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LA OLLA

 

 

Esa mañana tuvieron más trabajo del esperado. Primero pasar pollos, que consistía en trasladarlos de un local a otro porque, una vez desarrollados, era necesario el primer gallinero para alojar una tanda más joven, que esperaba su turno para salir de las jaulas y seguir creciendo en el suelo, sobre serrín nuevo, limpio y desinfectado el local. Cuando Jose - le llamaban Jose sin acento en la e - creyó que ya habían terminado, apareció un camión lleno de maíz, que tuvieron que descargar entre él y su hermano Fede, cinco mil kilos de maíz en sacos de ochenta. Jose hizo la cuenta: sesenta y dos sacos y medio. No podía ser. Era ya la una. A esa hora debería estar en el río. Fede, que era tres años mayor que él, pintó sobre el yeso de la pared un mapa del tiempo con un trozo de ladrillo, le explicó que ésa era la situación atmosférica y que iba a hacer un verano tórrido. Jose le creyó, pero estaba nervioso. Tenía que ir al río, tenía que ver a Silvia, sin embargo su hermano seguía hablando del tiempo: estaba cambiando el clima, el norte de España pronto sería subtropical. Jose, aunque le gustaba escuchar las pláticas de su hermano, se cabreó, chilló como niño. Pero Fede no se dio prisa, dibujó una palmera junto al mapa de isobaras. No estaba su madre.

Se pusieron los trajes de baño, una camisa limpia que no oliera a gallinero, cogieron las bicicletas y se encaminaron hacia el Pozo de las Mulas, donde iban a bañarse los veraneantes. Sobre la lastra de jalón, tumbada en una toalla azul con motivos marineros, estaba Silvia, rubia, con la piel rosada salpicada de pecas, con su bikini azul cielo. Jose pasó junto a su vera, la miró seguramente con cara de alelado, pero no le dijo nada, nunca había hablado con ella. Hinchó el pecho. Se fue hacia el agua, donde nadaban sus amigos en batalla fluvial por un inmenso neumático de tractor. Se metió hasta las rodillas y el frío le detuvo. Aprovechó para volver a mirarla y esta vez se encontró con sus ojos azules. Se ruborizó. Debería haberse tirado al agua inmediatamente y así hubiera salvado la situación, pero quedó bloqueado. Sabía que ella tenía quince años - uno más que él - , lo cual siempre era un inconveniente. Ella era de Bilbao y él de Pobes, pero eso no significaba un problema, él no era un paleto, estudiaba en Vitoria y sacaba todo sobresalientes. Era escritor, redactor del periódico de su colegio. Sería un novelista famoso. Además nadie nadaba como él, nadie resistía tanto tiempo bajo el agua. żY qué que tuviera que trabajar en la granja? Para eso era de su padre.

Se tiró de cabeza. Atravesó los treinta metros de poza nadando a crol rápido, sin sacar la boca para respirar ni una sola vez. żLe estaría mirando ella? Se sentó asomando sólo la cabeza bajo el sauce de la orilla opuesta. Observó intentando disimular: la misma posición de Silvia. Atravesó la poza otras dos veces y se dirigió hacia el neumático. Participó en la batalla fluvial, en la que no se sabía cuáles eran los bandos ni tampoco en qué consistía la victoria. De vez en cuando, siempre furtivamente, la miraba a ella, que no cambiaba de posición. Los demás lo hacían abiertamente, quizá porque pensaban que no tenían nada que hacer. Javi dijo:

- Vamos a pescar unos barbos.

- ĄCállate, coño! Que se van a enterar hasta en Mimbredo -dijo Luis.

- Ya sabéis , como siempre: barbo cogido, al traje de baño. Luego los vais atando en un junco a una rama de la orilla, debajo del agua. Que no se os vea, no sea que esté el guarda por ahí.

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Jesús Orruño Pérez de Aguado

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