Volver

LA LOURDITAS

A Luisito le acompañaba muchas veces en la soledad de Vitoria la imagen de la Lourditas. No es que sus padres no le quisieran, sino que al crecer iba descubriendo el mundo de los adultos como algo gigantesco, hostil y absurdo. Tenía que levantarse muy pronto (aún era de noche en invierno), esforzarse para tomar un desayuno sin hambre, todavía medio dormido, e internarse en el frío de las calles para llegar puntual a un colegio regentado por curas que nunca sonreían, que propinaban bofetadas e imponían castigos. Lo mejor de todo era que a veces la veía salir de su portal, contiguo al suyo, y ella le miraba sólo un momento, pestañeaba y dejaba los ojos cerrados para volver a abrirlos dos segundos después, con la cabeza vuelta ya hacia su ruta, que llevaba a otro colegio diferente del suyo, en el que seguramente pululaban monjas como palomas grandes y torpes ululando a las niñas.

A él le gustaba colocarse unos pasos detrás de ella y, viendo su melena rubia balancearse al paso, repetía en su mente una y otra vez la secuencia de imágenes que acababa de presenciar. Primero la mirada: unos ojos claros de azul de lago que tenían algo triste y algo risueño, algo de amenaza y algo de imán. Luego los párpados cerrados en un lentísimo pestañear: no es que no quisiera mirarle, sino que se quedaba así para que él pudiera observarla durante una eternidad de dos segundos en la que podía captar la tez blanca, los pequeñísimos lunares, las chapetas sonrosadas y la pena de sus labios esplendorosos. Y por último sus cabellos bamboleándose. Al final de la calle Castilla ella giraba hacia la derecha y él hacia la izquierda, pero la sucesión de imágenes le acompañaba hasta la puerta del colegio.

Su boca era una sonrisa afligida a la altura de sus labios, sus cabellos estaban al alcance de sus dedos, pero él nunca se hubiera atrevido a acercarse, nunca hubiera pasado del lacónico "hola", de no haber sido porque aquella tarde de sábado ella le asió la mano con la suya y le dijo "llévame". Luisito notó cómo se le encendía la cara, se le empañaban las gafas, le sudaban las manos. Vio que tenía los ojos más tristes que nunca, una lágrima seca y los labios húmedos. Por eso no preguntó. Se olvidó de los dos paquetes de celtas de su padre y sin desasirse, caminaron por toda la calle de Castilla, y esta vez no se desviaron el uno hacia la izquierda y la otra hacia la derecha, sino que se adentraron en el Parque de la Florida. Allí siempre hacía frío. Aquella tarde de diciembre caían algunos pequeñísimos copos congelados que salpicaban de estrellas diminutas los cabellos de la Lourditas. A esas horas no había nadie en el parque. Sólo ellos, sentados en uno de los bancos de madera bajo los árboles descomunales, que no decían nada quizás porque les daba vergüenza mostrar sus ramas desnudas o porque ellos también tenían frío. En la esquina de la calle Florida se veía una locomotora de castañas. "¿Quieres castañas?" La Lourditas metió su mano en el bolsillo del chaquetón azul de Luisito (en lo sucesivo siempre se compraría chaquetones azules, sólo chaquetones azules) y luego, cuando comieron las castañas, ella se las pelaba y se las daba a la boca mirándole desde su mar azul turquesa que ya no estaba triste. Luisito se había olvidado de los paquetes de celtas de su padre y ella dijo como justificándose:

- Mi padre me ha pegao muy fuerte.

El corazón de Luisito se hinchó. Él estaba allí para protegerla. No volvería a suceder que nadie la pegara. ¿Cómo se le podía hacer eso a la Lourditas, si estaba hecha para mirarla, para quererla, para sentirse a gusto incluso sólo con su recuerdo? Nevaba más fuerte, él cogió su mano ya sin timidez y la condujo hacia la calle Dato, donde vieron las carteleras de los cines. "¿Te gusta Tarzán?" Con el dinero de los celtas y algo más que había en su bolsillo (Luisito siempre tenía algo ahorrado) sacó dos entradas en el VESA CINEMA para la sesión de las cinco. Un portero calvo y grande les cortó los tickets con unos dedos más poderosos que alicates, y les señaló el camino del gallinero. Lourditas apoyó su cabeza sobre el hombro de Luisito y parecía adormecerse de placer por el calor de la sala y por el contacto de su hombre-niño de manos largas y blancas, de gafas de sabio, que no gritaba nunca, que la miraba siempre como a un pollito desamparado.....................................

Jesús Orruño Pérez de Aguado

Volver