EL MOLINO
Primer Premio FACULTAD de RELATO CORTO 1998
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Universidad de Jaén
Él y yo molíamos maíz. Menos mal que ya no teníamos que subirlo a caldero hasta la tolva del molino. El día de antes habían traído un sinfín nuevo. Era un tubo de metal azul cobalto. Habíamos hecho un agujero en el cemento del suelo, donde echábamos el grano. Con sólo darle al interruptor, el sinfín lo subía hasta la tolva. Únicamente había que tener cuidado de que ésta no se llenara demasiado y rebosara. Hacía mucho ruido, pero no era nada comparado con el que hacía el molino. A mí me parecía una especie de monstruo de metal, con su enorme nariz roja, por donde, si se levantaba la tapa, se veía pasar el grano hacia la hélice, con su cabeza en forma de pirámide invertida, con su boca vomitando polvo. Poníamos un saco debajo y lo atábamos con un cinturón viejo. Rugía con monótono estruendo. Él me dijo algo que no comprendí. Cogió un saco de maíz y lo vació en el agujero. Volvió a decir algo. Lo comprendí sin entender sus palabras. Como la tolva se había llenado, desconecté el sinfín. El saco no se había llenado todavía. Él dibujó con el dedo un paisaje de palmeras sobre el polvo de la pared. Comprendí que quería irse de allí. Yo sólo pensaba en marcharme a estudiar a Vitoria. Ella no estaba allí, estaba armando pollos que antes habíamos matado y desplumado. Estaba en la cocina. La madre estaría en los dormitorios con su dolor de cabeza. El padre en Vitoria comprando mercaderías, vendiendo género, empezando a ser grande. Nosotros estábamos moliendo maíz. De vez en cuando nos decíamos algo, pero el molino robaba nuestras palabras. Estábamos juntos, pero no podíamos hablar en nuestro idioma. Es que teníamos un lenguaje particular. El molino era molo, la mezcladora era claura, los pollos pultris. No era un lenguaje muy rico, pero era nuestro. De todas formas yo sabía lo que él estaba pensando : se iba a marchar a Haway, quizá viajaría a Hollywood a unos estudios, iba a ser ar. Ar era una palabra de nuestro idioma. Pintó sobre el polvo de la pared un mapa de isobaras. Yo supe que iba a venir una invasión del norte, un frente frío tras otro empujados por una corriente en chorro desde el Ártico. Sería la ola de frío más terrible de todos los tiempos. Por entonces ya entendía sus mapas del tiempo, gracias a sus pacientes lecciones de meses atrás. Él no pensaba en lo que yo pensaba. De todas formas lo sabía. Pensaba que pronto desaparecería de allí. El colegio era mi salvación. En breve acabarían las vacaciones.
El padre estaba comprando más maíz. Le decía a Barandio que había ampliado la granja, que la iba a ampliar más aún. Producía ya dos mil pollos al mes. Le compraría mucho grano. Y a Barandio se le hacían los ojos chirivitas con este cliente. Iban a ser grandes. El padre conseguía los mejores precios. Ella estaba armando pollos con las manos ensangrentadas. Les doblaba las articulaciones de las alas de tal manera que quedaran plegadas a la espalda. Les cortaba las patas, les doblaba los muslos y los sujetaba con la piel del abdomen. Quedaban muy bonitos. Nadie sabía hacerlo como ella. Pero estaba decidida a no continuar así. Después de todo ya era mayor, tenía novio. Cualquier día le daría al padre la noticia de su partida. ¡Qué iluso si creía que iba a ser su secretaria ! Con su madre tampoco se entendía. Todo tan desorganizado. Esos modales de negrera. Ella no estaba con nosotros. Era mayor. No molía. El saco se llenó. Él soltó el cinturón, cerró la portezuela para que no saliera polvo. Pero no se podía tener así más que un momento. Si no, se atascaría. Puse otro saco. Lo até. Ella no pensaba en nosotros, pero siempre he creído que nos quería. En cambio mi madre me odiaba. Me mandaba, me regañaba, me pegaba. Yo no recordaba cuándo fue la última vez que me dijo palabras de cariño. Pero le dolía siempre la cabeza. Estaba entonces en el dormitorio. Había barrido. Había hecho la cama. Abrió la puerta del armario. Vio su vestido nuevo comprado tres años antes. Vio su único abrigo, viejo. Odiaba a mi padre, que era grande. Pero ¿qué grandeza había en su armario ? Abrió una cajita dorada que había sobre el comodín y se acordó de su madre, de su pueblo, que no era el nuestro. Me odiaba porque mi padre me defendía. Sin embargo amaba a mi hermano, que era el que más trabajaba, que no protestaba como yo, que estuvo a punto de morirse cuando tenía menos de dos años.
El motor del molino era gris, un cilindro ventrudo con los bordes biselados. Se estaba ahogando. Él subió los tres peldaños de hormigón y desconectó el interruptor. Cuando esto ocurría, se escuchaba el silencio intensamente y nos sentíamos felices. Pero no lo decíamos. Él abrió la puerta de la criba y sacó el grano, que se había acumulado en exceso. La puerta era como la cara, con la nariz pegada. Al abrirla, se veían las tripas de metal, una hélice recia, un cilindro de hierro lleno de agujeros. Él dijo que había que cerrar un poco la trampilla del grano. Me mandó que lo pusiera en marcha de nuevo. Le pregunté que cuándo íbamos a terminar, pero ya no me oyó. Echó otro saco al hoyo. Se sentó en un peldaño de hormigón y yo me senté a su lado. Luego fui al patio a beber agua y volví. Más tarde fui a orinar y volví. El maíz no se acababa nunca. Yo tenía una esperanza que iba a ser realidad. Él no. Por eso huía a Acapulco, a la tundra, a la sabana, a las cataratas del Niágara. Con todo, estaba decidido a ser ar o espía. Me dijo algo. Yo fui a buscar a mi madre y le pregunté si había que hacer mezcla. Me respondió que sí y se lo comuniqué a él, que no sé qué replicó. Pero más tarde comprobé que me había mandado otra cosa : bajar al sótano y cerrar la llave de paso del pozo.
En la sala de moler, que también llamábamos el molino, reposaban, unos contra otros, más de veinte sacos de harina. Ella había terminado de armar los pollos. Había limpiado la mesa. Había comenzado a hacer la comida. Mientras molíamos, llegó el padre, pero el monstruo se tragó el ruido del motor del camión. Cuando entró por la puerta, dijo que estaba estragado, que tenía calor, y se sentó en el sillón de mimbre con un porrón de cerveza con gaseosa. No sabíamos que él estaba en la cocina. La madre también estaba allí y tampoco lo sabíamos. Mi hermano le temía, pero no quería odiarlo. El padre lo despreciaba : no era listo, no era fuerte, no sería grande. Sin embargo sí amaba a su madre, que le daba toda la ternura que le permitían sus jaquecas. Tampoco éramos conscientes de que estaban llamando a la puerta y de que el padre salió a abrir, de que eran los vecinos, inundados por el agua de nuestro pozo, el cual no tenía desagüe y cada vez que rebosaba se filtraba el agua por la pared de los colindantes, que vivían en una casa contigua, más abajo. No le insultaron, pero le llamaron descuidado, negligente. No había derecho. Además tendría que pagar los gastos. Cuando le vimos aparecer, rugía más que el molino. No obstante lo desconectó. Nos insultó. Éramos una tragedia, sobre todo mi hermano. Su ruina. Aunque me sentía culpable me callé. Mi hermano y yo cogimos cubos para aliviar el agua. Cada uno de nosotros viajó desde el sótano hasta el nogal para achicarla. Le habíamos hecho perder veinticinco mil pesetas de aquellos tiempos.
No sabíamos lo que estaba pasando en la cocina. De vez en cuando oíamos la voz del padre, pero nosotros preferíamos escuchar el ruido del molino que, desconectado, seguía funcionando. Nos dolían los brazos y las manos, pero más nos dolía vernos como en cueros, de viaje interminablemente repetido entre el sótano y el nogal.
Él dijo : mañana me marcho a ser ar. Ella dijo : mañana me marcho con mi novio. La madre dijo : mañana me marcho para siempre. El padre dijo : veinticinco mil pesetas de pérdida ; así nunca seremos grandes. Y yo dije : menos mal que dentro de quince días se acaban las vacaciones. Pero nosotros no podíamos escuchar las palabras de los demás, porque el molino atronaba. Se iba llenando de polvo toda la granja, toda la casa.
Jesús Orruño Pérez de Aguado