España y su Ejército no parecen intimidarse ante los factores negativos que afectaban sus primeros éxitos en el transcurso de dos años de lucha desesperada contra varios enemigos a la vez: mambises, fiebre amarilla, aventureros yanquis, entre otros, en aquella guerra colonial que tenía lugar en Cuba desde prácticamente mitad del siglo XIX.
Al general Arsenio Martínez Campos, que ya percibe la pérdida de la isla antillana como dominio español tras 400 años, le releva en el gobierno y jefatura del Ejército otro general de prestigio que también había cosechado triunfos en Cuba: Valeriano Weyler y Nicolau, nominado Marqués de Tenerife que asume el mando en la Capitanía General de La Habana el 12 de febrero de 1896.
Sobre su polémica intervención en la campaña cubana se contraponen diversos criterios, pero la historia en sus pronunciamientos universitarios ha de ser lo más objetiva posible y ese es el deber de todo historiador.
Valeriano Weyler fue ante todo un militar de su época, consecuente y efectivo como tal de lo que hizo gala en todas las actuaciones en las que participó, tanto como subordinado o con el mando supremo y así tendrá lugar en la definitiva guerra cubana alentada por intereses ajenos a España. Distinto puede resultar su carácter y personalidad, que es propia de cada ser humano considerado individualmente, por la fama de duro que como tal aún se le recuerda. Militar de profesión en el más amplio sentido en que esta actividad era considerada en su tiempo, por la concepción que se tenía de la guerra y las circunstancias que la acompañaban durante un siglo de variadas intervenciones propias en África y América a más de las habidas en territorio español. O las que tuvieron lugar en el ancho mundo como las napoleónicas, franco-prusiana, yanqui-confederada o hispano-cubano-americana, entre otras.
El concepto honor militar y valor militar eran comunes en la época y tenido en un alto concepto dentro del régimen clasista de la casta militar que con ordenamiento propio disponían estos profesionales de la guerra. El permanente enfrentamiento entre políticos y militares fue otra constante del siglo XIX que era, además, decisivo a la hora de imprimir carácter a este estamento privilegiado. Actuaba, a veces, con plenos poderes y decisiones en clara desobediencia y enfrentamiento con la autoridad política, en numerosas ocasiones, a través de los acuñados pronunciamientos, tan en boga en España. Acción ésta que resultará, en su concepto y en su plasmación, extensiva a los países del área iberoamericana que, por cultura común dieron nombre global a esta conducta, para convertirla en tópico universal por otros ejércitos en la asunción del poder civil: los pronunciamientos militares.
Este general llega a Cuba con el propósito de ganar una guerra, no creada por España, en circunstancias adversas, pero investido de los máximos poderes y con la consigna maquiavélica para hacer uso de cualquier estrategia con el único objetivo de conseguir aquel fin común, en igualdad de circunstancias, para cualquier otro militar de alto grado y con mando que se precie.
Severo, obstinado e inhumano, su espíritu militar se forjó en todo tipo de pruebas profesionales a lo largo de su vida. Fue inteligente y portador de rápida visión para solucionar los acontecimientos que afectaban a su entorno, respondiendo con seriedad tanto a las órdenes que tenía como al tipo de guerra que le imponía el enemigo. Prueba de estas actitudes es la creación de la moderna trocha (barrera fortificada) creada bajo su actuación en Cuba desde Mariel a Majana.
Valeriano Weyler había sido agregado militar en Washington durante la guerra civil americana, siendo admirador personal del general Sherman, quien ya en plena guerra cubana defendía la táctica empleada por Weyler, a pesar de todo. En sus costumbres privadas hacía gala de puritanismo casi británico (tenía ascendencia alemana) y en campaña era capaz de satisfacer el hambre con un pedazo de pan, una lata de sardinas y una jarra de vino ( menú típico de las clases de tropa). Normalmente dormía en el duro camastro de soldado raso y nunca fumó ni fue adicto a bebidas alcohólicas o estimulantes.
Su carácter era seco y reservado, tal vez por su ascendencia teutónica, muy autoritario, tenaz, si bien fue muy anticlerical, impropio de un militar normal. Mantuvo la disciplina castrense rayana en la crueldad para el trato a los soldados y oficiales con los que se relacionaba, muchos a lo largo de su dilatada vida profesional. Sin embargo, contrariamente, amaba los caballos y llegó a costear personalmente en Madrid unas caballerizas para salvarlas del matadero, a decir de alguno de sus biógrafos. Tuvo gran influencia en el Ejército español aportando su gran experiencia especialmente entre los oficiales jóvenes y ambiciosos entre los que se encontraba el que sería más tarde general Franco, cuya personalidad y comportamiento se asemejó en mucho a Weyler. Tuvo excelente salud que le permitió llevar a cabo guerras en las zonas más extremas y calurosas del mundo como Santo Domingo, Filipinas o la propia Cuba, comportándose como si hubiese nacido en una marisma. Murió próximo a los cien años habiendo alcanzado el grado máximo del generalato por méritos propios.
Admiró la disciplina prusiana de Federico el Rey Sargento y potenció igualmente la caballería como estructura militar inigualable en campo abierto. Los Tercios de Flandes o la falange macedónica serían de su máximo interés, al igual que los muchos acontecimientos que tuvieron lugar en el primer tercio del siglo XX: Guerras de África, desastre de Annual, la irresponsabilidad del General Silvestre, amigo del Rey, consiguiente informe Picasso, dictaturas, fascismos incipientes, indiferencia al pacto de Locarno, entre otros aspectos que comentaría en tertulias privadas con sus allegados.
Por estas cualidades y aptitudes militares fue propuesto como general en jefe para intentar cambiar el signo de los acontecimientos adversos que tenían lugar en Cuba, por el mismo Martínez Campos, quien en carta al presidente del Gobierno español Antonio Canovas indicaba: ... es necesaria una reconcentración de las familias del campo en las ciudades... por su ayuda a los insurrectos que nos impiden avanzar. Entre nuestros generales en la actualidad sólo Weyler tiene la capacidad necesaria para este tipo de política, pues es el único que reúne inteligencia, valor y conocimiento de la guerra..., al tiempo que invitaba a ser relevado personalmente del mando en la Capitanía de La Habana.
Este artículo forma parte de una ponencia expuesta en la III Conferencia Internacional en La Habana, noviembre de 1997, para la que tuve asesoramiento del comandante español José Manuel Clar Fernández, también historiador y amigo.
Como queda dicho la figura de Valeriano Weyler, que también fue Capitán General de Canarias, queda expuesta con objetividad tal como era y actuó en aquella guerra en la que tuvo que tomar acuerdos impopulares con el fin de controlar el avance de los insurrectos cubanos, al igual que hubiera hecho el general norteamericano Sherman contra sus compatriotas del sur o Bismarck contra los franceses en Sedán. Ésta es la profesión militar que aún perdura con cruentas actuaciones en variadas guerras hoy en día. Este artículo fue publicado en la revista militar Hespérides de la Capitanía de Canarias, hace unos años.
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28/05/2003