto se retoma la dirección Noreste (embocando la mole de Llerosos), bordeando unos jous que preceden la vaguada que se interpone entre esta montaña y los contrafuertes de La Jascal. Se dobla la peña de la derecha, entrando en unas laderas de pasto alpino que vierten sobre la sucesión de verdes hondonadas que se cuelan, como acabo de decir, entre Llerosos y la cresta de la Peña Jascal (senda de entrada al Caleyón de Santo Toribio). Esta travesía ascendente por las laderas de pasto culmina en la Horcada los Bueyes / Collao Paramentoso.
El terreno es conflictivo en caso de niebla. Por la collada se pasa a la parte oriental del puerto, donde se encuentran las majadas de Beceña y Ondón. Es ruta frecuente de paso de montañeros y uno de los sectores más complejos de los Picos de Europa. Es un terreno típico de microrrelieves. Sólo un buen conocedor del terreno empieza a ver sentido en esa sucesión heterogénea (y a la vez uniforme) de vaguadas, cuetos, torcas, cabezos y camperas que caracterizan este universo cárstico. En este último tramo de la ascensión se verán manchas de tenue pintura amarilla. Una muestra más de la manía de los montañeros de pintarrajear la montaña. La tecnología nos ha superado. El método más seguro para señalar una ruta es plasmar en guías o en folletos un itinerario codificado en coordenadas de G.P.S. La montaña se verá libre de postes indicativos y manchas de pintura (que lo único que consiguen es que los montañeros se pierdan cada vez más lejos de la civilización), en tanto que se garantiza con solvencia la seguridad de los usuarios de este medio de orientación.
En la Horcada de los Bueyes (1.696 m.) se accede a un protegido valle que vierte al Cares. El valle está muriado en la parte inferior. Esta muria separa las dos caras de esta Canal de Fuentes de Rama. Más allá de la muria se descuelga sobre los Arandanales. Estas pindias playas, paso de pastores, se desploman sobre la Canal del Saigu, marcada por el desolador argayo que, no hace muchos años, arrasó con el trazado de la Senda del Cares.
Del Collao Paramentoso a la cima de Llerosos (veinte minutos) basta seguir la creta. Oculta un profundo jou cercado por verticales llambriales que le da un aspecto airoso, insospechado desde nuestra posición. En plena cresta irrumpe un torreón que ha de evitarse por la izquierda. Este rodeo viene precedido por una estrecha barrera de llambria que obliga a una sencilla y segura trepada. El último trecho de la ascensión es un penoso sufrir los efectos del cansancio acumulado.
El Cabezo Llerosos (1.794 m.) es uno de los miradores más renombrados de la geografía asturiana. Se incluyó en una exitosa lista de las cien montañas más bellas de Asturias (en la que por cierto se incluían cumbres de las provincias limítrofes, aumentando deslealmente la competencia). Se abre hacia el Sur la profunda tajada del río Cares, desgajando los Macizos Central y Occidental de los Picos de Europa. En la cuenca alta del río alcanzan a verse algunos de los pueblos del Valle de Valdeón. Por la abertura del curso bajo del Cares - Deva, cuya confluencia viene marcada con la aislada belleza de la modesta Pica de Peñamellera (el "Cervino asturiano"), se plasma la recortada hermosura de la costa cántabra: la Bahía de San Vicente, Comillas y la extensa alineación de ecosistemas costeros que se suceden hasta la capital, Santander. Las sierras costeras ocultan la costa asturiana, pero por las cuencas de los ríos que las vertebran, resplandece la blancura de los pueblos costeros, con sus faros y parte del litoral. Una última referencia a la enorme depresión que se extiende desde Oviedo hasta el oriente de nuestra región, configurando la única planicie de la accidentada orografía asturiana.
Cabezo Llerosos - Salinas - Ceribios - Los Retraites - El Coterón - Valle la Voluga - Puente Pompedro - La Molina (2 horas 30 minutos - 3 horas)
El descenso de Cabezo Llerosos se inicia por la cresta que se extiende al Norte - Noreste de su cima. Da un largo giro, encerrando una reducida hondonada. En el valle se divisa parcialmente la villa de Arenas de Cabrales y otros pueblos del concejo.
En unos minutos se abre a nuestros pies la vertiente Norte de la mole inmensa mole de Cabezo Llerosos. Las laderas se deslizan sobre la cabecera de un valle que desciende al Noroeste. Un enorme jou, en esta cabecera de la vaguada, quiebra su uniformidad, desfigurándola considerablemente. Se baja la pendiente ladera a caer sobre una vasta collada que separa los Llerosos de la Cabeza las Vacas (1.624 m.).
Se sigue la línea de la collada a fin de entrar en la falda de este cabezo. Miles de veredas del ganado faldean sus peladas laderas sudoccidentales, bordeando el jou que configura la cabecera de la vaguada que ha de recorrerse. Una evidente collada se recorta en el frontal noroccidental del jou que se viene rodeando. No es el collado inferior, sino una collada que destaca por encontrarse en el límite entre la cuesta y la caliza. Devolándola se entra en el valle de Ceribios. Sin embargo, las sendas más pisadas cortan la ladera a una mayor altura. Doblan por encima de la collada, entrando en una cuesta que desciende a la Horcada de Jostiqueruda (1.421 m.), marcada brecha en el canto que delimita el valle de Ceribios por la derecha. A través de la horcada se ven las ruinas y el lago que le dan nombre.
El cordal que interrumpe la Horcada de Jostiqueruda separa dos amplios valles que bajan paralelos. El camino que traspone la horcada atraviesa la cabecera de la vaguada de Jostiqueruda, encaminándose a la majada de Semuñón. Un ramal del mismo se tira valle abajo, entrando en la majada de Brañas.
En la misma Horcada de Jostiqueruda se toma el sendero que baja a la majada de Salinas. En la amplia vega brotan manatiales que se vuelven a sumir en la misma hondonada. De las viejas cabañas no quedan sino una multitud de ruinas. El camino no baja al fondo de la vega, sino que la evita por su derecha, saliendo de la majada por una estrecha cuenye.
Encajonado en el fondo de la vaguada, prosigue su descenso hasta la majada de Ceribios. La fuente se halla en el centro de la ladera norteña de la vega, previa al grupeto de cabañas de la majada. Las viejas construcciones de teja aún resisten con honor el paso del tiempo. Alguna ha sido objeto de arreglos, de ahí que haya sido privada de la roja tonalidad de su techumbre de teja. Ésta ha sido sustituida por una plancha de frío hormigón.
El valle se cierra en un corto embudo, comprimido entre la peña que cobija la majada y la cuesta de la derecha. Por el lecho de la valleja se sale a la loma que delimita el frontal de una alargada y hermosa vega que cuenta con grandes cabañas. Se trata de la majada de Braña Redonda, a la que se baja directo desde la Beyuga. Un giro al Noreste lleva, por los suaves relieves de las camperas del puerto, a una collada desde la que se divisa otra majada (Brañas), en la vaguada paralela a la de Salinas, delimitada entre la Horcada de Jostiqueruda y el Cueto Redondo. El camino no entra en la majada, sino que la evita por la izquierda. Al Oeste, en el canto que baja por el Norte de Peña Ruana, una nueva majada. La Redondiella es punto de paso para entrar en Tresordiales, en la vertiente que vierte al Casaño.
El camino dobla el cordal de Cueto Redondo, girando a la derecha. Entra en una recogida campera, al pie de una valleja secundaria perteneciente al cordal de este cueto, donde realiza un escorzo, a colarse por una cuenye. Su trazado se acrecienta, dando forma a un camino carretero que, tras la vaguada inicial, entra en la franja de peña que domina los pliegues inferiores del puerto. El empedrado camino inicia la sucesión de revueltas de Los Retraites.
El empedrado finaliza al llegar a la falda del puerto, en la entrada a una bocamina. Al lado se encuentra la cabaña del Coterón. El sendero más usado pasa por el frontal de la cabaña. Entra en llano a una collada y se tira a la izquierda, por la vertiente oriental de la llomba que desciende directa al Cuetu Pandu. El otro camino destacado que arranca del coterón es el que faldea de collada en collada hasta la majada de Pierdón. Cruza la cabecera del valle del río de Pierdón, bajo la franja caliza dominada por el Cueto Redondo. Pasada la majada, el sendero sigue en travesía a entrar en la llombona que baja desde el Collao Muniós (Sudeste), collada culminante del canalón en que nace la riega de Pierdón. Loma abajo se podría pasar a Argandi. Es un bonito rodeo para el descenso a La Molina.
La bajada más directa es la que sigue la llomba que baja desde el Coterón. Como ya dije, el sendero desciende por su flanco oriental. He de reseñar que existe otra senda que entra en un bosquete, al pie del Coterón, que desciende por la vertiente occidental de la llomba. Ambos itinerarios confluyen más abajo, siguiendo la línea del pliegue hasta la collada inferior del Cueto Pando.
Tres son las llombas principales que forman los pliegues de la falda de este sector del puerto. El camino del Coterón desciende por la central, entre las riegas de La Voluga y de Pierdón. Esta loma muere en una vasta collada, con praderías y cabañas, al Sur del cueto Pando. La llomba occidental baja hasta el Cueto Tamañán, peña caliza que entra en forma de punta de lanza sobre la confluencia del río Casaño y la riega La Voluga. En la collada previa al cueto se encuentran más praderías y cabañas. La tercera llombona es la más destacada. Baja del Collao Muniós, ocultando la vertiente oriental de la falda del puerto, donde se encuentran las peñas que dominan el valle del pueblo de Berodia. Entre ésta y la central discurre la riega de Pierdón.
En el Colláu y prados de Pandu se plantean dos alternativas para bajar al Puente Pompedro. Un sendero baja por la derecha, bordeando el Cueto por esta mano. El rodeo es mayor, pero cuenta con el aliciente de visitar las imponentes cuevonas de Argandi, en el desfiladero de la riega de Pierdón. Por su parte, la bajada más directa es, además, la más evidente. El marcado sendero se viene viendo durante la bajada por toda la llomba de la cuesta. Entra, tras sortear el borde de un profundo argayo, en el corto desfiladero de la riega de La Voluga, entre los Cuetos Tamañán y Pando. Dos pequeños puentes, uno viejo y podrido de madera, y otro más funcional que otra cosa, preceden el trabajado puente de piedra que devuelve la senda a la cuenca del río Casaño.