Los campesinos cubanos, entre los que descollaban innumerables "isleños" asentados como nacionalizados o inmigrantes, que habían desplegado importantes huelgas durante el mandato de Machado, las intensificán en 1934 en numerosos lugares del país sobre, todo en la provincia de Oriente, siempre en defensa de la tierra, problema común a todas las sociedades humanas durante la historia.
Entre los casos típicos de esas luchas se encuentra el Realengo 18, en las zonas montañosas cubanas de Guantánamo. Dictada una demanda de desalojo masivo, a iniciativa de aquellos que la historiografía cubana llama "geófagos" (devoradores de tierras), contra unas 5000 familias campesinas de la zona, éstas se arman con ayuda y asesoría del PC y, alzando la consigna de ¡Tierra o sangre!, se enfrentaron una y otra vez a las empresas latifundistas acaparadoras, en virtud de leyes no totalmente claras, haciendo frente igualmente a las tropas de Batista, consiguiendo que no le fuera arrebatadas sus tierras poseídas desde época de la colonia.
Luis Felipe Gómez Wangüemert, el periodista canario, afincado en Cuba, nos describe esta situación social, en un artículo escrito desde La Habana para el periódico TIEMPO de Santa Cruz de La Palma, de fecha 17 de enero de 1934, cuando nos define un realengo: " ¿Un realengo? Es una extensión de terreno del Estado, grandes trozos entre fincas deslindadas en tiempos de la Colonia, que Martínez Campos, en su carácter de Gobernador General de la Isla de Cuba, cedió, al hacer la Paz de Zanjón, a los campesinos orientales que colgaron el fusil y el machete de la guerra para consagrarse a las labores agrícolas, rehaciendo sus hogares deshechos por diez años de lucha. Y al poblar y trabajar los realengos, en una extensión de veinte y seis mil caballerías de tierra productora, acudieron más de veinte mil familias, entre ellas no pocas de canarios. Durante unos treinta años, mientras gobernó España y, en el período presidencial del íntegro Estrada Palma, fue respetada la propiedad de los campesinos, laboriosos y buenos. Ellos no pensaban que en la República soñada, en aquella por cuyo advenimiento pelearon en la manigua, ya hecha realidad, con leyes, y con gobernantes, pudieran ser desalojados del suelo que, primero con la sangre y luego con el sudor, habían regado para que fuese más fértil.
Pero no pensaron bien, no sabían de la ambición de los geófagos, de la venalidad de los jueces y de la infamia de funcionarios dispuestos al soborno. No sabían del poder del oro norteamericano, de la formación de poderosas compañías extranjeras que habrían de adquirir tierras vecinas para luego ensancharlas arrebatándoles las suyas a los indefensos labriegos, a los moradores de los realengos cedidos por Martínez Campos. A lo largo de los años, y de sucesivos gobiernos, poco a poco, las grandes empresas agrícolas yanquis se fueron apoderando de lo que no es suyo, amparadas y ayudadas por cubanos venales, de todas las categorías, a los que no importó nada la injusticia cometida. Nada la desesperación de los campesinos, nada las lágrimas de sus mujeres ni el lloro de los niños allí nacidos. Así, por viles procedimientos, fueron desalojados y lanzados "al camino real" miles y miles de seres, gentes honradas que habían hecho la ilusión de lograr ser relativamente felices, después de haber contribuido en la medida de sus fuerzas a la liberación de la Patria.
El conocimiento de tantísimos despojos y el anuncio de que una de tantas compañías del Norte reclamaba como suyas tierras del Realengo 18, Guantánamo, hizo que las seis mil familias que las ocupan, se dispusiesen a defenderlas contra sentencias y órdenes de desahucio, contra el empleo de las fuerzas armadas, apoyándose en el derecho de posesión. Demostrando con documentos ser suyas, dadas por el legítimo representante de España, por el general pacificador.
Y en anuncio, al tratar de convertirse en hecho, halló a los realenguistas transformados en rebeldes, en resueltos rebeldes dispuestos a la defensa, a morir de ser preciso. Se organizaron, se unieron, se abrazaron, buscaron armas y erigieron jefes. Los irritados "geófagos", las empresas millonarias no concebían que aún hubiese guajiros que se les opusiesen.
En vista que por los métodos que consideraban "ordinarios" no podían arrojar a los referidos campesinos de sus legítimas tierras, laboradas por generaciones de aquellos guajiros humildes, muchos de procedencia "isleña", como queda dicho, los terratenientes insaciables, acudieron a toda clase de vericuetos jurídicos para producir el desalojo legal, utilizando todo lo "utilizable" o todo lo vendible incluidos los periodistas corruptos. Se lanzó contra estos desgraciados la más acostumbrada y socorrida acusación del momento: eran comunistas revolucionarios y pro soviéticos a los que era necesario eliminar, aplastar en nombre del orden establecido universalmente contra la ideología imperante en la antigua Rusia, y del propio de los principios del régimen cubano.
Pero también surtió efecto, entre la opinión pública, la contumacia de los campesinos del Realengo 18 en la defensa de lo que creían eran derechos adquiridos de muchos años. El Presidente de la República dispuso que el Ministro de Justicia se personara en el lugar del conflicto acompañado de periodistas y fotógrafos, siendo recibido con suma cortesía por el responsable de los agricultores en conflicto. Le fueron expuestos al Ministro los documentos justificativos que daban derecho a las seis mil familias para seguir viviendo en aquellas tierras.
El Ministro informó al Gobierno que dispuso un tenso compás de espera y suspendiendo los lanzamientos judiciales en vigor, y para cuya ejecución se precisan fuerzas del Ejército dispuestos a matar, sabiendo que los campesinos se defenderían también con armas de fuego. "Cubanos disparando contra cubanos decididos a morir defendiéndose", como bien apunta Gómez Wangüemert en el citado artículo en el que añade: "¿ Que sucederá, al fin, siendo tan aplastante la influencia de los "yanquilandios y habiendo crisis de patrimonio y de moral? ¿Irán los campesinos del Realengo a sumarse a los tantos despojados, que clamaron en el desierto y ya figuran en el espantoso contingente de los hambrientos?"
Quizá, se contenga la acción de la Justicia para no acrecentar el descontento y para no dar motivo a los partidos oposicionistas a nuestras acusaciones. Seguramente que el Coronel Mendieta, próximo a dejar la Presidencia, no quiera autorizar con gravísimo ademán realizado en la región iniciadora de la Independencia.
Que hay responsabilidad histórica y ética en cuanto se haga contra el Realengo 18 del que son dueños legítimos y poseedores unos hombres recios, es un hecho. Son capaces de ir al sacrificio antes de ser desposeídos de sus humildes bohíos y de sus huertos, lanzándolos a la más espantosa miseria, obligándolos a formar la más triste y dolorosa caravana en la que viajan sus padres, sus esposas y sus hijos.