EL FIN DEL MUNDO
- !Hombre, Robertito.! ¿Cómo así por aquí?
Él, con el pelo rapado al cero y su mechón sobre la frente, que su padre siempre le dejaba sin cortar lo mismo que a su hermano, con la cara sucia y la ropa vieja de herencias, miraba goloso los platos tan abundantes y apetitosos sobre las fuentes y en las cazuelas.
- Tengo hambre.
-
¿Y por qué no vas a tu casa, majo?No decía nada, pero ponía cara de manso y ojos vivos que se le iban tras la comida.
- Venga, quédate a comer si quieres -. Y la expresión se le tornaba de viveza en alegría.
- Es que mi madre no les echa a las alubias ni tocino ni chorizo.
En aquel pueblo los hijos de los obreros comían mal. Su padre ganaba sesenta pesetas diarias en la fábrica. Con eso no había ni para alimentar a su familia. Tenía que arreglárselas haciendo de carpintero por la noche, construyendo jaulas para conejos, mesas de pino, armarios elementales.
Pero Robertito sí comía bien. Ya con siete anos se apañaba para almorzar un día aquí, otro allí, en las casas de los más ricos. Era listo, se había aprendido bien el truco de mirar con cara de hambre y de pícara súplica a la que nadie se resistía.
Pobes estaba en un valle extenso. En otoño, mirando desde el alto de la iglesia, destacaba la estación del tren y la fila de tractores, con sus remolques llenos de remolacha que iban a descargar en los muelles ferroviarios para que en vagones grises de tabla fuera transportada a la azucarera de Miranda. Cuando lucía el sol, brillaba hasta el marrón húmedo de la tierra de labranza y los montes circundantes lucían en todo su esplendor sus múltiples tonalidades de verde. Sólo la línea del río cambiaba el color, que se regodeaba en ocres, granates, rojos, y en el azul del agua matizada de oscuridad y de espumas. Pero el sol se dejaba ver poco. Los días de noviembre eran de niebla fría o de lluvia triste o de bruma y viento amenazadores y la madre de Robertito se sobrecogía en su casa, sentada a la mesa camilla con la mente huída en algún rezo.
Él no sabía mucho de tristezas. Iba a la escuela regularmente y el maestro decía que era muy avispado. Fuera de las horas de clase, corría por el monte y jugaba, sobre todo jugaba. Le encantaba también subirse a los trenes parados en los muelles, meterse en las garitas y girar los volantes de los frenos, escapar corriendo cuando veía al guardagujas.
- !No corras, que es peor!
- !Es peor para ti!
- !Ya te cogeré sin correr!
Aquel día de otoño Robertito había ido a la escuela. El maestro preguntaba cosas y nadie respondía correctamente. Sólo él contestó a algunas cuestiones. El maestro explicó lo que eran los dientes: los incisivos, los caninos, los molares. Todos los chavales se pusieron a golpear las mandíbulas superiores con las inferiores y el profesor creyó que la disciplina se le estaba escapando de las manos.
- !A callar! !Ya vale!
Los ruidos dentales fueron cesando lentamente hasta por fin desaparecer. Una pausa. Se oyó: "clás, clás, clás".
-¿Quién ha sido?
-Robertito - dijo Santi, un muchachote que tenía ya los doce años cumplidos.
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Jesús Orruño Pérez de Aguado