En estas Islas Canarias, territorio español, resulta inconcebible hablar de su historia pasada ni no se la une a la de Cuba, tanto en sus relaciones humanas como, en consecuencia, socioeconómicas que tienen lugar desde el mismo momento de la conquista de las islas por los castellanos a partir del siglo XV, para continuar de forma constante.
Pero aquel pretérito acercamiento es más intenso en los primeros treinta años del pasado siglo XX a través del continuo intercambio que sus gentes mantuvieron en permanente flujo migratorio a la Gran Antilla. Aquellos que fueron a trabajar y ganar los centenes, los que retornaban con el premio del laborioso esfuerzo y los más que llegaban sin éxito, sin pesos y a veces repatriados con la salud perdida después de años de soportar el riguroso clima tropical de difícil adaptación para el isleño.
Naturales de estas islas: tinerfeños, palmeros, grancanarios, gomeros; en menor medida herreños, majoreros y conejeros, guardan en sus baúles y cajas de tea, los recuerdos que sus antepasados indianos depositaron producto de la incesante odisea migratoria, en especial, a Cuba. Aquellos que hablaban de los campos y gentes cubanas con naturalidad como si de otra isla más del Archipiélago se tratara. Son éstos, además, los canarios isleños que, allí, para diferenciarlos de los emigrantes de otras regiones españolas, gallegos y asturianos, principalmente, se les denominaba genérica y cariñosamente isleños o guajiros por su específica dedicación a las tareas del laboreo del campo en general y específicamente del tabaco. Eran, en su mayoría, apreciados por su seriedad y constituían la mayor proporción poblacional en cuanto a la emigración blanca existente en la Gran Antilla por países o regiones españolas. Esta aseveración queda constatada desde el siglo XIX a través de investigaciones llevadas a cabo por historiadores cubanos, Jesús Guanche Pérez entre otros, en los archivos parroquiales sitos en los mismos lugares de asentamiento poblacional, a su vez contrastada con otras indagaciones llevadas a cabo en estas mismas Islas, siendo fundamentales las llevadas a cabo por el magnífico historiador español, recién fallecido en la ciudad de Granada, Antonio Domínguez Ortiz, gran maestro para la Historia. En alguna de sus principales obras sobre los aspectos sociales y poblacionales durante los siglos XVII y XVIII en la América hispana, define claramente los postulados que aquí exponemos.
Igualmente, como bien apunta el estudioso canario Francisco Ossorio en el prólogo al libro escrito por otro canario afincado en Cuba, Ramiro García, La Emigración canaria en Cuba, cuando dice que las relaciones canario-cubanas se basan en vínculos indisolubles de sangre que unen a dos pueblos y no existe acción, hecho o significación histórica de importancia en Cuba donde no figure la presencia de nativos canarios o sus descendientes directos.
Es una teoría con cada vez mayor número de adeptos que dan luz en rigurosos estudios la correspondencia mutua y sólida de ambos pueblos situados a ambos lados del Atlántico. Igualmente es significativa la aseveración que expresa tan alto grado de relación y que en boca de isleños así se comenta cuando aseguran que ninguna familia canaria puede negar que no cuente en su genealogía, próxima o remota, con emigrados a Cuba, aspecto que se confirma en las costumbres y peculiar forma de hablar que, con misma cadencia, une por su afinidad a cubanos y a canarios en la aportación de giros lingüísticos y palabras nuevas a sumar al acervo de la cotidiana habla canaria, diferenciada, como la del resto de Hispanoamérica, del castellano originario.
Los numerosos actos de hermanamiento entre ciudades de ambos archipiélagos atlánticos, es otro elemento más de identidad y origen común, y por la razón expuesta, es difícil encontrar una población cubana donde no se encuentre o se haya encontrado un isleño canario así nominados, como queda dicho, para diferenciarlos de los emigrantes originarios de otras comunidades de España o de otras nacionalidades.
Este fenómeno migratorio tiene lugar desde largo tiempo, pues el trasiego migratorio de los habitantes de Canarias hacia América, especialmente a Cuba y otras islas del Caribe, ha sido constante y fundamentalmente a través de dos principales aspectos: la forzada u obligatoria desde el mismo siglo XVI, impuesta por la necesidad de colonizar las extensas tierras americanas faltas de población, para lo que se utilizó todo tipo de disposiciones legales incluido el famoso tributo de sangre; y la emigración voluntaria por la que los canarios abandonan el Archipiélago para mejorar su crítica situación económica y social o huyendo de los abusos laborales y de uso del caciquismo imperante en sus islas de origen. Fueron los canarios isleños y sus descendientes, grandes y excelentes agricultores cuya actividad era desechada por otros colectivos migratorios españoles, y fueron los isleños los que más sufrieron el fuerte sol antillano durante el laboreo de las campiñas o en tareas de desbroce de los montes para crear nuevos terrenos aptos para el cultivo de la caña de azúcar o el tabaco, actividades en la que eran especialistas, desde sus lugares de origen. Esta actividad la llevaron a cabo en condiciones infrahumanas la mayoría de las veces, pero ganándose por ello el prestigio de hombres excelentes labriegos y laboriosos trabajadores cordiales, fieles en el trato hasta el punto de que decir isleño era sinónimo de honradez y de excelente trabajador. Si bien a veces pecaba de excesiva modestia y honestidad.
¿Por qué esta forma tan peculiar de ser y comportarse del canario en Cuba?
La explicación resulta fácil puesto que, normalmente, partía de las comarcas o pueblos de nacimiento en sus respectivas islas donde malvivía en condiciones lamentables a la sombra del cacique de turno, en consecuencia era inculto y desconfiado, viendo en la lejana Cuba la solución a esta forma casi esclava de vida.
Según deducimos en páginas del periódico de la Isla de La Palma, El Time, investigado por el antropólogo ya desaparecido Pérez Vidal quien profundiza las motivaciones que impulsan al canario, en general, a emigrar, cuando leemos Existen en estas islas y como constante histórica, un sentimiento de postración y olvido, el pueblo era analfabeto y desconfiado, ya que el voto censitario, era sólo para propietarios de alta renta y terratenientes, por lo que el pueblo trabajador le resultaba indiferente la política. Sacrificado y sin ambición, nada podía hacer, sólo emigrar especialmente a Cuba.
En El libro sobre Canarias, periódico Germinal, Año I, número 20, Santa Cruz de la Palma, 15 de mayo de 1904, del que entresacamos, por gentileza del Profesor de Historia de América, Manuel de Paz Sánchez, del tomo 2 de su obra Wangüemert y Cuba, en su página 9, la confirmación de esta problemática social cuando leemos que la mayor parte de los capitales de esta Isla de La Palma, proceden de América y, si recorremos los pueblos y caseríos del interior, nada tiene de extraño que nos cuenten que muchas fincas rústicas se han adquirido y trabajado con dinero de ultramar y que la mayor parte de las casas, típicas con artesonados de tea y teja, se han hecho con centenes de La Habana.
Pero todo ello está precedido por el sacrificio y a veces el fracaso de muchos y sirven de argumento para introducirnos en el largo debate del problema migratorio isleño, diatriba que ocupó a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX a destacados observadores de la realidad canaria. Detractores unos, defensores otros de este lacerante problema llamado llaga social. No saben nuestros paisanos lo que hacen al abandonar la tierra canaria guiados por el espíritu de aventura, que ha fijado tantos jalones gloriosos en la Historia, dice Ruiz Benítez de Lugo en Estudio sociológico y Económico de las Islas Canarias, a lo que responden los republicanos palmeros algo saben. Saben que aquí viven muriendo siendo esclavos por obra y gracia de una política criminal que con su labor funesta hace que huyan a miles de su patria los hijos de las Islas Afortunadas, del Jardín de Las Hespérides con suelo del privilegiado clima, de la tierra que a España envidian no pocas naciones, del país donde hay flores todo el año y crecen vigorosas y lozanas las plantas de todas las zonas. Y saben aún más. Tienen conocimiento que en Cuba hay preferencia por el labrador canario, modelo de laboriosidad y honradez, y han visto regresar a no pocos que se vieron empujados por la miseria, trayendo con qué fabricar una casita y adquirir un pedazo de terreno que le produzca gofio. Trayendo así, un poco de dinero que aquí no hubieran tenido nunca y pensando más libremente, menos dispuestos a ir a las urnas conducidos como piaras de ganado.
Sin embargo, al espectáculo que ofrecen los emigrantes en los muelles, tristes llorosos y miserables, añadimos la odisea sin cuento con que son tratados en la travesía apiñados en vapores sin las mínimas condiciones higiénicas.
En la revista Las Canarias número 670 de fecha 20 de junio de 1906, se comenta un telegrama del Delegado Interno del Gobierno en Las Palmas de Gran Canaria, según el cual el vapor español Juan Forgas había embarcado unos 600 pasajeros con destino a Cuba: 250 hombres y el resto mujeres y niños. La Guardia Civil había desembarcado, tras una inspección, 30 indocumentados, en parte prófugos.
Sobre este abuso sistemático propio de aquellas épocas, en torno a las pésimas condiciones para el traslado a Cuba, Santo Domingo, o Puerto Rico, fundamentalmente, entresacamos algunas conclusiones del historiador Julio Hernández García de la Universidad de La Laguna, cuando denuncia a especuladores sin escrúpulos que se aprovechan al máximo de las posibilidades de estos viajeros hacia el Parnaso americano hacia donde escapan a la crítica situación isleña. Recoge el interesante trabajo que el periodista tinerfeño Manuel Linares Delgado publicó el 4 de julio de 1906 en el que se congratula, sin embargo, del éxito obtenido por muchos canarios, al tiempo que analiza la vertiente regeneradora del proceso desde el lado positivo, cuando dice que a los emigrantes que vuelven al país natal y también a los que se quedan en su nueva patria, se debe, en primer término a la rápida y provechosa transformación que ha experimentado la propiedad canaria. El emigrado, el casi mendigo de ayer, es el propietario y, a veces, el intelectual de hoy, adulado por los parásitos de sangre azul. Estas conquistas de la moral y el progreso, estas prodigiosas redenciones sociales se deben exclusivamente al movimiento migratorio, según se lee en el número 672 de citada revista Las Canarias. En su análisis afirma, sin ambages, que la emigración era la única salida que le quedaba al trabajador humilde, que era mayoría, máxime en el estrecho marco territorial de un archipiélago de apenas 7000 kilómetros cuadrados, donde cruel contradicción el clima paradisíaco ofrece la sangrante burla de prolongar la vida, ensanchando la miseria. A esta situación territorial se unía, además, la explotación de que era objeto el trabajador canario por los señores que les conceden el favor de darle ocupación sólo en época de días grandes con jornadas de sol a sol, pagándoles en granos con escasa medida y aumento de precio por la misma abundancia de mano de obra que abarata y envilece el trabajo, en tanto que la escasez aumenta el precio de la faena y dignifica al jornalero. Estos proletarios se dirigían a América donde encontraban un suelo fértil, una sociedad democrática y un pueblo hospitalario y acogedor.
Ahora bien, como señala otra editorial periodística de un periódico de La Palma, Germinal, en la misma época, afrontar el problema de la emigración sin establecer determinados matices, entrañaba un riesgo simplificador. Cierto que hay una clase de emigración que ha producido y produce no pequeños beneficios a aquella isla con forma de corazón. Es la emigración del hombre ya formado y robusto que marcha con el legítimo deseo de mejorar su fortuna. Pero, por el contrario, deberían tomarse medidas contra la emigración clandestina que, a su vez, engañados y estafados con mil argucias por los agiotistas empedernidos. Por que en este caso, eran mozos incluidos en quintas o próximos a estarlo, que marchaban hacia Cuba y, en consecuencia, no sólo perjudicaban a los que se quedaban y tenían que cubrir las filas de los contingentes activos, sino que además, los emigrados no podrían regresar a su tierra sin sufrir los rigores de la ley, salvo en edad avanzada, por lo que tendían a establecerse de forma definitiva en su segunda patria con su nueva familia.
El mismo profesor, Julio Hernández García, recoge del periódico habanero El Eco de Canarias, sección Nuestro Puesto, suplemento de 3 de mayo de 1887 lo siguiente: Para nadie son un secreto los innumerables atropellos que se han cometido en nuestros buques mercantes. Los emigrantes canarios que, impulsados por la miseria, se han visto obligados a abandonar el suelo nativo, han encontrado siempre mejor amparo y protección el los buques extranjeros que en los de nuestras islas y más adelante añade: En la Isla de La Palma, ciertos alcaldes constituidos en insolentes arranchadores, arrancando de sus tranquilos hogares, valiéndose de halagüeñas promesas a trabajadores honrados que jamás pensaron abandonar a sus cariñosas madres que lloraban con desesperación la ausencia de sus hijos, y que con gritos de dolor condenaban la conducta de los agentes encargados de llenar sus buque para traerlos a Cuba a ser pasto del bandolerismo, de la insensata conducta de ciertos propietarios y víctimas, por fin, del rigor de un clima extraño a la naturaleza de los emigrados. Consultado el periódico tinerfeño La Prensa, lunes día 5 de enero de 1920, en primera página, titula Los asesinos de un canario, cuyo texto remitido desde La Habana dice: Tan pronto como el Presidente de la República reciba de la Secretaría de Justicia la sentencia condenando a muerte a los autores del asesinato de nuestro paisano Lorenzo Guerra, sentencia que ha sido confirmada por el Tribunal Supremo, se convocará el Consejo de Secretarios a fin de tratar en relación con dicho asunto. El Secretario de Justicia se opone a la ejecución de la citada sentencia que es casi seguro que se conmute por cadena perpetua. En la misma página, analizando la problemática general, leemos que los inspectores de inmigración cubanos han detectado en el vapor Santa Isabel, un total de 40 polizones, muchos de los cuales son canarios. Serán recluidos en el penal de Triscornia hasta tanto se resuelva su situación y si procede el reembarco o si cuentan con garantías para quedarse en Cuba. Igualmente, y como fiel reflejo de la situación de la época, se lee, en el mismo rotativo de fecha 17 de febrero del mismo año, la alusión a la muerte de un bandolero cubano, José Puentes Guillot, que había sembrado el terror, junto a otros malhechores más, en los barrios aledaños de la ciudad habanera y comarcas limítrofes, y que fue amigo de otro criminal apodado Vacele, también muerto por la Policía cubana en un enfrentamiento en una zona de las afueras. Son también anotadas por la prensa del momento, los incidentes entre canarios como la noticia aparecida en el periódico del día 5 del mismo mes de febrero, en que dos canarios del norte de Tenerife, Agustín Domínguez Pérez del Realejo ocasionaba la muerte a Antonio García Rodríguez del Puerto de la Cruz, de una puñalada en el corazón. El hecho tuvo lugar en la calle General Velozo de la capital cubana.
Pero, ahondando aún más en la denuncia que lleva a cabo el profesor Hernández García en lo que respecta al mal trato y a las pésimas condiciones en la que los canarios viajaban a Cuba, constatamos que era raro el viaje donde no muriese alguna persona de la gripe, tuberculosis, tisis o cualquier otra enfermedad infecciosa del momento. Así La Prensa de Tenerife, en enero de 1920, en la sección Notas del Puerto leemos que el vapor Roger de Lluria zarpará para Cuba. Se halla fondeado en este puerto procedente de Barcelona, Tarragona, Alicante, Málaga, Gibraltar y Las Palmas. Este vapor de la línea Talla, dejó en esta capital 5 pasajeros, llevando de tránsito 428 más. Desembarcó mercancías y se abastece de carbón, agua y víveres. Se dirige a La Habana para donde lleva numerosos emigrantes de este Archipiélago. Pero, uno días después el 17 de enero, el mismo rotativo en titulares de la página segunda anuncia: El Roger de Lluria con la gripe. El texto de la noticia dice: Que el citado vapor que salió, días antes, para la Isla de La Palma, donde recogió varios emigrantes, y luego continuar a Cuba llevando a bordo 600 emigrantes de estas islas, regresó en la mañana de ayer, viernes 16, a nuestro puerto, por haber sufrido una avería en el tubo del condensador de la máquina y haberse presentado a bordo varios casos de gripe, unos 26, dice benigna, quedando retenido en este puerto y convocada la Junta de Sanidad.
Los enfermos son trasladados hasta el Lazareto y se monta guardia al buque para que no entre ni salga nadie del mismo sin autorización. En un coche de ambulancia militar fueron conducidos 26 enfermos, todos naturales de La Palma como pasaje para Cuba y que desembarcados del buque son trasladados hasta el citado lazareto falleciendo uno. Al día siguiente se formaliza ante la Junta de Sanidad una petición de los pasajeros del buque solicitando ser recibidos por el Gobernador Civil a quien presentaran una instancia firmada por la mayoría de pasajeros a bordo, solicitando ser desembarcados inmediatamente por el estado de infección del buque y hallarse éste con averías que le obligan a permanecer en el puerto unos diez días. También pretendían protestar por la falta de higiene del buque. La Junta y Gobierno acordaron la continuación del estado de aislamiento de los pasajeros y que sólo fueran desembarcados los nuevos casos de infecciosos de gripe, negación que se justificaba por la carencia de alojamientos en la isla, lo que ocasionaría graves conflictos.
En el Lazareto ya había ingresados un total de 51 pasajeros, más otros siete del buque Reina Victoria, también surto en el puerto, y un fallecido natural de Barcelona que había embarcado en Málaga con su mujer y dos hijos rumbo a Cuba. La correspondencia del Roger de Lluria fue desembarcada y trasladada al vapor francés Carolina que tomará 400 emigrantes en este puerto de Tenerife rumbo, también, a La Habana.
Con fecha 21 de enero del mismo año, el aludido rotativo anuncia la llegada del vapor Polaris de la compañía Talla, procedente de la capital cubana con numerosos pasajeros para esta isla. Y el día 23 anuncia noticia espeluznante sobre la gripe, esta vez en la vecina ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, que denotaba el carácter epidémico de la enfermedad procedente, según parece, del área del Caribe. Sin embargo, un brote de viruela e influencia se había desarrollado durante la travesía del vapor Cádiz, que había llegado a La Habana el pasado mes de diciembre procedente de Barcelona y otros puertos del Mediterráneo, vía Canarias y Puerto Rico, transportando unos mil pasajeros y carga en general. En la travesía de Canarias a Puerto Rico se declaró la viruela en tres pasajeros y fueron atacados de gripe 14 más, que fueron desembarcados en San Juan y recluidos en Hospital de Cuarentenas de la capital portorriqueña y el buque fue desinfectado. Durante la travesía desde Canarias habían fallecido cuatro pasajeros de viruela y tifus.
Al día siguiente, 24, el mismo periódico, en noticias procedentes de la agencia en Las Palmas, en columna central de la página dos, entresacamos que la citada epidemia gripal ha castigado con más virulencia los distritos de Las Isletas, Arrecife, Santa Catalina y Alcaravaneras de la capital grancanaria. En el barrio El Refugio y barriada de Las Canteras, lo más saludable de la población, sólo se habían detectado casos de gripe benigna. El martes último fallecieron en la ciudad 19 personas de bronconeumonía y al día siguiente 15 más. Se han desalojado grandes almacenes en la calle Albareda de miles de sacos de cereales para ser utilizados como improvisado hospital de infecciosos donde se reparte leche y caldo a los enfermos más pobres.
Los buques surtos en el Puerto de La Luz de la citada capital no permiten que sus tripulaciones y pasaje bajen a tierra por temor a contraer la enfermedad, y así se dispuso en el vapor Bolognia, surto en el mismo puerto, que prohibió desembarcar a sus 95 pasajeros, la mayoría turistas.
Hacia el día 29 del mismo mes, la epidemia se hallaba en situación estacionaria.
Estos son hitos que definen de manera contundente cuantos sacrificios hubieron de soportar los flujos migratorios canarios que de manera continua atravesaban el Atlántico para instalarse, casi siempre de forma definitiva, en América, especialmente en Cuba, donde, según recientes estudios llevados a cabo por científicos universitarios de Canarias, la ascendencia sanguínea trasmitida a través de sucesivas generaciones por canarios en Cuba supera los dos millones de individuos, tras las aportación poblacional de otras regiones españolas, en especial Asturias, Galicia o Andalucía. Sin embargo, hoy son todos cubanos que, posiblemente, añoran aquellas comarcas o regiones hispanas de donde procedían sus ancestros.
Extracto de ponencia expuesta en el XII COLOQUIO
DE HISTORIA CANARIO-AMERICANA, CASA DE COLON DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA,
año 1996.