NICOLÁS ESTÉVANEZ MURPHY, UN HOMBRE DE
ACCIÓN, QUE SOBREPASÓ SU TIEMPO
Fue este personaje canario, un hombre ilustrado con ascendencia irlandesa, hombre de acción, militar, diputado, conspirador nato, y con varios cargos políticos en su haber entre ellos Gobernador civil de Madrid. No obstante, se exilió en Francia por cuarenta años por inconformismo con el Ejército español y con la propia administración del momento como consecuencia de sus ideas progresistas
Nació en Las Palmas de Gran Canaria, el 17 de febrero de 1838. Como hijo de padre militar desde muy joven ingresó en la academia de Infantería de Toledo, y una vez obtenido el grado de alférez se le encuentra formando parte del Cuerpo de Ejército en la guerra de Africa (1859-60) donde destacó en varias acciones militares por las que le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando y ascendido al grado inmediato.
Por su vocación liberal siempre se mostró rebelde con las formas de gobierno que tenían lugar en España en aquellos momentos, propugnando por la República. Fue destinado a las posesiones españolas en Las Antillas. Santo Domingo y Puerto Rico, donde contrajo matrimonio, y por último enviado a Cuba, donde por méritos de guerra fue propuesto para comandante.
Sin embargo, precisamente en La Perla de las Antillas, en 1871, al ser fusilados ocho estudiantes de medicina, considerados rebeldes por los voluntarios españoles, Nicolás Estévanez, por discrepancia con aquello que consideraba un crimen, en la institucion cultural "El Louvre" de la Habana "ruidosamente rompió el sable" y abandonó el Ejército, sin que esta medida significara aborrecimiento a tan alta institución en aquellos momentos. Su espíritu militar se reflejara claramente en las memorias que escribirá.
A partir de aquella decisión sufrió la persecución de la administración civil y militar españolas. Hallándose en Barcelona fue detenido y encerrado en el cuartel de Atarazanas, humillación que soportó con estoico comportamiento. Ante sus antiguos compañeros de armas, llegó a comentar que: "al cabo de tantos años sin oler pólvora, todavía me parece que no hay música más expresiva y arrebatadora que la de las cornetas".
Más tarde ingresó en la masonería, institución que abandonó tras asistir a varias sesiones, "por no tener que tratar a príncipes y a reyes". En 1873, siendo la máxima autoridad civil en Madrid, durante los sucesos del 23 de abril en que los radicales conjurados con la reacción intentaron derrocar la República, don Nicolás luchó gallardamente a su favor, y al final, "tras la derrota del adversario acudió para salvar la vida del general Serrano, su enemigo político, utilizando su propio coche para llevarlo a una embajada, desde donde el duque de la Torre pudo ir al extranjero", lo que prueba su espíritu filantrópico y humano, como asimismo lo demostró, años más tarde, intercediendo por un preso político en la cárcel modelo de Madrid, Secundino Delgado también canario como él, injustamente detenido por orden de Weyler por unos hechos de terrorismo en la Capitanía General de la Habana, durante la guerra de liberación colonial cuando el propio sumario instruido al efecto demostró su no participación directa en el hecho. Además este perseguido político aún tenía nacionalidad cubana y por tanto España ya no disponía de autoridad para juzgarlo tras la reciente independencia de la isla antillana.
En aquel mismo año de 1873, el presidente de la República Pi y Margall le encargó que fuera a Cuba, donde la intransigencia de los voluntarios de La Habana, provocaban una fuerte erupción política. Estévanez aceptó la misión, siempre y cuando le acompañara un ejército de no menos de veinte mil hombres para poner término a las arbitrariedades de los que se decían "patriotas españoles" pero que sólo conseguían concitar odios entre los cubanos y entre muchos españoles dudosos con la política militar seguida en aquella Isla. Ante la negativa presidencial, por carecer de los soldados necesarios, Nicolás Estévanez declinó el encargo, alegando que "no quería hacer el papel que hizo el general Dulce, al que, contra su deseo, los voluntarios embarcaron en La Habana rumbo a España para que no estorbara sus planes".
Con todo, Cuba sería, a lo largo de su vida un lejano ideal para don Nicolás, al expresar que consolidada la República desearía ser el embajador de España en La Habana, donde le gustaría morir. Sin embargo, añorando también a sus islas este lamentable trance tendría lugar en Francia donde la muerte le sorprendió durante el caluroso verano de 1914, sin lograr ver a sus islas, a su casa y a su almendro, que nombrará en algunas composiciones como poeta en su época más controvertida, y así fueron comentadas más tarde por otro intelectual inconformista: el universal español Miguel de Unamuno y Jugo.
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Publicada: 07/06/2003