LON - PUERTOS DE EDES - CANAL DE JUANFRÍA - COLLAO SAN CARLOS - SAN CARLOS / SAGRADO CORAZÓN - LOS LLAMBRIALES AMARILLOS - HORCADA LA RASA - CANAL DE LAS ARREDONDAS - LAS ALLEMAS - LON (circuito)

 

Punto de partida: Lon.

Duración: 8 horas 30 minutos / 9 horas.

Desnivel: 1.750 metros.

Dificultad: Fácil (Iº). La vertiente Sur del Macizo Oriental, pese a los fuertes desniveles que presenta, no se ha librado de la explotación minera que modeló la configuración de este macizo. Aún hoy se conservan los vestigios de una actividad que alteró la toponimia, la fisonomía e incluso la forma de entender este rincón de la montaña cantábrica.

Las viejas carretas en que se transportaba el mineral han dejado de transitar por las retorcidas pistas mineras. De los continuos flujos de mineros que ayudaban en el transporte del mineral o acudían a sus míseros puestos de trabajo ya sólo quedan referencias escritas; leyendas de un reciente pasado asimilado a tiempos y lugares remotos. Los antiguos caminos carreteros han quedado reducidos a la mínima expresión, manteniéndose su uso como caminos pastoriles.

La montaña ha ido recuperando su virginidad. El trasiego de personas y animales que surcaban diariamente la alta montaña lebaniega, ha quedado reducido a la figura casi testimonial del pastor. El silencio y la soledad propios de la alta montaña recuperan el terreno perdido. El montañero puede volver a experimentar el significado de su actividad. Grandes desniveles, canales, riscos, argayos, ríos, bosques, peñas, picos y recónditos manantiales al alcance de todo aquél que pretenda descubrir la antigua concepción de la montaña.

No existe ninguna dificultad cuando sólo hay que seguir el trazado de una pista por donde bajaban los bueyes con pesadas cargas de mineral; pero existe montañismo de verdad cuando ese bullicio se extingue y no suena más que el arrullo del viento. No hay diferencia física entre subir al San Carlos desde Sotres o desde Lon, pues el menor desnivel puede ser utilizado para lo que se llama "hacer actividad", subir muchos picos sin tener en cuenta el valor de la marcha de aproximación. Se puede fijar el punto de partida en el pueblo de Sotres, en el Hoyo del Tejo o, si se cuenta con los servicios de un todo terreno, en el Casetón de Ándara, el resultado es el mismo. Más o menos horas de marcha, pero con la garantía de tener la civilización a un solo paso.

Quien entienda que lo importante es la cumbre, debería entrar desde el pueblo asturiano de Sotres. ¿Para qué hacer sufrir al cuerpo, pudiendo llegar al mismo sitio más descansado, guardando fuerzas para, si apetece, "conquistar" diez, doce o quince picos? Aquéllos que quieran aprender el valor de ascender a una cumbre de más de dos mil metros, le recomiendo que siga este itinerario. Quizás tenga suerte y el tiempo se tuerza. Mientras la niebla se apodera de la montaña y la lejanía del valle se hace patente, estará empezando a comprender qué es la montaña. Esa es la verdadera dificultad de la montaña, la que sólo se disfruta en rutas como ésta, cuando el desnivel supone un alejamiento progresivo de la civilización, y no un mero entretenimiento físico (como sucede siempre que se esté ante un recorrido bien señalizado que enlaza lugares más o menos humanizados, pero siempre frecuentados). Esta concepción de la montaña se basa en establecer oasis de civilización en el desierto pétreo de las nevadas cumbres. En la vertiente Sur del Macizo Oriental, los oasis se han secado, y el nómada ha de afrontar la travesía del desierto utilizando únicamente el agua que ha sabido atesorar en su cantimplora.

Características: Las simples consideraciones efectuadas para dar una idea de la dificultad de la ruta, bastan por sí mismas para mostrar los encantos que este sector del macizo Oriental esconde para los amantes de un tipo de montaña alejado de los enclaves "domesticados". Sin embargo, una vez cada cinco años, se rompen las reglas del juego. El bullicio retorna a las canales, puertos y peñas lebaniegos, rememorando aquellos tiempos en que se esclavizaba a la gente por cuatro duros. Los tractores se agolpan en el Hoyu Moru, dejando a los vecinos y amigos de pueblos como Lon y San Pelayo al pie de la peña. Descansados, muy de mañana, afrontan la cómoda subida por los Tornos de Edes. Caminan con la vista puesta en el San Carlos (Sagrado Corazón). El panorama es más caótico si nos centramos en el Puerto de Potes. Al mismo puerto llega una amplia y recién arreglada pista procedente de esta localidad. Recoge los ramales que se agregan desde los pueblos de Viñón, Colio y Argüébanes (entre otros). Un tránsito continuo de tractores, todoterrenos y motos rompe el silencio desde las primeras luces del alba. En la planicie de Trulledes se concentra esta caravana de ingenios mecánicos, en el escaso espacio que queda entre las tiendas de campaña plantadas la víspera. Otros pueblos como Bejes irrumpen por la vertiente Norte de la montaña. En las Vegas de Ándara, en la falda del Mancondíu, se repite la misma escena que en el Puerto de Potes, pero a mayor escala. A las motos y todoterrenos que alcanzan la vega, ha de unirse la instalación de barracas que permanecen abiertas hasta bien entrada la noche. El número de acampados es más relevante que en la zona antes mencionada. Las canciones y hogueras que amenizan el atardecer que precede al gran día, se acompasan con el rugido de las motos que se adentran por el entramado de antiguas pistas mineras. El día señalado, hacia el mediodía, llegan los "coches" oficiales y el helicóptero, portando las autoridades pertinentes.

Todo este despropósito responde a una tradición asentada en las montañas cantábricas, las romerías cerca del cielo. Con motivo de la entronización de la figura del Sagrado Corazón en la cumbre del San Carlos allá por el 1.900, en tiempos de las Compañías mineras, se empezó a celebrar una misa en la cima de esta cumbre. Dicha celebración tenía lugar los años terminados en "0". Con el tiempo, se tendió a una mayor periodicidad de la fiesta, celebrándola en los años terminados en "0" y en 5, el primer domingo de Agosto.

La figura del Sagrado Corazón, destrozada por los rayos que azotan la cumbre, fue reemplazada por otra durante la romería de 1.995. Cinco años más tarde, coincidió la conmemoración del centenario de la presencia del Sagrado Corazón en esta señera cumbre, con el cambio de milenio y con el Año Santo lebaniego. Al evento, como venía siendo habitual, acudieron el obispo de Cantabria y el gobierno autónomo.

La fiesta se prepara la víspera. El Sagrado Corazón es engalanado con flores y una túnica blanca. Tres banderas hondean al viento, aseguradas en el mismo pedestal del Santo. Una corresponde a Liébana, otra es la que representa a Cantabria y la tercera es la bandera española. Con los primeros rayos de la mañana un vecino sube hasta el San Carlos para quitarle la túnica al Sagrado Corazón. Poco a poco la gente empieza a subir. Unos lo hacen desde las Vegas de Ándara, otros parten del Puerto de Potes, en tanto que un grupo menos numeroso se vale de los tractores que remontan hasta el Hoyu Moru. A partir de estos lugares las pistas se vuelven intransitables. Multitud de vecinos de los valles lebaniegos, recorren a pie las canales de San Carlos y de Juanfría. No importa la edad ni el calzado. Mujeres en alpargatas o varones en playeros. Niños, jóvenes o pastores entrados en años. En la fiesta del año dos mil, había en la cumbre un viejo pastor de setenta y nueve años, lamentándose por ser su última fiesta en el San Carlos. Dicho personaje subió andando toda la canal de san Carlos, y el descenso a su pueblo natal, uno de los del valle, lo hizo a pie, prescindiendo de los todoterrenos.

La gente se empieza a agolpar en la cima del San Carlos. El ruido del helicóptero, mucho más constante que el estruendo de los voladores, delata la llegada de las autoridades. El Gobierno de Cantabria escolta al obispo en la costosa pista minera que sube desde las Vegas de Ándara hasta el Collao San Carlos. Restan unos veinte minutos para coronar lo cimero del San Carlos, donde se oficiará la misa. Apenas treinta minutos y se da por finalizada la fiesta. La gente se empieza a retirar, iniciando el descenso hacia sus casas.

Si aún no se tienen motivos suficientes para interesarse por esta ruta, baste simplemente con decir que se trata de un circuito por la vertiente lebaniega de los Picos de Europa. Y como reza el título de un libro de García de Enterría, Liébana es una "tierra para volver".

 

 

Descripción:

Accesos

A cinco kilómetros de Potes, por la carretera del teleférico de Fuente Dé (la que discurre paralela al curso del río Deva), se encuentra el desvío hacia los pueblos de San Pelayo y de Lon. Junto al cruce, al otro lado del río Deva, se ha instalado un camping con piscina. La carretera sigue hasta una casa. El ramal de la izquierda entra al pueblo de San Pelayo, a escasos metros del cruce. La carretera de montaña que sube a Lon es la de la derecha, apenas unos kilómetros más arriba.

Lon - La Picota - Andalubia (1 hora)

Se sigue la carretera que entra en Lon hasta el final, junto al puente que cruza el río Burón y que da paso a la iglesia del pueblo. Se sube por el hormigonado ramal que precede al puente, siguiendo el cartel indicador de la quesería. Una cuadra, con un poco de patio donde corretean los negros cabritillos, parece ser el reclamo para abrir en los visitantes la gana de comprar queso. Por el ramal principal se llega a una zona abierta del pueblo, donde se gira a la izquierda. Un bebedero, con un chorro fino y cortante, aprovecha un hueco del cuidado muro de contención de los prados y huertos de esta parte del pueblo.

A continuación se encuentra la entrada a la Posada Las Espedillas. Se continúa de frente hasta un nuevo cruce. Se deja la pista que sale por la izquierda de la cuadra que se asienta en esta encrucijada. Ésta se dirige al río Burón (o río de Lon) e inicia un largo ascenso por su margen izquierda (sentido ascendente de la marcha) para unirse, en las inmediaciones del Prau la Mayor, con la pista que sube de Brez. Es la vía de acceso hacia la Canal de Las Arredondas.

Entre la última cuadra del pueblo y una gran nave, sigue un ramal de asfalto deteriorado, atravesando entre las huertas y fincas de Lon. Una nueva encrucijada de caminos se configura en torno a una cabaña. Obviando el ramal de la derecha (que entra a un barrio de Lon), se toma la pista que remonta frente a la casa más alta del pueblo.

Nada más salir de Lon ya se encuentra el primer cruce de pistas. Se elige la que sigue de frente, afrontando un duro repecho lineal que delimita los prados del monte. En esta tremenda cuesta, donde el piso de la pista disimula la ancha y terrosa -en ocasiones embarrada- configuración que adquiere más arriba, se disfruta del fruto de una solitaria cerezal de gran porte.

La pista por la que se gana altura se ha abierto en la ladera Oeste del valle de Lon. La extensa mancha boscosa que cubre las lomas que cierran el valle, presenta grandes claros, debidos a la acción humana. Parte de la superficie forestal ha sido talada (en tiempos remotos), con el fin de obtener pastos para el ganado. Se transita por un ecosistema en que alternan las vastas praderías con la riqueza de los bosques lebaniegos. La estrecha franja de transición entre el fondo del valle y la línea de la peña, favorece la existencia de praderías en la misma falda del puerto, sin que quepa lugar para disfrutar de un recorrido íntegramente forestal.

La alta montaña que se recorta en el límpido cielo cantábrico, presenta dos conjuntos montañosos claramente definidos. Uno domina las llombas que delimitan el valle por el Oeste. La suavidad de relieves no es tan acusada como la que se disfruta en la vertiente por la que se transita. A muy baja altura irrumpe una primera barrera de peña. Precede a las primeras cuestas, que culminan en Los Cabezos. Al Norte de esta prominencia se forma una vasta collada, Las Vegas. La canal que desciende hacia la cabecera del valle de Lon, está cubierta en su mayor parte por el Monte La Mayor. En la parte inferior de esta mancha boscosa se encuentra el Prau La Mayor, una de las praderías más ricas del entorno, plana como la palma de la mano y de una extensión considerable.

Más al Norte de Las Vegas se alza la Cuesta Parvolín. Por la vertiente Este de la peña que la domina, corta el sendero de Cortinas, que se dirige a Entrambospandos, entre las canales de Ontuje de Lon (vertiente Este del cordal) y de Tanarrio (vertiente Oeste, que confluye en la Campa con la Canal de Lechugales). La rectilínea canal de Ontuje marca el límite Sur de uno de los dos conjuntos montañosos a que se ha hecho referencia en el párrafo anterior. La canal viene delimitada por su derecha por una muralla de impracticables paredes. Sobre ellas pende la panda de La Tabla, oculta desde nuestra posición, pues cae por la vertiente de Tanarrio. Esta cuesta, a la que se entra desde la collada cimera de la Canal de Ontuje de Tanarrio, está presidida por el Mermeju la Tabla, primera cima que se eleva por encima de los dos mil metros. A su derecha se yergue una estilizada aguja, por cuya base atraviesa el paso de la Celaína Roque. Aunque no estoy seguro, parece que esta aguja no se erige en el punto más alto, sino que oculta la cima de la Tabla del Pino, entre las Horcadas del mismo nombre.

Esta marcada aguja separa las canales del Argumosu (entre ésta y el Mermeju la Tabla) y la de Las Grajas. A la Canal del Argumosu se puede acceder desde La Tabla, a través de una serie de traviesas de cabras que se extienden bajo la pared del Mermeju la Tabla. La horcada de salida de la canal no tiene buen paso hacia la Canal de Lechugales, sino que es necesario trepar unos metros por un canalón que remonta a su derecha, a fin de alcanzar la Horcada del Pino Bajera. Tampoco es que el paso hacia Lechugales sea franco, pero el destrepe del canalón que se descuelga por la vertiente opuesta es sencillo. Por el contrario, la Canal de Las Grajas entra prácticamente en llano a los hoyos que caracterizan la parte final de la Canal de Lechugales, a través de la Horcada del Pino Cimero.

Por la derecha de esta horcada, irrumpe un complejo entramado de crestas, horcadas y peñas. Un mundo plenamente cárstico que culmina en Silla Caballo. Integrado por dos cumbres, Cimero y Bajero, su hermosa silueta asemeja una silla de montar. Sus paredes adquieren una tonalidad anaranjada que las resalta, más aún si cabe, del resto de peñas que las rodean.

El segundo de los conjuntos montañosos que va acompañando nuestro caminar durante el ascenso por los bosques lebaniegos, se eleva sobre las suaves lomas que separan los valles de Lon y de Argüébanes. Dos guardianes vigilan la entrada al puerto. Ambos gendarmes, integrados por un entramado heterogéneo de peñascos pardos, cierran -uno por caca lado- un estrecho canalón que se descuelga del Puerto de Edes. La única diferencia que permite distinguirlos, radica en una mancha caliza que se intercala entre las pardas rocas del Pandillu, la peña más occidental.

Por el embudo herboso que se descuelga entre las peñas del Pandillu (izquierda) y Mañimoco (derecha), se adentra el antiguo trazado del camino carretero que subía a las Minas de Viaje. Los continuos tornos, más o menos amplios, que ha de acometer el camino para acomodarse a los estrechos límites del canalón, le han conferido el sobrenombre de los Tornos de Edes. Sin embargo, la degradada pista minera, no entra directa al embudo inferior de los Puertos de Edes, que se precipita vertiginosamente sobre la falda del Pandillu; sino que gana altura por las laderas de su derecha, entrando en el canalón a media altura, gracias a una larga travesía sobre el Hoyu Moru.

Esta angostura se abre en la parte superior en forma de abanico. Se asienta sobre una alineación horizontal de peñas calizas, que se extienden desde El Pandillu en dirección a Mañimoco, aunque las homogéneas laderas ganan la partida a los afloramientos calizos a medida que se acercan a la vertiente de Mañimoco. Presidiendo el vasto puerto, irrumpe un conglomerado de desiguales torres, que delimitan la Canal de Juanfría por el Sur. Al Norte de esta canal, oculta desde nuestra posición por las torres que cierran el Puerto de Edes, en el punto somital de una muralla caliza de ingentes proporciones, se ha erigido la figura del Sagrado Corazón. La cima del San Carlos no es fácilmente identificable, pues del farallón rocoso en que se asienta tan sólo destaca una torre que se desgaja a su izquierda. Señalar únicamente que esta cima se encuentra en la vertical de la Horcada de Juanfría. Sobre las abismales caídas y argayos se asienta, algo más perfilada, la cumbre de los Llambriales Amarillos (la Junciana o Pico del Diablo), a la izquierda del conjunto que ahora se describe.

Con una somera idea de la configuración de este sector del Macizo Oriental, retomo la descripción de la ruta donde la dejé, a la sombra de una magnífica cerezal. Finalizado el directísimo repecho que acomete la pista a la salida del pueblo, se entra en un terreno más protegido por el bosque. Se deja la pista que arranca a mano derecha, continuando de frente. La misma operación se repite en un ramal secundario que se encuentra más arriba. La dura subida se ve compensada por la fresca brisa de la mañana y la sombra del intermitente bosque de robles (predominantemente).

Un falso llano permite un ligero respiro. El agua, que ha causado estragos en la pista de subida, ha hecho lo propio en el prado contiguo, provocando un corrimiento en su parte inferior. Con un desnivel más suave, el trazado de la amplia pista va desviándose ligeramente a la izquierda, hasta enfocar en línea recta a Silla Caballo Cimero. Momentáneamente se recupera la vista del pueblo, que va quedando bastante empozado en el fondo del valle.

Al fin se alcanza un tramo realmente llano. En la penumbra de un tupido sotobosque, se salva una riega. La agradable temperatura que se genera (durante los meses más calurosos) en el entorno de los cursos de agua, sube repentinamente al retornar a terreno más abierto. La vasta pradería que se extiende por nuestra derecha no tiene más separación respecto de la pista que una vieja y solitaria encina.

La pista retoma el fortísimo desnivel, apenas unos metros. El corto repecho finaliza en un giro a la derecha. Ligeramente más suave, aunque manteniendo un constante desnivel de subida, el trazado de la pista continúa en ligera tendencia a la izquierda. En este punto ha de dejarse su compañía. Se coge un marcado sendero, no muy amplio al verse comprimido por la vegetación, que arranca inmediatamente después de la entrada a un prado. El camino sale de frente, por la boscosa ladera que se extiende por la derecha de la pista.

El camino no tarda en girar a mano derecha, recuperando la vista de la pista que se acaba de dejar. Ésta discurre por la parte inferior de una de las praderías más extensas del valle, la misma que permite disfrutar de una amplia panorámica de las cumbres señeras del Macizo Oriental. Tras este breve episodio se retorna a los dominios del bosque. Un poco definido cruce de caminos puede llamar a confusión. Se sigue en llano por el de la derecha, que inicia una larga travesía bajo la Picota. En este cómodo flanqueo entra un sendero directo por la cuesta que cae hacia el Sur. El bosque de robles alterna ocasionalmente con arbustivos avellanos que se cierran sobre el camino. Algún claro, provocado por una sucesión de llastras, anuncia la cercanía de la calva de La Picota. El camino afronta un giro de ciento ochenta grados y se encamina definitivamente hacia La Picota.

La Picota es un peñasco que sobresale en medio de la mancha forestal. Por el Oeste presenta una caída de unos metros. Más que un cotero de compacta caliza, su configuración se caracteriza por las tendidas llastras, a modo de escamas, entre las que crece el matorral. En este enclave sorprende la presencia de una casa, a la que llega una línea de postes de la luz. Sus paredes blancas contrastan con las rojas flores de los rosales que cubren las verjas laterales. Junto a la vivienda un invernal, en uno de los extremos de una extensa pradería. Bordeándola por el Noreste, entra una pista desde el Collao La Hoz. Esta collada se encuentra en la loma que divide los valles de Lon y de Argüébanes, confluyendo en el mismo pistas procedentes de ambos pueblos. Una artificiosa plantación de pinos facilita la ubicación del collado, sobre todo a medida que se vaya ganando altura y se contemple el valle a vista de pájaro.

El camino continúa de frente, al abrigo del bosque, pero difuminado entre la alfombra de campera que se halla a la entrada de la casa. Se deja ésta a la derecha y se continúa en paralelo al cierre de su pradería. Enseguida el sendero vuelve a marcarse entre los árboles. Por la derecha entra un tomado camino. Escasos metros más adelante se coge una pista. Se sube a mano izquierda hasta un inmediato cruce de pistas, donde se sigue en el sentido opuesto.

Una dura cuesta, característica común de las pistas lebaniegas, lleva a Andalubia. El invernal aprovecha las últimas praderías del valle, en el límite de la línea de bosque. Cuenta con un bebedero donde rellenar las cantimploras (nunca se sale del pueblo con las reservas de agua a cero).

Andalubia - Hoyu Moru - Tornos de Edes - El Pandillu (1 hora)

El invernal de Andalubia se halla por encima de la línea de bosque. Solamente algún ejemplar aislado crece en las tomadas cuestas de matorral que remontan hasta la base de la peña. Al Norte-Noroeste se encuentra la angostura por la que serpentean los Tornos de Edes, separando los pardos conjuntos rocosos del Pandillu y de Mañimoco. Para coger el antiguo camino minero ha de seguirse la pista, que remonta entre la cuesta de matorral. Gana altura en un par de giros. Alcanza las lomas cimeras, ya en el límite del Parque Nacional de los Picos de Europa, entrando en el Hoyu Moru. Esta hondonada se identifica por acoger un muriado prado, en torno al que crece una barrera de avellanos.

La pista sigue el límite del Parque Nacional hasta una bifurcación. El ramal de la derecha, más marcado por ser más reciente, retorna en llano a la protección del bosque, muere -no mucho más allá, junto a un bebedero. Ha de continuarse de frente, en dirección a un bosquete de avellanos. Por encima de la zona arbustiva, se alza una cuesta donde se perciben los giros "calzaos" de los Tornos de Edes. La pista, muy degradada, entra a morir entre la mancha de avellanos. Sin solución de continuidad, apenas separados por un deteriorado murete de piedras, se accede al camino minero que sube a las Minas de Viaje.

Empieza ganando altura por la cuesta que se extiende sobre la mancha de avellanos. Un canto en que aflora alguna aguja o peñasco, impide divisar el embudo por el que arroyan las aguas que se deslizan desde las laderas de pasto de Edes. En continuas revueltas va remontando la cuesta. Al final inicia una larga travesía hacia la izquierda. Entra por unas colladinas donde se recupera la vista de la angostura donde se traza la segunda tanda de revueltas. Desciende suavemente en busca de la riega que se desliza por el canalón.

Los tornos inferiores de la canal son bastante amplios, pues aprovechan una cuesta herbosa que se extiende por la izquierda de la riega (sentido ascendente de la marcha). Siempre en sentido ascendente, retorna a la ladera opuesta del canalón. Las revueltas empiezan a ser más continuas, e incluso han de atravesar unas peñucas que rompen la monotonía de las laderas de pasto. A la altura de unas hayas (que se dejan a la derecha) se asientan nuevos tornos levemente "muriaos" o "calzaos". Sobre una pequeña calva terrosa, discurre el sendero que se desvía a Mañimoco. El camino de los Tornos de Edes inicia una larga travesía hacia la izquierda, por la cabecera del embudo. Cruza bajo unas peñas calizas que afloran en el puerto, delimitando la salida del canalón de la franja de puerto superior. Para evitar los fuertes desniveles ha de trazar nuevos giros cada vez que pierde altura con respecto a la ladera, a fin de alcanzar una collada de verde pasto. Antes de llegar a ésta, en las peñas que cortan el paso a las laderas superiores, se esconde la Cueva el Pandillu, donde se cobijan cabras y ovejas.

El canalón por el que se retuercen los Tornos de Edes se abre en su parte superior, en forma de abanico, dando paso a las inclinadas laderas que configuran el puerto. En el límite Este llama la atención una bella y vasta campera, en forma de collada, resguardada al abrigo de las peñas pardas que presiden el valle de Lon. Este conjunto de peña, campera se integra en el topónimo de Mañimoco. En torno a la collada crecen hermosos ejemplares de haya, desgajados de la más compacta mancha forestal que trepa por la otra vertiente de la peña. Devolando la collada de Mañimoco se coge la Canal de Javiernu, por donde se desciende al valle de Argüébanes.

Los Tornos de Edes se alejan de esta hermosa collada y se dirigen al límite Oeste del puerto, hacia la collada en que nos encontramos. La descripción del entorno coincide con la anterior. Al abrigo de las peñas pardas que se alzan sobre la cabecera del valle de Lon, se esconde una alfombrada campera de verde pasto. En las herbosas laderas y entre las oscuras peñas las hayas reclaman sus dominios. Este rincón se conoce como El Pandillu. Al igual que Mañimoco se encuentra entre los 1.400 y los 1.450 metros. Multitud de veredas del ganado cruzan de una collada a la otra, con el único obstáculo de la sucesión de peñas en que se asientan las laderas de puerto. En las traviesas inferiores, las más próximas al corte que cae sobre la última travesía de los Tornos de Edes, afloran los manantiales que nutren las riegas que se encajonan en el embudo inferior.

El Pandillu - Las Buscas - Canal de Juanfría - Horcada de Juanfría (1 hora 30 minutos)

Devolando la collada del Pandillu existen dos caminos. De frente (Este), en suave descenso, un sendero busca la collada contigua. La mancha forestal que recubre las peñas y laderas circundantes se compone enteramente de las hayas que integran el Monte Valláu. El sendero lo bordea por la derecha, cortando sólo parcialmente uno de sus extremos. Paralelo a la base de una zona de peña, en cuyas paredes se oculta una cueva, entra en un vasto circo donde desaparece. Esta cuenca se cobija al pie de los desplomes de los Llambriales Amarillos. Dos argayos quiebran la uniformidad de sus cóncavas laderas. El río Escandalubia encauza las aguas que se descuelgan desde la Canal de Juanfría. El río Saugu baja directo desde los canalones que irrumpen entre los contrafuertes inferiores de La Junciana. Ambos ríos (cauces secos y pedregosos que encauzan las torrenteras primaverales) forman dos líneas tangentes, que bajan a unirse en el embudo en que se descuelga esta imponente cuenca. Sobre el punto de confluencia se erige un cotero con una colladuca a su lado. En esta verde colladina, se retoma el sendero que inicia el ascenso, a través del Monte Rabadillo, a la Collada Somajía. Esta vasta collada marca el límite Oeste de la cuenca de los ríos antes mencionados. Al otro lado de la collada se encuentra el Prau Linares, en el descenso hasta las Cabañas de Lon (en la base de la Canal de las Arredondas).

El otro de los caminos que se encuentran al devolar la collada del Pandillu, remonta por la ladera Oeste de la Llomba de Edes. Esta loma es la que delimita aquella collada por la derecha. El camino de Las Buscas mantiene un desnivel suave y sostenido, no ha de olvidarse que se trata de un antiguo camino minero. Recorre la parte superior de la cuenca por la que se descuelgan los ríos Escandalubia y Saugu. La altura a la que transita permite distinguir la Collada de Somajía, aunque la vista se irá hacia el bello conjunto de riscos y canales dominados por Silla Caballo Cimero.

El Camino de Las Buscas pierde la referencia de la Llomba de Edes, que muere en la base de los paredones que presiden los puertos de Edes. Se adentra en la falda Oeste de estas paredes. Para no perder la proximidad respecto de la base de la pared, ha de trazar un par de tornos como único medio de garantizar un desnivel asequible que facilite el transporte del mineral. En las paredes que cierran el avance por el Norte se hacen evidentes las huellas de la explotación minera. En plena peña se descubren las bocaminas. Entre la zona de minas y la posición en que nos encontramos se encuentra el río Valláu, que se descuelga por las entrañas de la Canal de Juanfría. No ha de cruzarse su reseco cauce, sino que se coge una vereda de cabras que sube por una herbosa ladera que lo precede. El arranque es bastante pindio, obligando ocasionalmente a apoyar las manos (Iº). Pronto se alcanza la parte superior del argayo (río Valláu). La fuerte pendiente se mantiene. La línea de la riega supone el límite que no se ha de traspasar, pues siempre se asciende por su derecha. Por esta mano se abandona el centro de la Canal de Juanfría, saliendo por una valleja. La dura hierba del inicio de la canal da paso a un tipo de vegetación distinta, propia de los terrenos terrosos constantemente humedecidos; no obstante, se trata de una parte de la canal muy sombría. La tierra que recubre el suelo se desprende con facilidad. Humedecida se pega a la suela de nuestro calzado, haciendo penoso el avance. La canal entra en una zona más abierta. En las peñas que la han venido cerrando por la derecha se descubre una vasta collada. Supone una ventana al valle de Lon. Su pasto de altura es muy apreciado por rebecos, cabras y ovejas. El agua, elemento preciado en la montaña, se asegura durante todo el año merced a un manantial que brota a la altura de la collada, tirándose un poco hacia la canal. Aparte de las veredas que buscan la Fuente de Juanfría, se aprecia fácilmente el agua que arroya ladera abajo.

La cumbre del San Carlos sigue disimulada entre las homogéneas caídas sureñas, aunque ya se intuye su ubicación. Más perfilada se recorta la cima de los Llambriales Amarillos o La Junciana, aposentada en una firme base de verticales desplomes caracterizados por la tonalidad amarillenta / anaranjada a que debe una de sus denominaciones.

Por encima de la fuente, la canal cambia su fisonomía. El manto vegetal cede terreno. Una incómoda pedrera se extiende a lo largo y ancho de la canal. El paso del ganado, de los pastores y de los montañeros ha favorecido el asentamiento de senderos en plena gravera, facilitando la progresión por tan irregular terreno. Encauzados en un evidente embudo, se afrontan el último tramo de la canal, bajo la muralla Sur del San Carlos. De su cima se descuelga una sucesión de agujas descendentes que se precipita sobre la Collada de Juanfría. Este accidente geográfico que marca el punto final de la canal de la que recibe el nombre, sería una auténtica horcada por venir delimitada entre peñas agrestes, aunque por la placidez de las camperas que la recubren, bien merece el calificativo de collada.

La Collada de Juanfría da paso (o mejor, da vista) a la Canal de San Carlos. Esta canal sube desde Trulledes (Puerto de Potes) hasta la Collada de San Carlos (entre el San Carlos y el Samelar). El Samelar es una montaña que se asienta sobre una interminable muralla rocosa que, en tramos, presenta abismos de varios cientos de metros. Sin embargo, su cima no se encuentra en el mismo filo del desplome, como ocurre con la del San Carlos, sino más retirada hacia dentro. La irregular franja rocosa que sustenta la montaña del Samelar se extiende cerrando las laderas del Puerto de Potes, hasta donde alcanza la vista, en la misma vertical del Collao La Llaguna. La cima que se halla sobre esta collada es el Alto de las Verdianas.

Collao Juanfría - Collao San Carlos - San Carlos (Sagrado Corazón) - Llambriales Amarillos (1 hora 30 minutos)

El Collao de Juanfría (1.988 m.) se esconde bajo la misma vertical de la cima del San Carlos. No han faltado atrevidos pastores que treparon por estas verticales caídas sureñas del San Carlos, alcanzando su cima desde la misma collada. Nosotros, simples mortales, nos vemos obligados a afrontar un largo rodeo que tiene en el Collao San Carlos el punto intermedio.

La misma vereda que ha facilitado el ascenso de la Canal de Juanfría, continúa ahora en dirección al Collao San Carlos. El paso, asentado en un movedizo suelo de gravera, mantiene la altura. Evita los contrafuertes inferiores de la muralla del San Carlos, de ahí que se encuentren en la travesía los bloques desgajados por la acción combinada del agua y el frío. No presenta un trazado llano, sino algo rompepiernas, perdiendo algo de altura en algunos tramos. No ha de olvidarse que la senda se debe principalmente al paso de cabras y ovejas. El atrevimiento de estos animales hace que haya que desconfiar de las veredas superiores que, evitando perder algo de altura, entran en llano por la parte inferior de los contrafuertes de la peña. El atajo puede verse convertido en una travesía en plena llambria, con pasos de adherencia de segundo grado, y con el riesgo de una caída de cinco / diez metros.

La travesía se efectúa sobre las interminables laderas que caen sobre el Puerto de Potes, donde es frecuente ver grandes rebaños de ovejas pastando. Cerrando por arriba este flanqueo, se encuentra el vertical farallón rocoso del San Carlos. A medida que la senda se aproxima al Collao homónimo, cede la bravura de la muralla pétrea. El acceso directo a la Collada de San Carlos está cortado por un llambrial que cierra la cabecera de la Canal del mismo nombre, donde quedan restos de las antiguas bocaminas. Para evitar este obstáculo ha de empezar a ganarse altura en dirección a una canaluca que se tira hacia el sector norteño de las caídas de la cresta del San Carlos. La salida de la canaluca presenta viras difusas del ganado y antiguos corredores que enlazaban las bocaminas. Buscando el terreno más favorable (trepadas de primer grado), pues las alternativas son varias, se sale al inicio de la cresta del San Carlos, más o menos cerca del Collao a que da nombre esta montaña.

El Collao San Carlos se corresponde con la amplia explanada que separa las suaves crestas del Samelar y del Sagrado Corazón. A la misma collada llega una pista minera de gran amplitud. Los continuos argayos la han vuelto intransitable para vehículos de cuatro ruedas. El acceso de todoterrenos (prohibido en el Plan Rector de Uso Y Gestión cuando son de carácter particular) es frecuente hasta las Vegas de Ándara, incluso alguno sube hasta la Fuente de Odriozola, un poco más arriba. Por la Canal de San Carlos, que muere en la misma collada, también se retorcía un antiguo camino carretero minero, del que no queda sino un mal sendero en la gravera superior. Su trazado se malconserva en la zona inferior, en las proximidades de Trulledes, donde se había levantado un refugio ganadero (en ruinas).

El Sagrado Corazón y el Samelar sustentan sus cimas en una irregular franja de verticales desplomes que se extiende des la Canal de las Arredondas hasta el Puerto Las Brañas, perteneciente a Bejes. Esta interminable muralla natural sólo se interrumpe en el Colla San Carlos. La vertiente Noroeste de estas montañas es la más frecuentada. Suaves laderas, donde se trazan las revueltas de las abandonadas pistas mineras, permiten una cómoda subida con base en el pueblo de Sotres o en la encrucijada de pistas del Hoyo del Tejo. La ladera más uniforme es la del Samelar, pues en la del Sagrado Corazón irrumpen destacadas peñas que delimitan las canalucas en que se esconden algunas de las múltiples bocaminas que agujerearon las entrañas de macizo. En la falda de las montañas se resguarda una alargada hondonada. Un manto de nutritivo pasto de altura, recubre toda la vega. La riqueza de estas hierbas confiere al queso Picón (Tresviso - Bejes), un valor que se acrecienta gracias a su maduración en cuevas sitas a altas cotas. Al Noroeste de las Vegas de Ándara, se yergue solitario el Mancondíu. Esta montaña se interpone entre las dos entradas a la vega. La collada que se adivina a su derecha es el paso más evidente, siendo el menos frecuentado. Por esta collada entra la pista minera que sube de La Hermida / Bejes a través del Monte La Llama. El paso más utilizado por los montañeros es el de la Horcada Tresmancondíu, sita a la izquierda del Mancondíu.

Entre esta esbelta montaña y el Castillo del Grajal, prototípico torreón natural cuyas paredes adquieren una tonalidad anaranjada, se extiende una alargada loma de llambria. Probablemente sea la zona que más ha acusado las labores de extracción del mineral. Un laberinto de pistas se entrecruza uniendo las innumerables bocaminas. Los inevitables desprendimientos de las galerías inferiores, han dejado al descubierto profundas torcas artificiales. En los flancos de esta llomba pétrea se asentaban los antiguos barracones y demás construcciones mineras.

La línea de cumbres que cierra la cabecera de Las Vegas de Ándara son la Rasa del Inagotable, los Llambriales Amarillos y el Sagrado Corazón. A medida que progrese en la descripción de la ruta, se irá adquiriendo una noción más precisa de la ubicación de cada una. Simplemente señalar que la Rasa está unida al Castillo del Grajal por una franja rocosa (por la vertiente de la vega) en la que se asienta una alargada ladera en la que se trazan las revueltas de la pista minera que trepaba hasta el mismo corazón del macizo, al pie de Silla Caballo Bajero.

La subida al San Carlos (2.214 m.) sigue toda la línea de cresta. En su cima permanece, inerte, desde hace más de un siglo la figura (que no la estatua, sustituida por la antigua en 1.995) del Sagrado Corazón. Su silueta preside los cielos de Liébana. Tal es el campo que se abarca desde esta cumbre que, junto al Santo, se ha instalado un vértice geodésico. Un pequeño buzón completa el inventario de la cima.

El ascenso a esta cima es opcional. En el mismo Collao San Carlos se coge un pisado camino. Los vecinos de Bejes se sirvieron de él para subir en moto el día de la Fiesta del Sagrado Corazón en 1.990. Discurre por la ladera Noroeste del San Carlos. Atraviesa a media ladera, manteniendo una subida constante. Muere en una colladinas, al final de la ladera, en la parte inferior de una cuesta herbosa que sube directa a la cumbre. Al otro lado de las colladas, se entra en una nueva ladera de la montaña. Se continúa la travesía, esta vez en sentido descendente, a fin de confluir con la cresta Sudoeste del Sagrado Corazón. Lógicamente, si se opta por coronar su cima, se ha de seguir la cresta en toda su integridad. Cuando hablo de cresta, hago referencia a la línea en que convergen el plano inclinado de la ladera y los abismos verticales que se ciernen sobre los valles de Liébana.

El descenso finaliza en la vasta collada que separa el San Carlos de los Llambriales Amarillos. Hablar de collada es un poco forzado. Su forma la delata, pues se trata del punto más bajo entre dos montañas. La suavidad de sus laderas no la comprimen al extremo de darle la configuración de horcada, al contrario, la depresión es extensa y cubierta de un manto vegetal que se extiende a gran parte de las laderas circundantes. El problema para caracterizarla como collada, radica en que no es punto de paso. Hacia la derecha se emboca toda la vaguada que cae hacia las Vegas de Ándara. Pero si se sube desde esta vertiente no se encuentra paso hacia los valles lebaniegos. Antes al contrario, la collada se asienta en los canalones que se precipitan sobre la cuenca del río Sabugo.

La montaña que se eleva al otro lado de la collada es La Junciana (2.267 m.). Una franja inclinada pende sobre una vertiginosa muralla de abismales llambrias. Sobre la ladera se extiende el llambrial de la cima. Para coronarla ha de subirse toda su panda colgante, hacia la base del tumbado llambrial. La opción más sencilla es atacar las llambrias cimeras por su derecha y, a continuación, seguir toda la cresta. Mas puede treparse directamente la barrera de la cumbre, aprovechando algunas grietas o los típicos canalizos. Las alternativas son tantas como permita nuestra imaginación.

Llambriales Amarillos - Horcada La Rasa - Canal de las Arredondas - Cabañas de Lon (2 horas - 2 horas 30 minutos)

La siguiente cumbre del cordal es La Rasa del Inagotable. Lamentablemente no presenta muy buena cara desde nuestra posición. Como todas las montañas que se van describiendo, La Rasa tiene dos caras: una de suaves relieves y otra de verticales farallones. Nuestra intención es seguir la línea del cordal hasta la Horcada La Rasa, al pie de la pared de la cumbre que le da nombre.

Entre La Junciana y La Rasa se interpone una airosa arista. Para cogerla ha de bajarse por la breve ladera Noroeste de aquella montaña. La arista no es difícil, aunque obliga a acometer alguna trepada. Se recorta a caballo entre la Canal de las Arredondas y la vaguada que desemboca en las Vegas de Ándara. Esta vertiente es menos agreste, permitiendo realizar cualquier flanqueo que evite pasos comprometidos de la arista. Por la vertiente opuesta todo intento de paso se torna inútil. De la cresta se descuelgan inclinadas y pulidas llambrias, surcadas de los clásicos canalizos, que cuelgan a unos cientos de metros sobre la Canal de las Arredondas.

Hago referencia al flanqueo de la cresta, porque para mangarse en la arista ha de treparse por una peña de aspecto terrorífico. Hasta tal punto que los que se acercan por primera vez a esta zona, incluso los que repiten la ruta, pero con una idea vaga del paso por el transcurso del tiempo, se complican la vida evitando la línea de cresta. La trepada es sencilla, y la arista que se extiende más allá es ancha y de gran belleza.

La arista muere en la Horcada La Rasa, en la misma base de la pared que sustenta la cima homónima. En la horcada se coge un camino que bordea esta peña dando vista a la Canal de las Arredondas (vertiente Sudoeste de La Rasa). El sendero, prácticamente en llano enlaza con una pista minera. Se trata del trazado que viene remontando por los Grajales. Del Castillo del Grajal ya se ha dado un ligero apunte. El Grajal de Abajo es la peña que cierra por la derecha la cresta a que se dirige la pista. Entre La Rasa y el Grajal de Abajo se abre el amplio Collao del Mojón. La pista minera a la que ahora se accede viene del Casetón de Ándara (no voy a hacer mención a los miles de bifurcaciones que se desgajan de este tronco). Sube por la llomba pétrea que domina el Castillo del Grajal. Bordea este torreón y alcanza la alargada ladera que desciende de La Rasa, donde traza varias revueltas. Una vez que ha ganado bastante altura se desvía de la línea de cumbre hacia el Collao del Mojón. Devolando la collada inicia un descenso sobre la cabecera de la Canal de las Arredondas (punto en el que nos encontramos) y se encarama a una larga cresta que separa el circo cimero de esta canal del valle que cobija el Lago del Valdominguero y el Pozo de Ándara. Entraba en el Hoyo del Evangelista tras atravesar unas camperas de pasto alpino que se extienden por la ladera Este del Grajal de Arriba.

Se abandona la pista en el momento en que se encamina hacia la cresta que se extiende entre los Grajales (de arriba y de abajo), en cuyas paredes se aprecian los restos de antiguas bocaminas. Se desciende a la cabecera de la Canal de las Arredondas. Entre las piedras y bloques que recubren esta hondonada cimera, se esconden restos de las primitivas construcciones mineras. La Canal desciende hacia el Sudeste. Por su amplia abertura, muy abajo en el valle, el oscuro verde de los bosques lebaniegos se destaca en contraste con las riquezas minerales de las cumbres somitales del macizo.

La canal no presenta ninguna complicación digna de reseñarse. No ha de olvidarse que hasta estas minas llegaba una pista minera, abierta para el transporte del mineral. En la parte alta de la canal apenas si se conservan vestigios de su primitivo trazado. Se desciende por la derecha de la canal. Jitos y frecuentadas sendas se encuentran fácilmente. Por la derecha baja el interrumpido canalón que se descuelga del Hoyo del Evangelista, al pie de Silla Caballo Bajero. Según se pierde altura los senderos se vuelven más continuos. En pocos minutos se habrá enlazado con el tramo mejor conservado de la primigenia pista de transito minero.

Dotada de un ancho considerable, su trazado alterna los tornos o revueltas con tramos muriaos. Pero esta obra de ingeniería tampoco ha podido aguantar los avatares del tiempo. La parte inferior de la canal se estrecha. Su cauce se halla tomado por una estirada gravera, fruto de los aludes y argayos que se descuelgan de los canalones superiores. Esta acción corrosiva de la naturaleza, unida al abandono de la pista, han contribuido a que este tramo final haya desaparecido casi completamente. No obstante, la bajada es evidente; bien por el centro de la gravera o por su derecha. La senda que baja por este lado se desvía hacia las Cabañas de Lon (a través de las herbosas laderas que cierran la gravera más a la derecha); aunque otra vereda sigue por la línea de gravera.

La pedrera finaliza en una encrucijada de caminos (las Cabañas de Lon).

Cabañas de Lon - Las Allemas - La Picota - Lon (1 hora 30 minutos)

En las últimas estribaciones de la gravera inferior de las Arredondas, una "solitaria" roca se erige en jito indicador de una encrucijada de caminos. A su derecha se extiende una bella explanada de largas hierbas. Esta meseta se asienta sobre los riscos que comprimen un angosto cañón por el que se precipitan los turbulentos argayos que se encauzan en el atormentado valle que precede a la Canal de Ontuje de Lon. En esta llanada de abundante pasto, quieren apreciarse antiguos vestigios de construcciones ganaderas. Este enclave es conocido como las Cabañas de Lon. Por la explanada viene el camino que baja desde Ontuje de Lon, amplia y empinada canal herbosa que remonta más allá de un caótico valle recubierto de las pedreras que arrastran los argayos, torrentes y aludes de las pindias laderas superiores. A este camino se une, al otro lado del espolón que cobija parte de las ruinas de las Cabañas de Lon (bajo el que se entra en el valle que encauza las diversas torrenteras), la vereda que baja desde Los Truéganos, en las laderas inferiores de la Canal de Las Grajas.

El camino que se recibe por la izquierda ha sido descrito someramente en su momento. Comunica las Cabañas de Lon con los Puertos de Edes. Aparte de la senda que se trae, la que baja por toda la Canal de Las Arredondas, sólo me resta referirme al cuarto sendero de la encrucijada, el que desciende hacia el valle de Lon. Es el camino que ha de seguirse. Mientras corta los últimos vestigios de la gravera inferior de Las Arredondas, bajo el sendero que sube a la Colllada de Somajía, disimula su verdadero ancho de camino carretero minero. Por las inclinadas laderas de la margen izquierda de la pequeña vaguada a que ha quedado reducida la Canal de Las Arredondas, recupera un trazado originario, pero no su verdadero ancho, reducido por la incontenible vegetación. La vaguada que se va dejando a la derecha, pronto se precipita sobre un angosto canalón. Su cauce discurre profundo, al final de las pendientes laderas que se van atravesando. El camino traza sus primeros tornos. La visión del encajonado cañón es completa. Toda esta zona se denomina Las Allemas, de ahí el sobrenombre de la bocamina que queda a la vera del camino (la Mina de Las Allemas). En la larga travesía descendente que se alarga más allá del rincón en que se esconde la bocamina, se encuentra la Fuente de Las Allemas, un manantial que cruza sobre el camino.

Antes de afrontar la última curva, que encauza nuestro camino hacia la riega que recorre el fondo del canalón, en la línea de la ladera en que ésta varía su inclinación, deslizándose en fuerte desnivel sobre el río, una piedra emerge entre la vegetación. A su lado pasa la senda que corta la inclinadísima ladera que cierra la margen izquierda del río, y que lleva a un abundante manantial.

Sin recorrer el tramo de camino que baja al río, se continúa por las laderas que se asientan sobre la margen izquierda del río. La senda que se adivina entre la hierba da paso a una abandonada pista que se difumina entre la vegetación. Aprovecha una amplia vira de la ladera, que evita el inclinado plano que cierra la margen izquierda del río. El ramal de pista sin salida por el que se baja, sale a una pista principal. Se tira a mano izquierda, dejando el ramal que baja al río que viene cerrando nuestro descenso por la derecha.

La pista baja a otro río que ha de vadearse. Este curso de agua se constituye con la unión de los ríos Escandalubia y Saugu. Se continúa por la pista, iniciando una larga travesía por la cabecera del valle de Lon. Se retorna a la intermitente mancha forestal. Un sendero entra a un prado. Más adelante sale otra senda por la derecha de la pista. Nosotros seguimos por la pista, girando a la derecha e iniciando un descenso. Tras recibir una nueva senda por la izquierda, sale a la pista principal. Se sigue hacia el Este, por toda la cabecera del valle de Lon, acometiendo un corto repecho. Al finalizar entra un sendero por la izquierda. Aparecen las señales que van marcando los límites del Parque Nacional. El paseo continúa entre robles y avellanos.

La pista entra a una nave, construida en una vasta pradera. Una charca garantiza el agua para el ganado. No hay que entrar en la pradería, sino que se coge un ramal que sigue a mano izquierda, por encima de la bella pradera. Su corto trazado finaliza al llegar a un bebedero. Por encima de éste continúa un camino que va por el límite del Parque Nacional. Un menos cuidado bebedero se encuentra al lado de nuestro sendero. Siempre al abrigo de un bosque más o menos frondoso, y disfrutando de un paseo en llano, se sale a una pista. Se cruza ésta manteniendo la dirección que se traía.

En mitad de una hermosa llanada, al abrigo de los árboles, se aprecia una leve bifurcación en forma de "Y". La rama de la izquierda se dirige a una pista; la de la derecha, sigue hasta que un sendero la corta. Este sendero viene de la pista a que llega aquella vereda. A su vez presenta un perdido ramal que se desgaja del mismo. Siguiendo este sendero (hacia la derecha), que corta el que se venía recorriendo, se llega a La Picota; pues pista y sendero son rincones que se han de reconocer de la ruta de subida.

El tramo de descenso se afronta por el camino de La Picota, que se coge entre la casa y el cotero pelado que se abre en mitad del bosque.

 

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