HACIA ESAS VIDAS
El patio estaba frente a sus ojos. Era como los patios de las cárceles, rodeado de muros y de edificios con aspecto de fábrica de principios de siglo. La mitad estaba adoquinada de losetas asfálticas y la otra mitad sólo estaba cubierta de hormigón. Sobre el forjado ya obrado se amontonaban varios cubos de losetas esperando que los albañiles las colocaran algún día: era la obra, a la que los niños tenían prohibido el acceso. Pero allí estaban ellos, al límite de lo censurado y los educadores y vigilantes los miraban con ojos amenazadores y les gritaban para que se apartasen.
Él había llegado a ese colegio hacía varios meses y siempre tras la misma ventana aparecía el mismo espectáculo: los niños corriendo, gritando, peleándose, braveando en la línea de la obra vedada; los educadores atemorizantes de bofetadas y castigos.
Corría el ano 1976 y él era educador-becario en ese colegio (o mejor en ese edificio), que supuestamente acogía a los menores desvalidos, a los menores sin padres, a los hijos de borrachos y drogadictos, a los hijos de puta, a los hijos de nadie..., niños que un juez desconocido allí, pero sin duda célebre en la audiencia, enviaba para que estudiaran E.G.B., para que se educaran, para que fueran protegidos.
Y se daba una vuelta por el patio y Anselmo lloraba: "que mi hermano me ha llamao hijoputa". "Y él antes me ha tirao una piedra". "Calla, chaval, no seas mentiroso". Y miraba a su hermano con odio, con ojos de asesino, que significaban una futura paliza, cuando el educador no estuviera presente. "Hala, los dos castigados contra la pared para que reflexionéis sobre lo que habéis hecho". Y los hermanos Furia se encaminaban hacia el muro a regañadientes, manteniendo una mirada roja.
En la otra parte del patio, Marín, el educador mas displicente, jugaba al fútbol con los de su grupo. En el límite , Euxinio, el vigilante viejo, leía un libro y Eustaquio regañaba, insultaba, galleaba. Miraba a Euxinio reprochándole que él no dijera nada y éste levantaba la cabeza y la movía a ambos lados en ademán de disculpa y de fingida reprobación hacia los niños. "Oye, hace tiempo que no veo a Polín". "ĦA saber!".
Hacia esas vidas nadie se acercaba con amor. Eran criaturas, pero olían mal. Eran bruscos, desconfiados. Chillaban, miraban torvo, odiaban. Estaban allí almacenados porque un juez impasible así lo había decidido de oficio o a instancia de parte: ambos padres estaban en la cárcel, ella por ramera y él por ladrón; o algún vecino compasivo había denunciado que un chiquillo llevaba tres días atado en el desván y sus progenitores no aparecían; o la policía los había recogido en la calle a las tres de la mañana, durmiendo sobre cartones en la Gran Vía, con una gorra puesta en el suelo en la que brillaban algunas monedas; o simplemente sus familias no tenían nada, absolutamente nada, no podían darles de comer. Casos parecidos, casos distintos. La Junta se hacía cargo de ellos: se les alimentaba, se les daba una educación, pero nadie les besaba ni les hacía una caricia ni los miraba con cariño. Y si algo de esto ocurría, era aún peor, porque estaba contaminado de sexo, herencia de familias lumpen, de familias podridas. Niños de seis a catorce años que no conocían la ternura.
A las ocho, el vigilante mendigo, una especie de jefecillo de educadores, una especie de gusano,...........................................................................
Jesús Orruño Pérez de Aguado