PIDO - TOBÍN - JOYO DE IGÜEDRI - VALLE DEL AGUASEL - COLLAO VALDECORO - PICOS DE VALDECORO - COLLAO VALDECORO - CAMINO DEL HACHERO - FUENTE DÉ - CONVENTO DEL NARANCO - PIDO (circuito)
Punto de partida: Pido.
Duración: 6 horas.
Desnivel: 900 metros.
Dificultad: Fácil (Iº). El circuito que, más adelante, se pasará a describir, es bastante sencillo. La catalogación de fácil es algo forzada. Los agrestes pasajes por los que se adentra el camino de descenso, aconsejan exagerar artificialmente la dificultad de la ruta. Amparándome en la inclinación del terreno y en un par de pasos en que pueden apoyarse las manos, establezco este grado de dificultad intermedio entre el simple caminar y la escalada en sus grados inferiores. En todo caso, recomiendo este circuito a los principiantes, es decir, aquellos montañeros que dan sus primeros pasos lejos de la protección de compañeros experimentados o de los grupos que les han acompañado en su bautismo en la montaña.
Uno de los principios a tener en cuenta en la montaña es el de no descender una canal que no se conozca. Muchas de las rutas que recomiendo o describo se configuran como circuitos, planteando, consecuentemente, el regreso por rincones -en teoría- desconocidos por el que se guía por mis descripciones. No es mi intención vulnerar máximas de experiencia que me gusta respetar; simplemente, presento un recorrido que pueda ser útil a quien se acerca por primera vez a un rincón determinado de los Picos de Europa. En la imaginación de cada uno está el recorrerlo en sentido inverso, perderse en alguna de las variantes apuntadas o dejarlo a medias y regresar por el mismo sitio por el que subió. En este último caso, el recorrido de una ruta exigirá un mínimo de dos salidas a la misma montaña. No es tan grave, máxime teniendo en cuenta que muchos de los senderos se describen han requerido frecuentarlos un número indeterminado de veces; porque recorrer un sendero no es conocerlo, ni -la mayoría de las veces- pisar la cima de una montaña es haberla subido.
Características: Liébana es un valle de valles. A grandes rasgos podría decirse que en la villa de Potes convergen los tres valles troncales. Su estratégica ubicación le ha valido la consideración de centro neurálgico de la Liébana. Si Potes roba el protagonismo de los demás pueblos y villas lebaniegos, el valle modelado por el río Deva es el referente turístico de la comarca. Recogido al abrigo del Macizo Oriental de los Picos de Europa, cobija un mosaico de hermosos pueblos que han sabido mantener su tradicional integración con el entorno.
La cuenca del río Deva se halla vinculada históricamente a este macizo. Su cauce ha servido incluso para transportar el mineral arrancado de sus entrañas. Sin embargo, el manantial que le da vida brota en un recogido circo glaciar, al abrigo de una de las murallas calizas más imponentes de los Picos, ubicada en el Macizo Central. Se alimenta de las perpetuas nieves que sobreviven en los recobecos de uno de los macizos más escarpados de España. La belleza del entorno es un reclamo turístico de primer orden. Tradicionalmente se ha entendido que para mostrar las bellezas naturales de una comarca, han de acometerse previamente una serie de actuaciones que garanticen un acceso cómodo al entorno. Se buscan los rincones más interesantes paisajísticamente y se construyen los oportunos miradores. Abriendo carreteras o construyendo teleféricos se facilita el acercamiento a estos balcones artificiales. El empuje del turismo acarrea la instalación de paradores, hoteles y demás servicios de restaurante. Estos complejos turísticos se asientan en grandes vegas o en zonas de bosque, alejadas de los núcleos rurales. El resultado es curioso: se oferta una naturaleza virgen, en tanto que se fomenta la masificación de la montaña cantábrica; se promocionan panorámicas de ensueño, mientras se llenan de hormigón vegas, bosques, lagos y riscos; se vende la marca Parque Nacional, pero se asiste a un modelo de explotación turística decimonónico y agresivo con el entorno.
Fuente Dé se ha erigido en uno de los puntos clave para la "conquista" de las grandes cumbres del Macizo Central. El montañismo tampoco ha sido ajeno a este acoso urbanizador de la alta montaña. En la meseta que cierra el circo de Fuente Dé, emergen la mayoría de las cumbres que se elevan por encima de los dos mil seiscientos metros. La carretera de Fuente Dé, el teleférico, el uso turístico de las pistas minero - ganaderas, la explotación de un hotel en los pastizales de la alta montaña y la curiosa cúpula metálica de Cabaña Verónica, ha degradado el valor deportivo de estas montañas, rebajándolas a un grado de exigencia propio de la media montaña. La señalización de determinadas rutas y la instalación de ferratas permite obviar las dificultades que el recorrido de las zonas de montaña imponen al principiante. La urbanización y masificación de la montaña anulan el compromiso psicológico del alejamiento progresivo de la civilización; la señalización e instalación de ferratas evitan los problemas de orientación y permiten salvar pasos delicados para un senderista. Hemos conseguido hacer accesibles las cumbres más escarpadas a los más incapaces e inexpertos; pero privándolas de su identidad. Es el concepto de montañismo que se defiende mayoritariamente, aunque no el que luego trata de transmitirse al exterior. Se imparten cursillos de orientación, pero se llenan las montañas de señales y marcas de pintura; se anuncian cursillos de escalada, y se convierten las montañas en escuelas; se critica el impacto de actuaciones urbanísticas incontroladas, mientras se defiende una red de refugios que vertebren la alta montaña cantábrica; se levanta una opinión en contra a la instalación de teleféricos, pero se establecen descuentos por el hecho de estar federados; se otorgan medallas a los mejores montañeros por ascender determinadas cumbres, sin tener en cuenta que la montaña implica la aceptación de unas reglas de juego que los montañeros vulneramos constantemente. La montaña se ha rebajado al nivel del montañero ocasional, distorsionando la faceta ético - deportiva del montañismo.
Cada persona tiene un determinado nivel, tanto más elevado cuanto más tiempo dedique a su preparación física, técnica y psicológica. Desde aquí se pretende que la ruta que se intente se acomode a la capacidad subjetiva de cada individuo. Peña Vieja, Torre Blanca, Tiro Tirso, el Llambrión, son cimas que superan los dos mil seiscientos metros. La explotación turística del macizo ha reducido artificialmente el desnivel que separa estas montañas del valle. Propongo un circuito que presenta un desnivel a superar similar al que hoy en día se salva para pisar los techos de los Picos, pero que se acomoda a las nuevas tendencias que tratan de impulsar el montañismo del siglo XXI; aquéllas que devuelven el protagonismo al individuo por encima de la tecnología: el filtro del esfuerzo físico, es decir, que la montaña se gana a base de esfuerzo, rechazando infraestructuras turísticas más allá de los núcleos de población; la historicidad de una vía, evitando convertir las vías de escalada en depósitos de material (teoría que no se opone al uso de seguros no agresivos con la roca, que podrán ser retirados por el segundo de cuerda). En definitiva, el cómo por encima del dónde, bajo la premisa de no dejar huella de nuestro paso por la montaña.
El Valdecoro es una montaña que presenta un desnivel asequible. El bello recorrido inicial por los extensos bosques lebaniegos, da paso a un largo valle de pastizal. Su cima no es sino una esbelta balconada natural que domina los pueblos de la cabecera del Valle de Liébana (Pido y Espinama). La vista es más agradecida que la que se disfruta desde la estación superior del teleférico, y es la merecida recompensa a nuestro esfuerzo. La niebla que se adueña de la montaña no empaña una jornada de montaña, pues el sentido de la vista apenas es uno de los cinco que posee el ser humano. Este temido elemento se alía en este caso con el montañero; pues el turista habrá pagado el precio del billete para subir en el teleférico y renegará por no haber visto nada, en tanto que el montañero podrá "ver" como la montaña recupera parte de la grandeza que la mano depredadora del hombre le ha robado.
Tenemos miles de montañas y rincones a nuestro alcance. Pretender rebajar el resto a nuestro nivel supone un ejercicio de política irresponsable que acarreará su degradación. No se puede convertir la naturaleza en un parque urbano por un mero interés lúdico. Si no estamos dispuestos a aceptar el desafío de una montaña, decantémonos por ascensiones más cercanas y sencillas. Si tratamos de pisar las cimas más altivas y escarpadas valiéndonos de megainfraestructuras, tecnología y urbanización, sólo nos estaremos engañando a nosotros mismos, adulterando la montaña que decimos defender. El fin no justifica lo medios. Presumimos de grandes conquistas y lo único que hacemos es destrozar los sueños de los que nos siguen. Por suerte aún quedan montañas poco o nada degradadas donde disfrutar de todos los condicionantes que definen la figura del montañero. Sí, pero, ¿dónde?. ¡En España, no!

Descripción:
Accesos
En Potes se inicia la carretera de montaña que remonta el curso alto del río Deva. Se adentra en el Valle de Camaleño, paralelo a la línea de cumbres cimeras del Macizo Oriental. Su trazado es de unos veinte kilómetros. Ancha y de buen piso, cuenta con tres kilómetros adicionales hasta el teleférico de Fuente Dé.
Pasado el pueblo de Espinama, hay que desviarse del agregado que continúa hacia aquel complejo turístico, por un estrecho ramal de apenas unos doscientos metros.
Pido - Tobín (1 hora)
En la cabecera del valle del río Duje (Liébana) se encuentran los pueblos de Pido y de Espinama. Aquél se asienta en la margen derecha del río, en la vertiente de la cordillera cantábrica. Dista escasos quinientos metros de Espinama, sito en la vertiente de los Picos de Europa, en la cuenca del río Nevandi.
Al Norte, sobre la manta boscosa que recubre las laderas sureñas de este sector de los Picos, irrumpe un doble torreón de verticales calizas. Delimitado entre los cursos descendentes del Deva y del río Nevandi, se halla desgajado de los Puertos de Áliva por el Collao Valdecoro.
El primer tramo de nuestro circuito se adentra en los bosques que se cobijan entre las vaguadas de la falda sureña de los Picos de Valdecoro. Una pista sube cómodamente, trazando largos tornos que suavizan el desnivel. Para coger este camino, se retroceden unos metros por la carretera que entra en el pueblo. Antes de salir al cruce, se encuentra a mano izquierda un deteriorado camino carretero. En unos pocos metros muere en el ancho asfaltado que sube al teleférico de Fuente Dé. Se camina por él durante unos cincuenta metros en sentido ascendente. Enseguida se retoma la pista que sube a Tobín. El camino sigue la línea de los postes de alta tensión, ganando altura con respecto al tramo de carretera que baja a Espinama. Va configurando el límite exterior del parque Nacional de los Picos de Europa. Entre el poco espeso boscaje, se va dando vista al pueblo de Pido, aún cercano.
Se afronta el segundo torno del ascenso (el primero pasa desapercibido por la irrupción de la carretera de Fuente Dé), un fuerte giro a la izquierda. Una tomada pista sigue de frente. Se abandona la electrizante compañía de los postes de la luz. El continuo ascenso va cediendo en ímpetu. Finalmente se afronta un suave tramo descendente bajo unas peñucas calizas. Preceden el siguiente giro brusco de la pista. De la revuelta arrancan dos ramales secundarios. El tronco principal remonta sobre los afloramientos calizos que precedían el cambio de sentido.
Tras un duro repecho se desecha la pista que sale a mano izquierda. La pista acomete un recto y costoso tramo de fuerte inclinación. Al finalizar dobla la loma de la montaña. Entre el tupido ramaje aciertan a verse los tejados de las casas de Espinama. Nuestro camino deja de trazar los largos tornos. Aunque mantiene el sentido predominantemente ascendente, se dirige definitivamente, a media ladera, hacia el valle del río Nevandi.
Este río desciende desde los Puertos de Áliva delimitando por el Oeste la Sierra Carielda. Forma un profundo valle que se extiende al Norte de Espinama, por donde remonta la antigua pista minera de Áliva, hoy reconvertida en pista ganadera. También se utiliza por particulares para subir hasta el Hotel de Áliva. Esta amplia pista, que enlaza en el puerto con la que remonta por el Valle del río Duje, forma parte de una serie de circuitos muy recomendados para todoterreno o bicicleta de montaña. Pese a la prohibición de circular en todoterreno por las pistas del Parque Nacional, el Plan Rector, prevé una prórroga temporal para esta pista en particular.
El camino dobla un nuevo pliegue del terreno. Una pequeña mancha de hayedo se intercala en el inmenso robledal que ha acompañado nuestro caminar. Característica peculiar de los bosques de hayas es la ausencia de sotobosque. Sus hojas forman un cerrado entramado que impiden el paso de la luz solar, impidiendo la proliferación de especies vegetales. El suelo se cubre de un manto de hojas muertas. Materia en descomposición que mantiene unos niveles de humedad constantes. Su fruto es el hayuco. Pequeño, puntiagudo y protegido por un caparazón punzante. Su estructura es similar a la de las castañas, pero su tamaño apenas excede el de una pipa. El breve episodio del hayedo es efímero, recuperándose la compañía del roble. De vez en cuando se encuentra algún ejemplar de acebo.
En una zona más abierta de bosque se encuentra un cruce de pistas. Se toma el ramal de la derecha, más llano pero menos evidente. La pintura que marca la ruta no es de utilidad. El camino forma parte de un Sendero de Pequeño Recorrido. Las marcas están pensadas para recorrer la ruta en sentido inverso, de ahí que las señales precedan siempre a los cruces. Sin embargo, cabe seguir los carteles indicadores del límite del Parque Nacional que, salvo en los tornos iniciales, siguen el trazado de la pista hasta Tobín.
Al Este de la profunda vaguada del río Nevandi se extiende la boscosa Sierra Carielda. Nuestro camino suaviza el desnivel. Entre el roble vuelven a aparecer bellos ejemplares de haya. Un ligero descenso lleva a un rincón de exuberante vegetación. Avellanos y algún fresno se abren hueco en las entrañas del bosque.
Una pequeña riega cruza el camino. Se disfruta de un cómodo paseo entre acebos. Un permanente barrizal interrumpe el paso por la degenerada pista. Entre los árboles ya se aprecia la claridad de las praderías colindantes.
Tobín - Joyo de Igüedri - Invernales de Igüedri (45 minutos)
Tobín cuenta con algún invernal disperso entre las amplias praderías que se abren en este rincón del bosque. Este claro de pasto en plena mancha forestal, permite recuperar la compañía visual de los Picos de Valdecoro. Sus dos torreones se yerguen hacia el cielo, presidiendo la falda boscosa en que se asientan las camperas de Tobín.
El camino que se trae desde Pido muere en una pista que lo corta perpendicularmente. Remonta de Sur (Espinama) a Norte (Picos de Valdecoro), paralela a la lineal vaguada del río Nevandi. Se continúa por esta nueva pista, subiendo directamente hacia los paredones del Valdecoro. En el vértice que se forma en este entronque de caminos se esconde entre la maleza el invernal cimero de Tobín. Ladera arriba, las praderías se transforman en una cuesta de tupidas y groseras hierbas. Peruyas y andrinos son los frutos que ofrecen los arbustos que crecen en los aislados grupos que irrumpen entre el manto herboso.
Se remonta la cuesta directamente. Entre los primeros ejemplares de avellanos se afronta un fuerte giro hacia la derecha, obviando un tomado ramal que continúa hacia arriba. El camino discurre entre vegetación arbustiva, predominando avellanos y espineras. Una franja de pequeños árboles que precede a la línea de bosque. El desnivel se suaviza. Por la izquierda se recibe un tomado ramal, quizás el que se ha dejado al acometer el primer giro tras el claro de Tobín.
Más arriba se deja una nueva pista que sube a contramano. Se retoma la compañía de los viejos robles. A grandes rasgos podría decirse que la dura subida que remontaba directa hacia el Norte ha cedido, dando lugar a una larga travesía que se dirige al cauce del río Nevandi (Este). Los torreones del Valdecoro se van dejando a la izquierda. Su silueta se va deformando, transformando sus vastos paredones en esbeltas agujas calizas.
El camino encara el Castro Cogollos. Este cotero rocoso preside las laderas en que se asientan los Invernales de Igüedri. Se eleva sobre la margen izquierda del río Nevandi. Desgajado de Cumbre Abenas por el Portillo Jollán , marca el inicio del Macizo Oriental de los Picos de Europa, cuya columna vertebral se alarga hacia el Este, delimitando el Valle de Liébana.
Entre el Castro Cogollos y los contrafuertes del Cueto Redondo se comprime el valle del río Nevandi. La profunda brecha abierta por esta pequeña cuenca fluvial se intuye claramente. En el estrechamiento forzado por estas peñas, próximo a los invernales de Igüedri, se encuentran las Portillas del Boquejón o Portillas de Áliva, puerta de entrada a estos inmensos puertos de pastizal alpino.
Nuestro camino dobla una loma e inicia un breve descenso hacia un recogido claro del bosque. Su trazado se difumina en la camperuca que se encuentra tras el descenso. La vaguada que remonta directa a la base de los Picos de Valdecoro, a nuestra izquierda, se halla cubierta de una lengua de gravera, que muere en la vaguada contigua a nuestra posición, donde se asientan los bloques desgajados de las paredes superiores, dando vida a un reducido canchal . La fuerza de la vegetación se apodera de los derrubios calizos, cubriendo esta mancha de desprendimientos calizos.
Al llegar a la campera el camino se bifurca en dos ramales. Durante muchos años el más evidente era el que bajaba a mano derecha. Descendía directo hasta llegar a una nueva bifurcación. Un aspa, que señala la dirección errónea, obligaba a desechar el ramal que remontaba a mano izquierda, e invitaba a un descenso directo que, paralelo al curso del río Nevandi, iba dirigiendo al caminante hacia Espinama. Sin embargo, la opción correcta supondría remontar por el ramal de la izquierda. El error radicaba en que las marcas de pintura señalizaban la ruta en sentido inverso al que nosotros transitamos. El aspa de dirección equivocada estaba indicando precisamente que no debe bajarse.
El otro de los caminos que salen de la campera, sigue en llano, siempre buscando la cuenca del río Nevandi. Aunque ha perdido la amplitud con que fue abierto (en realidad toda la ruta se ha desarrollado a través de pistas más o menos conservadas), es bastante evidente. Más adelante recibe un perdido ramal que entra por la derecha. Responde al antiguo trazado del Sendero de Pequeño Recorrido, cuya posible confusión ya ha sido apuntada. En todo caso, parece obvio que la opción más cómoda es seguir el camino que estoy describiendo, que evita un descenso innecesario. Este rodeo ya ha sido corregido, y las escasas marcas de pintura siguen este ramal superior.
El camino corta la falda inferior de los contrafuertes orientales de los Picos de Valdecoro. En esta crestería de oscuras y afiladas peñas, se esconde una gran mancha de humedad. El fino filo de agua que arroya por la llambria es el salto del Aguasel. Esta dormida cascada recibe las aguas de la riega homónima, que da forma al valle por el que se ha de remontar hasta el Collao Valdecoro. El Valle del Aguasel se muestra, por el momento, oculto a la vista.
Marcando la línea divisoria entre la cuesta que se extiende a nuestra izquierda y la franja de bosque, la pista entra en llano hasta la orilla del río Nevandi. Cruza su cauce y se pierde en las praderías de los Invernales de Igüedri, donde va a unirse con la pista principal de los Puertos de Áliva, sometida a un intenso tráfico.

Joyo de Igüedri - Prao Bustiello - Valle del Aguasel - Collao Valdecoro - Picos de Valdecoro (1 hora 45 minutos)
Sin llegar a cruzar el curso del río Nevandi, se empieza a remontar por la cuesta que domina su margen izquierda (sentido ascendente de la marcha). La cuenca del río se halla poblada por una cerrada mancha de avellanos. Se asciende directamente, dejando este bosque arbustivo siempre a la derecha. El río, que se encañona ligeramente, va desviándose hacia la derecha, embocando el estrechamiento del Boquejón, puerta de Áliva. Las veredas del ganado, que frecuentemente se pierden entre el matorral, se van separando progresivamente del curso del río. Se sube siempre por la izquierda del bosquete de avellanos, responsable de este alejamiento de la compañía del río. Superada la línea de los últimos avellanos, se llega a una difusa hondonada. Se asienta en la base de una marcada vaguada, que remonta ladera arriba, delimitando la cuesta de los contrafuertes pardos que comprimen la cuenca del río Nevandi.
En las Portillas del Boquejón nacen sendas del ganado que cortan a media altura la cuesta por la que se está subiendo. Entran por nuestra derecha, por la misma base de los peñascos pardos que se alzan sobre nosotros, algo a la derecha. Una de esas sendas sube hasta el Prao Bustiello. Ésta cruza la vaguada a bastante altura, pero no ha de confundirse con otros senderos que entran mucho más bajos. Para enlazar con el camino superior se ha de afrontar una dura subida por el fondo de la directa vaguada. Ha de subirse prácticamente hasta el punto en que ésta se encajona más aún entre la loma que la delimita por su izquierda y los contrafuertes pardos de su derecha. En una reducida hondonada que se forma en aquella loma, se esconden dos retales de grava, asemejando las escombreras de dos bocaminas. A la altura de estas manchas de pedrero se topa con un pequeño espino. Es muy pequeño. Su tronco no crece en vertical, sino que adquiere un curioso desarrollo horizontal. Sobre el espino solitario que nace en el centro de la vaguada pasa el camino que se busca.
Dobla la llomba que delimita la vaguada por la izquierda. En las cóncavas laderas del otro lado una franja de pasto gana terreno al matorral que domina la cuesta. Una lengua de gravera desciende por la falda de los paredones en que se asienta la cima del Cueto Redondo. Junto a una roca crece una espinera, cargada de peruyes. Estas pequeñas bolas coloradas cuentan con una pepita recubierta de una fina capa de fruto. El sendero atraviesa la ladera a media altura. Abajo se deja una pequeña llanada de campera, asentada sobre las peñas que cierran la base del Salto del Aguasel. Esta cascada se nutre del agua que arroya por el fondo del valle a que se dirige nuestro camino. Esta vaguada asciende hasta el Collao Valdecoro, entre los picos del mismo nombre y el los contrafuertes sudoccidentales del Cueto Redondo.
Para entrar en el Valle del Aguasel, ha de atravesarse toda esta cuenca en que se asientan los pastos del Prao Bustiello. El camino deja a mano derecha el solitario espino. Corta en llano el suave pastizal, y se encamina a una collada que se destaca en la loma del otro lado. Por la collada se devola al Valle del Aguasel, por encima del punto en que la riega que le da nombre se desliza entre las llambrias que se precipitan en un vertiginoso salto de unas decenas de metros.
Se remonta toda la línea de valle. En el centro de la vaguada, bajo una peña parda, brota el manantial que da vida al breve curso de la riega del Aguasel. El valle parece estrecharse levemente. En este intuido embudo, que da paso al tramo final de la vaguada, se aprecian una serie de sendas que atraviesan en llano las laderas de la izquierda, bajo los peñascos de los Picos de Valdecoro. Un árbol crece en una de las peñas parduzcas que se que se desgajan de los contrafuertes del Valdecoro. La vereda que atraviesa bajo este pináculo, adentrándose en los contrafuertes de esta montaña, permite ascender a la cima inferior. Cuenta con un buzón. Un caseto metálico donde los escaladores plasman sus impresiones sobre las ascensiones de los abismos de la vertiente Sur del Valdecoro.
El tramo final del Valle del Aguasel es más abierto. Por su izquierda se extiende una amplia ladera de suaves relieves. En el cordal que delimita la vaguada por la derecha, se abre una collada que da paso a los puertos de Áliva. En este rincón llegan a concentrarse manadas de más de medio centenar de rebecos. La vaguada muere en el Collao Valdecoro (1.782 m. ). Desde esta gran collada se contempla el circo de Fuente Dé. A nuestra altura, sobre la muralla que cierra el circo por el Norte, se encuentra la estación superior del teleférico. Esta colosal barrera que cobija la hondonada de Fuente Dé, se extiende hasta el Pico de la Padierna. La acongojante Canal del Embudo separa esta cumbre de la Peña Remoña. Las vertiginosas traviesas que delimitan la franja intermedia de los verticales desplomes que se descuelgan sobre el valle, caracterizan la figura de este conglomerado de torres y cuetos. Las laderas que se precipitan sobre la profunda grieta de la Canal del Embudo, serpentea un antiguo camino carretero minero. Traza continuos tornos para salvar el brutal desnivel de la pindia ladera. La vasta depresión que se esconde tras la collada cimera del canalón les da nombre. La Vega de Liordes es el cuenco de un antiguo lago. Un arroyo nace y muere en la misma vega. En sus pastos conviven los rebecos con el ganado doméstico.
Del Collao Valdecoro parten dos caminos, ambos por la vertiente Este. El primero sube a una collada que se intuye en la barrera caliza que venía delimitando el Valle del Aguasel por la derecha (sentido ascendente de la marcha). El segundo sendero se coge un poco antes de salir a plena collada. Muy pisado por la cantidad de montañeros que se acerca a estas peñas, atraviesa en llano bajo la cresta del Joracao. Esta cima es la que cierra el Collao de Vadecoro por la izquierda. La cresta se extiende desde este cueto ( que con sus 1.836 m. Es la cima somital del Valdecoro) hasta el segundo de los compactos torreones que se destacan desde Espinama. La ladera que desciende desde la cresta hasta el Valle del Aguasel, cierra esta vaguada por la izquierda.
Se sigue el sendero que cruza bajo la alargada cresta que impide contemplar la cabecera del Valle de Liébana. Al final de la travesía sobre el Valle del Aguasel, se remontan unos metros para salir a la cresta cimera. Se sigue por ella. Una corta arista lleva a una balconada sobre los pueblos de Pido y Espinama, cobijados en el fondo de un valle que separa los Picos de Europa de la Cordillera Cantábrica. La riqueza forestal de Liébana es tal, que ha roto administrativamente esta división natural, extendiendo el Parque Nacional de los Picos de Europa a la vertiente Norte del sector del Coriscao. Al Norte, tras las redondeadas formas del Cueto Redondo, se esconden los Puertos de Áliva. De sus pastos emerge una fortaleza caliza de ingentes proporciones. Peña Vieja y Peña Olvidada, dos desiguales montañas que se reparten el protagonismo en función de la perspectiva desde las que se las contemple.
Collao Valdecoro - Fuente Dé (1 hora 30 minutos)
Devolando el Collao Valdecoro se coge una estrecha vaguada. Se descienden unos pocos metros por el fondo de la valleja, Se pasa un cierre formado por una única cinta, caída en algunos tramos. Nada más pasarlo hay que tirarse por la ladera de la derecha, abandonando la línea de vaguada. La multitud de veredas de ganado puede crear confusión en caso de niebla, pero basta pagarse a los paredones que delimitan la extensa ladera por la derecha. Pegado a la barrera rocosa desciende el sendero principal.
Tras el primer tramo de descenso el camino, sin perder la referencia de la muralla caliza, rodea un bloque parcialmente desgajado de ésta. Enseguida llega a una gravera, que evita por su parte superior. El camino que sube a la estación superior del teleférico, por el que se va a descender a Fuente Dé, cruza justo por la parte inferior del alargado pedrero. Aunque una senda se desvía del camino principal, y baja directamente por un lateral de la gravera, es más cómodo seguir el trazado de éste. Continúa en llano al canto contiguo. Dobla la loma y continúa en travesía sobre una nueva mancha de pedrero. El del Cable discurre paralelo al nuestro, pero algo más bajo.
Nuestro sendero pasa por la derecha de una roca, como queriendo separarse inútilmente de su destino; pues inmediatamente desciende a una doble collada, donde se unen ambos caminos. El sendero a que nos unimos se dirige a una menos marcada collada, en una travesía estrecha y colgada sobre abismales bóvedas. La travesía devuelve su trazado a los paredones que han guiado nuestro descenso, y que ahora son una buena referencia para el que trate de subir a la estación del Cable.
En la doble collada que precede esta airosa travesía, se toma el sentido contrario. Se atraviesa la ladera, en dirección al Collao Valdecoro. Se sigue en llano hasta una collada que se destaca en la base de la loma que separa las dos graveras que se acaban de cruzar por arriba. La ladera cuelga sobre unos contrafuertes, cuya falda se precipita sobre el valle.
Se dobla la loma de la ladera y se inicia un ligero descenso por una cuesta de matorral y altas hierbas. Se cruza la alargada gravera mencionada líneas atrás por su extremo inferior, dejando a la derecha un montón de piedras separadas del pedrero. El sendero se tira al centro de la cuesta. Pasa sobre pequeños contrafuertes calizos que emergen en el centro de la ladera y entra en una zona de llamarga, donde acomete un giro de ciento ochenta grados. Pierde altura rápidamente en busca de la base de las peñas sobre las que penden las traviesas que se acaban de recorrer.
De nuevo en travesía, se cruza por la base de la pared a fin de alcanzar una collada que se ve al otro lado. Traspuesta la collada se inicia el descenso a una segunda collada. El sendero corta la inclinada ladera. Un destrepe, apenas un rebalgo, precede el descenso a la collada. Se continúa el descenso por una estrecha y pindia canal que se descuelga a su derecha. El sendero serpentea, retorciéndose en la pendiente canal. Su piso terroso y las húmedas llambrias que lo interrumpen favorecen las frecuentes caídas. La canal alcanza la cuenca superior de un embudo que se precipita sobre Fuente Dé. Su cuenca se halla cerrada por unas bóvedas de rojizas tonalidades, sobre las que cuelgan las traviesas superiores del camino del Cable (Camino del Hachero, según las notas recogidas por Ramón Sordo Sotres).
El sendero atraviesa este cuenco de inclinadas laderas. Remonta ligeramente y se estrecha al doblar la loma que nos separa de la zona de bocaminas. El paso es algo aéreo y requiere no descuidar la atención. Un breve descenso por un pedrero finaliza en la oscura boca de las viejas minas. Vestigios de las antiguas construcciones empleadas para bajar el material, se consumen roñosos por el paso de los años.
Entramos en el camino carretero de las minas. Sube una corta rampa para llegar a los casetones. Los agrestes pasajes que preceden a las minas, dan paso a una amplia ladera. El camino desciende suavemente, cortando la ladera en dirección a una amplísima rampa. Recubierta parcialmente por el canchal alimentado por los desprendimientos de la Canal de la Jenduda, se va estrechando hasta la horcadita cimera. El camino minero traza un par de tornos, aprovechando la extensión de la ladera. Cruza el cauce de una riega. Este torrente se precipita en un desplomado salto que rompe sobre la vega de Fuente Dé. El sendero evita la muralla sobre la que cuelga, desviándose hacia la Canal del Embudo. El último tramo es común con el de los Tornos de Liordes.
Fuente Dé - Pido (1 hora)
Fuente Dé es un circo glaciar sito a la cabecera de la cuenca del río Deva. Sobre su hodonada se extiende una vega de verde pasto. El argayo que se descuelga por la Canal del Embudo, arrastra gran cantidad de piedras que se abren al entrar a la vasta campera. Esta lágrima de la montaña se detiene a los pies de un haya solitaria, guardián impertérrito del corazón de la vega. Los bosques que recubren las montañas del entorno se detienen a las puertas de la vega. Dos ingentes torreones presiden el circo. Al Oeste se yergue la recortada silueta de la Peña Remoña. Los Picos de Valdecoro, son el vigía que controla los cielos orientales. Por el Norte se extiende una imponente fortaleza caliza de aspecto inexpugnable. En el extremo occidental se une a Remoña a través del Collao de Liordes. El de Valdecoro liga los picos homónimos a la gran muralla caliza que cierra el circo de Fuente Dé, en su vértice oriental. Sobre los farallones rocosos descansa una vasta meseta, de la que emergen algunas de las cumbres más renombradas del Macizo Central. Los Lagos de Lloroza y algunos neveros perpetuos, alimentan el manantial que brota en la vega, cuna del río Deva.
La pista que baja a Pido sale del extremo Sudoriental de la vega de Fuente Dé. Rodea por la izquierda las camperas circundantes del Parador Nacional de Fuente Dé. Un cierre delimita la zona de recreo del Parador, de los libres pastos cantábricos. Un nuevo cierre metálico separa nuestra pista de unas charcas que se ocultan entre los arbustos. Estos ecosistemas lacustres perecen esconderse del hombre. Asustados por su afán destructor, temen el paso de cualquier persona que los pueda descubrir. Si ha sido capaz de urbanizar uno de los rincones más hermosos de los Picos de Europa, qué no sería capaz de hacer con unas charcas inmundas sin ningún interés. Las fuentes del Deva se han visto arrinconadas por un complejo turístico de primer orden. La naturaleza hormigonada para que los hombres puedan disfrutar de su belleza.
La pista se adentra en el bosque. Los avellanos pronto ceden el protagonismo al haya. Las praderías aprovechan los relieves más suaves de la cuenca del Deva. Los cables y las torres de alta tensión se integran en el degradado entorno. La compañía del río ha sido efímera. Una bifurcación nos invita a regresar a la compañía del Deva, cuyo rumor se hace cada vez más patente. Mas la relación de la pista con el río es de mera coquetería. Apenas lo cruza vuelve a desentenderse de él. El antiguo convento del Naranco, un gran edificio, viejo y deteriorado, asiste impasible a este juego entre la pista y el joven río.
Tras un corto repecho la pista muere en la carretera turística de Fuente Dé. Sólo los rectangulares cierres de los prados de los pueblos de la cabecera del valle permiten olvidar el sufrido pisar del asfalto. La antigua pista que bajaba a Pido, señalizada como Sendero de Pequeño Recorrido, también ha sido asfaltada. En el entorno de la quesería que se anuncia en el desvío, confluyen dos de los valles que vierten al Deva. La belleza del entorno, y la grandeza que recuperan las altas torres del Macizo Central, cuando se pierden de vista las heridas abiertas en sus entrañas, consuela los últimos metros por la pista que baja a Pido.