PALABRAS Y PALABROS
Ya no me fiaba nada de las palabras regaladas. Prefería encontrármelas por el camino. Las palabras regaladas solían estar contaminadas de poder o de tiempo. Las palabras eran un bien humano inagotable pero cambiante en razón de quien lo usaba. Había dos clases de palabras : las palabras verdaderas o palabras y las palabras regaladas o palabros (al conjunto de los cuales se llamaba palabrería). Palabras y palabros de amor, palabras y palabros de honor, palabras y palabros de hombre, palabras y palabros de mujer, palabras y palabros de justicia...
Cuando llovía, las palabras se mojaban y después se pudrían. Cuando el calor apretaba, las palabras se resecaban al sol. Cuando hacía frío, se helaban. Y cuando pasaba el tiempo, se erosionaban como los cantos rodados de un río que progresivamente se van convirtiendo en grava hasta llegar al estado de granos de arena, minúsculas piedrecitas sin identidad, sin significado, tictac impertérrito de palabras muertas.
Cuando vi sus ojos verdes y sentí el cálido olor de su cuello, yo ya no tenía palabras vivas, sino un inmenso cementerio, un desierto de arena o de fonemas y lexemas amontonados e inconexos que provenían de disertaciones sobre la igualdad y la justicia, sobre la libertad y la democracia, sobre la caridad y la ética. Deambulaba perdido entre dunas muertas, cuya única señal de vida era el hedor que a veces se percibía en algún recoveco del arenal, señal inequívoca de que las pocas que quedaban se estaban descomponiendo y de que yo también iba a morir con ellas.
Pero vi sus ojos verdes. Sentí el cálido olor de su cuello. Entonces surgió un manantial de vocablos inesperado : millones de formas distintas cargadas de dicha, miles de colores rebosantes de deseo, que fluían en ritmos armoniosos e irrepetibles. Mientras duró el amor, el tiempo no existía. Se detuvo coronándonos de luces diferentes, de palabras plenas que aparecían aquí y allá espontáneas como aves de primavera.
No sé cuánto duró esa pausa. Una tarde volví a darme cuenta de que estaba anocheciendo e intenté, sin éxito, atrapar las palabras y los fulgores que poco a poco, irremediablemente, desaparecían o caían al suelo muertas y sin luz. Ya no podía ver sus ojos verdes ni sentía el olor de su cuello. Recogí las que quedaban y las enterré aleatoriamente (alfabéticamente) en un diccionario por si algún día resucitaban. Volví al desierto : tictac impertérrito de palabras sin vida, llanuras y montañas repletas de vocablos muertos como granos de arena, fonemas y lexemas vacíos, desordenados, inconexos.
Cuando por fin vuelvo al mundo, me doy cuenta de que me han robado el diccionario, de que se han hecho miles de copias de él, que circulan de mano en mano, de boca en boca, percibo que se regalan ejemplares por doquier y que incluso se arrojan por las calles. ¿Estarán vivas las palabras ? Abro por la primera página un ejemplar que encuentro junto a un montón de basura y leo :
DICCIONARIO ILUSTRADO DEL LENGUAJE HUMANO
(RECOPILACIÓN EXHAUSTIVA DE PALABROS).
Eso no decía el diccionario que yo había guardado. Busco algunos de los vocablos más preciados :
- JUSTICIA : virtud que inclina a las gentes a dar a los poderosos lo que anhelan.
- HONOR : cualidad moral que nos lleva al más severo cumplimiento de nuestros deberes respecto de quienes ostentan el poder.........................
Jesús Orruño Pérez de Aguado