LUCES LEJANÍSIMAS
Salió de su cueva cuando entraron los primeros rayos del sol y al principio, cegado por la luz del este, no pudo ver si la vieja encina seguía allí, callada como siempre. Miró hacia el otro lado y sus ojos fueron habituándose a la claridad. Se dirigió al pozo, un pequeño agujero en la tierra, que él cubría con una losa para evitar visitantes inesperados. No obstante, al levantarla, comprobó que su cautela había fracasado ya que un sapo más grande que su mano tomaba allí un baño matinal. Lo apartó y, sin escrúpulos, bebió un largo trago de agua. Recogió unas decenas de bellotas que comió. Se encaminó pendiente arriba hacia las praderas y allí se sentó a contemplar los caballos y yeguas semisalvajes que pacían tranquilos. En cierto modo tenían suerte: en invierno vivían presos en un establo pero el resto del año eran totalmente libres, aunque pagaban un tributo caro, les robaban a sus hijos, de vez en cuando había un secuestro general y nunca más volvían a ver los potros. En realidad eran esclavos del hombre.
No quiso asomarse al despeñadero del norte porque desde ese lugar, inevitablemente, se encontraría con la imagen del la autopista, del ferrocarril y de los tendidos eléctricos. Prefirió seguir en el mismo sitio y, tumbándose, puso la cabeza bajo la sombra de una sabina manteniendo al sol el resto del cuerpo.
Había llegado allí porque aquellos parajes eran una aproximación (aunque vaga) al origen que tanto había buscado por el mundo sin éxito alguno. Allí se encontraba a gusto mirando la hierba y los enebros, bajando después al río y sumergiéndose en sus frías aguas, de las que extraía con sus solas manos truchas, barbos y cangrejos, que constituían la base proteínica de su alimentación, mirando las estrellas en las noches claras, contemplando el inmenso lienzo negro sembrado de luces lejanísimas que cubría las dimensiones que él inútilmente trataba de encontrar. Sabía que miraba hacia al infinito pero que sólo veía opacidad. Por el día también lo miraba, pero la luz azul se interponía como una cortina cegadora.
Su largo viaje había sido un fiasco total, sus hallazgos no fueron más que miseria. ¿Qué era el hombre? Un ser numerosísimo que invadía el planeta por doquier. La humanidad era un conjunto de más de cinco mil millones de individuos que talaban bosques y hendían montañas, que mataban elefantes para adornarse con su marfil, ballenas y ciervos, zorros y mariposas. Se dividían en conjuntos más o menos numerosos que peleaban entre sí a muerte para dirimir cuál de ellos se quedaba con una porción más grande del mundo para transformar (y finalmente destruir): americanos gloriosos, españoles altivos, musulmanes grandes, militares patriotas, católicos poseedores de la verdad absoluta, hinchas del Real Madrid... Todos eran los mejores.
Pero además, dentro de esos subconjuntos complejos y dispares, relacionados entre sí por mil conexiones diferentes, cada sujeto era un lobo capaz de dejar morir al semejante, de pisotearlo e incluso de matarlo abiertamente por una causa consensuada como positiva (por una buena causa) o por instinto. Cada hombre y cada mujer funcionaban con dos motores llamados poder y sexo, que ahogaban la potencia de un tercero llamado justicia...................................................
Jesús Orruño Pérez de Aguado