MÍNIMO VITAL
Olegario no era especialmente pesetero, como lo son los impotentes o los frígidos o la mayoría de los políticos - pensaba él - , sino que simplemente estaba muy sensibilizado sobre su situación ante el Fisco (nombre propio muy inquisidor) o la Hacienda Pública (nombre eufémico e hipócrita) o la Agencia Tributaria (nombre muy empresarial y de moda, además de ser el oficial). Tenía doce hijos que habían sido concebidos y paridos por diferentes mujeres: tres de ellas sus esposas consecutivas y otra su accidente.
Olegario (don Olegario) era el jefe del departamento (no sé si escribirlo con mayúscula) de Organoléptica Oleícola de la Universidad de Jaén [nombre muy sonoro y muy raro, pero muy bonito y muy apropiado para un departamento de la Facultad de Ciencias Biológicas (aunque como no existía tal Facultad, lo era de la de Ciencias Experimentales, Exactas, Físicas y Metafísicas - algunos intentaron introducir el apelativo de Parafísicas, pero no fue admitido por mayoría del claustro - ), y para una provincia cuyos principales recursos provenían de la producción de aceite].
Olegario, que tenía muy acusado todo tipo de percepción sensorial (lo cual era lógico, dado el puesto que ocupaba), columbraba más allá de sus cinco sentidos y de su sexo, y se veía a sí mismo laureado de sabiduría científica y de intuición, sobre todo cuando levitaba y contemplaba al mundo y a los hombres (a las mujeres también) como un mapa lleno de gusanos (y gusanas) que se arrastraban ahí abajo, más abajo que su cuerpo inerte abandonado momentáneamente por su poderoso senso.
Olegario era sano y fuerte, pero se ponía enfermo todos los meses de mayo (y parte de junio) cuando tenía que realizar la declaración oficial de sus ingresos y calcular la suma que estaba obligado a abonar de su mal pagado bolsillo por el impuesto sobre la renta y el patrimonio de las personas físicas: encima de cornudo apaleao - pensaba. Nunca tuvo que pasar pensión por alimentos a sus desagradecidas esposas (que jamás supieron apreciar sus valores) pero tampoco se negó a sustentar a su nutrida prole: un padre es un padre, ˇdebe serlo!
Olegario era calvo y blasfemo, pero se cuidaba muy bien de hacer alarde de sus bajezas. Por eso llevaba una peluca rubia de pelo de muerto (que parecía viva, teñida de color azafrán a la moda quinceañera) y adaptaba sabiamente su lenguaje a cada situación. Cuando hablaba en público utilizaba una retórica a la vez culta y campechana, lo que le favorecía enormemente, sobre todo teniendo en cuenta que la universidad de Jaén (o su rector) estaba empeñada en extender su poder más allá del campus y necesitaba conferenciantes sabios y fluidos como Olegario, que en poco tiempo se hizo famoso en el ámbito empresarial, no sólo porque sus consejos aumentaron los beneficios de los terratenientes oleícolas, sino porque además, en los inevitables y prodigados ágapes a los que asistía, siempre contaba chistes nuevos y buenos obtenidos de páginas recónditas de Internet, para cuyo hallazgo demostraba una habilidad desconocida.
Cuando en el año 2000 se anunció a los cuatro vientos a través de las cadenas de televisión del gobierno que se había realizado una profunda reforma en la tributación por los rendimientos personales y se dijo que se había introducido una figura jurídica nueva que suponía una bajada considerable del impuesto, Olegario, que en el fondo era un ingenuo, se lo creyó y respiró. Buscó y encontró rápidamente la página web (con perdón) de la Agencia Tributaria y descargó en su flamante ordenador (de veinte gigas de capacidad de disco, de doscientos cincuenta megas de memoria y todo eso), los múltiples archivos necesarios para hacer la preceptiva declaración. Durante el complicado proceso de descarga de ficheros virtuales, descompresión y posterior instalación en su computadora personal, blasfemó varias veces (incluso a gritos) y tuvo pensamientos, palabras y deseos escatológicos contra el ministro de Hacienda, contra el subsecretario, contra los directores generales del gobierno, contra los inspectores, contra los funcionarios de todas las categorías y contra los informáticos que habían elaborado el programa PADRE. Tuvo que bajar de la gran red siete archivos comprimidos y, tras utilizar un programa de descompresión, instalarlos en el disco duro.......................................................................................................
Jesús Orruño Pérez de Aguado