El desarrollo negativo de la contienda hispano-cubana, ya convertida en guerra total a partir de 1895 a pesar de la voluntariosa y firme actuación de Weyler, no afectaron en positivo para España el curso de los acontecimientos. Este polémico general, magnífico estratega, acosado por la prensa, americana especialmente, y obligado a dimitir a raíz del cambio de gobierno en España consecuncia del asesinato de Cánovas del Castillo, no hizo más que agravar la contienda y sus previsibles consecuencias.
La desmoralización en Cuba, sobre todo en la opinión pública pro-española fue paralela a la reafirmación del autonomismo, con mayores adeptos que ya no ocultaban sus simpatías por los mismos independentistas, y como fórmula para terminar con aquel drama que comenzaba a afectar a sus propios intereses económicos presentes o futuros. El 12 de enero de 1898 se produjeron toda una serie de graves incidentes en la Habana provocados principalmente por oficiales españoles destinados en Cuba, no autonomistas, seguidos por manifestantes en pro de la autonomía y contra la política de reconcentración, que aún perduraba después de la destitución de Weyler. Este cambio de opinión se basaba en el creciente convencimiento que Estados Unidos intervendría en Cuba, aspecto este que muchos españoles residentes no veían mal, y así se intuía ante la insistente repulsa de la prensa a las atrocidades cometidas durante el pasado año, corroboradas en el legislativo norteamericano a instancias de un lobby pro-intervencionista.
Los principales diarios de esta época ya tenían por norma el envio de corresponsales de guerra a los conflictos, lo que coadyuvó al mayor conocimiento de la contienda, máxime con el pleno uso de la fotografía - incluso el cinematógrafo-, la aparición de nuevas tecnologías, el uso del telégrafo y más modernas linotipias. Esta guerra de Cuba - y Filipinas -, fueron conflictos que la prensa estadounidense y española cubrieron de manera importante, en especial el imperio formado por el polémico personaje, hasta bien entrado el siglo, Willian Randolph Hearst, que posiblemente "llevó consigo muchos secretos a la tumba".
Los motines de enero sirvieron de excusa al cónsul norteamericano, general Lee, para solicitar la presencia de buques de guerra en el puerto habanero, con objeto de evacuar a ciudadanos de su país, si fuese necesario. El ministro de Asuntos Exteriores español Sr. Gullón, que no podía hacer otra cosa y tal vez como propia seguridad ante los crecientes tumultos, aceptó la visita del crucero Maine en La Habana en visita amistosa al tiempo que por iguales razones el crucero español Vizcaya lo haría en el puerto de Nueva York.
Yo no existía el convencimiento de la imparcialidad diplomática de Washington, y sí una clara ingerencia, que muchos españoles de la administración "no veían como un mal superior", y así lo "apreció" el embajador español ante el gobierno norteamericano Sr. Lomé, que destituido por la filtración de documentos comprometores en intentos de acuerdo en el conflicto, fue sustituido por Polo de Bernabé, que a la toma de posesión escribió a Madrid anunciado "un ambiente de clara preparación de guerra".
El 15 de febrero de 1898 el Maine sufrió la histórica voladura, cuatro días antes que llegase el Vizcaya al puerto de Nueva York. Ante tal catástrofe y consecuencias, se creó el motivo perfecto - tal vez esperado y deseado por Hearst -, para la operación de guerra psicológica que acabó consolidando una amplia votación en el Congreso norteaméricano, el 9 de marzo, a favor de la compra de armamento por valor de 50 millones de dólares, aún careciendo de ejército profesional, que para esta guerra se hubo de improvisar con voluntarios al grito de ¡ recordad el Maine !.
¿Qué, cómo y porqué ocurrió este inesperado "accidente", que tan apropiado en tiempo y forma llegó al "Tio Sam", para sus ya no disimulados afanes imperialistas?
El evento, ocurrido sólo unos días antes de la celebración de comicios electorales para el Parlamento Insular Autónomo, anunciaba claramente cual sería el curso posterior de los acontecimientos, cuya gravedad, de por sí, lo reflejan los datos: 166 tripulantes y dos oficiales muertos - la mayoría de raza negra-, todos de nacionalidad norteamericana, a más de los daños en puerto español, un bien de un país con el que mantenían relaciones diplomáticas y sobre todo económicas en la isla.
Según la comisión norteaméricana la explosión se había producido desde el exterior del navío, lo que significaba una agresión.
No obstante el presidente Mac Kinley, que conoció los horrores de la guerra civil yanqui-confederada, y dudando sí las potencias europeas - que eran contrarias a cualquier tipo de ingerencias- se podrían oponer a la expansión de Estados Unidos por el Caribe, intentó el últimátum final ofreciendo directamente a la reina regente María Cristina la compra de la Isla de Cuba -y Puerto Rico - por 300 millones de dólares - reservando un millón para comisiones -, operación que no fue aceptada, seguramente por prestigio, pero sobre todo debido al temor que la situación pudiera crear en la misma España y en su forma de gobierno: La Monarquía.
Independiente de cuales fueran otro tipo de análisis y actitudes de la reina regente o del propio presidente del gobierno liberal Sagasta, un ultimátum de este "calado", de ser aceptado sólo podía tener como consecuencia la caída de La Monarquía ya afectada por partidos claramente republicanos y la incidencia peligrosa sobre las masas hambrientas que en España, en claros motines de subsistencias, pedían el cese de la costosa guerra.
Precisamente el objetivo seguido por los gobiernos, tanto liberales como conservadores, era precisamente salvar la Monarquía Española. ¿ Fue el gran error ?. Tal vez sí visto desde una perspectiva actual, si el precio para salvarla era una guerra, perdida desde Martínez Campos. El gobierno liberal no tenía otra salida en aquellos momentos de clara inestabilidad social, hoy se hubiera utilizado otro tipo de diplomacia, más acorde a los propios intereses.
La regente María Cristina puso en conocimiento de toda la clase política el ultimátum norteamericano que, naturalmente, fue filtrado a la prensa. En las consultas llevadas a cabo fue evidente el consenso hacia la opción de guerra irremediable que debería dirigir el mismo gobierno de Sagasta, con el apoyo conservador, y sin "crisis" en el gabinete.
El rechazo al ultimátum encendió nuevamente el optimismo propio del orgullo español, en medio de manifestaciones populares en la península que exigían la guerra "contra el cerdo yanqui", y con apoyo moral de la prensa que escribía "que la flota española era superior a la norteamericana", al igual que el valor español. A todo ello añadimos la voluntad del clero que hizo ver a esta guerra como "santa" -el padre Carpena en las Iglesias madrileñas, con encendida oratoria de cruzada litúrgica-, unido a una intensa y gigantesca operación demagógica, superior o igual a la que se llevaba a cabo, paralelamente, en los Estados Unidos, sobre el ya más que previsible enfrentamiento.
Lo que sigue es lo que ha venido en llamarse "el desastre del 98", tópico utilizado para la llamada "regeneración" y de paso corregir errores y paliar aquel orgullo decimonónico español. Derrotadas las dos flotas de las desvencijada escuadra enviadas al hococausto, dejando desamparadas las costas peninsulares, Canarias y Baleares, en Cabite -1 de mayo- y en bahía de Santiago -el 3 de julio-; desembarcadas las tropas nortemaricanas en Oriente de Cuba, las semanas siguientes fueron angustiosas para el Gobierno de Madrid.
Por otra parte, se apreciaba el aislamiento internacional, ante lo irreversible de los hechos, temiéndose además otros frentes, incluso el de un ataque de la flota rusa a Baleares, que obligó al refuerzo del paso del estrecho de Gibraltar, molestando a Gran Bretaña que amenazó con enviar una escuadra para bombardear las costas españolas, a lo que se une lo más que asustaba a España por su clara viabilidad: la ocupación de las Islas Canarias por una flota norteamericana, abortada por la pronta intervención de los ingleses en defensa de sus grandes intereses en las islas de Tenerife y Gran Canaria, principalmente.
La rendición de Santiago de Cuba fue
la señal esperada y deseada por el gobierno que había sacrificado
la escuadra al mando de Cervera en aras de aquella salida. El gobierno español
decretó la suspensión de las garantías constitucionales
el 14 de julio y se dispuso a emprender las negociaciones de paz.