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FIN DE SEMANA

 

 

San Pedro del Huerto es un pueblo blanco de Jaén, emplazado sobre el talud de una pequeña montaña, un laberinto de callejuelas en cuesta. Narciso se despertó allí aquel día con un dolor de cabeza espantoso, con los ojos hinchados y la lengua como un zapato. Malhumorado, porque eran ya las once y había previsto emprender el viaje dos horas antes, se asomó al balcón que daba sobre la plaza. Unos cuantos viejos charlaban en pie al lado del aparcamiento de coches en batería. Junto a ellos estaba el suyo, no se lo habían robado.

Se duchó rápidamente, se hizo un café con leche y, tras preparar unas cuantas prendas de equipaje, unas camisas, unos pantalones, la máquina de afeitar..., salió del edificio y se adentró en la plaza. Volvió la cabeza para ver si había cerrado bien: mil novecientos trece con números de hierro sobre la puerta de la casa que le tenía alquilada al boticario. Le gustaba verlo, aunque la vivienda más que antigua fuera vieja y laberíntica como el pueblo. Se metió en el coche y arrancó. Bajó por la cuesta del mercado y enseguida alcanzó la carretera comarcal. !Una aspirina! Necesitaba algo que le aliviara ese horrible dolor que no sólo no cesaba sino que iba en aumento. Paró en el Olivo, tomó otro café y su analgésico. Reemprendió la marcha y rodó entre olivos de verdad que mostraban su color verde plata sobre la tierra rojiza. Tenía prisa, aceleró sobre las rectas de la carretera de Castellar, pero no se sentía muy seguro conduciendo. Acababa de levantarse y además con una resaca de campeonato. Como en esa zona no se cogían bien las emisoras, puso una cassette de Patxi Andion, su preferida. Los poemas musicales le hacían sentir su dolor de cabeza envuelto en tristeza y matizado de un raro placer. Los pueblos iban pasando como un punto de referencia subconsciente bajo la letra de las canciones. Después éstas se fueron difuminando poco a poco detrás de las rememoraciones de la noche anterior. Quiso empezar dividiéndola en dos períodos globales para dar menos posibilidades a la existencia de lagunas mentales (amnesia etílica aterrorizante): el de las cañas y el de los cubatas.

Cuando llegó al Fero ya estaba allí Joaquín con una cerveza en la mano, harto de no hacerse millonario, pero con mil proyectos en su cabeza: el más inmediato era dejar el supermercado y poner una librería. No había más que una en la localidad y el que la regentaba se iba a jubilar pronto. Ya no traía ni la prensa. Cuando Narciso le proponía poner un negocio para criar ranas y vender sus ancas a los restaurantes, aparecía Jacobo por la puerta, con su estúpida sonrisa de siempre, rascándose como siempre los testículos por encima de los vaqueros que, tras tanto ser frotados se habían desteñido y se veían casi blancos en esa zona.

- Vámonos a la discoteca, que han venido unas periquitas nuevas.

- ¿Pero qué dices, hombre? Vamos a tomar unas copas primero y unas tapas. !Ponnos otras cañas, Fero!

El camarero, dueño del restaurante, parecía no escuchar, pero pronto apareció con tres vasos con la espuma al borde.

- ¿Qué queréis de tapa?

- Ponnos codornices.

En aquel bar era costumbre acompañar la consumición con una tapa suculenta incluida en el precio de la bebida. Pero sólo con el vino, la cerveza y el vermut. La cara de Fero parecía una figura de porcelana de esas que se ven en las tiendas de regalos. Sudaba porque estaba él solo para atender a los numerosos clientes, pero el color de su cara no se inmutaba, rosa y blanco, ni tampoco su expresión, mitad hierática, mitad cómica.

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Jesús Orruño Pérez de Aguado

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