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Este relato fue galardonado con el Primer Premio en el II Concurso de Relato Breve del Centro Asociado de la UNED Andrés de Vandelvira. Año 2001.

 

VIERNES

  

Este invierno ya no me hablas de la caldera de la calefacción. Será porque por fin funciona sin que salte el automático o quizá sea porque cada vez te interesan menos las cosas de este mundo. Tampoco me dices casi nunca que se te arruga el corazón y debe de ser porque ya te agachas muy poco. Claro, estamos en invierno y no hay nada que hacer en la huerta. Pero tampoco sales a pasear con mi madre por las tardes. Te pasas el día comiendo y durmiendo. Te levantas a las diez y media o a las once (salvo cuando tienes que ir al médico, en cuyo caso te levantas a las ocho para estar en la consulta media hora antes de que empiece), te pones a desayunar fruta primero, que tiene vitamina C, luego café con leche (¿lo has medido alguna vez? Te tomas más de medio litro) con tostadas o mejor con pan reseco untado de mermelada y de mantequilla , luego algún resto del día anterior si lo hay o si no jamón, eso sí, sin el tocino. Y más tarde sales a la calle y te das un cortísimo paseo y vuelves a entrar a colocarte de espaldas a la chimenea y dormitar de pie al calor de los tizones bamboleándote como un muñeco de base lastrada y esférica, a veces estás a punto de caerte, pero no, antes de perder el equilibrio despiertas y te das cuenta de que aún estás en el mundo, junto a la chimenea, de que también estoy yo sentado en el sofá leyendo un libro incomprensible, un libro inútil, y vuelves a tu pose y se repite varias veces el cuento. Sales de nuevo a la calle, ahora con un plato de restos de comida en la mano y una cuchara en la otra con la cual golpeas rítmicamente la porcelana, a cuyo sabroso sonido acude una docena de gatos que brotan de entre las ruinas de la granja y los ves comer con avidez o con desgana sabiéndote el dueño de sus vidas. Regresas al interior de la casa y te sientas en un pequeño sillón de mimbre junto a la mesa de comer, como si esperaras un plato de bacalao con patatas, que son muy buenas para una de tus enfermedades, puesto que son ricas en potasio, o un plato de verduras, muy indicadas para toda clase de males, o uno de alubias, con mucha fibra y con mucho alimento, cualquier plato es bueno menos el cerdo, aunque el cerdo sin grasa también es bueno. Pero el plato no llega y se te cae la cabeza hacia atrás, te vas del mundo de nuevo y retornas casi inmediatamente porque un ronquido emitido por tu propia garganta te despierta... y se repite varias veces el cuento hasta que por fin llega la hora de comer y tu mujer te coloca un plato humeante frente a tus narices que se alegran ante la presencia del placer del guiso y todo tu cuerpo despierta del medio letargo y te animas y comienzas a hablar de lo rico que está, nunca has comido nada tan rico, se te altera la respiración y emites involuntariamente ruidos guturales que tú ni siquiera percibes, absorto en las sensaciones gustativas y en tu verbo, que va fluyendo a tu cerebro y a tu boca, de tal manera que apenas puedes coordinar la masticación y el discurso. Llegas por fin a un clímax orgásmico compuesto de paladar y de verborrea, durante el cual nos ametrallas de consejos que se extienden desde la prudencia en la conducción de automóviles hasta la astucia en las inversiones en bolsa, desde la conveniencia del deporte moderado hasta la perniciosidad del alcohol y de las drogas, desde la nocividad del tabaco hasta la bonanza de la ducha acompañada de fuertes fricciones con un cepillo de púas duras, y te gustan las mujeres (jóvenes, claro) y tú te duchas todos los días y te das fuertes masajes con esparto o con cerdas rígidas y no fumas ni bebes, das largos paseos, de joven has hecho mucho deporte, demasiado, por eso se te ha alargado el corazón y te fatigas cuando te agachas, tus inversiones te rinden más que a nadie y conduces con prudencia (nunca pasas de sesenta, ni siquiera en las autopistas). Tú también has sido joven, pero no un joven cualquiera. ¿Cuánto dinero tenías cuando te casaste con mamá? Tú tenías una Lube y arrasabas, todas las chicas te querían por marido, incluso te pagaban los solterones de Basques y de los pueblos de alrededor por buscarles mujer, ibas a los mejores restaurantes, cazabas liebres y jabalíes y eras el rey del río. También te reías. Te acuerdas de una vez en que fuiste de caza con el cabo Huertas (¿quién era ése?), matasteis una liebre, pero antes de cogerla llegaron unos de Salinas. "Eh, que ésa la habéis cazao porque nosotros la hemos herido antes". "Bueno, vamos a echarlo a cara y cruz. El que acierte pa él". Tirasteis la moneda, que cayó rodando por un terraplén abajo y uno de los de Salinas salió corriendo tras ella, que por fin se paró en el camino. "¿Qué ha salido?" "¡Mecagoendiós!". "Ja, ja, ja, no hace falta que digas más". Pocas veces te has reído tanto. El salinero era un blasfemo, pero era franco. Pocas veces te has reído tanto. Tú nunca has sido comunista, pero hubo una época en que defendías demasiado al obrero. Más tarde te diste cuenta de que al obrero no se le pueden dar demasiadas alas, nunca está contento con lo que tiene, si les dejas acaban comiéndote a ti... Se termina el orgasmo y eres consciente de que, lleno el estómago, vomitadas las palabras, estás cayendo en un letargo demasiado depresivo como para poder soportarlo en la cocina e irremediablemente nos abandonas y te vas a tu cuarto. Hoy no vas a pasear, hoy te encuentras mal y te vas a echar la siesta. Te fatigas, no sabes si es la gripe o qué, este año la gripe es muy mala.

Me he dado cuenta de que no me has interrumpido en mi relato. Será que lo has contado tú mismo, que me he equivocado de técnica narrativa y hubiera debido hablar en primera persona. O quizá sea que ya no te interesan las cosas de este mundo, es decir, el poder y el sexo, que son los motores de la humanidad. Sólo te quedan el placer de comer, el placer de hablar caóticamente y el placer del sueño. Será quizá que no me escuchas en absoluto y que lo único que te importa es arrojar tu discurso sin siquiera oír a tus interlocutores. ¿Para lo que te van a decir? ¿Para el caso que les vas a hacer? Creo que ni siquiera te has enterado de las razones por las que permanezco en Basques durante tanto tiempo. Pero a mí también me da igual. Esto no es un diálogo, de la misma manera que tampoco lo es la comunicación humana. Estás durmiendo la siesta y yo te estoy hablando sabiendo que no me estás escuchando y que además no leerás nunca este relato. ¿Qué más da? ¿De qué serviría? Quizá estás soñando que te salen bichos blancos de la cabeza, que fluyen también del algodón de la almohada, que penetran en tu cerebro y te lo destruyen como si fueran pulgones devorando los brotes tiernos de una planta. Quizá no sabes si estás soñando o estás pensando, porque tantas horas de cama, tanto aislamiento, te han llevado a confundir el mundo real con el onírico. Pero no te preocupes por eso, eso nos pasa a todos, incluso a los mejores filósofos.

Mi madre hace un crucigrama y yo me meto en el despacho, me instalo delante de mi ordenador portátil y me pongo a escribir sin mucho éxito, más bien esperando que lleguen las nueve de la noche para irme por ahí a tomar unas cervezas, a reírme con mis amigos de aquí, que lo son mucho más que los de Madrid, a pesar de la rudeza del leguaje, de la aspereza de las expresiones. Y tú al fin te levantas de la siesta y me sacas de la medio parálisis de mi imaginación con tu descenso lento y ruidoso por los peldaños de madera, me obligas a volver a centrarme en ti al escuchar tus toses, tus gárgaras, tu orina al caer en el wáter del cuarto de aseo contiguo, la humilde catarata de la cisterna, el chirrido de la puerta de la calle. "¡Mis! ¡Mis! ¡Mis!" Sin salir del despacho, me imagino el desfile gatuno con sus rabos levantados, con la Pinta a la cabeza, que es muy buena, muy cariñosa, una santa. Tal vez les lleves algo de comer, acaso sólo acaricies a los que se dejen. Luego vuelvo a percibir el chirrido, seguido esta vez de un golpe seco de cerradura y sé que has vuelto a entrar, que te diriges a la cocina, que te vas a comer una naranja con mucha vitamina C, que está indicada contra el escorbuto y que previene toda clase de enfermedades, luego continuarás con las nueces, ricas en minerales y en vitamina B, avellanas para entretenerte, un plátano, que tiene potasio, eso no es comer. Se repetirá la historia de la mañana, no voy a contar otra vez lo de la chimenea, lo del sillón de mimbre, lo del ronquido, lo de la espera del plato humeante... Sólo que ahora no estaré yo viéndote ni escuchándote porque yo ceno más tarde (o no ceno), no gozarás de tu orgasmo compuesto de verborrea y gusto, tendrás que conformarte con uno sencillo porque tu mujer no te escucha, ni siquiera te mira y si le das con la palma de la mano en un intento de captar su atención, te va a decir que te calles, que ya se lo has contado mil veces. Hay que ver cómo se vuelven las mujeres con los años.

A las nueve menos cuarto por fin me levanto sin corregir lo que he escrito, apago el ordenador y te encuentro en la cocina sentado aún en tu sillón de mimbre, has acabado de cenar. "No quiero más" – dices. "Este año la gripe es muy mala". "No me encuentro bien". "No sé qué me pasa" – añades. "Bueno, yo me voy" – digo. Y os dejo a ambos silenciosos, con la vista fija en un concurso de la tele.

Siempre he sentido un placer especial en salir los viernes, siempre hay gente con quien hablar, ríos de cerveza, chistes, excesos más o menos tolerados. Como cada noche en que salgo, me autoafirmo: yo sólo bebo cerveza, no pruebo ninguna otra droga, no practico ningún juego de azar. Y la sombra del recuerdo de Madrid atenúa la euforia de la noche prometida.

No me vais a esperar porque sabéis que los viernes vuelvo tarde. Tú te acostarás primero y mamá después, se quedará acabando el crucigrama o viendo otro programa de la tele, en el que se cuenten historias reales de desaparecidos o de asesinados, de raptos o violaciones. Por fin también se irá a dormir dejándome previamente algo preparado por si ceno y lo hará en una habitación diferente de la tuya para no tener que oír tus ronquidos de león viejo, para que no la despiertes a las cuatro de la mañana cuando te levantes a ducharte y cepillarte con las duras púas. Ella rezará por mi hermano muerto, por su otro hijo, al que no ve más que esporádicamente, por mí, para que no me vaya nunca. Yo estaré todavía en el mesón Asturias apurando quizá la quinta o la sexta caña, en plena transición entre la escasez de palabras de los primeros momentos y el énfasis de la noche alcoholizada. Estarán allí probablemente los de la cuadrilla de Hereña cantando jotas (ya a esas horas), también los de la cuadrilla de Subijana, o quizá no, quizá estén en el bar de abajo, prefieren repetir la ronda, de arriba abajo, de abajo arriba, se habrá acabado el partido de la tele (todos los días hay uno) y Rufino repetirá por enésima vez "mecagoendiós" ya sin matices, con una gangosa y grave voz etílica. Luisito dirá: "¿Vamos?" Pero nadie le responderá con palabras, sino que Felipe y Barroco (si es que están en el bar) lo harán con una sonrisa maliciosa. Luego añadirá mirándome a mí: "¡Qué culos!" Y yo no diré nada, me echaré a reír. Nadie querrá llevar el coche. Nos han pillado ya a todos en los controles de alcoholemia (gato escaldado no se quema el hocico) y todos intentaremos averiguar sutilmente si Barroco, que no bebe alcohol, está dispuesto a llevarnos en su Mercedes. Miraremos su indumentaria y si está vestido de domingo sabremos que nos llevará y no diremos nada. Alguien gritará: "¡Ausencio, saca una vuelta!". Y Ausecio, desde el otro lado del mostrador se dispondrá a abrir nuevos botellines de San Miguel o de Keler y a rellenar las jarras de cerveza. Luisito repetirá: "¿Qué? ¿Vamos?" Y Barroco le responderá: "¡Espérate, cojones! ¿Adónde quieres ir, tan pronto? Vamos abajo a tomar otra ronda". Hará frío en la calle, pero no nos dará tiempo de comenzar a tiritar, porque es corto el trecho que separa el mesón Asturias del bar Nuevo. En el camino nos cruzaremos con alguna de las cuadrillas de poteadores, de bebedores de vino, que es más barato y empanza menos que la cerveza, pero que marea más. Manu o Ruth (si no han cerrado todavía) nos pondrán tres o cuatro rondas más, a pesar de las llamadas de atención, de las provocaciones e incluso de las exigencias de Luisito por cruzar el Bayas. Pero es posible que aparezca Rubén o Martínez o cualquier otro y entonces serán dos o tres o más rondas y Luisito mascullará: "A tomar por culo, ya no voy". Pero irá, al final cruzaremos el Bayas en el Mercedes de Barroco, que no bebe alcohol. Echaremos un vistazo en Las Muñecas, una ronda nada más para ver el percal y luego iremos al puticlub de arriba, al Uría, a echar otro vistazo, más que nada por las negras, que tienen unos culos y unos labios que se salen de lo común y al final acabaremos abajo. Con todo, habrán merecido la pena los cuatro kilómetros del trayecto, con un control de alcoholemia negativo e hilarante. "Oiga, que eso no puede ser, que se ha inflao de whisky". "Póngaselo otra vez".

En Las Muñecas hay muchas más mujeres, a veces más de cuarenta. "¡Que culos!" "¡Vaya tetas!" "¡Qué polvos!" "¡No seas bruto, mi amooor, y vamos a entrar un ratito". Allí están todos los solteros de Basques y alrededores y algunos casados, rebelados contra la ancestral castidad impuesta por los curas, que ahora ya sólo se dedican (siempre ocultándose) a mover los hilos de la política y a fornicaciones furtivas. Incluso, en un extremo de la barra, asistido por una rubia sudamericana, se puede ver a Gotxon, exseminarista, exsacerdote que ya no se esconde, y si se halla en un rincón no es para ocultar su lascivia, sino para preservar a su hembra de ataques masculinos, para acapararla para él solo. Enseguida Felipe y Barroco desaparecen sigilosamente tras las cortinas del sexo sin que nos dé tiempo a ver quiénes van a ser sus hurgamanderas. Luisito se separa de mí y al poco rato vuelve acompañado de dos flores de lupanar, una clara y otra oscura (sabe que me gustan las mulatas). "¿Las invitamos a una copita?". "Bueno". "Pero ojo, que esta es la mía, ¿eh?". Las invitamos a una y luego a otra y yo me voy animando. Es por la cerveza, por el olor de su piel, por la redondez de sus nalgas bajo las palmas de mis manos. Decimos tonterías y nos reímos. Las tratamos con cariño y con dinero y ellas nos lo agradecen. "Qué guapo eres, mi amooor". Luisito atraviesa con su morena blanca la roja cortina y yo me quedo con la de los gruesos labios, que ya no quiere más copas, sólo desea entrar. "No es sólo por dinero, mi amooor. Te hago lo que tú quieras". Yo sigo cariñoso, la beso en el cuello, aspiro su aroma sin recato. "¡Qué bien hueles! ¡Cómo me gusta!". Pero no entro a pesar (o quizás a causa) de mi excitación. Me da miedo. Si lo hago, posiblemente me arrepienta porque daré rienda suelta a mis perversidades y beberé el licor prohibido, beberé de la copa prohibida, no se pueden hacer tonterías con las putas. Y le digo: "No voy a ir, mi amor, nunca entro con una chica el primer día, mañana volveré". Ella sigue insistiendo todavía durante unos minutos, mas al fin se va con cara de despechada, haciendo caso omiso de mis sonrisas disculpatorias. "No me importa que te vayas, comprendo que tienes que trabajar". En el instante en que me quedo solo viene a mi mente la imagen de mi malagueña y me revuelco con ella en el lecho de lo innombrable, donde todo está permitido, donde el sexo se convierte en un pozo cuyo único límite viene dado por la imaginación. La malagueña y Madrid. Y el lecho de lo indecible se empaña de húmedas cortinas que huelen a miedo. "¿Quieres otra cerveza?" – pregunta Felipe, que ha vuelto. "Vale". "¿Ya se ha ido la tía o qué?". "Sí. Ahora pillaré a otra". Reaparece Barroco, desaparece Gotxon y por la puerta se perfila la figura de un Rufino más tambaleante que nunca. Disimulamos, nunca se sabe en qué lío nos puede meter. Resuena un "mecagoendiós" apenas articulado. En el centro del antro levanta los brazos y repite su jaculatoria iracundamente. "Rufino está hoy más jodido que nunca. Me parece que le van a dar cuatro hostias". "No, ya le conocen". Y, efectivamente, el gigante de la portería lo saca en volandas, con una sola mano, sin enfado, regañándole como un padre: "Ay, cómo te has puesto hoy, Rufino. Trae las llaves del coche, que vas a dormir un rato." "Mecagoen..." "¡A callar!". Luisito no sale. Invito a otra chica, pero me está invadiendo el sopor de la cerveza, apenas habla español, sólo brasileiro. No nos entendemos y la despido. Se ausenta Barroco nuevamente y por fin me siento en uno de los bancos que rodean las columnas del local. Es tarde, en cuanto salga Luisito habrá que irse de vuelta a Basques. Barroco se despacha en poco tiempo. Felipe calla.

Cuando llego a mi casa, ceno algo de lo que ha dejado preparado mi madre. Subo con sigilo los peldaños de madera. Empiezo a hacer el amor con la malagueña, aunque no está en mi cama, y oigo pasos, veo por la rendija de la puerta la luz del pasillo. La puerta del cuarto de baño. La humilde catarata de la cisterna. La lluvia racheada de la ducha. Mi padre y su cepillo.

Jesús Orruño Pérez de Aguado

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