LA MOVILIDAD DEMOGRAFICA EN FUERTEVENTURA, EN
OTRAS ÉPOCAS
Vamos a centrarnos en los avatares sufridos por la isla que Miguel de Unamuno en su destierro, año 1924, llamó la más cenicienta de Canarias, nominada también "calvero" por otros. Es la hoy floreciente, artificialmente por el trasiego económico que implica su actividad turística fundamental, la castellanizada Fuerteventura o Maxorata aborigen. Isla que, si bien hace unos dos mil años al igual que su vecina de Lanzarote, podría haber tenido ríos de agua y así lo atestiguan las numerosas barranqueras que perfilan su superficie, hoy y en el ayer inmediato no puede ser más incierta dicha posibilidad un tanto mitológica, aunque nunca desechable como demostrable teoría si nos atenemos al vergel que fue el desierto del Sahara próximo, hace unos ocho mil años, tiempo no excesivamente largo en el devenir cronológico histórico-geográfico.
En sendas publicaciones: Los Acuerdos del Cabildo de Fuerteventura, 1729-1798 y en El Hambre en Fuerteventura (1), investigaciones editadas que citaremos, aparecen datos sumamente explicativos de las muchas causas que condujeron al majorero a emigrar a las islas mayores preferentemente o a cualquiera de las demás como así se conoce en las historias de ambas, y por supuesto al tenido por paraíso del emigrante: La América española.
Apunta el Sr. Roldán Verdejo, que la falta de lluvias, endémica en la isla, da lugar a numerosas novenarios a la Virgen de la Peña, trayéndola desde su ermita a la Parroquia.
Durante las grandes hambres de 1770 se trae la Virgen, que se traslada igualmente y por el mismo motivo en 1784 y en 1790. Su veneración es originaria de la Vega del Río Palma, por la que los majoreros sienten especial devoción, llegando a erigirse Patrona y es adorada en muy diferentes lugares donde el majorero se asienta, producto de esta emigración forzada, en aquellos momentos.
En el Puerto de la Cruz se venera igualmente a la Virgen de la Peña de Francia, y la de La Peñita o Virgen Ciega en el barrio de pescadores de La Ranilla, por los descendientes en gran parte de majoreros emigrantes, llegados como consecuencia de las frecuentes hambrunas a las que se unía la sed (2).
Es sin duda el hambre la causa principal y última para la decisión migratoria, y que Roldán considera como una parte de la historia inédita y sin protagonistas de relieve puesto que la sufren las masas de isleños por igual. El hambre y su secuela no deja vestigios materiales cuantificables para el futuro, salvo la cifra de muertos o calamidades que produce en sus cíclicas apariciones. Sin embargo, a decir de Roldán, su recuerdo se desvanece pronto, al menos desaparecida la generación que la padeció. De ahí que mejoradas las condiciones económicas los mismos habitantes de la isla no la recuerden. No obstante, los documentos de la época nos descubren con toda su crudeza la triste realidad de "tantos siglos de hambre" en aquella isla. La evolución normal de la agricultura totalmente de secano y como principal recurso económico, ofrece un panorama difícil y fuertemente ligado al régimen de lluvias y su frecuencia en el año. Lo corriente es un par de años buenos, cada diez, o tres medianos y resto estériles, controlando la reserva de granos y almacenando para los malos. Pero cuando el grano de los años buenos y medianos se exportaba principalmente a Tenerife, como recurso económico, y seguían tres o más estériles, el hambre asolaba a la isla falta de recursos. Se recurría a reservas puntuales, el pescado siempre abundante y los socorros enviados desde otras islas. Pero cuando los años eran malos también en el resto del Archipiélago, el hambre sin solución se extendía por toda la isla provocando la emigración obligada.
Roldán Verdejo remonta la búsqueda de noticias hasta 1593, documentadas por escrito a través de varios acuerdos del Cabildo en el siglo XVII, en citas a La Aldea de la Gente Muerta, presumiéndose ocurriese incluso antes de este siglo, el hambre que eliminó la vida de las gentes de aquella aldea.
En dicho año de l593 de nefasto recuerdo entre los habitantes de Fuerteventura, que desprovista de grano para su sustento y muchos de sus habitantes huidos en la emigración forzada, sufrió la invasión mora, precisamente por falta de moradores que la defendieran . El pirata sarraceno de nombre Arráez se adentra en la isla y saquea las aldeas entre ellas Betancuria, cuyos escasos habitantes se refugian en torno a la Virgen de La Peña del convento franciscano en Vega de Río Palmas, a donde llega el pirata que saquea, roba y quema el Convento y la Iglesia.
El recuerdo perduró en la memoria de los majoreros que cien años después, en sus peticiones sobre el cierre de la saca, añaden "para que no ocurra como en el referido año en que se despobló la isla y la invadieron los moros ". A partir de acontecimientos como este sólo unos años después, 1599, Gonzalo de Saavedra, señor de la isla, acuerda constituir Pósito, en las mismas ruinas de la Parroquia de Betancuria, constituida en capital, cuyo funcionamiento como reserva de trigo tendrá lugar en lo sucesivo y en los próximos años, del recién llegado siglo XVII, en el que Roldán apunta que se ahuyentó el hambre. Si bien en 1639 ya se tienen noticias de la existencia de nuevas hambrunas, y es asaltada una carabela portuguesa surta en Caleta de Fuste que pretendía llevar trigo a la Madera y no permitiéndose la salida al recordar que en los años anteriores murieron de hambre muchas personas. Pero es desde 1650 cuando Fuerteventura se va a ver envuelta en una sucesiva serie de grandes hambres que culminarán en la de 1721 y siguientes, probablemente la mayor calamidad de su historia.
En el cambio de siglo, unos años antes, en 1693 se permitió salir granos para Tenerife, como norma habitual, a pesar de ser mal año lo que condujo a nueva hambruna obligando a emigrar aproximadamente mil personas y el resto a vivir de raíces o estacionarse en la costa para alimentarse de lapas, burgados o de la pesca, siempre abundante. Y en el año 1703, aún peor que el de l693, con bastantes muertes por inanición, detectándose enterramientos por esta causa en la ermita de Candelaria de la Oliva, los días 3, 18 y 19 de agosto y 14 y 24 de septiembre (3). En dicho año se extinguen vacas y ovejas, ordenando el Cabildo que el resto existente, cabrío, que queda en la Isla se lleve a Tenerife a vender o permutar por grano, observación curiosa en cuanto al destino del grano procedente de Tenerife siempre demandante. Hierbas y leche son los únicos alimentos de la isla y a tal necesidad se llega, apunta el Cabildo, que un tal Bernardo Pérez pide licencia para sacar de Fuerteventura dos jumentos que tiene, para que no se mueran de hambre.
Un año malo producía el comienzo del hambre pero dos o tres años seguidos, que ocurría con cierta frecuencia, significaba el hambre asoladora para los habitantes de la isla que optaban por la emigración a la desesperada y por los escasos medios náuticos disponibles, produciendo la casi despoblación total y a su vez un grave problema para las islas receptoras, Las Palmas y Tenerife preferentemente, con merma de recursos puesto que las sequías, aunque menos intensas, también las afectaban. Esto sucedió en la llamada "gran hambre de l721" y en los dos años siguientes que repercutieron grandemente y explican las causas de emigración forzada que en este trabajo pretendemos exponer y que Roldán Verdejo analiza con meticulosidad documental.
Desde el año anterior al inicio de la crisis, la cosecha presentaba dificultades por lo escasa, que aumentarían de continuar la sequía en las siguientes, como desgraciadamente ocurrió por tres años más hasta l723.
El Capitán General interviene con medidas para reducir la salida de granos pero desgraciadamente la sequía persiste y la cosecha de 1721 resulta nula y ante tal perspectiva gran parte de la población desesperada comienza a emigrar desde los primeros días del año. Gran Canaria la isla más próxima y primera receptora de emigrantes y conocida la situación grave de Fuerteventura y la avalancha de gente que van a arribar a la isla, deciden la medida más drástica y menos humanitaria en estas situaciones: la prohibición de entrada.
Roldán así lo apunta cuando indica: "que el 22 de marzo se reúne en sesión abierta el Cabildo gran canario y como la cuestión es grave, por poner al borde de la muerte a masas de población, recurre a consejo de teólogos y juristas. La decisión es terminante: se acuerda comunicar al Cabildo de Fuerteventura que Gran Canaria no admitirá a más emigrados de esta Isla - y Lanzarote - que los tres mil que hasta el momento han llegado", cantidad de por sí ya respetable para la demografía de la época. Al conocerse la noticia se reúne el Cabildo de Fuerteventura, con carácter urgente, el 4 de abril, bajo la presidencia de su alcalde Antonio Téllez de Silva, dándose cuenta que los habitantes de la isla " se hallan de lugar en lugar y de puerta en puerta pidiendo socorro, como no se puede imaginar y nunca ha ocurrido, pues habrá escasamente sesenta vecinos que puedan mantenerse un año, no pudiendo socorrer a parientes ni a pobres". Se echa mano a lo recaudado por impuestos de quintos correspondientes al señorío, y e intervenidos por pleito iniciado en 1686 en la Audiencia, y con el objeto de comprar granos para el sustento.
A este respeto y en el capítulo LXXXI. de la Historia de Lanzarote y Fuerteventura de Manrique, edición facsímil del Cabildo, ya citada, se hace mención a " aquella calamidad", que afligió a Canarias en 172l - con interpretación general -, siendo capitán general de las mismas D. Juan de Mur Aguirre, hambre que fue seguida de una enfermedad. Ese mismo Don Juan fue redentor de nuestras islas, proporcionando un generoso socorro de más de 30.000 pesos de su propio caudal, por cuyos sublimes sentimientos hizo las delicias de los canarios, afanándose tanto en su obsequio, que perdiendo su robusta salud, bajó al sepulcro en 1722. Estos son los grandes nombres que jamás debieran borrarse, añade su autor, de nuestra memoria para quien tal vez los canarios no hayamos tenido el más ligero obsequio que perpetúe su memoria. En cambio la más triste adulación, o el fanatismo más denigrante suele levantar monumentos a quien jamás en su vida no ha hecho por los hijos del país, ni la décima parte que el Sr. Mur. El citado capítulo lo finaliza diciendo que aquella especie de epidemia ocasionó numerosas víctimas. Sólo en Canaria, a donde habían acudido muchos desgraciados de Fuerteventura -y Lanzarote-, perecieron más de 7000 personas. Era tal la emigración, que en una ocasión desembarcaron por las playas del Sauzal (Tenerife) 600 majoreros - y lanzaroteños -, de una sola vez, en busca de socorro en la indigencia, y logrando adentrarse en la isla.
Nada más definitorio para el estudio de la situación que estudiamos que los documentos reflejados en actas y que Roldán Verdejo, aborda con suma claridad en "Los Acuerdos del Cabildo" La Laguna 1966, ya citados. Considera que de los mismos se desprende, como recuerdo insistente, el del hambre de la isla. Hambre endémica, muy lógica en un país sin apenas lluvias, que vive exclusivamente de cereales a secano y supeditado a plagas constantes, procedentes del vecino desierto sahariano, la langosta. En sesión de 4 de noviembre de 1776, se dice que la isla experimenta un año estéril de cada tres o cuatro. A ello se suma la falta de moneda corriente, obligando al ya olvidado trueque de otras épocas, por trigo o por animales, para obtener otros bienes imprescindibles y de necesidad inmediata. Esta falta de moneda alcanza hasta los más hacendados puesto que en acta de 5 de febrero de 1789, se lee "que los hacendados tienen que pasarse a hierbas solas.
En 1746 se dice que los maravedíes que hay en la isla no pasarán de 40.000 reales en cobre, casi ninguno en plata, por lo que se comercia con frutos de la tierra, obligándose a embarcar granos a Tenerife, siempre demandante, para hacer plata en tesorería.
A partir de estos años calamitosos que se inician en l721, la situación en la isla se estabiliza aparentemente, puesto que unos cincuenta años después el fantasma del hambre y la miseria vuelve a rondar a la isla de "las mayores desgracias", puesto que en 1769, se inicia la gran segunda gran hambre de su historia, que culmina en la sequía bíblica (4) de 1771. Ya el año 1768, fue malo con falta de pastos y hierbas en la isla, hasta el extremo que el Cabildo acuerda, que el ganado se someta a control y vigilancia en las zonas donde ha de pastar. En el mismo año 1769, los habitantes de la Isla comienzan a emigrar a Tenerife, problema que alcanza de lleno esta vez a Lanzarote, obligando a su gentes igualmente al desplazamiento forzado, para paliar el hambre.
D. Antonio Rumeun de Armas, en el artículo citado, aborda el problema desde la perspectiva social y económica, para considerar que las causas que motivan estas situaciones son la consecuencia de ciclos climatológicos de escasez de lluvias en Canarias en general, y en Fuerteventura - y Lanzarote - en particular, fenómeno, por desgracia, harto frecuente con mayor virulencia que en las zonas mas secas de la España peninsular, incluidas las regiones menos lluviosas del sudeste. A la sequía ocurrida en 1771, que llama bíblica, que sigue al bienio malo al que hemos aludido hasta adquirir la magnitud de hecatombe, por las características de catástrofe de aquella aciaga fecha de 1771, añade que: " para que se tenga una idea de la magnitud de la situación apuntada basta declarar que perecieron lastimosamente 2600 personas de hambre y sed, después de haber tentado en vano saciarla con carnes y cosas más inmundas, refiriéndose a Lanzarote, lo que equivalía a la pérdida de un tercio de la población total de la isla cifrada en unas 7000 personas aproximadamente, buscando el resto la esperada salvación en la huida hacia donde fuera ".
Por lo que respecta a Fuerteventura el drama del año 1771 fue aún más pavoroso, pues por muerte en mayor número y por éxodo forzado los más pudientes, la población, cifrada en unos diez mil moradores, se vio reducida a la mitad; según Rumeu, quien se basa en las fuentes procedentes de Las Descripciones de José Ruiz Cermeño a través de datos demográficos recogidos por este ingeniero militar, durante su estancia oficial en la isla en el año 1772.
Considerando los datos suministrados por Ruiz Cermeño, 7210 habitantes para Lanzarote en 1744 y los 12.784 en 1787 por el Conde de Floridablanca, y los referidos a Fuerteventura, 7382 en 1744 y los 10614, del mismo censo, deducimos que la sobre mortalidad de signo catastrófico se remonta rápidamente con el numero progresivo de matrimonios, aumentando la tasa de fecundidad y la inmigración de aquellos que marchan en épocas de hambrunas que regresan al "terruño", que les vio nacer. A ello contribuye la recuperación agrícola en los años favorables que dan lugar, incluso, a cosechas superabundantes que dan a Fuerteventura la categoría de hecho ser el granero de Tenerife, e incluso de La Palma, en algunos años. Esta recuperación lleva aparejada igualmente la de los animales de carne, caprino y ovino principalmente, o los utilizados en el laboreo del campo o animal de carga, el camello y el asno principalmente.
A este respeto analizamos un documento, extraído del Archivo de Simancas y que Rumeu de Armas incorpora en el citado artículo, sobre descripción de las costumbres de los majoreros por estas fechas, y circunstancias que vieron durante el reconocimiento de la isla en 1772, por D. Miguel Fernández de Heredia, comandante general de estas islas, del que entresacamos: " que comparados los majoreros con los lanzaroteños, son considerados más decidiosos, pues acuden a los naturales de Tenerife Canaria y Hierro para que les ayuden a sembrar sus campos, segar y trillar sus mieses, y que vienen prontamente a ejecutarlos - no dice a cambio del pago como salario con grano -. Por consiguiente, continúa, se hallan casi siempre en la mayor infelicidad, los majoreros, siendo su alimento continuo un amacijo que llaman "gofio", hecho con agua y con semillas de la hierba vidriera o barrilla, a quien dan aquí el nombre de cosco, y crece sin cultivo en esta isla con admirable abundancia y fecundidad; a más las expresada semilla hacen también gofio en años estériles, de las malvas, acelgas silvestres, del grano de orujo de la uba y otras".
Se refiere más adelante, se supone al principal motivo para este informe, cual fueron los desgraciados años de escasez, y añade que: " a estas desgracias se suman los infortunios de los cinco años consecutivos por falta de agua, habiendo perdido del todo sus cosechas, que siendo la más llana fértil y abundante de todas las Canarias en ganado y grano (sic), en tal conformidad que es muy común que en años de lluvias, ver espigas de trigo de catorce carreras cada una, y dar por uno ciento y veinte". Y se añaden otros datos de interés, que harían optimista a cualquier majorero, que por aquellas fechas hubiera tenido acceso a dicho informe, cuando dice: " dicha isla produce, en buenas cosechas, 76000 fanegadas de trigo, 153 de cebada, y 1000 de maíz. En iguales años produce asimismo más de 400 pipas de vino, 400 quintales de frutas pasadas y de 8 a 10.000 fanegadas de papas (sic). Hácense también mas de 800 quintales de queso, y se extraen más de 5000 machos cabríos, 4000 carneros y 600 quintales de lana. E igualmente se coje (sic) seda de buena calidad, la suficiente para el uso y corto gasto de la tierra. Pasan de sesenta y siete fuentes las que se numeran en Fuerteventura, las más de agua salobre, también se encuentran por la parte del sur muchos pozos de agua manantial, y por la del norte algunos aljibes de agua lluvia. No hay molinos de agua ni de viento, sírvense de tahonas particulares que hacen rodar los camellos. No se halla noticia que haya habido hospital en la isla. Si hubo pósito pero se ignora por que razón y en que tiempo feneció, echándose a ver los importante que sería su restablecimiento si se atiende a la indigencia de los naturales y a la despoblación forzosa de la isla en años malos y estériles. También se cuenta disfrutó de un registro para Caracas, y que consta por documentos antiguos haber habido a este efecto un juez de Indias en la isla ".
Fundamentalmente, las causas que determinaron las hambrunas en la Isla, con la de su hermana próxima Lanzarote, y como consecuencia la salida de la mayoría de sus habitantes con el total abandono de propiedades y pertenencias, que a las mismas sigue, podemos concretarlas en tres factores principales, siguiendo siempre al gran conocedor Roldán Verdejo, y que son:
Las desastrosas condiciones en que a través de los siglos, que siguen a la conquista, en el aspecto económico, han sufrido la mayoría de los habitantes de la Isla. La explotación agrícola y ganadera con carácter exclusivo que produce rendimientos vulnerables en los años malos. La falta de un verdadero comercio exterior propio, siempre supeditado a las dos islas centrales, que produce de por sí el aislamiento. Si a ello sumamos las condiciones precarias derivados del antiguo régimen, exacciones fiscales abusivas de los señores, la falta de moneda, la intervención de la Iglesia no siempre justa con el pueblo más necesitado, son suficientes causas, que agravadas en periodos de hambrunas, obligan a la emigración forzosa.
La dedicación exclusivamente agrícola, desde los mismos albores de la conquista en el siglo XV - después de la de Lanzarote y que finalizó para todas las islas en Tenerife, casi un siglo después -(5), a la que sumamos un mismo sistema de explotación ganadera, el temor a los piratas berberiscos, y las más que mencionadas plagas cíclicas, han obligado al majorero a vivir en estado de permanente preocupación, asentándose en los valles del interior, con mejor tierra y condiciones agrícolas. Agricultura necesariamente de secano, en el periodo que tratamos, siendo por ello normal que el trigo, cebada y centeno los cultivos que producen las principales fuentes de riqueza en la Isla, con la ganadería y derivados, sin que olvidemos la pesca, único producto imperecedero, aún en las más fuertes catástrofes con la merma de otros recursos, ya apuntados.
Estas causas o factores marcan la pauta del comportamiento de la economía majorera hasta muy avanzados años del siglo XIX, e incluso comienzos del actual, contracciones cíclicas heredadas del aquel sistema económico, que en la década de los años treinta y los cuarenta del diecinueve, eran fácilmente vulnerables. Manuel de Paz Sánchez, en artículo conjunto con Millares Cantero (6), nos ilustran al respecto. Las espantosas sequías que se suceden en Fuerteventura - y Lanzarote- desde 1832 a 1846, no hicieron más que extremar los males que reportó la depreciación de la barrilla, último recurso económico hasta el momento de la economía canaria, siempre cambiante. Sequías y hambres espectaculares trajeron consigo la inevitable secuela de epidemias, muerte y la emigración, provocando, como siempre que esto ocurrió, la quiebra de los más débiles campesinos, y como injusta consecuencia la mayor concentración de la tierra en manos de la burguesía majorera.
Los mismos autores aportan datos significativos: los 12.225 habitantes con que la isla de Fuerteventura contaba en 1837, se verían reducidos a los 6.384 de 1846.
NOTAS A PIE DE PÁGINA
1.- "Acuerdos del Cabildo de Fuerteventura", Roldán Verdejo, La Laguna 1966, y "El hambre en Fuerteventura", Cabildo de Tenerife, Aula de Cultura, 1968.
2.- Lobo Cabrera, Manuel, II Jornadas de Lanzarote y Fuerteventura, "Agua y sed en Fuerteventura", páginas 60 y 61, y referencias a Los Acuerdos, recopilados por Roldán Verdejo.
3.- "El hambre en Fuerteventura", ya citado, p. 12.
4.- Rumeu de Armas, Antonio, "Estructuras socioeconómicas en Lanzarote y Fuerteventura en la 2ª mitad del siglo XVIII", AEA núm. 27 p. 425 y s.
5.- Rumeu de Armas, Antonio, "Política indigenista de los Reyes Católicos", y artículos en Lancelot, Arrecife, bajo el epígrafe "Cronicones", Leal Cruz, M., números 560, 565, 572, 576, y otros. A este respecto en la excesivamente larga duración de la conquista de las Islas Canarias, si comparamos con otras" hazañas" de la época, añadimos: Enrique III de Castilla, cede a Juan de Betencourt, caballero normando y amigo, los derechos de conquista en estas Islas.
En 1402, en unión de Gadifer de la Salle, conquistan Lanzarote y efectúan incursiones por Fuerteventura, siempre arriesgadas, y en 1404, después de intenso abuso a los maxoratas, logran la conquista, que consolidan en el siguiente año.
En 1405, intento de conquista en Gran Canaria, frustrado por las defensas aborígenes, otro intento en La Palma igualmente fallido, a Tenerife ni siquiera lo intentan. A la vista de los fracasos el caballero normando cae furibundo sobre la pequeña Isla de Hierro, que si conquista con la ayuda del traidor Augerón, detenido y esclavo desde antes, de lo que tampoco se salvan sus paisanos los binbaches.
Entre 1448 y 1452, los Peraza, con grandes dificultades someten parcialmente a La Gomera, tras seria resistencia y levantamientos contra los condes, posteriormente.
En 1464, Diego de Herrera cree llegar a un acuerdo pactado con los "valientes" menceyes de Tenerife, a los que temían, construyendo una torre en las playas de Añazo, Santa Cruz, que los guanches destruyen por incumplimiento de lo acordado, 30 años antes de la Batalla de La Laguna (Aguere)
En 1468, Diego de Silva en intento de conquista de Gran Canaria, se arriesga por el barranco que desde entonces lleva su nombre, y en su cuesta fue derrotado por los Faicanes de Galdar y, no obstante, le es perdonada la vida a él y a sus guerreros, "nobleza obliga", no es un dicho canario precisamente.
1478, en otro intento de conquista en Gran Canaria, con más refuerzos y medios, tras cinco años de asedio a los aborígenes, éstos son derrotados en Guiniguada, donde los castellanos instalan su real en la actual Vegueta.
Y es en 1483, tras largos años de sufrimiento para los pobres canarios, el noble Bentejuí y el Faicán, al grito de Atis Tirma, para no sufrir más humillaciones tras quedar acorralados y prisioneros del invasor, se despeñan y mueren, finalizando la conquista de Gran Canaria. Pero todavía, después de 76 años del inicio, queda La Palma y Tenerife por conquistar, islas éstas cuya resistencia constituía una seria humillación para un ejército medieval, bien entrenado, con armas superiores, y probado en numerosas batallas en Italia y en la propia España.
En 1484, se sublevan los gomeros, que fueron reducidos con refinada y atroz crueldad, incluidos los que vivían fuera sirviendo a las huestes castellanas en otras islas ya conquistadas.
Continúa la humillación en las costas de Adeje, Guimar, Candelaria, etc., donde los barcos que partían de San Sebastián y se dirigían a El Real de Las Palmas o Fuerteventura, no podían recalar o aprovisionarse, sin permiso y sin previo acuerdo comercial con los guanches de Tenerife, aspectos estos que muchos historiadores, incluso de aquí, olvidan. Antón el Guanche había sido hecho prisionero en las costas de Adeje, siendo niño, y cristianizado para servir de intérprete en la conquista de su tierra.
El aventurero Fernández de Lugo, en inconfesable incumplimiento, reduce al cantón más poderoso de La Palma, Taburiente, que finaliza en 1493, cuando ya se había descubierto América. Isla esta de La Palma hasta dicho momento indomable y donde en un intento de conquista, unos cincuenta años antes, el joven Guillén Peraza fue muerto por los benahoritas de Tahuya, quedando allí su cuerpo, aunque hay diversas interpretaciones, pero si se crearon las endechas o canciones en su memoria, las más antiguas conocidas de lo que pudiera ser una literatura canario-castellana.
Y por último con grandes pérdidas en hombres y armamento, y previos los más astutos acuerdos para dividir a los guanches de la Isla de Tenerife, logran su conquista en 1496, en la desgraciada derrota de La Laguna, en que los nativos ya agotados, tras largos años de resistencia a los embates castellanos en su territorio, no pueden imponerse por más tiempo en su inferioridad material, a pesar de su gran valor para defender y conservar su libertad. Los menceyes (reyes aborígenes) son mal tratados y casi todos deportados, como trofeos de guerra incluso hasta Venecia.
Es curioso y significativo, que precisaría un estudio más profundo y que nunca se ha hecho, el por qué la conquista de todos los imperios de América, desde los hoy EEUU, hasta la Patagonia, incluidos aztecas, méxicas, incas, chibchas, etc., se llevó a cabo en unos cincuenta años. El total dominio sobre las Islas Canarias costó a los castellanos cien años, o más si tenemos presente otros intentos anteriores.
6.- Millares Cantero y de Paz Sánchez,
"Sondeo en una crisis", ya citado, p. 53.