LA MUERTE DE UN ABOGADO
El viernes por la mañana Justo se dio cuenta de que no mejoraba, tras despertar de un corto sueño. Se vio tendido en una cama de hospital con los brazos inmovilizados y perforados de sondas, con el sexo y el ano entubados, rodeado de aparatos eléctricos y de silencio. A una enfermera sentada a su lado se le caía la cabeza después de una noche de vela. Sabía que dentro de poco volvería a comenzar la tortura. Le sodomizarían con nuevas gomas sorbiendo veneno de su intestino, aspirarían toxinas de su vejiga y seguramente también la vida, que se aferraba a su cuerpo produciéndole un dolor que los médicos no podían imaginar por mucho que fueran m4dicos. Llegarían con batas blancas o verdes, pero no le liberarían los brazos ni le dejarían ver por última vez a su hija de cuatro años, volverían a hablar de fase visceral, de diátesis hemorrágica, de tiempo de Quick, de los valores enzimáticos, quizá le conectaran de nuevo a la máquina grande. No debía de ser suficiente con las pequeñas. Se sintió el hígado como una inmensa bola de dolor, el intestino lleno de pequeños cristales, el sexo inerte, la boca llena de arena seca, los huesos de la cara. Se acordó de los rostros de su mujer y de su hermana, a quienes un médico amigo les dejó seguramente entrar ayer para que le vieran por última vez. Rocío sonreía para darle ánimos. Luisa trataba de fingir una expresión neutra para no alarmarle. Pero el beso que le dieron era de adiós. A la sala de al lado llegaron sus familiares y su amigo. Él no lo sabía. Preguntaron si podían verle y les respondieron negativamente.
- De momento no. A ver lo que dice el internista. Su padre le repetía a Carlos:
- ¿Pero cómo cogisteis esas mierdas?
Carlos intentaba dar explicaciones, pero el padre repetía:
- ¿Pero cómo cogisteis esas mierdas?
La madre callaba, con cara de esperanza. El amigo se dirigió a la hermana, que entendía algo de setas.
- El domingo sólo íbamos a los champiñones, pero Justo debió de coger otras especies.
- ¿No le explicaste cómo se distinguen?
- Claro. Le dije que cogiera sólo las blancas, que mirara por debajo, que debían tener las láminas rosas o pardas.
- ¿Y luego no las comprobaste tú o qué?
- Sí, les eché un vistazo, pero había muchas pequeñas a las que no presté mucha atención. Eran como huevos. Tenía que haberlas abierto para ver las láminas. Fue culpa mía. La conversación se había repetido varias veces los cuatro días anteriores. La niña reiteraba:
- Quiero ver a mi papá.
La madre de la niña hablaba de otras cosas para quitarse de la mente que se iba a quedar sin marido. Llevaba un legajo de exámenes para corregir que nunca terminaba. Llevaba un brillo en los ojos que era resignación, deseo de vida y tristeza. El padre se levantó y dijo:
- Psss.
La madre miró al suelo del hospital. Luisa, la hermana, cambió de interlocutor y se dirigió a Rocío para que pudiera hablar de cosas sin importancia. Carlos se sentía cada vez más culpable. Esto desembocará en la muerte - pensaba Justo rodeado de tubos, crucificado de gomas y cables. El cuerpo que le quedaba además de sufrimiento le daba risa. El final era bienvenido porque cesaría el dolor, pero ¿sería el final total? Y la vida eterna, ¿qué? Desde hacía varios días venía dándole vueltas al tema: no creía en cielo del Nuevo Testamento ni tampoco en el infierno. Pero creía en algo. Más bien lo intuía. Primero tenía que preguntarse qué sabía. Le venía a la mente la frase se Sócrates, pero no, no era eso. Él sabia algo que necesitaba racionalizar. Toda una vida que no sirviera más que para dejar de existir no podía ser. No podía ser efímero, ni él ni nadie......................................................................................................
Jesús Orruño Pérez de Aguado