EL AGUJERO
La tapia se hallaba lejos de la ciudad moderna. De la antigua, ya destruida, no quedaban más que los escombros. Era larga y blancuzca, de unos cinco metros de altura, coronada en toda su longitud por un tejadillo a dos aguas desportillado y descolorido, defendida en sus alturas por una alambrada de espinos, saliente y tupida. Su superficie estaba manchada de hongos grises y de pintadas, agrietada de heladas, agujereada de pequeños asaltos y de abandonos (a veces aparecían los púdicos y feos ladrillos detrás del talochado perdido). Era una enorme pizarra en negativo sobre la que podían leerse mensajes semiborrados en escritura naïf dirigidos a la toda la humanidad (a quien quisiera leerlos), llenos de faltas de ortografía y resaltados por admiraciones exageradas:
ETA ASESINA
LIBERTAD INESTRILLAS
LA LOLA FOLLA
PRESOAK KALERA
PEDRO X TATIANA
TE ESPERO A LAS 12 EN LOS WATERES DEL PARQUE
VOTA AL PSOE
Mi amigo José Luis solía pasear por allí años atrás, cuando aún vivíamos en la ciudad antigua, y se había sorprendido mucho por el graffiti LA LOLA FOLLA (que aún perduraba). ¿Quién habría escrito eso? ¿Porqué lo habría hecho? El autor estaba despechado, celoso, estaba enamorado de la Lola, a quien ni siquiera osaba acercarse, pero la Lola hacía el amor, era una puta, o quizás no hacía el amor pero seguía siendo una puta porque no le hacía ni caso y él tenía que pregonarlo no sólo sobre la pizarra más larga de los contornos sino en todas las paredes de las casas abandonadas, incluso en los encerados de las aulas del instituto. "LA LOLA FOLLA con todos menos conmigo, en realidad no hace el amor con nadie, en realidad sólo está buena, pero tan buena que únicamente puedo desear que todos la violéis, está tan cerca, tiene unos labios tan carnosos, la quiero tanto, me ignora tanto..."
Pero eso había ocurrido hacía mucho tiempo, cuando el muro no era más que el principio de la edificación contemporánea, que siempre, desde su principio a su fin, había transcurrido bajo un secreto bien guardado por los servicios militares.
Junto a la pared transcurría una carretera negra y gibosa, estrecha y sola. Entre la carretera y la pared crecía espontáneamente un césped natural frondoso e irregular, salpicado de los escombros que caían del elemental edificio, de bolsas de plástico y de papeles, de excrementos de perro, de setas amenazadoras, de ropas abandonadas, de restos de animales atropellados.
Se mostraba larga y blancuzca, pero no era totalmente recta, como parecería a primera vista, sino que avanzaba a lo largo de una curva regular y apenas perceptible, como si fuera la tapia de un país o de un mundo. No había en ella ni puertas ni ventanas y era imposible de escalar no sólo por su altura sino también por su alambrada de campo de concentración, seguramente electrificada, que no permitía la colocación de escaleras. Claro que, si no fuera por los soldados que patrullaban por la carretera paralela, hubiera podido emplazarse una atalaya para mirar al otro lado.
Jesús Orruño Pérez de Aguado