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PATRIA POTESTAS

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DESPADRE

Sus hijas llegaron de la calle a eso de las ocho y le cambiaron el canal de la televisión sin preguntar nada. Se pusieron a ver el programa que él más odiaba, una especie de concurso en el que los personajes (todos jóvenes) convivían en un piso para mostrar sus excelencias de compañerismo o de saber estar o de caer bien a los televidentes, que, a través de llamadas telefónicas, votarían al más presentable, al mejor adaptado, o sea, al más guay. Le ignoraron y él fumó para vengarse.

- Papá, que no fumes. Aquí no se puede respirar.

- Pues iros a vuestra habitación. Allí también tenéis tele – se atrevió a decir.

- Eso no es democracia. Estamos dos contra uno.

- Ya – y se puso a pensar en los clientes del banco (¡durante tanto tiempo había estado desvelado en asegurar una economía familiar boyante!) - .

- ¡Papá, que apagues el cigarro! - y se perdió por los pasillos del piso que había comprado veinte años atrás para preparar el nido que le exigió su mujer (las hembras de los pájaros también lo exigían a cambio de una breve cópula) - .

Su mujer aún no había vuelto de quién sabe dónde, quizás del peluquero que él pagaba o del masajista, quizás del Club de Campo o de la cafetería La Imperial, en donde modificaba el mundo en compañía de señoras de bien que ni trabajaban ni habían trabajado nunca ni pensaban trabajar. Quizás de ponerle los cuernos, aunque eso no lo creía demasiado, ya que su gusto por los dulces era bastante más fuerte que los tratamientos adelgazantes, lo que le producía una obesidad que, unida a su edad más que granada, la hacía sólo apetecible para algún morboso enfermizo. Seguramente estaría hablando con un volumen de voz demasiado elevado, haciendo afirmaciones peregrinas que serían celebradas por las estúpidas risas gallináceas de sus comparsas.

Aunque el pasillo era corto, se perdió, lo cual no era raro en los últimos tiempos. Intentaba mirar por la única ventana y lanzar la vista a la avenida de abajo por la que circulaban infinidad de coches pilotados por maridos castrados, por hijos-sanguijuela, por esposas indignadas ante tanto maltrato y tanta discriminación de los hombres.

La ventana estaba allí (lo sabía con seguridad: ¡tantas veces se había asomado a ella!) pero a veces no la encontraba, como tampoco las puertas que daban acceso a los dormitorios, a su minúsculo despacho y a los servicios. Parecía como si de pronto el pasillo se convirtiera en un prisma cerrado en el que no quedan ni muebles ni puertas, ni la ventana; sólo un cuadro, con una foto de un paisaje de Sierra Morena, realizada por él mismo en sus tiempos de aficiones, y una Tizona del Cid, aquélla con la que cortó la tarta de su boda. Las paredes dejaban pasar los sonidos procedentes del cuarto de estar. Una de sus hijas blasfemaba porque habían eliminado al chico guay de pelo amarillo cuyas cualidades le parecían excelsas. Su otra hija se reía escandalosamente y él ya no pudo pensar en las cosas del banco, porque en ese momento se dio cuenta de que había vuelto a perderse. No había ventana para mirar ni cuarto de baño para hacer sus necesidades. Por eso (como hacía otras veces últimamente) se sentó junto al río Jándula apoyando su espalda en uno de los enormes sauces de la orilla e introduciendo los pies en el agua reconfortante. Junto al río Jándula siempre era primavera, aunque a la bella estación le faltaran los sonidos de acompañamiento ya que no dejaban de llegar las voces y músicas del televisor y los comentarios de las chicas.

- Así que ya sólo quedan dos concursantes en nuestro programa...

- Me he ligao un tío de puta madre.

- ¿Te lo has follao?

- ...

Jesús Orruño Pérez de Aguado

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