EMBALSE DE PONCEBOS - BULNES - AMUESA - JOU DE LOS CABRONES - JOU NEGRO - TORRE DE CERREDO - COLLADA BERMEJA - HOYO GRANDE BAJERO - CANAL DE DOBRESENGOS - SEU MABRO - CAÍN - GARGANTA DEL CARES (circuito)
Punto de partida: Embalse de Poncebos
Duración: 12 horas.
Desnivel: 2.400 metros.
Dificultad: Poco difícil (IIº). La trepada de Torre Cerredo es de las menos exigentes dentro de este grado de escalada. No obstante, ha de tenerse mucho cuidado con el grijillo que se asienta en los grandes peldaños que configuran el último tramo de la ascensión, el más aéreo y expuesto. La sencillez de la trepada lleva a gran número de montañeros a descuidar el "abc" de la escalada, la regla de los tres puntos de apoyo. Para progresar en la pared nunca han de moverse dos miembros a la vez. La razón es bien sencilla, tres puntos de apoyo garantizan un equilibrio estable y una progresión segura. Un hipotético resbalón no tendría consecuencias irreversibles.
En un segundo plano quedarían las distintas trepadas que pueden encontrarse en la aproximación a la montaña y durante el descenso hacia Caín. Dentro de éstas, ha de destacarse con especial interés una corta travesía en llambria que interrumpe la rampa de descenso de la Collada Bermeja al Hoyo Grande Bajero / Cimero. El paso es corto pero aéreo. Presenta una caída más imponente que la que acompaña en la ascensión a Torre de Cerredo, pero la inclinación del tramo atenúa esa angustiosa sensación de vacío.
Características: Torre Cerredo es el techo de los Picos de Europa. Enclavado en pleno Macizo Central, domina los cielos de Asturias y de León. La aproximación a la montaña puede hacerse por cada una de las tres Comunidades Autónomas que comparten el territorio de los Picos de Europa. Respecto de las posibles marchas de acercamiento a la base de la pared, es preciso hacer las siguientes consideraciones, para fundamentar la elección del itinerario que, más adelante, pasaré a describir:
a) Marchas de aproximación desde Cantabria. La considerable distancia que separa los pueblos de la cabecera del Valle de Liébana de la cima de Torre Cerredo constituye un inconveniente muy a tener en cuenta si se pretende alcanzar la cumbre en una jornada. La belleza del valle y el descubrimiento de los grandes jous del Macizo Central se conjugan con el peso de la historia, otorgando a la Liébana el papel protagonista en la "conquista" de esta montaña. En Julio de 1.892, cuando las comunicaciones del valle aún requerían del uso de caballerías y nuestras montañas ya sufrían las profundas heridas derivadas de la explotación de sus recursos minerales, se alcanzan las cimas más altas de los macizos central y occidental. Las instalaciones mineras ubicadas en los Puertos de Áliva facilitaron el acoso del primero de estos colosos cantábricos. La extensión del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga a los tres macizos de los Picos de Europa decanta el pulso a favor de la conservación en detrimento de una actividad minera ya en declive. El descubrimiento del itinerario seguido por los primeros ascensionistas, unido a la grandiosidad de una naturaleza en que se tratan de borrar las huellas dejadas por la extracción minera, convertirían al Valle de Liébana en uno de los puntos de partida más emotivos para intentar la ascensión a Torre de Cerredo.
Pese a estas premisas tan alentadoras, he preferido decantarme por otras alternativas. Para alcanzar el techo de los Picos me interesa más el aislamiento y la soledad que debería reinar en una montaña enclavada en las entrañas de la alta montaña cantábrica, que seguir un itinerario histórico adulterado por una explotación turística consentida en el interior de un Parque Nacional. En las faldas de algunas de las montañas que sobrepasan los dos mil seiscientos metros, se suceden carreteras / pistas de acceso a complejos turísticos, un parador en pleno circo glaciar, un teleférico, un hotel que domina un vasto pastizal de alta montaña, un refugio de montaña de escasa capacidad, cuerdas fijas y una ferrata. La aproximación a la montaña se ha reducido artificialmente en unas tres horas (súmense otras dos horas para el descenso). Sirva de ejemplo el Pico de La Padierna, una montaña de más de dos mil trescientos metros convertida en un simple paseo de poco más de una hora. Sé que hay montañas que han de estar al alcance de todo el mundo, pues todos tienen derecho a disfrutar de la naturaleza; pero me da pena ver como esa popularización de la montaña alcanza a las más altas y escarpadas peñas de nuestros Picos. Colinas y modestas montañas permiten disfrutar de un agradable paseo a gente sedentaria escasamente formada. Pueblos asentados por encima de los mil metros y puertos de montaña que comunican valles dejan altas montañas al alcance de montañeros que se inician. El resto de agrestes peñas que configuran las cordilleras, permiten a los montañeros que dedican parte de su tiempo a prepararse para más altas metas, descubrir rincones apartados de la civilización y gozar de las sensaciones que proporciona la alta montaña. Un panorama idílico que permite a cada persona disfrutar de la naturaleza en función de su capacidad física, técnica y psicológica. Desgraciadamente cualquiera puede acceder a las más apartadas cumbres. No es un sentimiento egoísta, es la constatación de que esa democratización de la montaña no responde a un modo de vida más sano, deportivo y saludable; sino a una concepción urbanizadora de la montaña que vence las dificultades a base de tecnología. La tendencia a la obesidad en los países civilizados se incrementa alarmantemente, en tanto que el número de personas que asciende a las cumbres más altas y difíciles también está experimentando un notable auge. Para resolver esta aparente contradicción basta adentrarse en los Picos de Europa. Teleféricos, refugios, ferratas, caminos ganados a la peña a base de voladuras y un infinito etcétera. Hoy la distancia y desnivel que separa la civilización (un refugio de montaña no es más que un oasis civilizador que proporciona techo y, frecuentemente, comida y mantas) de Torre Cerredo, no difiere en mucho de la que existe entre mi pueblo (6 metros sobre el nivel del mar) y las colinas de su entorno. Si las sensaciones y condicionantes que proporciona la alta montaña vienen, en su mayor parte, dadas por su mayor alejamiento de la civilización, ¿qué significado le estamos dando hoy en día a la montaña más alta de los Picos de Europa?, ¿qué podemos hoy sentir al poner el pie sobre su cumbre?, ¿cómo será la montaña que conozcan nuestros hijos?, ¿dónde podremos ir a disfrutar del montañismo que inspiró a nuestros ancestros?.
Torre Cerredo se merece algo más, de ahí que me decante por marchas de aproximación menos adulteradas, que transmitan lo más fielmente que hoy sea posible el significado de una montaña que se erige en máxima cota de nuestros Picos. Porque la grandeza de una jornada de alta montaña no radica en caminar mucho (conozco personas sedentarias que caminan más de cincuenta kilómetros para ir hasta Covadonga), sino en hacerlo afrontando un alejamiento progresivo de la civilización, de sus comodidades y de la seguridad y apoyo psicológico que ésta proporciona.
b) Marchas de aproximación por tierras asturianas. Los itinerarios más frecuentados parten de los pueblos cabraliegos de Bulnes y de Sotres. El estado de degradación de los antiguos caminos que daban acceso a los pastos y majadas de Sotres hacen que me decante por la opción de Bulnes. El mayor volumen de personas que escogen la opción de Sotres cuentan con un entorno adulterado que encubre la dureza de la aproximación a Torre Cerredo. Las pistas de uso exclusivo ganadero, han degenerado en un circuito automovilístico de acoso a la alta montaña. La idea extendida de aceptar como punto de partida todo lugar al que se acceda en coche, incluso desatendiendo las normas que prohiben la circulación de vehículos, es la lógica consecuencia de un montañismo acomodado que pretende alcanzar las cumbres más altas con el mínimo esfuerzo. No se trata de machacar el cuerpo buscando puntos de partida cada vez más alejados, sino de aprovechar los asentamientos tradicionales y recorrer los caminos y sendas que los comunican con sus invernales y majadas para acercarse al mundo de la alta montaña; se trata, en definitiva, de mantener la civilización dentro de sus límites, siendo respetuosos con las barreras que la propia montaña establece.
La duración y dureza del recorrido hasta la Vega de Urriellu se ha atenuado considerablemente. El aprovechamiento turístico de una pista de concentración parcelaria ahorra una hora de marcha. Tachamos el recorrido hasta Canero de no deseable y aceptamos la creación de un aparcamiento en este entorno, incrementando los efectos nocivos de una pista pensada con otra finalidad. La mejora de las condiciones de los lugareños puede considerarse una consecuencia lógica de las sociedades modernas; pero no ha de amparar un uso turístico depredador de la montaña. En este último caso no se estaría hablando de progreso, sino de retroceso en la evolución del montañismo y en la labor de conservación de los valores naturales de la alta montaña.
En la Terenosa se inicia un camino de gran amplitud que corrige el trazado del antiguo sendero de la Vega de Urriellu. En su día fue defendido como la gran conquista del montañismo asturiano. Lo único que ha servido es para que los burros puedan portear material al refugio de montaña construido en la vega. Las voladuras llevadas a cabo en pleno corazón de los Picos han convertido un sendero de alta montaña en una ruta de senderismo. La seguridad de los turistas se garantiza con la ampliación de un refugio que garantiza todo tipo de comodidades. El símbolo de la montaña asturiana, la antaño considerada montaña inaccesible, está deviniendo en una ingente escuela de escalada con aires de parque de atracciones. Agujereada con escarnio por todas sus caras, permite ser ¿conquistada? diariamente por gran número de cordadas. El reino del ocho, de los nudos y de los seguros, con el más absoluto desprecio a la historicidad de un símbolo y al valor de unos hombres que hace ya casi un siglo nos enseñaron el camino a la cumbre. Unos escaladores que basaron sus ascensiones en la técnica y en un estilo impecable. Un modo de entender la escalada que limita el número de personas que puede pisar la cima de este monolito, pero que explica por qué esta montaña se erigió en un símbolo de la escalada en España.
Adaptar la montaña a nuestras limitaciones, en vez de ir descubriendo nuestros miedos y carencias a fin de pulirlos y minimizarlos a base de esfuerzo y sacrificio, como único medio de ir alcanzando metas cada vez más ambiciosas, es un concepto del montañismo que se desvincula de la evolución de todo deporte, y que olvida el pasado , el presente y el futuro de una actividad que sólo tiene sentido en un marco natural ajeno al acoso civilizador. La alta montaña es de los pocos ecosistemas que se podrían mantener inalterados, manteniendo los valores naturales que conocieron nuestros antepasados y que podrían disfrutar nuestros descendientes.
Explotar la montaña turísticamente, supone privarla de su significado. Cuando se afirma que las modernas sociedades industrializadas son demandantes de espacios naturales, se entiende que la gente busca rincones inalterados. Ofertar una naturaleza humanizada y domesticada es destruir los pocos rincones que no están degradados, en los que aún es posible la supervivencia de especies que rehuyen al hombre. Enseñemos a los que se acercan a la montaña el patrimonio histórico-cultural que éstas encierran (majadas, cuevas de elaboración del queso, invernales, iglesias, calzadas romanas, pueblos) y sus valores naturales (valles glaciares, gargantas, cuevas, vegas, bosques y montañas) sin degradarlos. Dejemos de vender lugares recónditos y agrestes que sobrepasan la capacidad de una sociedad sedentaria, y cuyo único valor es la recompensa personal de la superación. Si suprimimos las barreras y dificultades que éstos encierran, ¿qué nos queda?.
La aproximación a Torre Cerredo por el pueblo de Bulnes tampoco ha sido ajena a esta concepción de montañismo acomodado. Aparte de las inevitables marcas de pintura y de la instalación de innecesarias cuerdas fijas, destacar la instalación en el Jou de los Cabrones de un refugio de montaña. Esta no era la única instalación ¿deportiva? que jalonaba el recorrido. En la majada de Amuesa existía un antiguo refugio de montaña. Estaba totalmente integrado en el medio, pues mantenía la estructura de las cabañas colindantes. Se podría decir que no era más que una cabaña afectada a un uso deportivo. Sometida a un profundo proceso de ruina y abandono pone en tela de juicio la política de refugios de la Federación de Montañismo del Principado de Asturias. Lo que interesa no es el servicio al montañero y el respeto al entorno, sino la rentabilidad. En vez de abandonar esta instalación, podría haberse descuidado la conservación del refugio del Jou de los Cabrones. El refugio de Amuesa era un refugio integrado en el medio, ubicado en la zona de pastos donde los pastores desenvolvían su vida durante los meses estivales. Estaba lo suficientemente cerca del pueblo y lo bastante alejado de las grandes cimas del Macizo Central, como para garantizar el derecho de unos a mantener la política de refugios, y el derecho de los demás a no ver una naturaleza degradada urbanísticamente. Sin embargo, la Federación se ha decantado a favor del refugio de Cabrones, en la misma base de cumbres que se elevan por encima de los dos mil quinientos metros. La civilización llevada al corazón de los Picos, en aras de proporcionar una aparente seguridad, adulterando los valores de un macizo de alta montaña y del colectivo que se autoproclama máximo defensor de este ecosistema.
¿Porqué prohibir el paso de los montañeros a determinados rincones, si esta actividad es inocua? Marcas de pintura, ferratas, cuerdas fijas, aparcamientos en pistas de uso exclusivo ganadero, carreteras de montaña con finalidad meramente turística, edificaciones en lugares recónditos calificados como no urbanizables y un largo etcétera que debería hacernos replantear nuestra visión de la montaña y de la influencia de este colectivo en el medio. A principios del siglo pasado, el quebrantahuesos reinaba en nuestras montañas. El Picu Urriellu también era su símbolo. Hoy se trata de reintroducir. Mucho me temo que su silueta nunca vuelva a sobrevolar sobre el Picu. Estas aves, como otras muchas especies, rehuyen la presencia del hombre. Ninguna actividad humana es inocua, y las que favorecen la masificación de los rincones apartados, a los que han sido desplazadas muchas especies animales, mucho menos.
Pese a estas consideraciones voy a describir el ascenso a Torre Cerredo desde Bulnes. La belleza y hermosura de reconocidos rincones que se esconden en cada recodo del camino, no merece desconocerse por haberse adulterado sus valores esenciales. La majada de Amuesa y el Jou Negro son de esos lugares que no dejan indiferente al montañero. La primera, ubicada en una meseta de pastizal que pende de una de las gargantas más profundas y renombradas de España (la Garganta del Cares), constituye uno de los asentamientos más plácidos, dentro del atormentado mundo calizo del Macizo Central. El topónimo "Amosa", evoca un pretérito pasado histórico de gran esplendor. Cuenta Sánchez Albornoz que esta planicie fue alcanzada por los pocos sarracenos que escaparon de la Batalla de Covadonga. Vapuleados en Covadonga y condenados a vagar por las laberínticas escarpaduras de la abismal tajada del río Cares, poco podían estos hombres imaginar que, escondida en uno de los Macizos más agrestes de España, se abría una vasta planicie de pastizal de tanta hermosura. El camino hacia la Meseta, libre del acoso de los cristianos, entraba en los grandes pastizales que han propiciado la consolidación de asentamienos humanos permanentes, caso de Bulnes y de Sotres.
Respecto del Jou Negro basta decir que es uno de esos enclaves que no se puede describir con palabras. En sus entrañas encierra uno de los pocos microglaciares que se conserva en los Picos. Más que por la importancia de esta reducida mancha de nieve, vestigios de un esplendoroso pasado glaciar, destaca por constituir uno de los ejemplos más significativos de lo que es un glaciar. En un cuenco de escasas dimensiones, la diminuta lengua glaciar, marca perfectamente lo que son sus morrenas lateral y frontal. La morrenas están formadas por los materiales que arrastran los glaciares en sus desplazamientos. Se habla de morrena lateral cuando estos materiales se van asentando en los lados de la lengua de nieve. Por su parte, la frontal es la que se forma en el frente del glaciar. La Llomba de Toro, en Áliva, o la Picota, entre los lagos Enol y Ercina, son antiguas morrenas glaciares. El glaciar del Jou Negro permite disfrutar de un glaciar a escala, en que estudiar parte de sus componentes.
El Jou Negro es un circo delimitado por el Pico de los Cabrones y Torre Cerredo. Esta torre, escoltada por dos bellas agujas (Labrouche y Risco de Saint-Saud), muestra en este rincón una de sus caras más esbeltas. Una silueta piramidal, gemela al perfil que el Pico de los Cabrones proyecta sobre el Jou homónimo. ¿Se puede soñar tanta belleza en pleno corazón de un macizo de desnuda caliza? ¿Es este santuario lugar para edificar un caseto cilíndrico, pensado -en principio- para permitir a los montañeros gozar de la alta montaña? ¿Es la montaña una sucesión de imágenes de postal que se conservan en la retina, o es algo más complejo que impregna los sentidos? Sólo cuando el montañero empiece a descubrir el significado de la montaña, empezará a comprender que su paso por la naturaleza es efímero, y por tanto no ha de dejar huellas perdurables en un ambiente que ya se ha encargado de demostrar que no es lugar para el hombre urbanizador, sino que sólo acoge al hombre que va de paso. Porque no se puede disfrutar de una naturaleza adulterada, donde la mano del hombre enmascara todos los encantos que una mano superior ha puesto a nuestra disposición. Porque la comodidad se contrapone a un deporte íntimamente ligado a una naturaleza virgen e inalterada, que sólo ofrece la contradicción de disfrutar sufriendo. Y porque, lamentablemente, he de concluir que los verdaderos defensores de la montaña son quienes la ignoran, pues al menos la dejan inalterada para que los amantes de estos espacios disfrutemos de aquello que nos empeñamos en destruir, el contacto directo con una naturaleza cambiante e inhóspita.
c) La vertiente leonesa, el pueblo de Caín.
Hablar de León, cuando de subir a Torre Cerredo se trata, es habla de Caín y de la temida Canal de Dobresengos. Ese aura de inaccesibilidad que rodea a ciertos topónimos de los Picos, no se corresponde con la realidad. Es la consecuencia lógica de la desinformación y la asimilación de datos deslavazados y pasados por el tamiz subjetivo de montañeros escasamente formados. La Canal de Dobresengos no es difícil. Incluso puede afirmarse que en caso de vernos sorprendidos por la niebla es de las menos complicadas a la hora de encontrar el camino de descenso. Simplemente obliga a salvar un fuerte desnivel para llegar a ninguna parte. Esta canal termina en los Hoyos Grandes (Bajero y Cimero). Junto con Vega Huerta (Macizo Occidental), puede considerarse como uno de los pocos rincones no adulterados de los Picos de Europa. Rodeados por los grandes colosos calizos del Central, montañas que rebasan la línea de los dos mil seiscientos metros, se hallan incomunicados de la red de refugios que masacra la alta montaña cantábrica. ¿No será este aislamiento del mundo civilizado ese valor añadido que dota a este entorno del aura de grandiosidad de la que estamos privando a nuestras montañas? La travesía que hoy se propone combina el desnivel más brutal que existe en los picos de Europa (Poncebos - Torre Cerredo), con el descenso por uno de los terrenos menos degradados del macizo. Ahora corresponde al montañero que se adentra en este mundo dejarse impregnar por los sentidos y aprender a discernir el grado de exigencia de una naturaleza domesticada, del encanto de una montaña inalterada y eternamente cambiante.
El ascenso a Torre Cerredo desde Poncebos siempre fue considerado como una gran hazaña montañera. No digo nada cuando se completa el recorrido con el descenso por la Canal de Dobresengos. Sin embargo, estas afirmaciones son erróneas y carentes de sentido. Parte de aceptar datos subjetivos de gente sedentaria que se acerca a la montaña el fin de semana (y cuando no llueve). Estos desniveles pueden ser infranqueables para gente que se inicia en la montaña, pero son de lo más natural para aquellos que llevan toda su vida entre las peñas. El montañismo, como todo deporte, requiere preparación; y la preparación sacrificio. Cuanto más tiempo se le dedique al entrenamiento, mayores metas podrán alcanzarse. Lo bonito de la montaña es que se puede disfrutar toda una vida sin necesidad de una preparación mínima. El error del montañismo es pretender emular al vecino, y pretender conquistar todas las cumbres, desconociendo las propias limitaciones y careciendo de un nivel físico, psicológico y técnico mínimo.
La experiencia y una visión objetiva de la realidad me llevan a evitar ese ensalzamiento exagerado de rutas duras, pero asequibles a una persona sana y no excesivamente afectada por una vida sedentaria. Cuando llegamos a Caín y vemos a los pastores caminar tranquilamente por sus calles, antes de iniciar sus labores de siega o recogida de tila, probablemente ignoremos que ya han subido, esa misma madrugada, la Canal de Dobresengos y se han acercado a la misma base del Pico Tesorero para ir a controlar a sus rebaños; en tanto que nosotros, nos disponemos a iniciar una gran jornada montañera que nos llevará todo el día y llegaremos agotadísimos a casa. Algunos dirán que los pastores son gente especial. Mas son simples personas obligadas por su trabajo a mantener las piernas siempre activas, que no se ven abocados al atrofiamiento muscular de la vida sedentaria en las ciudades. Son hombres obligados a vivir en la peña, muy buenos en su oficio, como cualquiera de nosotros en nuestras actividades cotidianas. La vida urbana nos aboca a una vida sedentaria que raramente se corrige con el ejercicio semanal. Para mantener un nivel físico aceptable (estar en forma), ha de dedicarse al ejercicio un mínimo de tres días alternos a la semana y sobrepasando un nivel de pulsaciones. En caso contrario el cuerpo humano, como toda máquina se atrofia. La preparación de cada uno es una cuestión personal, pero a la hora de evaluar la dureza de un recorrido, no han de reflejarse las carencias personales en esa valoración que se pretende objetiva del recorrido. Una vía de segundo o tercer grado puede parecernos muy difícil, incluso obligarnos a encordarnos, pero no se puede decir que sea una trepada difícil, pues para eso se ha establecido una escala objetiva que se inicia, precisamente, con esos dos grados de escalada. Por tanto, y para concluir esta larga exposición, he de decir que Torre Cerredo es la trepada más fácil que puede encontrarse (el que se quiera encordar que lo haga, pero que no deje rastro de su impericia en la pared), y el desnivel es de lo más asequible para un montañero normal. Entiendo por un montañero normal aquel que sale al monte con asiduidad y que dedica un mínimo de tres horas semanales a mantener su cuerpo activo. Puede que esté equivocado, pero ver a niños de diez años subir a Torre Cerredo desde Poncebos (más de una vez), me parece que responde a la realidad que describo.
Podemos respetar la montaña y mantenerla en las mismas condiciones que la encontraron nuestros antepasados o llenarla de pintura, postes señalizadores, ferratas, clavijas o refugios. La primera opción no se opone al desarrollo de los pueblos y a la mejora de vida de sus habitantes, sino que se enfrenta a la extensión de la civilización más allá de los límites impuestos por los asentamientos tradicionales. Los medios de transporte no han de rebasar los núcleos rurales; admitiendo únicamente el paso de vehículos agrícolas por las pistas que dan acceso a las praderías e invernales colindantes. Si por el contrario nos decantamos por la segunda opción, la más extendida dentro del colectivo montañero, estaremos condenados a disfrutar de un montañismo acomodado, cada vez menos preparado y privado del conocimiento y experiencia que proporciona el recorrido por rincones inalterados y aislados del acoso civilizador. ¿Queremos una alta montaña humanizada? ¿Merecemos privarnos de un cúmulo de sensaciones, impensables bajo el actual concepto de montañismo, por el mero hecho de pretender rebajar la montaña a nuestro nivel? Aprendamos a renunciar a muchas cumbres, para aprender a conocer la verdadera montaña.

Descripción:
Accesos
El Embalse de Poncebos, que recibe el nombre de un antiguo puente que existía en el lugar, es una diminuta presa que encauza parte del curso del Río Cares para un tercer aprovechamiento hidroeléctrico de este río.
Está situado a unos cinco kilómetros de Arenas de Cabrales. Se accede a él por una sinuosa carretera de montaña que remonta por la margen izquierda (sentido ascendente de la marcha) del río Cares.
Embalse de Poncebos - Canal del Tejo - Bulnes de Arriba ( 1 hora 15 minutos )
A la cabecera del embalse de Poncebos, la carretera nos devuelve a la margen derecha del río Cares (sentido ascendente de la marcha). Entra en un corto túnel. Al otro lado se encuentra la bifurcación donde se coge la carretera que sube a los pueblos de Tielve, Sotres y Tresviso. Pasando el puente que salva el cauce del río, inicio de esta carretera que se adentra en el desfiladero del río Duje, se encuentran los Llanos de Torbanes. En esta explanada se ha habilitado un pequeño aparcamiento, en la boca del funicular que, a través de las entrañas de la peña, sale a la luz en el entorno del pueblo de Bulnes.
Si de lo que se trata es de seguir el camino antiguo del pueblo, se entra por el ramal asfaltado que continúa de frente, paralelo al curso del río Cares, pero a mayor altura. Entra en la Ería de Bárcena, donde se encuentran dos instalaciones hoteleras. Sin solución de continuidad se llega a un nuevo cruce. La carretera de la derecha sube al pueblo de Camarmeña. Nuestro caminar, por el penoso asfalto, se prolonga por la caja de un antiguo y desechado proyecto de carretera. Pretendía comunicar Asturias con León a través de la Garganta del Cares. Ha de pasarse otro corto túnel, tras el que se encuentra una caseta informativa estacional del Parque Nacional. Entre las imponentes peñas que cierra la margen derecha del río Cares, se abre una tajada descomunal. Esta profunda brecha delimita la Sierra de Maín del Murallón de Amuesa. La potente acción erosiva de una lengua glaciar, se fue abriendo camino entre las montañas, dando forma a la Canal del Tejo. Esta lengua de hielo se alimentaba del campo de nieve asentado en lo que hoy son el Jou de los Boches y el Jou Sin Tierre. Descendía por todo el Jou Lluengu, aislando una aguja que hoy se ha erigido en el símbolo de los Picos de Europa. Esta esbelta aguja (peña modelada por la acción erosiva de los glaciares) ha sido modelada por el frío y el viento, dando forma a la grandiosidad del monolito del Picu Urriellu.
El pequeño torrente que se precipita por la Canal del Tejo, ha ido disolviendo la caliza, completando la acción erosiva iniciada en épocas glaciares. Por la abertura de la canal, se contempla momentáneamente el punto somital del Naranjo de Bulnes, emergiendo a duras penas por detrás del Monte Acebuco.
Una cabaña se asienta en la pequeña pradera que irrumpe en el entrante que forma la mecedura del arroyo del Tejo con el río Cares. Junto a el se inician las revueltas de un amplio camino. Este camino se toma en el tramo asfaltado que se está recorriendo. Baja, a mano izquierda, hacia el cauce del río. El puente La Jaya permite alcanzar la margen opuesta de este curso de aguas esmeralda. Es un puente estrechito que se eleva a gran altura sobre el fondo del río. Cuenta, desde hace poco tiempo, con unos muretes laterales que atenúan la impresión de ver, allá abajo, las hermosas pozas de aguas límpidas.
Superados los pocos tornos que se inician junto a la solitaria cabaña, el sendero avanza suavemente hacia el arroyo que discurre por las entrañas de la Canal del tejo. Cruza el torrente por un puente de reciente construcción y empieza a remontar con la comodidad que garantizan las continuas revueltas. Tras el primer repecho, un breve descenso devuelve el camino a la vera del arroyo. Efímero episodio, pues enseguida retoma el sentido ascendente. Bien por el antiguo camino (bastante perdido), bien por los marcados tornos del Pardu las Robres, se va ganando altura por las laderas inferiores de la Sierra de Maín.
Sobre las pindias laderas herbosas de la margen izquierda del río, se yergue un laberíntico complejo de pandas, viras y desplomes, en que se confunden negras oquedades e inverosímiles pasos pastoriles.
El camino de Bulnes ya no recupera la compañía del río hasta Colines de abajo. Esta hermosa campera que se extiende a la orilla del arroyo, esconde un abundante manantial de agua cristalina. Con el agradecido arrullo del torrente, se afronta el último repecho antes de llegar a Colines de arriba, donde se encuentran los primeros invernales de Bulnes. En esta camperuca se encuentra el desvío hacia el barrio cimero de Bulnes, El Castillo. Si se ha aprovechado la oscura noche para subir con la fresca, las luces del pueblo, destacando en lo alto de una cuesta, nos habrán servido de referencia durante buena parte de la ascensión. Si, por el contrario, ya se ha subido al amparo de la luz mañanera, las casas del pueblo pasan más desapercibidas, yéndose nuestra vista un poco más a su izquierda, atraídas por la bella silueta de la panda de Peña Castil.
La fuente de Colines de arriba se cobija en la margen izquierda del río, al pie de uno de los extremos del puente. Con el frescor que rezuman los cursos de agua durante la mañana, se acomete la última cuesta antes de llegar a Bulnes de arriba. El barrio del Castillo se asienta en un coteruco de 719 metros de altitud. Este peñasco señalaba el punto de confluencia de las lenguas glaciares que se precipitaban por Valcosín y por la Canal de Amuesa. En este momento nos interesa más la segunda. Su lento pero constante fluir, horadó un hermoso valle glaciar al pie del Bobio (parte inferior de la piramidal cuesta de los Albos). De este modo, los suaves relieves del sector más oriental de Amuesa, quedaron desgajados de la inclinada zona de pasto del Bobio. La masa de hielo fue erosionando el fondo del valle, formando a sus lados los alargados e imponentes farallones calizos, de los que hoy penden ambos pastizales.
Bulnes, El Castillo - Canal de Amuesa - Collao Cima ( 1 hora 15 minutos )
El valle glaciar de Amuesa se extiende al Sur de un extenso murallón pétreo. Esta barrera natural es la continuación de los paredones que delimitan la Canal del Tejo por el Oeste. La vertiente Norte de este brazo oriental de la meseta de Amuesa, da vida al murallón homónimo, que irrumpe sobre la margen derecha del río Cares, delimitado entre la Canal del Tejo y la de Estorez.
El camino de la majada de Amuesa se coge en el mismo pueblo de Bulnes. Apenas tocándolo tangencialmente, salimos por la derecha de un viejo conjunto de casa y cuadra algo separado del núcleo del barrio. El camino se adentra en un espeso túnel vegetal, encajonado entre los avellanos que crecen a lo largo de las murias que delimitan las praderías del Castillo. No se tarda en salir a terreno más abierto, dando vista al torreón que se alza en el vértice de confluencia del valle glaciar de Amuesa y de la Canal del Tejo.
Se sigue ganando altura por una vaguada muy tomada por los helechos. En su parte superior se encuentra la Fuente Torno. El manantial se ha desviado al actual bebedero, sito al par del camino, utilizándose parte del fuerte caudal que brota en un peñón contiguo para abastecer al pueblo. Se superan un par de tornos y se entra en las primeras vegas del valle. La primera no es muy grande, pero se cobija al pie de los enormes bloques desgajados del murallón que se alza a nuestra derecha. La vega central es la más extensa. Esta llanura supone un ligero alivio, antes de acometer la ascensión de la Canal de Amuesa, que cierra el valle por el Oeste. Viene caracterizada por el alargado pedrero que se extiende por las laderas de su derecha. Un marcado rastro lo recorre en su totalidad. Es la señal evidente de su uso frecuente por los pastores y montañeros que vienen de regreso. Lógicamente, para subir hasta la majada ha de evitarse la gravera. El camino remonta en retorcidas revueltas por la parte opuesta de la canal.
El falso llano de la vasta vega central del valle, termina en un incordiante repecho que da paso a una última vega. Esta reducida y redondeada campera, esta dominada por el helecho. Entre la exuberante fuerza de esta planta se cuela el camino, dando paso a las pedreras inferiores de la Canal de Amuesa.
Las continuas revueltas hacen la ascensión muy llevadera. Se remonta por la izquierda de la canal. Atrás va quedando el bello valle glaciar que precede al pueblo de Bulnes. Superada más de la mitad de la ascensión, se ataca directamente una cuesta herbosa, antes de ir tirándose hacia la derecha, en busca del embudo de salida. Este último tramo se hace más largo de lo que a simple vista aparenta.
El camino llega a un primer bebedero. Apenas rezuma algo de agua entre el musgo que se adhiere a sus piedras. Un poco más arriba, una peña da vida a un ligero estrangulamiento de la canal. A mano derecha sale el camino que entra directo a la majada. De frente, al doblar la peña, se esconde la fuente. Su chorro se debilita durante el estío. Parece condenada a un no muy lejano final. No es una fuente en la que se deba confiar.
Apenas unos costosos metros separan la fuente del Collao Cima. Al otro lado de la collada se encuentran los pastos de Amuesa, por encima de la barrera de los 1.400 m.. Este pastizal se extiende a lo largo y ancho de una vasta meseta. La suavidad de relieves contrasta con las vertiginosas caídas de su vertiente Norte, delimitadas entre la Canal de Piedra Bellida (Cuesta Areños y Pando Culiembro) y la Canal del Tejo. Entre ambas se intercalan las lineales canales de Estorez y Sabugo. Todas vierten al Cares, donde se hermanan con las más rectilíneas canales del Macizo Occidental de La Raya, las Avareras y el Saigu. Por encima de este conjunto se alza el Cabezo Llerosos, amesetada cima que dota a la meseta de Amuesa de un marco de incomparable belleza.
Las dos grandes montañas que dominan toda esta extensa mancha de pastizal son Los Albos y los Cuetos del Trave. Aquéllos, pese a hallarse separados de Amuesa por un alargado jou, se hacen omnipresentes al que se acerca a este paraíso de la media montaña. Su piramidal silueta embellece una de las majadas más codiciadas del Macizo Central. Una de sus cabañas estaba habilitada como refugio de montaña. Actualmente se halla en un profundo estado de abandono. Sus vecinas, las cabañas afectadas al pastoreo, están condenadas a la misma suerte. Los últimos pastores que subían a hacer majada a Amuesa, se van quedando en el pueblo.
El otro gran coloso que domina el pastizal de Amuesa es el Cueto del Trave. Esta peña caliza se extiende más allá de la Cuesta homónima. Se erige en el extremo noroccidental de una sucesión de cimas que se inicia en la Collada del Agua. Pese a no constituirse en máxima altura del cordal, al encontrarse en uno de sus extremos, sí goza de una vista envidiable. La enorme brecha que la separa de sus hermanas llega a verse con claridad desde el mismo Valle de Valdeón, a través de la abertura horadada por el río Cares. La Cuesta del Trave es una alargada loma de pasto alpino que precede al cueto que le da nombre. Es la continuación natural del canto que delimita el Collao Cima por el Sur. Siguiendo esta línea de cresta discurre el sendero que ha de seguirse para alcanzar el Jou de los Cabrones.
Collao Cima - Cuesta del Trave - Jou de los Cabrones ( 1 hora 30 minutos )
Situados en el mismo Collao Cima, se prosigue el ascenso por las lomas que se extienden a su izquierda. Es decir, que se remonta por el canto que busca el inicio de la Cuesta del Trave. Por terreno abierto de pasto se llega a un collado contiguo. Una charca reseca se esconde en una ligera hondonada. Impertérrita, la piramidal silueta del Albo observa nuestro progreso. En la misma collada se retoma el camino que sube a la majada de Orandi. Éste, se va desviando hacia la vertiente Oeste del canto por el que se va ganando altura. También muy marcado se descubre un segundo camino que, desde la misma collada de la charca, se adentra en la más agreste vertiente oriental del canto que nos cierra por el Sur. Se dirige, igualmente a la majada de Orandi.
Se transita por las laderas que caen sobre la meseta de Amuesa. El sendero atraviesa unas manchas de fáciles llambrias. Enseguida se da vista a la charca de Amuesa. Su profundidad y superficie no permite hablar, siquiera, de una laguna, pero sacia la sed del abundante ganado que pasta en el vasto puerto. Aún han de ganarse unos metros hasta entrar en una zona más suave de campera. El camino se va separando de la línea de la cresta, en la que se marca una evidente collada. Por la campera que la precede, que asemeja una pequeña dolina (hundimientos del terreno recubiertos por el manto vegetal), el difuminado sendero se dirige a la collada.
El marcado camino por el que se venía subiendo invita a hacer lo contrario, es decir, a seguir separándose del canto de referencia. Se tira hacia el extenso cuenco que se forma en la falda de la Cuesta del Trave. La marcada vereda se debe al continuo paso de montañeros hacia el Jou de los Cabrones. Esos mismos montañeros que llenan la montaña de jitos, señales y marcas de pintura, crean nuevos caminos, desentendiéndose del trazado de los antiguos senderos pastoriles. El montañero ha de aprender a moverse por la montaña. El mapa y la brújula son imprescindibles cuando no se conoce el terreno. Los jitos y demás señales sólo son útiles a aquellos que conocen la ruta. La experiencia me ha confirmado que los que se inician en la montaña pierden con facilidad el rastro de las señales. Cuando la niebla se adueña de la montaña, bastan un par de metros de despiste para que vaguen desorientados por un mundo extraño e infinito. Quien sabe desenvolverse por la peña, tiene una idea más o menos exacta del lugar en que se encuentra y puede retomar la senda señalizada con facilidad. El montañero ha de saber actuar cuando le coge la niebla. El turista y el que se inicia en la montaña, suben confiados en lo marcado de los senderos y en la señalización. No tienen otro punto de referencia. Las marcas de pintura no son sino un reclamo engañoso que los va conduciendo a las entrañas de un macizo donde toda pérdida acarrea graves consecuencias. Lo bueno de la gente es que reconoce sus limitaciones y no sale a la montaña cuando hay niebla. Lo malo de la niebla es que no respeta los gustos de la gente y sale a la montaña cuando nadie la espera.
El nuevo camino se tira al centro de la cuesta. Se adentra en un mundo uniforme sin ningún punto de referencia. El sendero se confunde con mil veredas del ganado que continúan hacia el Canto Talladura (pequeño cueto que irrumpe en la cresta que nos cierra por el Oeste, la que desciende del Cueto del Trave al Collao Cerredo, uno de los más hermosos miradores naturales de los Picos). En caso de niebla el nuevo trazado no es muy aconsejable. El antiguo camino de la majada de Orandi, como decía, se dirige a el collado que se destaca en la cresta de nuestra izquierda. Devola la collada y baja hacia las cabañas. Esta senda continúa en dirección al Bobio. Por una amplia rampa alcanza esta ladera inferior del Albo. Un jito natural de gran envergadura (una roca grande y solitaria) sirve de guía. Atraviesa toda la ladera hasta la majada de Acebuco. A través de Los Collaos daba paso a la majada de Camburero. Este antiguo sendero pastoril, fue el utilizado por D. Pedro Pidal y Gregorio Pérez, el Cainejo, la víspera de su ascensión al Naranjo de Bulnes. No es una ruta extraña. Venían de la Vega de Ario, pues habían subido a la Peña Santa de Castilla para entrenarse. Para llegar a dormir a Camburero no tuvieron más que seguir los frecuentados caminos que unían las distintas majadas.
Nosotros hemos de abandonar el camino de la majada de Orandi en la misma collada. La vereda que continúa hacia el Jou de Los Cabrones ataca el canto de su derecha. La tónica es siempre la misma. Las sendas se pierden cuando entran en una zona de campera. En este caso las camperas se extienden por las colladas. Como sucediera en el Collao Cima y en la collada contigua, el sendero se retoma en la misma depresión de la cresta. Sube de collada en collada, evitando la zona más agreste del cresterío por el que remonta.
Se deja el collado que da paso a la majada de Orandi, ganando altura por el canto de la derecha (Sur). Tras unos primeros metros muy directos, la pendiente se suaviza. La senda se separa del canto. La travesía es corta, enseguida remonta directamente hacia el inicio de la herbosa loma de la Cuesta del Trave. Se asciende por toda la llombona, prácticamente hasta el final.
A escasos metros del punto en que la loma da paso a la cresta caliza del Cueto del Trave, hay que tirarse a la izquierda. Se atraviesan una llambrias. El corto descenso finaliza en una vaguaduca. Un estrecho paso, a la sombra de unas rocas, que precede a una cuesta de pasto alpino. El punto de referencia es la marcada "V" que separa los dos cuetos más noroccidentales del Trave. El verdor de la cuesta, en que se intercalan piedras desgajadas del dominante mundo calizo que la comprime, se refleja en las paredes de la cresta oriental del Trave que la cobijan.
La cuesta se atraviesa de derecha a izquierda, a ganar el canto que la delimita por esta mano. Se remonta por todo el canto. Si al acercarse a la cuesta había que caminar en dirección a la característica brecha de la Jorcaína del Trave; ahora el canto se encamina a una profunda y gigantesca boca que se abre en las paredes orientales de los Cuetos del Trave.
El canto de llambria por el que se remonta, se intercala entre la cuesta que se acaba de atravesar y una profunda hondonada de gravera. El sendero se dirige al cueto calizo que cierra este canalón de gravera por la cabecera. Pasa por una colladuca que se esconde tras él. Inicia a continuación una larga travesía, a media altura, en dirección a una collada que se adivina en la línea de cresta que se desgaja de los Cuetos del Trave. Para no crear confusión he de decir que estos cuetos no están formados únicamente por las dos moles que separa la Jorcaína del Trave, sino que configuran un extenso cordal que se extiende hasta el mismo Jou de los Cabrones. La cresta a que se dirige la vereda es la que impide divisar las montañas que rodean el Jou de Cerredo.
La travesía que la precede se inicia en un sencillo llambrial. Pasa junto a una torca y continúa en llano, cortando a media altura unas graveras. Unas trepaducas evitando nuevas torcas, dejan la senda al pie de la canaleta que sube a la collada. Su parte inferior es la más vertical. Este paso se evita por la derecha. Unos metros en travesía permiten retornar a la corta canaleta. Para asegurar el paso se han instalado cuerdas fijas, lo mismo en esta breve travesía que en la canaluca de salida. Lo mejor es desentenderse de ellas. Los agarres para las manos son buenos. Al estar fijos favorecen la estabilidad. En cambio, la cuerda no está fija. No para de moverse. La única manera de que se esté quieta es tensándola echando el cuerpo para atrás.
Devolando la collada se inicia un corto descenso. Pronto hay que dejarlo. A mano derecha se inicia un alargado corredor que corta en llano entre las llambrias. Da paso a una gravera por la que se sube a una de las colladas que se forman bajo los contrafuertes de los Cuetos del Trave. Al otro lado de la collada un nuevo tramo de descenso. Se entra en una hondonada de pasto. Por el Oeste, entre las peñas, se abre una amplia vaguada que sube a lo cimero del Trave. La senda va girando a la izquierda, buscando la estrecha salida natural de esta recogida cuenca. El estrechamiento se precipita en caída sobre un profundo jou. Se sale por su derecha, pero para bajar en dirección al pozo. Colgados sobre el mismo, ha de iniciarse una travesía en llambria colgada sobre la depresión. Una nueva línea de cuerdas fijas pretende facilitar la progresión. Su utilidad como tranquilizante es innegable, pero la confianza en las propias posibilidades (a la larga) es un medio más seguro de vencer las dificultades.
Una última subida, pegados a las peñas de la derecha, lleva a la collada que da paso al Jou de Los Cabrones.
Aislado en mitad de un desierto reseco de escarpaduras calizas, el Jou de los Cabrones acoge un abundante manantial de aguas cristalinas. Arroya superficialmente hasta depositarse en una pequeña depresión. De la tierra, humedecida por el agua, nacen las plantas típicas de los terrenos encharcados. Pero el agua no se estanca, sino que se ve chupada por el manto terroso y desaparece filtrada entre la porosa caliza; no obstante, los Picos de Europa son considerados como el Himalaya espeleológico. En las entrañas de la tierra se encuentran varias de las simas más apetecidas por los amantes de las profundidades. En el Sistema del Trave, grupos de espeleólogos valencianos y franceses tratan de recorrer en su integridad lo que parece ser la sima más profunda del mundo. En la superficie, la vegetación aún resiste las duras condiciones climáticas de la alta montaña. Resguardada de los vientos por una línea de cumbres de gran envergadura, extiende su verdoso manto por todo el jou. Las flores de alta montaña, aprovechan la corta estación estival para florecer y soltar el polen que la suave brisa que se cuela entre los resquicios de la peña, esparce a los cuatro vientos. El grácil rebeco pasta tranquilamente, confundiéndose entre los rebaños de cabras. No pierde de vista la peña, único refugio seguro en caso de verse en peligro.
Y peñas al rebeco no le faltan. El Jou de los Cabrones es un oasis de vida, escondido en lo más recóndito de un mundo inerte mineral. Enclavado en pleno corazón de los Picos de Europa, se cobija a la sombra de escarpadas peñas, sólo accesibles al paso de las adaptadas pezuñas de los reyes de la peña. En el extremo noroccidental de este cuenco, se yergue una voluptuosa peña. No es más que un voluminoso contrafuerte que se desgaja del sector sudoriental de los Cuetos del Trave. En sus desplomes se abre una ingente boca de la que emana una gélida brisa. Los espeleólogos la llaman "la nevera", pues en los perpetuos neveros que se resguardan en su interior, conservan los alimentos durante su estancia en la montaña.
El límite occidental de esta alargada depresión viene delimitado por el Pico de Dobresengos. En las colgadas pandas de su vertiente oriental, la que mira hacia el jou, pastan las cabras. Más arriba sólo se aventura el atrevido rebeco. En la cresta somital, a la que se llega tras superar el laberíntico recorrido de su vía normal, un diminuto ojal, deja entrever los límpidos cielos leoneses. A ambos lados de este coloso, se levantan dos agrestes puntas. La de la izquierda mira hacia la Canal de Dobresengos; la de la derecha domina el abanico somital de la Canal de Ría, encajonada entre los desplomes sobre los que discurre la Canal del Agua y el conjunto formado por la Torre de la Parada y Cuesta Duja.
Entre los Picos de Dobresengos y los Cuetos del Trave se interpone la Collada del Agua. Por esta verde collada se devola a la Canal que le da nombre. Es uno de tantos rincones privilegiados de los Picos de Europa. A la campera que la recubre se acercan los montañeros que pernoctan en la vega para contemplar el atardecer. El verdadero espectáculo no se divisa desde la misma collada, sino que hay que desplazarse hacia sus lados. De este modo se descubre en toda su integridad el Macizo Occidental, presidido por la bella silueta de Peña Santa de Castilla. El mar de nubes que parece condenado a estancarse sobre los valles asturianos, asemeja las vastas extensiones heladas de los polos de la tierra. El sol se funde en el horizonte, confundiendo el azul celeste del cielo en una gama de tonalidades que impregnan la retina en esos momentos mágicos de la puesta.
Durante la fría noche, una manta de estrellas cobija al montañero. El punto de atención se desplaza hacia la recortada silueta del Pico de los Cabrones. Tras su cúspide se va descubriendo la blanca redondez de la luna. De cuando en cuando, alguna estrella se precipita sobre las agujas que escoltan tan esbelta torre. El montañero que sólo va de paso se ve privado de tan acogedor espectáculo; mas el Jou de los Cabrones es un halago a la vista en cualquier momento del día. La torre homónima que lo domina por el Sur, presenta una estilizada silueta. Su esbelta y piramidal figura, se ve escoltada por una sucesión de penitentes agujas. Esta caprichosa formación pétrea se corresponde con el prototipo de montaña que los niños representan en su imaginación.
Jou de los Cabrones - Jou Negro - Torre Cerredo ( 2 horas )
Las principales salidas del Jou de los Cabrones son dos. La primera sube hasta una horcada sita al Este de la fuente. Se trata del sendero que pasa a la Vega de Urriellu a través de la Horcada Arenera. La segunda salida, recorre el jou en toda su integridad. Se dirige a la amplia collada que se destaca al Este del conjunto formado por la Torre de los Cabrones y por sus agujas. La subida hasta la collada se efectúa por una marcada rampa delimitada por la peña que configura la collada cimera por su izquierda. Antes de llegar al arranque de la rampa de subida, ha de tenerse cuidado con una senda que se adentra en las vaguadas que remontan al Sudeste del jou. Son también sendas de montañeros. Enlazan más arriba, bien con el sendero que aquí se describe, bien con el camino que va de la Horcada Arenera hasta la base de Torre Cerredo.
La ascensión por la rampa es penosa por el tipo de terreno, una gravera intermitente y muy lavada. La progresión puede hacerse por la izquierda, pegados a la pared, o buscando la loma que delimita el estrechamiento final. Pasado el embudo en que se encajona la rampa en sus últimos metros, la pendiente se va suavizando a medida que la senda se acerca a la collada cimera.
Al Oeste de la collada irrumpe un vertical paredón de grandes proporciones. Alguno de los montañeros que hasta aquí llega sirve de ejemplo de la falta de preparación de la gente. En el Jou de los Cabrones se ha deleitado con el hermoso conjunto que forman la torre y sus agujas. Tras veinte minutos de marcha ya busca la cima de la torre sobre la horcada en que nos encontramos, desentendiéndose totalmente de la existencia de las agujas que la preceden. La primera de éstas es la que preside este punto de la ruta.
Parece un error inocente y sin consecuencias; pero este error se va a repetir veinte minutos más adelante al bordear la Torre Labrouche. La confusión se repite con insistencia. La consecuencia se deja ver día tras día. Montañeros que suben a la base de esta torre; montañeros enriscados en el Risco de Saint-Saud, o, por último, montañeros desconcertados en la aérea arista Este de Torre Cerredo. Un panorama desalentador, más aún si se tiene en cuenta que la subida a la vía normal del techo de los Picos está excesivamente jitada. No tiene sentido llenar la montaña de señales, es necesario enseñar a la gente a caminar.
Pasada la collada se empieza a rodear el Jou Negro por el Este. Se realiza un corto descenso por la base de las peñas de la izquierda. Para evitar perder demasiada altura, la vereda se adentra en un llambrial. Una sencilla trepada lleva a una travesía algo colgada sobre el jou. El paso, aunque sencillo, invita a poner los cuatro sentidos. En unos instantes se sale a terreno terroso más andadero.
Una vez que se puede levantar la vista del suelo, se contempla toda la majestuosidad del lugar. La reducida cubeta glaciar se comprime en un circo delimitado por dos de las montañas más excelsas de los Picos de Europa. La Torre de los Cabrones (2.558 m.) ha perdido la esbeltez con que se proyecta sobre el jou contiguo. Una masa uniforme y voluminosa de roca en que se empastan cima y agujas. Sí se muestra, no obstante su vía normal. El sendero de acceso recorre una de las morrenas laterales del microglaciar. Finaliza al pie de una canal por la que se trepa a la gran terraza central, al pie de la pared en que se asienta la cumbre. Suele conservar un nevero gran parte del año. A su izquierda se intuye una terraza más chica, por la que se pasa a la loma de llambria que muere en la vira de subida a la arista. Para salir a la cresta, ha de cogerse una canaluca que sube directa a la marcada brecha que se destaca a la izquierda de la cumbre. La vira que corta la pared, une la loma de llambria con la canaluca que sale a la cresta. La única trepada destacable hasta ese punto se encuentra en este punto. Un doble resalte que puede considerarse de IIIº (algo difícil). Una vez en la brecha, se trepa por la compacta llambria de su derecha. Se entra en una nueva canaluca. Las sencillas trepadas que presenta llevan hasta la arista cimera. La catalogación de IIIº que le atribuyen algunas guías parece algo excesiva. Tampoco es demasiado aérea, pues no cae a plomo sobre la Canal de Dobresengos, sino que se intercala una terraza de pasto por la que pasan los rebecos hacia la cumbre. El que crea que ha arrinconado a este grácil mamífero que lo busque en la cima. En dos minutos se habrá descolgado por la arista Noroeste, deteniéndose en su fino filo a otear el horizonte.
Al otro lado del jou se alza majestuoso el techo de los Picos. Su silueta es, si cabe, más estilizada que la vertiente Norte de la torre a que se acaba de hacer alusión. A su izquierda cierra el jou la compacta aguja de la Torre de Labrouche. Entre ambas se intercala el puntiagudo apéndice del Risco de Saint-Saud. Paul Labrouche y el Conde de Saint-Saud, acompañados de los guías François Bernard Salles (de Gavarnie) y Juan Suárez (de Espinama), fueron los primeros hombres en poner el pie sobre la cumbre de Torre Cerredo, el 30 de julio de 1.892. Siguieron la ruta de la arista Este, la que une lo cimero de Torre Cerredo con el Risco.
Cerredo y Cabrones se unen por medio de una larga cresta que presenta tramos de IVº (difícil). A las llambrias de su parte inferior se adhiere el hielo del reducto glaciar que da renombre al Jou Negro. Enriquecido por la presencia de sus morrenas laterales y frontal, sufre el retroceso a que se ven sometidas estos supervivientes de la glaciación. El resto del jou presenta un caótico canchal, formado por grandes bloques, desgajados de las ingentes paredes que lo envuelven.
El rodeo del Jou Negro lleva a la collada que se forma bajo la Torre de Labrouche. Para entrar en ella, se remonta por los redondeados cuetos de llambria de su izquierda. En unas pequeñas llanadas que se intercalan entre pozos y torcas que conservan viejos neveros, se une nuestra senda a la que viene de la Horcada Arenera. Este entronque de caminos se halla en la vertiente del Jou de Cerredo. Nos encontramos en el punto más elevado de los suaves relieves pétreos que lo delimitan por el Norte. Las escarpadas paredes que lo cierran por el Este culminan en la Torre de la Párdida. A su cima se asciende prácticamente andando por la vertiente opuesta.
Enfrente, marcando el límite Sur del Jou de Cerredo, se divisa la Horcada de Don Carlos (Arenizas Altas). Comprimida entre el Pico Boada y el Tiro del Oso, es lugar de paso de múltiples travesías. En sus escarpaduras suelen coincidir los que intentan subir a Torre Cerredo por la vertiente cántabra o por la leonesa. También es utilizada por los montañeros que regresan a la Vega de Urriellu para no volver por la Horcada Arenera, pues permite una bajada bastante directa al Jou Sin Tierre (contiguo a la Vega de Urriellu). Las clásicas travesías inter-refugios tienen asimismo cabida por estos rincones, en este caso cuando se trata de ir de Collao Jermoso al Jou de los Cabrones.
El pico Boada es una pequeña aguja que se intercala entre la Horcada de Don Carlos y la Torre de la Párdida. Aunque su ascensión no plantea mayores complicaciones, su ubicación tampoco le proporciona una vista especialmente relevante.
El Tiro del Oso (2.572 m.) separa las horcadas de Caín (Arenizas Bajas) y de Don Carlos. Su vía normal (Iº) busca una de las dos grietas que cortan las llambrias de la cara Norte de su cúspide (la que mira hacia el Jou de Cerredo). Se accede a ellas por unas marcadas viras que se inician a la derecha de la torre. En todo momento rehuye la cresta que une esta montaña con la Torre de Coello. Las alternativas son múltiples, pero al discurrir por encima de la senda de aproximación a Cerredo desde la Horcada de Don Carlos, ha de extremarse la precaución para no tirar piedras sobre los frecuentes grupos de montañeros. Y precisamente lo más difícil de la ascensión es no tirar piedras. De su cima destacar que domina los grandes jous del Macizo Central: el Jou Sin Tierre, el Jou de Cerredo y el Hoyo Grande Cimero.
Al Oeste del Tiro del Oso se encuentra la Torre de Coello (2.578 m.). Tampoco su ascensión plantea mayores dificultades, aunque el terreno es malo de andar. A su derecha se encuentra la Collada Bermeja, por la que se devola hacia los Hoyos Grandes. Esta collada separa la Torre de Coello de la Torre a que da nombre, que más que una montaña autónoma parece un contrafuerte del dominador Cerredo. La sencilla ascensión a su cima tampoco se ve recompensada con una vista especialmente reconfortante. Desmerece mucho con las montañas de su entorno.
Para completar la descripción de las torres que circundan al Jou de Cerredo, sólo me queda hacer referencia a la que le da nombre. Al igual que sucediera en el caso de la Torre de los Cabrones, al bordear las agujas por el Este, se ha perdido la perspectiva de la cumbre. Cerredo se ha convertido en un heterogéneo empaste de peñas, en que se confunde la torre central con las agujas que la preceden. A fin de recuperar una visión más exacta de la cara de subida (Sur), a medida que se vaya ganando altura hay que ir separándose de la base de las agujas.

La ascensión a la base de la pared se inicia con una travesía por las graveras de la falda Sudeste de la Torre de Labrouche. El sendero, por el continuo paso de montañeros, es muy evidente y se halla bastante asentado en el pedrero. Apenas unos metros y se llega a una canal de gravera que cae de la horcada que separa las dos agujas de Cerredo. Se cruza en sentido ascendente, con el objeto de alcanzar unas gradas que se forman en las llambrias del otro lado. Estas gradas, situadas a bastante altura sobre la cuenca del Jou de Cerredo, configuran una sucesión de terrazas. Trepando para superar alguna llambria que se intercala entre ellas, se da fin a la travesía que nos ha ido separando de la falda de la Torre de Labrouche. Antes que las terrazas se vean interrumpidas por un canalón que corta el avance, se trepa por cualquiera de las canalucas de la derecha, comenzando a ganar altura. Al final de la trepada se llega a un diminuto circo, con el suelo de gravera, donde suele conservarse un trozo de nieve hasta bien entrado el verano. Esta pequeña plataforma se haya rodeada de llambrias, tanto más altas cuanto más nos acerquemos a su fondo. Se trepa por las de la izquierda, buscando el punto en que la verticalidad es menos acusada. Tan sólo el resalte inicial, apenas un par de metros, plantea algún problema. Al estar junto al suelo es casi un juego. La llambria se va tumbando. Los agarres son muy bueno y la adherencia perfecta. Se sube toda la llombona de llambria y se sale a una vaguaduca pedregosa que nos saca hacia la izquierda. El final de la breve vaguada muere en una hondonada de canchal, formada por los grandes bloques de roca desprendidos de las peñas superiores.
La Torre de Labrouche ya ha quedado perfectamente individualizada, pero el Risco de Saint-Saud sigue empastado con Cerredo. Al otro lado del hoyo, se extiende una larga cuesta de pedrera. En vez de subir por ella es mejor ir desviándose a las llambrias de su izquierda. A ratos trepando, a ratos caminando se va ganando altura, en dirección a la base de la pared de Torre Cerredo.
El centro de la cara Sur de Cerredo, presenta un paredón vertical. Sobre éste, se asienta un terreno más tendido, configurado por las distintas gradas por las que discurre la vía normal. La trepada por las gradas se efectúa trazando una imaginaria diagonal de derecha a izquierda. El punto de arranque de esa diagonal coincide con el punto superior de un marcado y corto canalón que se destaca a la derecha del vertical paredón del que penden las gradas de la vía normal.
Con la vía de subida identificada, se sigue ganando altura por las llambrias en dirección a la base de la pared. El Risco de Saint-Saud se ha ido quedando bastante a la derecha de la cumbre, adquiriendo autonomía respecto de la mole de Cerredo. Una vez en la base de la pared, la línea de llambria conduce prácticamente a la boca del canalón, sólo queda encajonarse en el sombrío y empinado estrechamiento. El piso terroso y muy lavado dificulta la progresión. Ha de prestarse atención para no tirar piedras a los que vengan detrás. El canalón presenta un par de resaltucos de escasa entidad. La zona superior se halla interrumpida por un resalte de tres o cuatro metros. Antes de llegar a él, se sale por una vira que corta la pared de la derecha. Apenas tres metros, pero entorpecidos por las llambrias superiores de la grieta, que nos echan para afuera. Se pasa a terreno abierto, enlazando con veredas de montañeros que vienen subiendo por la parte derecha del canalón. Al tratarse de una ladera aterrazada bastante amplia, se corre el riesgo de ir desviándose ligeramente hacia la derecha, hacia el Risco, y terminar colgados en la arista Este que, aunque técnicamente es sencilla (IIIº), presenta pasajes muy aéreos que, las más de las veces, superan las pretensiones de quienes se acercan a Cerredo.
Se superan directamente un par de sencillos resaltes, ligeramente a la derecha del canto que delimita el canalón por esta mano. Una vez sobre el encajonamiento que ciega el embudo de subida, se atraviesa sobre este, para salir a las gradas del otro lado. Se inicia así la larga diagonal que pende sobre el muro vertical que domina el centro de la pared. Se va progresando con fluidez en dirección a una "V" chiquita que se destaca al final de la diagonal. El tramo más aéreo no se hace notar hasta que nos acercamos a un recogido nicho que precede a la grieta de salida. Sin embargo, la sensación de vacío no aflore hasta el momento de afrontar el descenso, debido al cambio de perspectiva. En todo caso, no ha de tenerse prisa, y debe tenerse mucho cuidado con el grijillo que recubre las terrazas por las que se asciende.
Una vez en el nicho superior, se coge una corta grieta. La sensación de vacío se desvanece. En la "V" de salida, se gira a la derecha, por otra grieta breve y tumbada que nos lleva a la arista. Caminando sin problemas se corona el techo de los Picos (2.650 m.). La vista es completísima, disfrutando de las cimas, canales, cordales y jous de todo el entorno. Al Norte se traza la línea del Mar Cantábrico, mientras que al Sur aflora la amarillenta planicie de la Meseta. Llama la atención la enorme abertura de la Canal de Dobresengos, que se precipita sobre el río Cares; no obstante, la cima de Torre Cerredo cae a plomo sobre el Hoyo Grande Bajero, punto final de tan inmenso canalón, ochocientos metros en vertical más abajo. Al otro lado del Cares emergen las canales más largas del Macizo Occidental (Mesones, Capozo, etc.), escoltando la hermosa figura de la Peña Santa de Castilla, señora del antiguo Parque Nacional de la Montaña de Covadonga.
Torre Cerredo - Collada Bermeja - Hoyo Grande Bajero ( 1 hora 30 minutos )
El descenso de Torre Cerredo se efectúa por la vía normal de subida. Una vez en la base del canalón, el sendero se tira a la derecha, bajando por la gravera que se forma en la falda del vertical muro central de Cerredo. Se continúa en travesía, en dirección a la Torre Bermeja, bien por la gravera, bien por el canchal de grandes bloques de roca que hay en su parte inferior. La travesía finaliza frente a una franja de llambria que impide el paso hacia la mencionada Torre Bermeja. Se bordea una torca y se trepa por una canaluca que gana altura entre las llambrias. Sale a terreno más abierto, aunque caótico. Se dejan las moles cimeras de la Bermeja a mano derecha y se inicia el descenso por las heterogéneas lomas de llambria que delimitan la Collada Bermeja por el Norte.
En la collada se aprecia un sendero que atraviesa toda la vertiente oriental de la Torre de Coello. El escabroso terreno es muy malo de andar. Fáciles trepadas se intercalan entre tramos terrosos llenos de grijillo y argayos producidos por las lluvias torrenciales procedentes de las tormentas veraniegas. Al final el sendero sube unos metros para alcanzar unas amplias terrazas de gravera que se asientan bajo el Tiro del Oso. Aquí enlaza con una marcada vira que desciende bajo las verticales caídas norteñas de esta peña. La vira ha de dejarse. Un resalte de llambria permite acceder a una algo aérea travesía colgada sobre la rampa que se deja. Superado este tramo se descienden unos metros hasta la Horcada de Don Carlos (2.418 m.).
Desde esta horcada (Arenizas Altas), continúa un sendero que cruza bajo la pared Este del Tiro del Oso. Al otro lado se encuentra la Horcada de Caín (Arenizas Bajas). Esta collada (2.342 m.) es encrucijada de caminos. Por la vaguada que se forma entre ambas horcadas, dando vista a la pared Oeste del Picu Urriellu, se desciende directamente al Jou Sin Tierre. El camino que sigue hacia el Sur, remontando por la vertiente oriental de los Picos de Arenizas, sale algo más arriba de Horcados Rojos, siendo la ruta empleada para bajar al Cable (estación superior del teleférico de Fuente Dé). Por último, la vaguada que desciende hacia el Oeste, dando vista a la oscura, vasta y delineada pared de la Torre de la Palanca, lleva al Hoyo Grande Cimero. Puede ser utilizada como ruta de descenso a la Canal de Dobresengos, pero da mucho más rodeo que la que se pasa a describir.
La Collada Bermeja (2.482 m.) se encuentra entre la Torre a la que da nombre y la de Coello. Una marcada vaguada desciende hacia el Oeste. En esta dirección vemos la silueta de la Torre de la Celada. Esta cresta caliza se erige en el vértice Noroccidental de la alargada loma que se inicia en la Torre de la Palanca. La vasta ladera que se descuelga de este conjunto delimita el Hoyo Grande Bajero por aquella vertiente. Nuestra vaguada de descenso se precipita sobre los abismos que comprimen la vertiente oriental de esta alargada depresión.
Enclavada en el sector más escarpado del macizo, la vegetación no hace acto de presencia. La caliza se adueña de todos los rincones. Toda la vaguada que se desliza entre la Bermeja y Coello, esta cubierta en su totalidad de una extensa pedrera, formada por las piedras que se desgajan de las peñas que la flanquean. Las veredas se tiran vaguada abajo. Hay que pegarse a la base de los paredones de la Bermeja. El cuenco de la valleja de descenso termina en una boca que se precipita sobre la rampa de descenso. Una escupidera que se descuelga unas decenas de metros sobre pulidas llambrias. Igual destino espera a quien se decante por una boca secundaria que se aprecia más a la izquierda.
Sin separarse de la pared de la Bermeja, al doblar ésta y dar paso a una ladera de gravera más extensa, no hay más que descender por el canto que delimita por la derecha la vaguada que ha de evitarse. Al principio no es más que una intuida loma de gravera que separa la ladera en dos vertientes. A su izquierda baja la vaguada que se precipita al vacío unos metros más abajo. Por la derecha se extiende una ladera de gravera, al amparo de la pared Oeste de la Bermeja. Esta ladera queda delimitada por el otro lado por un llambrial que cae sobre un circo muy profundo. En la parte superior de este cuenco se aprecia un paré, en la base de los verticales desplomes de tonalidad rojiza que dan nombre a la torre.
Se desciende toda la loma y se alcanzan unos bloques más grandes, desgajados de las paredes superiores. Pasado este tramo se entra en un airoso canto. Por su izquierda cae en vertical sobre la rampa de bajada, dando vista al salto por el que se precipita la vaguada que se ha dejado. Por la otra mano el terreno es más abierto, pero no hay que separarse de la línea de cresta (tampoco es necesario bajar por el mismo filo). Tras algún sencillo y ocasional destrepe, la cresta se acerca al punto final. A escasos dos o tres metros de ese vértice que pende sobre el más soberbio de los abismos, se descubre una brecha en el mismo canto. Asomando la cabezuca, se descubre una amplia rampa que corta la pared, bajo la escupidera de la vaguada superior. Si se descienden ese par de metros hacia uno de los más abismales balcones que cuelgan sobre el Hoyo Grande Cimero, se descubre un angosto canalón que se precipita en escalones a mano derecha.
Se desciende por la estrecha brecha que da paso a la rampa de bajada. Al principio han de destreparse unas fáciles llambrias. La rampa baja protegida entre peñas. Más abajo se entra en un terreno de piedra suelta y llambria algo delicado que se encamina a un contrafuerte que ciega la rampa. Las peñas que la protegían por la derecha desaparecen, dando paso a un intuido vacío de muchos metros. La rampa se estrecha hasta acabar convertida en un estrecho pasillo que se dirige al muro que obstruye el paso.
Ha de afrontarse el único paso delicado del descenso. Se hace una travesía por la llambria que cuelga sobre el vacío. Apenas tres metros por una llambria de gran adherencia. Al otro lado se acometen otro par de metros en travesía, menos delicada, y se pasa a la parte final de la rampa de descenso.
El tramo que resta es corto. La salida natural de la rampa tiene lugar por el embudo que recoge las aguas que se acumulan por la peña durante los días de fuertes aguaceros. Se destrepa por las pulidas piedras. Enseguida se deja el embudo. Una nueva travesía por las llambrias que delimitan el argayo por su izquierda, llevan a una loma de gravera que rompe la uniformidad de las pedregosas laderas inferiores. A su izquierda se alinea una fila de grandes bloques que favorece la progresión cuando esta ruta se efectúa en sentido opuesto. De la franja de bloques parten veredas de los rebecos que cortan las laderas de gravera a media altura. Se dirigen a la collada que da paso al Hoyo Grande Cimero (2.076 m.). Pero la ladera se ve interrumpida por profundos argayos que dificultan el, ya de por sí, penoso caminar.
El descenso al Hoyo Grande Bajero es muy agradecido. Basta coger la línea de gravera que más nos satisfaga (por la izquierda de la loma) y tirarse a tumba abierta hacia el jou en que confluye esta vertiente con las escabrosas laderas orientales delimitadas entre las Torres de la Palanca y de la Celada.
El Hoyo Grande Bajero (1.843 m.) es una profunda depresión, resguardada al amparo de los grandes colosos del Macizo Central. El fondo del jou está recubierto de un suave manto vegetal. Por sus laderas pastan abundantes rebaños de cabras y de ovejas. Su forma, lejos de ser circular, es alargada. Similar a la del Jou de Los Cabrones, pero más uniforme.
Hoyo Grande Bajero - Canal de Dobresengos - Seu Mabro - Caín ( 2 horas )
La salida del Hoyo Grande Bajero tiene lugar por la Gargantada de Hoyo Grande. Este estrechamiento se comprime entre los paredones de las Torre de las Puertas de Moeño y de las Torres de Pamparroso, por un lado, y entre los contrafuertes en que se asienta una vasta rampa que da acceso a las vías de la cara Oeste de Torre Cerredo, por el otro.
Se sube el primer tramo de la vaguada de salida. Pronto el embudo se va ensanchando. Hay que tirarse hacia la izquierda, atravesando los pedreros hacia una collada sita al pie de las paredes de las torres antes citadas. La tendencia es siempre la misma, bajar lo menos posible e ir tirándose a las peñas que delimitan la canal por la izquierda. Por esta mano una cuesta de pasto permite alcanzar con facilidad la línea de cumbres que separa la Canal de Dobresengos de la de Moeño. Nuevo descenso y otra vez a mano izquierda a pegarse a la peña, contrafuertes de la Torrezuela. La extensa gravera domina las laderas de este lado de la canal. Un camino sigue en llano hacia la izquierda. Entra en un canalón para ascender a una peña terrosa de descompuesto aspecto (Iº). Se trata de Cabezas Altas. Por la vertiente occidental de esta montaña se extienden interminables laderas de pasto por las que se desciende a las canales de Arzón o de Moeño.
Se entra en un gran lleráu. Para evitar las pedregosas laderas que se forman en la falda de Cabezas Altas, es preferible tirarse pedrera abajo. Un argayo en el centro de la gravera puede servir de referencia. Paralelo al mismo resiste una franja herbosa que permite un descenso más cómodo. El final de la bajada busca un pequeño cueto que cobija una hondonada de buen pasto. En el reducido cuenco se adivinan vestigios de lo que fue un antiguo asentamiento pastoril. Por la derecha del cueto se coge un sendero que se dirige hacia Vallecanal. Busca la parte derecha de Dobresengos, delimitada por Torre Cerredo, Torre de los Cabrones y Picos de Dobresengos. Ha de evitarse esta zona de la canal. En la parte intermedia de Dobresengos la canal se precipita sobre el Hoyo de San Ligiesto. Si se desciende por la parte derecha de la canal ha de darse con un seu para salvar los paredones que cierran el hoyo. El paso es complicado aún conociéndolo.
La opción más lógica es coger el pisado sendero que desciende a la izquierda del cueto (1.542 m.). La vegetación rastrera y herbácea dominan esta franja de la canal. La gran peña que se eleva al Oeste es el Cueto del Ballestero (o Cueto Vallosteros). Por la vertiente contraria bajaría la Canal de Arzón. Entre este cueto y Cabezas Altas se encuentra la Llambrialina otro de os pasos a las canales ya citadas en párrafos precedentes.
El camino entra en un hayedo. Apenas una ligera mancha forestal que precede al Canalón. Por este empinado embudo se desciende al Hoyo San Ligiesto. Ya hemos advertido que el descenso de la Canal de Dobresengos es de los menos complejos. Basta tirarse a la parte izquierda de la canal, en caso de niebla sin perder la referencia de la línea de peñas que la delimita por esta mano. Se desciende sin miedo hasta llegar al bosque, donde ya se coge el canalón de bajada.
El canalón presenta un estrechamiento en la parte superior. Para evitarlo existe un sendero que desciende por todo el canto. Para cogerlo no ha de entrarse en aquél, sino cruzarlo por arriba y pasar al canto contiguo. Un argayo dificulta esta corta travesía. Se baja todo el canto. Se destrepa una fácil llambria y, por una empinada vereda, se regresa al canalón.
Aún han de destreparse unos metros por el estrecho, angosto y pindio canalón. En la parte inferior se abre en abanico para caer sobre el Hoyo San Ligiesto. Esta imponente hondonada se configura como un circo de ingentes proporciones. Los paredones que lo conforman interrumpen bruscamente la homogénea amplitud de Dobresengos. Quebrando su uniformidad, un impracticable desfiladero recoge las rompientes riegas de las vaguadas superiores de la canal. La salida natural del Hoyo es hacia el Noroeste, siguiendo el curso descendente de la riega que atraviesa el circo. Esta torrentera va a ir perfilando lo que es el tramo inferior de la Canal de Dobresengos. Un incipiente desfiladero interrumpido al abrirse hacia las inclinadas laderas del Canto Mabro. El Jultayu y el Cuvicente, dos hermosas montañas que culminan las canales que ascienden por la vertiente opuesta de la profunda garganta a que va morir nuestra riega. La Canal de Mesones y la Peña Santa, nombres evocadores que sorprenden nuestra retina al entrar en el vasto encajonamiento de la franja inferior de Dobresengos.
El camino que baja del Hoyo de San Ligiesto atraviesa las laderas de la margen derecha de la riega. Pronto retorna a su cauce, simplemente para cruzarlo y alejarse por las herbosas laderas de una canal cada vez más amplia, que, curiosamente, se va encañonando en la angustiosa línea perpendicular de la Garganta del Cares. El sendero evita así un encajonamiento de la riega que la precipita en una sucesión de saltos, al abrigo de los techos de los desplomes superiores.
La travesía descendente que inicia el camino por las inclinadas laderas inferiores de la Canal de las Calaveras, busca un collado caracterizado por la loma de redondeadas llambrias que lo preside. En las rocas desprendidas que se han asentado en esta llanada se malconservan restos de construcciones ganaderas. El esplendoroso pasado pastoril, deja paso un abandono que pugna por acabar con la riqueza toponímica de enclaves como este del Collao Torno.
Pasado el collado se inicia un pronunciado y corto descenso que lleva a un bebedero. No es la única fuente que existe en la Canal de Dobresengos. La más afamada es la Fuente Fría, que se encuentra en la majada de Dobresengos, pero que queda alejada del camino de descenso del Hoyo Grande.
Aún restan unos metros de descenso hasta llegar a una marcada bifurcación. Se deja el camino de la derecha, que regresa al fondo de la canal. Por el cauce de la riega llega al invernal de Casiellas, en las inmediaciones del curso del río Cares. Abajo, en lo más profundo de una afamada garganta, se descubre un trocito de la Senda del Cares. Por su parte, el sendero que sigue de frente inicia una larga travesía, a media ladera, en dirección al Canto Mabro. Se denomina así a la dentada cresta que delimita esta parte inferior de la Canal de Dobresengos por la izquierda.
La senda alcanza el canto en una herbosa collada. Por fin se da vista al pueblo de Caín, un conjunto de viejas casitas empozadas en lo más profundo de los Picos. Este reducido cuenco de praderías queda incomunicado entre la Hoz y la Garganta del Cares. Una estrechita, descuidada y escabrosa carretera de montaña es el fino hilo que, siguiendo el curso alto del río Cares, mantiene viva la relación con sus vecinos del Valle de Valdeón.
Las inclinadas laderas orientales del canto Mabro, se tornan, al doblar hacia su vertiente oriental, en verticales caídas a las que se aferran los oscuros carrascos; árboles indómitos dotados del carácter de los vecinos de Caín, que no mueren, sino que se despeñan. Tres son los pasos que recorren esta escarpada vertiente del canto. El camino de las vacas, que busca una pendiente rampa herbosa, a nuestra izquierda, por la que serpentea la antigua vereda de un tipo de ganado hoy extinguido en el valle. El antiguo camino de la Garganta del Cares, que cruza el Canto Mabro por la parte inferior. Se coge en el entorno de Casiellas. El paso intermedio es el más espectacular y directo. Se descuelga entre las peñas gracias a un inteligente seu (Sedo Mabro). El sendero por el que se accedió al Canto homónimo, devola por la escabrosa vertiente occidental, descendiendo por una canaluca herbosa cada vez más inclinada. La vereda se retuerce en sucesivas revueltas, a medida que la canal se ve estrechando. Un salto, que cae sobre el angosto estrechamiento de salida, obliga a desviarse a la breve y fina cresta de su izquierda. Los árboles que crecen en este oscuro rincón, evita la visión de la interesante caída. La arista muere en una horcaduca, volviendo al canalón. Se destrepan los comprimidos metros finales, saliendo a terreno herboso. Adivinando el trazado del sendero entre la exuberante vegetación, se llega al pie de una estilizada y descompuesta aguja. Un destrepe precedido por un zigzag inicial que evita la parte más vertical, da paso a una ladera que vierte al río Cares. Durante el descenso, el sendero del seu Mabro recoge el utilizado antiguamente por las vacas. Ambos bajan a unirse al camino principal del Canto Mabro. Apenas cinco minutos de suave descenso restan para llegar a Caín.
Caín - Senda del Cares - Embalse de Poncebos ( 2 horas )
La travesía aquí propuesta finaliza en el pueblo de Caín. No obstante, los problemas logísticos que plantean las travesías para los particulares, pueden evitarse siguiendo el trazado de un amplio camino, abierto para el servicio del canal que se adentra por la Garganta del Cares. La mejora del ancho y trazado del sendero original (que a su vez sustituía los antiguos caminos pastoriles), ha dado vida a una ruta turística que lleva hasta el entorno de Puente Poncebos, donde se ha iniciado nuestra andadura, al otro lado de la Garganta. Este recorrido es conocido como la Senda del Cares.