ALLENDE (LEBEÑA) - DESFILADERO DEL RÍO ROBEJO - CABAÑES - CUEDÁVANES - CIRUENZO MENOR (ida)

 

Punto de partida: Allende (Lebeña).

Duración: 2 horas 45 minutos. El descenso podrá hacerse en menos de dos horas si se opta por un itinerario más directo, del que se dará un ligero apunte.

Desnivel: 900 metros.

Dificultad: Ruta de gran sencillez y espectacularidad especialmente recomendada para principiantes. Esta vía de subida por la vertiente Sur del Ciruenzu Menor se desarrolla en un ambiente de peña, canales, cuevas y parés, cuya aparente complejidad no se corresponde con la facilidad del ascenso. Caminos antaño muy frecuentados por los pastores y sus rebaños facilitan el seguimiento del itinerario más sencillo de los que recorren esta vertiente de la peña.

Características: Precediendo al Valle de Liébana, aún en las entrañas del Desfiladero de La Hermida, se forma un amplio valle de verdes praderas y recogidas cuestas donde se asienta el pueblo de Lebeña. Resguardado al abrigo de la Peña Ventosa, goza de un microclima que favorece el desarrollo de especies vegetales más propias del área mediterránea. Es el reino de la encina y del alcornoque. Alterna con especies de ribera como los álamos, que se extienden a lo largo del curso del río Deva. Entre los viñedos regados con sus caudalosas aguas se encuentra la iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña.

Más chico es el pueblo de Allende. Sus soleadas laderas están presididas por el Cueto Agero, que en nada desmerece respecto de la Peña Ventosa. No tiene una iglesia del valor monumental de la Santa María, pero cuenta con la bella ermita de Santa Eulalia. El desfiladero a que se accede desde este barrio no posee la grandeza del de la Hermida, pero sí la hermosura y placidez de una ruta que se remonta a las peregrinaciones jacobeas.

Al otro lado del desfiladero del río Robejo, se abre el pueblo de Cabañes. Enclavado en las laderas sureñas del sector más oriental del Macizo de Ándara, goza del cuidado entorno de los pueblos lebaniegos.

La cumbre del Ciruenzo Menor no ha sido agraciada con las vistas más reseñables del entorno, sobre todo por hallarse a la sombra de su hermano mayor. No obstante, la sola silueta de la Peña Ventosa, cerrando con sus afiladas crestas el valle de Liébana, es motivo suficiente para justificar el esfuerzo.

El argumento que me ha decidido a optar por esta cumbre radica en la vía de subida. Un agradecido recorrido por la peña que se alza sobre el pueblo de Cabañes que encierra más de una sorpresa. A destacar la cueva de Cuedávanes, que es más que un simple punto de referencia para dar con el camino de subida.

 

 

Descripción:

Accesos

Precediendo el último estrechamiento que presenta el Desfiladero de La Hermida (sentido Panes - Potes), de la carretera que lo recorre se desgajan dos ramales secundarios. El primero se encuentra a la salida de una curva a mano derecha, junto a unas casas nominadas con el cartel indicador de Lebeña. Esta carretera de montaña, relativamente reciente, sustituye a un ramal más antiguo que ha quedado impracticable. Su trazado apenas llega al kilómetro de longitud. Muere a las puertas del barrio de Allende.

Pasado este cruce, un puente devuelve la carretera principal a la margen izquierda (sentido ascendente de la marcha) del río Deva. Evita así la quebrada horadada por el río Robejo en la confluencia con el río del que es afluente. A la salida del puente se abre el segundo ramal. Da acceso a la iglesia mozárabe de Santa María de Lebeña y al núcleo de población homónimo.

Siguiendo la carretera nacional no se tarda en salir al Valle de Liébana.

Allende - Desfiladero del Río Robejo (1 hora 15 minutos)

El pequeño pueblo de Allende, perteneciente a Lebeña, se asienta en la falda del Cueto Agero. Este imponente espolón calizo viene delimitado, a su izquierda, por la canal del mismo nombre. Por sus entrañas serpentea un camino bastante amplio. Cueto y canal se integran en un ingente conjunto de vertiginosos desplomes donde anidan los buitres. Esta barrera natural frena la entrada de los frentes que barren el Norte de España, dotando a las soleadas laderas sureñas de un microclima de corte mediterráneo. Por encima de las praderías del pueblo se extiende una gruesa y alargada mancha forestal que alcanza la misma base de la muralla caliza. La encina es la especie más representativa del entorno; no obstante, los jamones lebaniegos llegaron a gozar de gran renombre. Entre las encinas no es difícil descubrir la presencia de algún que otro madroño.

La carretera secundaria que sube a este barrio muere en una explanada que lo precede. Hacia el Oeste-Sudoeste se encuentra el desfiladero del río Robejo. A través de la abertura que lo configura se alcanza a ver la Peñuca de Colio, pequeño peñasco que se incardina entre los pueblos de Colio, Pendes y Cabañes.

Al final del aparcamiento se coge el ramal hormigonado que sube a la derecha. Un poste indicador marca la dirección a seguir. Ha de reseñarse que por las entrañas del desfiladero del río Robejo, discurre una ruta de senderismo. Lo que en su día fue camino jacobeo, hoy es un SPR (sendero de pequeño recorrido) que sube al monasterio de Santo Toribio de Liébana, donde se conserva uno de los mayores trozos de la cruz donde fue crucificado Jesucristo. Gracias al auge de la red de senderos señalizados, se ha recuperado un trayecto de gran belleza. Los presupuestos destinados a fomentar e incrementar esta red, han sido empleados en la limpieza y apertura de un camino que se hallaba en un absoluto estado de abandono, hasta el punto de devenir intransitable. Además ha de reseñarse el gusto con que se ha procedido a la señalización, quizás favorecido por el hecho de la sencillez del recorrido. Apenas se encontrarán tres o cuatro marcas de pintura en toda la ruta, en tanto que los postes indicativos sólo se han empleado en plenos núcleos urbanos o en sus alrededores.

El senderismo, caminar por senderos señalizados, se está imponiendo en toda Europa. De este auge nos beneficiamos todos. De un lado los propios senderistas, quienes ven ampliada la red de senderos por los que desarrollar su actividad. En segundo lugar nos beneficiamos los montañeros, pues muchos de los caminos recuperados para el senderismo, no son sino los utilizados por aquel colectivo para aproximarse a la montaña. En último término se ven favorecidos los propios vecinos, quienes ven cómo se recuperan caminos que la despoblación de los pueblos había llevado al abandono. Esta importante labor de mantenimiento de antiguos caminos, para la que se destinan importantes presupuestos, ha permitido que hoy se pueda volver a conocer una ruta que ya data del medievo.

Todas estas ventajas de la proliferación de senderos de pequeño o gran recorrido, se convierte en perjudicial cuando se excede de su ámbito y se adentra en el territorio de la media y alta montaña, para la que los senderistas no están preparados. Se trata de un terreno complejo, caracterizado por los fuertes desniveles y la dureza de las condiciones climáticas, que requiere unos conocimientos mínimos que se corresponden con las nociones elementales de la práctica del montañismo. El cambio de actividad ha de implicar un cambio de mentalidad, pues el montañero rehúye la señalización en la montaña, dado que altera una de las facetas troncales de su activadad: la orientación.

Precisamente por contar con extremas condiciones climáticas, se reducen los ciclos de la vida. La reproducción de especies vegetales y animales debe consolidarse en apenas unos meses, antes del advenimiento de la otoñada. Sólo las especies más adaptadas pueden sobrevivir en estas condiciones. La alteración de su hábitat, favoreciendo la masificación de lugares recónditos, ocasiona graves trastornos. De otro lado, la escasa vegetación, tarda muchos años en curar unas heridas que, en la zona de valle pronto se disimulan gracias al empuje de unos suelos fértiles que favorecen la proliferación de especies vegetales.

El corto repecho por la pista hormigonada que se coge al final del aparcamiento, se da por finalizado en una segunda bifurcación. En la intersección se conserva una vieja casa. Su pequeño corredor está protegido por una malla que empieza a dar síntomas de deterioro. Una escalera de piedra de unos pocos peldaños se oculta en un lateral. Se deja la pista que sube hacia un grupo de casa desgajadas del núcleo principal. Un breve descenso y se entra en un largo tramo recto y asfaltado, que discurre por encima de las ruinosas construcciones. Este ramal se estrecha y sale a una plazuela a la sombra de un nogal.

Se abandona el pueblo en dirección a una nave. Una parte de la construcción es bastante reciente, contrastando con el edificio contiguo, ha que ha sido adosada, que en su tiempo debió ser uno más de los tradicionales invernales que se encuentran por el entorno. Cuenta además este conjunto con un silo, oculto en la parte posterior.

El camino pasa junto a un bebedero. Su piso aún hormigonado llega a la Ermita de Santa Eulalia. La explanada que la precede se transforma ocasionalmente en una provisional bolera. El marco en que se encuadra es de gran hermosura. Las casas de Allende se rodean de una tonalidad de verdes en que alternan las praderías y los vestigios del primitivo bosque que dominaba el valle. Presidiendo tan bucólico paraíso irrumpen los torreones calizos del Agero, un mundo vertical que preside esta abertura del Desfiladero de La Hermida.

El camino apenas mantiene la dirección unos metros más. A la entrada de una de las praderías, con un cierre poco acorde con la belleza del lugar, que parece marcar el fin de una época en que se trabajaba hasta el último detalle, convirtiendo el entorno de los pueblos en bellos mosaicos delimitados por cuidadas murias y cerrados por elaboradas portillas de madera; como decía, a la entrada de una de las praderías, el sendero gira a la derecha, embocando el desfiladero del río Robejo.

El tramo que ahora se inicia estuvo perdido hace un par de años, hasta el punto de tener que seguirse una vereda que se internaba en los prados circundantes. Gracias a la labor de unos trabajadores contratados para la conservación de la red de senderos lebaniegos, en la actualidad se ha recuperado el trazado del camino jacobeo. De éste no queda sino una estrecha vereda que se adentra entre las últimas praderías del pueblo. Algún argayo obliga a extremar las precauciones, pues ha dejado a la vista una pequeña caída.

Al llegar a una peña, el camino recupera, momentáneamente, su ancho. La compacta llambria que lo recubre ha impedido el desarrollo de la vegetación que lo ha venido degradando paulatinamente. Por un piso empedrado se inicia el descenso al fondo del desfiladero. La tierra pronto se va imponiendo al típico empedrado de los caminos antiguos, convirtiendo el enconchado en un piso terroso y mullido, cubierto de las escasas hojas que se desprenden de las encinas que recubren las laderas del desfiladero.

Un tramo recto y llano, metido de lleno en una auténtica selva, precede al Puente Robejo. El sendero pasa a la margen izquierda del río (sentido ascendente de la marcha). Entre las encinas empiezan a aparecer especies de ribera. Destacan los altos y esbeltos álamos. Por su porte y la claridad de sus hojas se destacan entre las prietas encinas.

El sendero comienza a ganar altura, de manera continuada y paulatina. Encerrado en su mayor parte en la espesura del bosque, discurre esporádicamente a la orilla del río Robejo. En alguno de los claros del bosque, sorprende la muralla compacta que se alza sobre las laderas del cañón por las que discurre el sendero. Aguas arriba, un nuevo puente, esta vez de madera, devuelve el camino a la margen derecha del desfiladero (ha de recordarse que las referencias a las márgenes del río se hacen con relación al sentido de la marcha cuando así se menciona expresamente, como en este caso).

Este tramo de la ruta es inédito para el que esto escribe. Ya he dicho en su momento que durante muchos años, el sendero llegó a estar intransitable. Sólo el duro pelaje del jabalí podía abrirse camino entre la tupida vegetación. Con la reconstrucción del Pontón de Arriba y las labores de desbroce, se consiguió recuperar uno de tantos bellos recorridos que la desidia condenó al abandono. El trabajo llevado a cabo fue tan eficaz, que incluso hoy pasa desapercibido el ramal en que había que desviarse del desfiladero. Acometía una empinada canal herbosa, delimitada entre cresta y peñas, que alejaba la ruta de su destino y obligaba a un esfuerzo suplementario, poco acorde con una ruta de senderismo. El final del repecho concluía en las lomas cimeras que delimitan el valle del río Robejo por el Sur. Se trataba de un buen atajo para ir al pueblo de Pendes, pero que alejaba el recorrido de la base de las montañas.

El sendero cruza al pie de un llambrial. Afronta los últimos metros a orillas del río. Comienza a ganar altura por una incómoda pedrera. Es el único punto conflictivo. Una vereda que continúa a la par del río puede producir confusión. Un jito invita a tomar la senda que remonta por la pedrera. Superado este incómodo tramo, no tarda en llegarse a una horcadita. Ésta se abre en una zona de peña, libre de la espesura del bosque. Es en estos rincones, dominados por la caliza, en que el camino recuerda su tradicional fisonomía. Un par de tornos permite alcanzar la horcadita.

Esta línea de cresta marca el paso del desfiladero del río Robejo al valle en que nacen las riegas que le dan vida. Atrás se deja la hermosa abertura poblada de árboles, horadada por este curso de agua y a través de la que se divisa el pueblo de Lebeña. De frente se abre un nuevo valle. Delimitado por la Peñuca de Colio, la Pica Paña y Los Ciruenzos, en él se asienta el pueblo de Cabañes y los barrios de Trescoba y de Penduso. El pueblo de Pendes queda fuera de esta hondonada, devolando las lomas que la cierran por el Sur. La Peñuca de Colio no es más que un promontorio ubicado en al parte cimera de una prominente loma. A su derecha se recorta la Pica Paña. Verticales desplomes se descuelgan por su izquierda, mientras una larga cuesta la configura por la vertiente contraria. Los Ciruenzos son dos, el mayor y el menor. Se alzan sobre el pueblo de Cabañes. La perspectiva que ofrecen desde esta atalaya, está distorsionada por encontrarse demasiado escorada hacia su vertiente oriental.

Traspuesta la horcada por un "camín calzáu" se retorna al dominio de las encinas. El sendero pronto muere en un camino más ancho. Este nuevo trazado se mantuvo bien conservado durante los años de ostracismo de la ruta jacobea, pues da servicio a una de las praderías más recónditas del pueblo de Cabañes. Se toma sentido ascendente, en dirección a los Ciruenzos. Un fuerte y erosionado repecho finaliza en un cruce de pistas. El ramal de la izquierda baja a una cabaña. Se encuentra en las praderías inferiores de Cabañes. Ante el esfuerzo que suponía subir las cargas de hierba hasta el pueblo, su antiguo propietario optó por construir este cobertizo para facilitar su labor. En su entorno crecen jugosas cerezales. Para subir al pueblo ha de cogerse el ramal que remonta hacia la derecha. Aunque parece desviarse de la dirección correcta, un pronunciado giro devuelve su trazado a la vaguada por la que se está ganando altura.

Entre los árboles, al Noroeste, se yergue la figura del Ciruenzu Menor. Conviene detenerse unos instantes para fijar la ruta de subida. Su cima se interpone entre la de su hermano mayor (cuetu que se recorta a su izquierda) y un contrafuerte de aquél. Este contrafuerte culmina en unos peñascos escarpados muy característicos. A su izquierda se forma una canal de gravera. Una peña intermedia, con dos carrascos (así llaman en el pueblo a estos árboles perennifolios de hoja verde oscura), separa la uniforme gravera en dos tramos. La vereda de subida busca la base del espolón. Por una horcada que se oculta desde esta posición, entra a la canal de gravera a la altura de esta peña intermedia. Aquí se desdobla en dos sendas. Una cruza por arriba de este promontorio calizo y la otra por debajo. Ambas confluyen en una franja superior de verdes traviesas que se forma en la falda de la peña cimera del Ciruenzo Menor. En la base de la peña, sobre la franja herbosa, se perciben dos oquedades (un "tombu" y una cueva). A su izquierda se coge el "seu", una vira que corta la peña de izquierda a derecha sobre la doble cueva a ganar lo cimero del Ciruenzu.

La pista por la que se sube, que se construyó para dar servicio a la cabañuca de las praderías inferiores del pueblo, llega a una bifurcación. El ramal de la derecha vuelve al pueblo de Allende. Sube hasta una collada para iniciar un largo descenso por la vertiente opuesta. El tendido eléctrico sirve de referencia, pues sigue el trazado de la pista. Obviando el empedrado camino que sube de frente, y un trazado algo difuso que entra en la misma dirección a la par de la riega, se toma la pista que sale a mano izquierda, cruzando sobre este inconstante flujo de agua.

A la sombra de las estribaciones del bosque dobla un peñón. Más arriba se comprime entre el propio terraplén terroso por el que se ha abierto su caja y una muria alta y trabajada, completada con un cierre de alambre que delimita las praderías contiguas. Ya se intuye la presencia de un pueblo que se esconde al final de tan bello pasaje.

 

 

Cabañes - Cirenzu Menor (1 hora 30 minutos)

En el pueblo de Cabañes, como ocurre siempre que un montañero llega a un pueblo, lo normal es perderse entre sus calles. Con un poco de suerte se llegará a la explanada en que muere la carretera que sube de Tama, encima de la iglesia. En llano a la derecha, junto a una caseta de madera que en temporada estival hace de bar, se coge la primera pista que remonta sobre el pueblo (dirección Noreste). Sube directa a un repetidor de retevisión. Su piso hormigonado, incrementa la dureza del fuerte repecho.

Todas las peñas que cierran la cuesta por la que asciende esta pista (Noroeste) son los contrafuertes del Ciruenzo Menor. Por el centro se cuela una canal de gravera que se va destacando a medida que se dejan atrás las casas del pueblo. A ella habrá que entrar cuando se haya ganado bastante altura.

Se sube por toda la pista. Antes de coronar se encuentra un tramo protegido por una barandilla de madera. Es un quitamiedos para aminorar el efecto que produce en los conductores la buena tajada que ha horadado la riega que alimenta el río Robejo. Al otro lado del breve desfiladero sorprende una bella pradería con su invernal. Este hermoso rincón que se enclava en plena collada, aguas vertientes al valle de Cabañes y aguas vertientes a Lebeña, es El Janillo. Detrás irrumpe la figura del Cueto Agero.

Unos metros más arriba la pista alcanza un collado. A su derecha se forma un característico cotero calizo. Su redondeada figura se desploma por la vertiente opuesta, sobre la riega que enriquece las praderías del entorno. Ha de abandonarse la pista. Ésta, con piso de tierra, inicia un suave descenso al otro lado del collado. Al finalizar el descanso se desdobla en dos ramales. Uno sigue de frente hasta El Janillo. Devolando la collada en que se asienta este invernal, acomete una brusca y larga bajada por los Invernales de Pelea, que la llevará hasta el barrio de Allende. La segunda bifurcación sube hasta el Collao de Pelea. Trasponiendo la collada inicia, asimismo, un largo descenso que, por los invernales de Panizales, comunica con el pueblo cántabro de Bejes.

Decía que antes de coronar se deja la pista del Collao Pelea. A mano izquierda se adivinan los restos de otras dos pistas. Una, muy perdida, parece subir en dirección a la peña. En su base se adivinan unas construcciones que aprovechan los desplomes de la pared. La otra, más evidente, sale en llano (con ligera tendencia descendente) hacia el punto en que la cuesta se une a los contrafuertes Sudorientales del Ciruenzo Menor.

Dobla bajo el contrafuerte rocoso y emboca en dirección a un paré de tonalidad anaranjada. Grandes bloques de piedra se interponen en el medio. La salida de este bonito rincón busca una horcada alta que se divisa a la izquierda del paré. Siguiendo la misma caja de la pista, que pronto degenera en camino y, sin solución de continuidad, en vereda de cabras, se accede a una panda herbosa, colgada a la izquierda del paré, que precede a la horcada de referencia.

Devolando la horcada se abre la canal de gravera que ya se divisara desde abajo. Se marcan dos senderos. El primero atraviesa la canal bajo una peña con tres carrascos. En su momento también se había fijado como punto de referencia, pero se hablaba de dos carrascos. Este error numérico se debe a que uno de ellos es tan chico que apenas es perceptible desde la lejanía. Al otro lado de la canal se encarama en el canto que la delimita por el Oeste.

El segundo sendero hace lo propio, pero por encima de la peña caliza que se encuentra a la altura de la horcada. Inicia una travesía ascendente por un incómodo tramo de gravera. Al final del embudo que se descuelga gravera abajo, se contemplan brevemente los tejados de Cabañes. Alcanza un falso colladuco. Para coronar la cresta que configura esta canal, ha de salvar una segunda gravera. No ataca directamente el canto, sino que emboca a un canalón secundario y desgajado de la canal principal, cegado por arriba. Éste presenta un muro de pulida llambria, con franjas negruzcas debidas al agua que arrolla por el exterior, que lo delimita por la izquierda. Del canalón se sale por esta mano, antes de llegar al final del mismo, entre el pulido muro y una llambria más trabajada que se eleva a continuacíón del mismo.

El estrecho sendero entra a la loma y se difumina entre el matorral. No hay mayor pérdida, pues sólo resta remontar toda la llomba en dirección a la peña cimera del Ciruenzo Menor. A medida que se va ganando altura se va descubriendo que esta cresta forma parte de una ladera más amplia. En la descripción de la subida se decía que se trataba de ganar una amplia franja herbosa, que se destacaba en la base de la alargada peña del Ciruenzo Menor. Sin embargo, una vez en plena traviesa, se descubre una distinta configuración del terreno. La ascensión tiene lugar por una ladera triangular que pende sobre el pueblo de Cabañes. Los vértices inferiores están formados por dos peñas que irrumpen en la vertical del pueblo. Entre ambas se forma una hondonada, una vaguada que invita a bajar por ella, pero que cae sobre un escarpado conjunto de viras y llambrias de las que penden carrascos que desafían a la ley de la gravedad.

En el vértice superior de esta triangular ladera se encuentra Cuedávanes. Cuanto más se acerca uno a la peña que cierra la cuesta por arriba, más se va destacando esta peculiar configuración de la vertiente Sur del Ciruenzu Menor; que si bien se aprecia perfectamente en las curvas de nivel de los mapas, pasa desapercibida al que estudia la peña desde abajo.

Los lados del triángulo se van acercando. Pronto empiezan a descubrirse cumbres más renombradas del Macizo Oriental. A la izquierda la Pica Paña. A su derecha la vaguada de La Vega, donde se inicia la cuesta homónima, tras de la cual se encuentra el Pico Acero. Al fondo, entre éstas, sobresale la silueta de las Agudinas. A la derecha del todo se destaca el Collao la Llaguna, entre el Picón (izquierda) y Paré Corvera (derecha). Sobre esta imponente muralla de verticales llambrias, se encuentra la cima del Alto de Las Verdianas, primera cumbre que rebasa los dos mil metros, en el sector más oriental del referido macizo. El superior volumen y altura del Ciruenzo Mayor impide contemplar la línea de cumbres que se extiende más al Norte.

A medida que se acerca el vértice superior de la ladera, empiezan a verse las canales que remontan por la vertiente opuesta a la escogida para nuestro ascenso. Todas confluyen en esta piramidal cuesta que lleva a Cuedávanes. A mano izquierda, empiezan a formarse una serie de traviesas que permiten una salida directa a la Jorcá del Ciruenzu.

En la misma base de la peña, se abre una canaluca herbosa que sube hasta Cuedávanes. La abundancia de ganado que se refugia en esta cueva favorece la existencia de un suelo abonado en que proliferan las ortigas. Junto a la cueva hay un "tombu". Antiguamente se recogían las cabras y ovejas en aquélla. El tombu se destinaba a la pernocta de los pastores. Al amanecer mecían su ganado y ya bajaban con la leche al pueblo.

El montañero escucha embobado estas historias que cuentan los viejos del lugar. Al mismo tiempo escudriña la peña en busca de esta oquedad que le sirve de referencia para dar con el camino correcto. La belleza de la ascensión y el ansia de la cumbre se enriquecen cuando se recorren los vestigios de un modo de vida hoy en declive. La capacidad de sorprenderse no tiene límites. Pisar los lugares en que transcurrieron estas historias de auténtica supervivencia, no sólo da una idea más aproximada a la realidad, sino que ayuda a comprender su significado.

Cuando en el pueblo me señalaban la existencia de la cueva ("una cueva y un tombu", me decían), nunca llegué a imaginarme que la cueva era de verdad. Con el suelo abonado por los excrementos de las cabras, se adentra en las entrañas de la peña. Es estrecha y alargada. La altura de la oquedad permite el paso de una persona erguida. Desde la entrada no alcanza a verse el fondo, pues va girando hasta ocultarse a los rayos directos del sol.

En una falsa horcaduca, en el canto que cierra por la izquierda el "tombu", se coge el "seu". El camino, llano y calzáu, dobla el canto que cierra el tombu por el Oeste. Da paso a una canaluca que remonta directa hacia lo cimero de la peña. El camino se difumina en veredas de cabras. En la parte superior de la canaluca, un estrechamiento ,al pie de unos chicos carrascos que nacen en la peña, cierra el avance. El sendero deja la canal y sale por su derecha. Para evitar una llambria gana unos metros, descendiendo al otro lado de este corto paso. Este rodeo hace dudar que se trate de un "seu" (paso malo para las personas); más bien se trataría de una maeda (paso malo para las vacas). La salida de la canal tiene lugar por una travesía (iniciada en este paso que se acaba de detallar), en la vertical de la cueva.

Tras girar en el canto que cierra la canaluca de subida por la derecha, el camino -que parece trabajado en la roca- regresa a aquélla. Entra a la altura de los jóvenes carrascos, una vez superado el estrechamiento que la oprimía. Más arriba vuelve a abandonarse la línea de la canaluca, esta vez por la izquierda, retomando enseguida el sentido ascendente.

El sendero, muy difuso, vuelve a encauzarse en una tumbada y breve vaguaduca, en dirección a la cresta cimera del Ciruenzu Menor. Sin llegar a ésta, de nuevo se desvía a mano izquierda. Sigue la línea de cresta hasta que ve interrumpido su paso hacia la Jorcá del Ciruenzu. En este momento ataca directamente al punto más elevado del Ciruenzo Menor (1.189 m.). El hecho de encontrar restos del sendero en el entorno de la misma cumbre, lleva a pensar que se trataba de un paso de las cabras desde Cuedávanes a la campera de la Jorcá del Ciruenzo.

De esta cumbre cabe destacar la vista de la Sierra de Cocón, donde se asienta el pueblo de Tresviso, del que sólo se alcanzan a ver algunas construcciones del entorno del núcleo principal del pueblo. La panorámica que se abre hacia el Sur ya ha acompañado al montañero durante toda la subida.

Apéndice

Al Norte del Ciruenzo Menor se forma una gran vaguada. Viene delimitada entre la cresta somital de ésta cumbre y una sucesión de suaves lomas que la cierran por el Norte. Una cuesta de oscuras rocas se interpone entre dos collaos. El superior es el Collao Los Hitos. El inferior, al pie de la vasta cuesta de la sierra del Parijorcao es el Collao Pelea. De esta amplia depresión baja una pista. Pasa junto al invernal de La Pra. Al final del tramo de pista al que se da vista, no lejos de un segundo invernal y su pradería cerrada, se encuentra la nave de Jonfría. Una segunda pista, sin salida y deteriorada desciende por las laderas sureñas que forman esta vaguada (bajo el Collao de Los Hitos).

Del Ciruenzo Menor se baja a la Jorcá del Ciruenzo, que lo separa de su hermano mayor. Precede a la horcada una plana campera de rico pasto. Nada más llegar a ella se gira a la derecha, a fin de coger una valleja que desciende pegada a las caídas norteñas del Ciruenzo Menor. Su fuerte pendiente herbosa favorece el dar alguna que otra culada. No es la bajada más cómoda, pero se trata de reseñar el recorrido más directo al pueblo de Allende.

Se baja el resto de la cuesta hasta el cauce de la riega que forma la vaguada que se ha ido dejando a la izquierda. Siguiendo su curso se enlaza con la pista que sube de Cabañes, cerca del entronque con la que viene de Allende.

Se devola la collada en que se asienta el hermoso invernal del Janillo y se continúa el descenso hacia el pueblo en que se iniciara la ruta.

 

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