En estas Islas Canarias, territorio español, resulta
inconcebible hablar de su historia pasada ni no se la une a la de Cuba, tanto
en sus relaciones humanas como, en consecuencia, socioeconómicas que
tienen lugar desde el mismo momento de la conquista de las islas por los castellanos
a partir del siglo XV, para continuar de forma constante.
Pero aquel pretérito acercamiento es más intenso en los primeros
treinta años del pasado siglo XX a través del continuo intercambio
que sus gentes mantuvieron en permanente flujo migratorio a la Gran Antilla.
Aquellos que fueron a trabajar y ganar los centenes, los que retornaban con
el premio del laborioso esfuerzo y los más que llegaban sin éxito,
sin pesos y a veces repatriados con la salud perdida después de años
de soportar el riguroso clima tropical de difícil adaptación para
el "isleño".
Naturales de estas islas: tinerfeños, palmeros, grancanarios, gomeros;
en menor medida herreños, majoreros y conejeros, guardan en sus baúles
y cajas de tea, los recuerdos que sus antepasados indianos depositaron producto
de la incesante odisea migratoria, en especial, a Cuba. Aquellos que hablaban
de los campos y gentes cubanas con naturalidad como si de otra isla más
del Archipiélago se tratara. Son éstos, además, los canarios
isleños que, allí, para diferenciarlos de los emigrantes de otras
regiones españolas, gallegos y asturianos, principalmente, se les denominaba
genérica y cariñosamente "isleños o guajiros"
por su específica dedicación a las tareas del laboreo del campo
en general y específicamente del tabaco. Eran, en su mayoría,
apreciados por su seriedad y constituían la mayor proporción poblacional
en cuanto a la emigración blanca existente en la Gran Antilla por países
o regiones españolas. Esta aseveración queda constatada desde
el siglo XIX a través de investigaciones llevadas a cabo por historiadores
cubanos, Jesús Guanche Pérez entre otros, en los archivos parroquiales
sitos en los mismos lugares de asentamiento poblacional, a su vez contrastada
con otras indagaciones llevadas a cabo en estas mismas Islas, siendo fundamentales
las llevadas a cabo por el magnífico historiador español, recién
fallecido en la ciudad de Granada, Antonio Domínguez Ortiz, gran maestro
para la Historia. En alguna de sus principales obras sobre los aspectos sociales
y poblacionales durante los siglos XVII y XVIII en la América hispana,
define claramente los postulados que aquí exponemos.
Igualmente, como bien apunta el estudioso canario Francisco Ossorio en el prólogo
al libro escrito por otro canario afincado en Cuba, Ramiro García, "La
Emigración canaria en Cuba", cuando dice "que las relaciones
canario-cubanas se basan en vínculos indisolubles de sangre que unen
a dos pueblos y no existe acción, hecho o significación histórica
de importancia en Cuba donde no figure la presencia de nativos canarios o sus
descendientes directos".
Es una teoría con cada vez mayor número de adeptos que dan luz
en rigurosos estudios la correspondencia mutua y sólida de ambos pueblos
situados a ambos lados del Atlántico. Igualmente es significativa la
aseveración que expresa tan alto grado de relación y que en boca
de isleños así se comenta cuando aseguran que "ninguna familia
canaria puede negar que no cuente en su genealogía, próxima o
remota, con emigrados a Cuba", aspecto que se confirma en las costumbres
y peculiar forma de hablar que, con misma cadencia, une por su afinidad a cubanos
y a canarios en la aportación de giros lingüísticos y palabras
nuevas a sumar al acervo de la cotidiana habla canaria, diferenciada, como la
del resto de Hispanoamérica, del castellano originario.
Los numerosos actos de hermanamiento entre ciudades de ambos archipiélagos
atlánticos, es otro elemento más de identidad y origen común,
y por la razón expuesta, es difícil encontrar una población
cubana "donde no se encuentre o se haya encontrado un isleño canario"
así nominados, como queda dicho, para diferenciarlos de los emigrantes
originarios de otras comunidades de España o de otras nacionalidades.
Este fenómeno migratorio tiene lugar desde largo tiempo, pues el trasiego
migratorio de los habitantes de Canarias hacia América, especialmente
a Cuba y otras islas del Caribe, ha sido constante y fundamentalmente a través
de dos principales aspectos: la forzada u obligatoria desde el mismo siglo XVI,
impuesta por la necesidad de colonizar las extensas tierras americanas faltas
de población, para lo que se utilizó todo tipo de disposiciones
legales incluido el famoso "tributo de sangre"; y la emigración
voluntaria por la que los canarios abandonan el Archipiélago para mejorar
su crítica situación económica y social o huyendo de los
abusos laborales y de uso del caciquismo imperante en sus islas de origen. Fueron
los canarios isleños y sus descendientes, grandes y excelentes agricultores
cuya actividad era desechada por otros colectivos migratorios españoles,
y fueron los isleños los que más sufrieron el fuerte sol antillano
durante el laboreo de las campiñas o en tareas de desbroce de los montes
para crear nuevos terrenos aptos para el cultivo de la caña de azúcar
o el tabaco, actividades en la que eran especialistas, desde sus lugares de
origen. Esta actividad la llevaron a cabo en condiciones infrahumanas la mayoría
de las veces, pero ganándose por ello el prestigio de hombres excelentes
labriegos y laboriosos trabajadores cordiales, fieles en el trato hasta el punto
de que decir "isleño" era sinónimo de honradez y de
excelente trabajador. Si bien a veces pecaba de excesiva modestia y honestidad.
¿Por qué esta forma tan peculiar de ser y comportarse del canario
en Cuba?
La explicación resulta fácil puesto que, normalmente, partía
de las comarcas o pueblos de nacimiento en sus respectivas islas donde malvivía
en condiciones lamentables a la sombra del cacique de turno, en consecuencia
era inculto y desconfiado, viendo en la lejana Cuba la solución a esta
forma casi esclava de vida.
Según deducimos en páginas del periódico de la Isla de
La Palma, El Time, investigado por el antropólogo ya desaparecido Pérez
Vidal quien profundiza las motivaciones que impulsan al canario, en general,
a emigrar, cuando leemos "Existen en estas islas y como constante histórica,
un sentimiento de postración y olvido, el pueblo era analfabeto y desconfiado,
ya que el voto censitario, era sólo para propietarios de alta renta y
terratenientes, por lo que el pueblo trabajador le resultaba indiferente la
política. Sacrificado y sin ambición, nada podía hacer,
sólo emigrar especialmente a Cuba".
En "El libro sobre Canarias", periódico Germinal, Año
I, número 20, Santa Cruz de la Palma, 15 de mayo de 1904, del que entresacamos,
por gentileza del Profesor de Historia de América, Manuel de Paz Sánchez,
del tomo 2 de su obra Wangüemert y Cuba, en su página 9, la confirmación
de esta problemática social cuando leemos que "la mayor parte de
los capitales de esta Isla de La Palma, proceden de América y, si recorremos
los pueblos y caseríos del interior, nada tiene de extraño que
nos cuenten que muchas fincas rústicas se han adquirido y trabajado con
dinero de ultramar y que la mayor parte de las casas, típicas con artesonados
de tea y teja, se han hecho con centenes de La Habana".
Pero todo ello está precedido por el sacrificio y a veces el fracaso
de muchos y sirven de argumento para introducirnos en el largo debate del problema
migratorio isleño, diatriba que ocupó a lo largo de las dos primeras
décadas del siglo XX a destacados observadores de la realidad canaria.
Detractores unos, defensores otros de este lacerante problema llamado "llaga
social". "No saben nuestros paisanos lo que hacen al abandonar la
tierra canaria guiados por el espíritu de aventura, que ha fijado tantos
jalones gloriosos en la Historia", dice Ruiz Benítez de Lugo en
"Estudio sociológico y Económico de las Islas Canarias",
a lo que responden los republicanos palmeros "algo saben. Saben que aquí
viven muriendo siendo esclavos por obra y gracia de una política criminal
que con su labor funesta hace que huyan a miles de su patria los hijos de las
Islas Afortunadas, del Jardín de Las Hespérides con suelo del
privilegiado clima, de la tierra que a España envidian no pocas naciones,
del país donde hay flores todo el año y crecen vigorosas y lozanas
las plantas de todas las zonas. Y saben aún más. Tienen conocimiento
que en Cuba hay preferencia por el labrador canario, modelo de laboriosidad
y honradez, y han visto regresar a no pocos que se vieron empujados por la miseria,
trayendo con qué fabricar una casita y adquirir un pedazo de terreno
que le produzca gofio. Trayendo así, un poco de dinero que aquí
no hubieran tenido nunca y pensando más libremente, menos dispuestos
a ir a las urnas conducidos como piaras de ganado".
Sin embargo, al espectáculo que ofrecen los emigrantes en los muelles,
tristes llorosos y miserables, añadimos la odisea sin cuento con que
son tratados en la travesía apiñados en vapores sin las mínimas
condiciones higiénicas.
En la revista Las Canarias número 670 de fecha 20 de junio de 1906, se
comenta un telegrama del Delegado Interno del Gobierno en Las Palmas de Gran
Canaria, según el cual el vapor español Juan Forgas había
embarcado unos 600 pasajeros con destino a Cuba: 250 hombres y el resto mujeres
y niños. La Guardia Civil había desembarcado, tras una inspección,
30 indocumentados, en parte prófugos.
Sobre este abuso sistemático propio de aquellas épocas, en torno
a las pésimas condiciones para el traslado a Cuba, Santo Domingo, o Puerto
Rico, fundamentalmente, entresacamos algunas conclusiones del historiador Julio
Hernández García de la Universidad de La Laguna, cuando denuncia
a especuladores sin escrúpulos que se aprovechan al máximo de
las posibilidades de estos viajeros hacia el Parnaso americano hacia donde escapan
a la crítica situación isleña. Recoge el interesante trabajo
que el periodista tinerfeño Manuel Linares Delgado publicó el
4 de julio de 1906 en el que se congratula, sin embargo, del éxito obtenido
por muchos canarios, al tiempo que analiza la vertiente regeneradora del proceso
desde el lado positivo, cuando dice que " a los emigrantes que vuelven
al país natal y también a los que se quedan en su nueva patria,
se debe, en primer término a la rápida y provechosa transformación
que ha experimentado la propiedad canaria. El emigrado, el casi mendigo de ayer,
es el propietario y, a veces, el intelectual de hoy, adulado por los parásitos
de sangre azul. Estas conquistas de la moral y el progreso, estas prodigiosas
redenciones sociales se deben exclusivamente al movimiento migratorio",
según se lee en el número 672 de citada revista Las Canarias.
En su análisis afirma, sin ambages, que la emigración era la única
salida que le quedaba al trabajador humilde, que era mayoría, máxime
en el estrecho marco territorial de un archipiélago de apenas 7000 kilómetros
cuadrados, donde cruel contradicción "el clima paradisíaco
ofrece la sangrante burla de prolongar la vida, ensanchando la miseria".
A esta situación territorial se unía, además, la explotación
de que era objeto el trabajador canario por los señores que les conceden
el favor de darle ocupación sólo en época de días
grandes con jornadas de sol a sol, pagándoles en granos con escasa medida
y aumento de precio por la misma abundancia de mano de obra que abarata y envilece
el trabajo, en tanto que la escasez aumenta el precio de la faena y dignifica
al jornalero. Estos proletarios se dirigían a América donde encontraban
un suelo fértil, una sociedad democrática y un pueblo hospitalario
y acogedor.
Ahora bien, como señala otra editorial periodística de un periódico
de La Palma, Germinal, en la misma época, afrontar el problema de la
emigración sin establecer determinados matices, entrañaba un riesgo
simplificador. Cierto que hay una clase de emigración que ha producido
y produce no pequeños beneficios a aquella isla con forma de corazón.
Es la emigración del hombre ya formado y robusto que marcha con el legítimo
deseo de mejorar su fortuna. Pero, por el contrario, deberían tomarse
medidas contra la emigración clandestina que, a su vez, engañados
y estafados con mil argucias por los agiotistas empedernidos. Por que en este
caso, eran mozos incluidos en quintas o próximos a estarlo, que marchaban
hacia Cuba y, en consecuencia, no sólo perjudicaban a los que se quedaban
y tenían que cubrir las filas de los contingentes activos, sino que además,
los emigrados no podrían regresar a su tierra sin sufrir los rigores
de la ley, salvo en edad avanzada, por lo que tendían a establecerse
de forma definitiva en su segunda patria con su nueva familia.
El mismo profesor, Julio Hernández García, recoge del periódico
habanero El Eco de Canarias, sección "Nuestro Puesto", suplemento
de 3 de mayo de 1887 lo siguiente: "Para nadie son un secreto los innumerables
atropellos que se han cometido en nuestros buques mercantes. Los emigrantes
canarios que, impulsados por la miseria, se han visto obligados a abandonar
el suelo nativo, han encontrado siempre mejor amparo y protección el
los buques extranjeros que en los de nuestras islas" y más adelante
añade: " En la Isla de La Palma, ciertos alcaldes constituidos en
insolentes "arranchadores", arrancando de sus tranquilos hogares,
valiéndose de halagüeñas promesas a trabajadores honrados
que jamás pensaron abandonar a sus cariñosas madres que lloraban
con desesperación la ausencia de sus hijos, y que con gritos de dolor
condenaban la conducta de los agentes encargados de llenar sus buque para traerlos
a Cuba a ser pasto del bandolerismo, de la insensata conducta de ciertos propietarios
y víctimas, por fin, del rigor de un clima extraño a la naturaleza
de los emigrados". Consultado el periódico tinerfeño La Prensa,
lunes día 5 de enero de 1920, en primera página, titula "Los
asesinos de un canario", cuyo texto remitido desde La Habana dice: "Tan
pronto como el Presidente de la República reciba de la Secretaría
de Justicia la sentencia condenando a muerte a los autores del asesinato de
nuestro paisano Lorenzo Guerra, sentencia que ha sido confirmada por el Tribunal
Supremo, se convocará el Consejo de Secretarios a fin de tratar en relación
con dicho asunto. El Secretario de Justicia se opone a la ejecución de
la citada sentencia que es casi seguro que se conmute por cadena perpetua".
En la misma página, analizando la problemática general, leemos
que los inspectores de inmigración cubanos han detectado en el vapor
Santa Isabel, un total de 40 polizones, muchos de los cuales son canarios. Serán
recluidos en el penal de Triscornia hasta tanto se resuelva su situación
y si procede el reembarco o si cuentan con garantías para quedarse en
Cuba. Igualmente, y como fiel reflejo de la situación de la época,
se lee, en el mismo rotativo de fecha 17 de febrero del mismo año, la
alusión a la muerte de un bandolero cubano, José Puentes Guillot,
que había sembrado el terror, junto a otros malhechores más, en
los barrios aledaños de la ciudad habanera y comarcas limítrofes,
y que fue amigo de otro criminal apodado Vacele, también muerto por la
Policía cubana en un enfrentamiento en una zona de las afueras. Son también
anotadas por la prensa del momento, los incidentes entre canarios como la noticia
aparecida en el periódico del día 5 del mismo mes de febrero,
en que dos canarios del norte de Tenerife, Agustín Domínguez Pérez
del Realejo ocasionaba la muerte a Antonio García Rodríguez del
Puerto de la Cruz, de una puñalada en el corazón. El hecho tuvo
lugar en la calle General Velozo de la capital cubana.
Pero, ahondando aún más en la denuncia que lleva a cabo el profesor
Hernández García en lo que respecta al mal trato y a las pésimas
condiciones en la que los canarios viajaban a Cuba, constatamos que era raro
el viaje donde no muriese alguna persona de la gripe, tuberculosis, tisis o
cualquier otra enfermedad infecciosa del momento. Así La Prensa de Tenerife,
en enero de 1920, en la sección "Notas del Puerto" leemos que
"el vapor Roger de Lluria zarpará para Cuba. Se halla fondeado en
este puerto procedente de Barcelona, Tarragona, Alicante, Málaga, Gibraltar
y Las Palmas. Este vapor de la línea Talla, dejó en esta capital
5 pasajeros, llevando de tránsito 428 más. Desembarcó mercancías
y se abastece de carbón, agua y víveres. Se dirige a La Habana
para donde lleva numerosos emigrantes de este Archipiélago". Pero,
uno días después el 17 de enero, el mismo rotativo en titulares
de la página segunda anuncia: El Roger de Lluria con la gripe. El texto
de la noticia dice: Que el citado vapor que salió, días antes,
para la Isla de La Palma, donde recogió varios emigrantes, y luego continuar
a Cuba llevando a bordo 600 emigrantes de estas islas, regresó en la
mañana de ayer, viernes 16, a nuestro puerto, por haber sufrido una avería
en el tubo del condensador de la máquina y haberse presentado a bordo
varios casos de gripe, unos 26, dice benigna, quedando retenido en este puerto
y convocada la Junta de Sanidad.
Los enfermos son trasladados hasta el Lazareto y se monta guardia al buque para
que no entre ni salga nadie del mismo sin autorización. En un coche de
ambulancia militar fueron conducidos 26 enfermos, todos naturales de La Palma
como pasaje para Cuba y que desembarcados del buque son trasladados hasta el
citado lazareto falleciendo uno. Al día siguiente se formaliza ante la
Junta de Sanidad una petición de los pasajeros del buque solicitando
ser recibidos por el Gobernador Civil a quien presentaran una instancia firmada
por la mayoría de pasajeros a bordo, solicitando ser desembarcados inmediatamente
por el estado de infección del buque y hallarse éste con averías
que le obligan a permanecer en el puerto unos diez días. También
pretendían protestar por la falta de higiene del buque. La Junta y Gobierno
acordaron la continuación del estado de aislamiento de los pasajeros
y que sólo fueran desembarcados los nuevos casos de infecciosos de gripe,
negación que se justificaba por la carencia de alojamientos en la isla,
lo que ocasionaría graves conflictos.
En el Lazareto ya había ingresados un total de 51 pasajeros, más
otros siete del buque Reina Victoria, también surto en el puerto, y un
fallecido natural de Barcelona que había embarcado en Málaga con
su mujer y dos hijos rumbo a Cuba. La correspondencia del Roger de Lluria fue
desembarcada y trasladada al vapor francés Carolina que tomará
400 emigrantes en este puerto de Tenerife rumbo, también, a La Habana.
Con fecha 21 de enero del mismo año, el aludido rotativo anuncia la llegada
del vapor Polaris de la compañía Talla, procedente de la capital
cubana con numerosos pasajeros para esta isla. Y el día 23 anuncia noticia
espeluznante sobre la gripe, esta vez en la vecina ciudad de Las Palmas de Gran
Canaria, que denotaba el carácter epidémico de la enfermedad procedente,
según parece, del área del Caribe. Sin embargo, un brote de viruela
e influencia se había desarrollado durante la travesía del vapor
Cádiz, que había llegado a La Habana el pasado mes de diciembre
procedente de Barcelona y otros puertos del Mediterráneo, vía
Canarias y Puerto Rico, transportando unos mil pasajeros y carga en general.
En la travesía de Canarias a Puerto Rico se declaró la viruela
en tres pasajeros y fueron atacados de gripe 14 más, que fueron desembarcados
en San Juan y recluidos en Hospital de Cuarentenas de la capital portorriqueña
y el buque fue desinfectado. Durante la travesía desde Canarias habían
fallecido cuatro pasajeros de viruela y tifus.
Al día siguiente, 24, el mismo periódico, en noticias procedentes
de la agencia en Las Palmas, en columna central de la página dos, entresacamos
que la citada epidemia gripal ha castigado con más virulencia los distritos
de Las Isletas, Arrecife, Santa Catalina y Alcaravaneras de la capital grancanaria.
En el barrio El Refugio y barriada de Las Canteras, lo más saludable
de la población, sólo se habían detectado casos de gripe
benigna. El martes último fallecieron en la ciudad 19 personas de bronconeumonía
y al día siguiente 15 más. Se han desalojado grandes almacenes
en la calle Albareda de miles de sacos de cereales para ser utilizados como
improvisado hospital de infecciosos donde se reparte leche y caldo a los enfermos
más pobres.
Los buques surtos en el Puerto de La Luz de la citada capital no permiten que
sus tripulaciones y pasaje bajen a tierra por temor a contraer la enfermedad,
y así se dispuso en el vapor Bolognia, surto en el mismo puerto, que
prohibió desembarcar a sus 95 pasajeros, la mayoría turistas.
Hacia el día 29 del mismo mes, la epidemia se hallaba en situación
estacionaria.
Estos son hitos que definen de manera contundente cuantos sacrificios hubieron
de soportar los flujos migratorios canarios que de manera continua atravesaban
el Atlántico para instalarse, casi siempre de forma definitiva, en América,
especialmente en Cuba, donde, según recientes estudios llevados a cabo
por científicos universitarios de Canarias, la ascendencia sanguínea
trasmitida a través de sucesivas generaciones por canarios en Cuba supera
los dos millones de individuos, tras las aportación poblacional de otras
regiones españolas, en especial Asturias, Galicia o Andalucía.
Sin embargo, hoy son todos cubanos que, posiblemente, añoran aquellas
comarcas o regiones hispanas de donde procedían sus ancestros.
La etapa más intensa durante la permanente emigración
hacia Cuba es la que tiene lugar en los momentos previos al periodo histórico
de penuria económica en la isla antillana, 1920-1921, conocido por "el
año de la moratoria", que afectó singularmente a las Islas
Canarias entre otras regiones españolas de oferta migratoria laboral
intensa con dimensión tradicional.
Coincide precisamente con los primeros síntomas de declive de aquella
permanente relación ancestral entre canarios y cubanos. Cuba era el paraíso
para muchos que habían vivido en la miseria económica y social
más espantosa en sus islas de origen, bajo el yugo del caciquismo imperante
prácticamente desde el mismo siglo XVI pero acentuado drásticamente
durante el XIX y principios del XX.
El momento que sigue a la primera gran guerra europea, con la crisis consiguiente,
llevó a Cuba a una ingente masa de emigrados canarios cuyo punto culminante
fue el bienio 1919-1920. Los barcos repletos de gentes que partían de
los puertos de Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de Tenerife y Santa Cruz
de La Palma, resultaban pocos para la gran avalancha migratoria, siendo superadas,
casi siempre, las plazas disponibles.
Los periódicos de la época se hacen eco de ello, y así
lo confirmamos en sus editoriales o noticias cuando leemos en La Prensa de Tenerife,
número correspondiente al 27 de enero de 1920, que: "los emigrantes
canarios en Cuba, llegados últimamente. Sobrepasan los 12.700 individuos",
y añade que "durante los últimos meses ha sido necesaria
la demanda de cuatro nuevos buques de pasaje, que deberían llegar en
breve, procedentes de la Cía. Transatlántica francesa que ya había
trasladado a numerosos emigrantes de estas islas con destino a las labores de
la nueva zafra azucarera cubana". Sobre este mismo asunto el periódico
habanero "El Día", con fecha 23 de enero, nos informa de la
problemática que a su vez recoge el tinerfeño "La Prensa",
que publica la crónica de su corresponsal en La Habana donde dice que:
"tomando en consideración la futura ascendencia de nuestra zafra
azucarera, por la que puede calcularse que han de entrar en Cuba casi mil millones
de pesos que paliarán las deudas de los hacendados y colonos cubanos,
nuestros industriales y agricultores, que trabajan el suelo más propicio
del mundo para la planta sacarina, y así se colocarán en condiciones
de resistir victoriosamente todas las contingencias del porvenir. Son tales
las condiciones favorables de nuestros campos cubanos y de nuestro clima, que
una posible baja de los precios de nuestro primer producto podría llevar
a la ruina a los hacendados y agricultores de otros parajes del planeta, obligados
siempre a labrar, abonar y regar, mientras se mantuvieran en pie nuestras fábricas
y prósperos nuestros campos".
Este rotativo habanero hizo de perfecto agorero ya que a finales del mismo año,
la famosa crisis cubana que siguió a la denominada "danza millonaria",
arruinó a hacendados, agricultores e industriales de aquella isla y naturales
de estas Islas Canarias allí residentes, los más como mano de
obra agrícola.
El bienestar económico que por aquellos momentos disfrutaba la "Perla
de las Antillas" comenzaba su cenit por el año 1920 y como consecuencia,
entre otros avatares coyunturales, de la excesiva oferta como consecuencia de
la intensiva creación de nuevos centrales azucareras por empresarios
americanos afincados en Cuba desde principios del siglo siempre bajo el efectivo
proteccionismo económico y al amparo de la Enmienda Platt. Según
el economista cubano Julio Le Riverent, entre 1918 y 1920 se fundaron, en diferentes
lugares de Cuba, 53 nuevos centrales azucareras sobre las ya existentes, que
dio lugar al abaratamiento lógico del mercado y consiguiente crisis al
año siguiente.
Para analizar las causas que dieron lugar al periodo de caída que se
inicia, habremos de retrotraernos a los acontecimientos mundiales ocurridos
unos años antes que afectaron, singularmente, también a Cuba y
a su economía estrella: el azúcar.
La guerra de 1914 a 1917, obligó a los cubanos a convertirse en la principal
nación abastecedora del dulce cañero de todo el mundo hasta 1919,
quedando liberalizada la producción y venta por norteamericanos, en cuyas
manos, con altas y bajas, siempre estuvo el control real de todo factor económico
en la isla caribeña. Como consecuencia lógica de lo que en términos
económicos se denomina actualmente inflación, tendencia que surge
como consecuencia de excesiva oferta de producto, paralelamente obligó
a la compra de grandes cantidades de azúcar (refinada o por refinar)
por los propios norteamericanos, principales interesados, cuyo precio llegó
a 22 centavos la libra en mayo de 1920, produciendo enormes beneficios que vinieron
en llamarse con el término tan significativo de "La Danza de los
Millones". Fue entonces cuando la economía cubana vivió su
más firme etapa coyuntural de febril enriquecimiento conocida entre los
beneficiarios como "la época de vacas gordas". La riqueza del
país era enorme. Todos los valores económicos subieron, desde
las colonias de caña hasta la manteca, que llegó a cotizarse a
un peso la libra, así como cualquier otro bien de consumo básico
o de lujo.
Este periodo alcanzó igualmente a otros países del área
del dólar incentivado por la colosal diplomacia de Wall Street, conocida
como la máquina de hacer dinero, que a su vez asombraba a los economistas
europeos contemporáneos. En su entorno se creó una abundante literatura
periodística y académica que bautizó a los años
veinte como "la era del dólar", y señalaba el advenimiento
de la mayoría de edad de los Estados Unidos como potencia económica
preeminente en América con enormes proyectos de expansión mundiales.
Cuba fue uno de los laboratorios preferidos sospechándose tal como indica
el refrán español "a ojo de buen cubero" -mejor de economista-,
que la situación de inflación en la supereconomía cubana
que dio lugar aquel expansionismo utópico, fue provocada artificialmente
por los cerebros de la banca norteamericana con objeto de desencadenar la quiebra
de los más débiles y de esta forma apropiarse de sus activos globales.
No es de extrañar que sólo unos meses después comenzara
a decaer de forma extraña el precio del azúcar, con fuertes desniveles
que afectarían las infraestructuras económicas y financieras sobre
las que se habían fundamentado las operaciones, especialmente las crediticias.
Ni los colonos, ni los hacendados, ni los bancos del país, pudieron resistir
el rápido descenso de las cotizaciones en torno a los precios.
Los primeros afectados fueron los mismos hacendados que habían efectuado
fuertes gastos comprando caña a los colonos sobre la base de un precio
prefijado de azúcar a producir, superior al que de hecho resultó
producido, por lo que hubo de venderse el azúcar a precio inferior al
coste. Ésta y otras situaciones semejantes llevaron a la ruina a muchos
dueños de ingenios que se vieron obligados a entregar centrales y colonias
a los acreedores, en especial a los bancos americanos, europeos y al Banco Internacional
de Cuba. Solamente salieron indemnes, y hasta beneficiados en última
instancia, los grandes consorcios prestatarios con sede en los Estados Unidos,
que pasarían a ser dueños de un número considerable de
industrias azucareras adquiridas como gangas a título de acreedores hipotecarios.
Fue terrible el descenso del poder adquisitivo, especialmente el de los obreros
agrícolas, tanto cubanos como extranjeros, resultando qué, lo
que para los capitalistas inversores fue empobrecimiento o ruina, fue beneficio
para las entidades prestatarias. Para el pueblo trabajador, con enormes porcentajes
de naturales de Islas Canarias y españoles en suma, se tradujo en miseria
con cierre de centros de trabajo, despidos o reducción drástica
de salarios.
Sin embargo, no sólo los hacendados, colonos o trabajadores se vieron
afectados por la crisis azucarera de 1920, puesto que los bancos menos poderosos
que habían prestado dinero para las cosechas con la garantía estipulada
de un determinado precio del azúcar almacenado, así como de la
caña sembrada, se vieron tácitamente afectados por los bajos precios
y consiguiente desbarajuste económico que les impedía recuperar
los préstamos concedidos. Las declaraciones de algunos magnates bancarios
provocaron la inquietud en los depositantes o ahorradores tradicionales que
conllevó la inmediata extracción de fondos por ventanilla. El
día 9 de octubre de 1920 ya comenzaba el verdadero pánico entre
los ahorradores que tenían depositado su dinero en bancos cubanos. Sus
directores al comprobar que no podían hacer frente a la situación,
acudieron al presidente Mario García Menocal, quien dictó la Ley
de Moratoria Bancaria el mismo día 10 de octubre, por cuyo nombre es
conocida esta crisis que marcó el triste epílogo a la llamada
"Danza de los Millones" cómo así fue conocida aquella
etapa económica de fervor para cubanos y emigrantes. Por el Decreto número
1.583/1920, el Gobierno cubano intentó por todos los medios paliar la
situación creando medidas legales de prórroga para actividades
económicas, entre las que destacaban las subastas judiciales o administrativas
que quedarían suspendidas hasta diciembre próximo, así
como la prohibición de hacer efectivos los créditos hipotecarios
vencidos o por vender que fueron prorrogados, al igual que las letras de cambio,
giros o pagarés. Estas medidas gubernamentales dieron un respiro a los
más endeudados en aquella crisis.
Paralelamente a estas medidas de carácter interno del Gobierno cubano,
desde Washington se obligó al establecimiento, por parte de la Banca
con sede en Nueva York, a efectuar un exhaustivo control para asegurar las inversiones,
no sólo en Cuba sino en todos los países del área y de
América del Sur, para lo que se acordó la intervención
de un porcentaje de las recaudaciones aduaneras de aquellos países que,
previsiblemente, no pudieran cumplir con los compromisos adquiridos. Estas supervisiones,
siguiendo al economista Carlos Marichal, eran llevadas a cabo por funcionarios
norteamericanos que, como había sido habitual en Cuba, se convertían
en procónsules financieros para asegurar la recuperación del producto
invertido. Los políticos nativos cubanos nada opusieron a esta intromisión
externa en el manejo de las finanzas de su propio Estado al considerar que la
presencia de los mismos contribuía a sanear y atraer nuevos préstamos
e inversiones del exterior, aspecto que no siempre ocurrió por la excesiva
abundancia de capital en los mercados monetarios del "coloso del norte"
y, sobre todo, por que la crisis del año 1921 remontó lentamente.
No obstante, la obsesión norteamericana por la economía cubana,
con el pretexto de garantía para sus inversiones, no cesaba en exigencias
llegando a tomar medidas al amparo de la Enmienda Platt que afectarían
a la propia soberanía cubana, consistentes en la intervención
militar a indicación de los consejeros norteamericanos residentes en
La Habana, Crowder y Sumner Welles, de forma paralela al apoyo financiero a
políticos cubanos o a determinadas fuerzas políticas obedientes
a los intereses de Norteamérica.
Así se constata en el periodo que estudiamos cuando a fines de 1920,
agudizada la crisis económica a la vez que política para el Gobierno
cubano, aquellos consejeros persuadieron al Presidente García Menocal
aceptar un préstamo extraordinario que sería concedido por los
mismos Estados Unidos. Igualmente, hicieron saber a los cubanos que la concesión
de dicho préstamo dependía de que el presidente cubano fuera "asequible
y obediente a sugestiones o consejos de la legación americana".
Esta táctica era norma habitual de la política yanqui en la isla
antillana, acompañada de la formalidad previa como era la amenaza de
intervención militar. Así tuvo lugar, sólo tres años
antes, cuando los liberales con Zayas Alonso, se oponían a la reelección
del ex presidente Menocal en 1917, durante cuya crisis el papel desempeñado
por los militares norteamericanos fue decisivo aunque no con la efectividad
práctica esperada.
En la problemática zafra de 1920, que nos ocupa, fue el propio ministro
cubano Boaz Long el que, a finales de septiembre de dicho año ya en plena
crisis azucarera, solicitaba el reforzamiento de las tropas norteamericanas
estacionadas en Camagüey desde la anterior crisis cubana de 1917, utilizando
para ello la argumentación acostumbrada: "que el presidente de la
Cuban Railroads Campany, Herbert C. Lakin solicitaba protección para
los intereses azucareros norteamericanos en las cuatro provincias orientales
cubanas y, toda vez, que la producción más importante habrá
de ser controlada por los intereses de sus empresas que serían las primeras
afectadas en caso de alzamiento o revolución". Las tropas no serían
retiradas a Guantánamo y a territorio estadounidense hasta enero de 1922
ya superada la crisis que nos ocupa.
Es el Gobierno cubano presidido por Alfredo Zayas Alonso, de ascendencia "isleña",
quien tendría que usar de la más hábil política
económica para poner remedio al desajuste económico surgido tras
la "Crisis de 1921". El violento inesperado impacto que esta coyuntura
produjo en la economía cubana, obligó a depender de la política
financiera propugnada por los Estados Unidos y de su principal valedor en la
isla caribeña Mr. Crowder, como queda dicho.
Hasta mediados de los años veinte los banqueros e industriales del vecino
país del dólar, habían depositado en Cuba más dinero
que en cualquier otra nación del continente americano. En plantaciones
de caña y refinería llevaban invertidos, sin contar los 60 millones
de dólares traspasados a la isla desde principios de siglo, unos 600
millones que siguieron al machadato, a lo que habría que añadir
otros 400 millones más en ferrocarriles, plantas de energía eléctrica,
telégrafos, teléfonos, sin contar otras numerosas firmas y filiales,
capitales estos que monopolizaban virtualmente el comercio interior y exterior
cubano.
Hacia 1920 los Estados Unidos eran proveedores directos del 70% de las importaciones
cubanas y receptor de las exportaciones en más de un 80%, especialmente
en azúcar y tabacos.
El plenipotenciario ministro y consejero máximo del gobierno norteamericano
general Enoch H. Crowder, apodado "El Virrey", supervisaba e influía
en la política cubana del momento incluidas las elecciones a la Asamblea,
como así ocurrió en el proceso electoral de 1920 que nombró
a García Menocal, amigo de Crowder. Estas elecciones fueron anuladas
y repetidas en marzo de 1921, en plena crisis azucarera, siendo ganadas por
su oponente el ya mencionado Alfredo Zayas un antiguo autonomista que pronto
olvidó sus juveniles ideales antinorteamericanos.
Este presidente cubano, injustamente tratado su mandato por la historiografía
cubana revolucionaria, hubo de someterse a la disciplina de los banqueros neoyorquinos
para sanear la nefasta economía cubana consecuencia de la repetida crisis
de 1920-21.
Hubo de soportar una nueva intromisión del ejército norteamericano
bajo la supervisión Crowder, quien desde el acorazado "Minnesota",
anclado en el puerto habanero, dictaba las órdenes al presidente cubano
bajo el pretexto de protección a los ciudadanos e intereses de su país
en Cuba.
A finales de 1921, Zayas Afonso, apeló nuevamente a la banca norteamericana
en solicitud de nuevos préstamos para cubrir el elevado déficit
resultante de la crisis apuntada. Tras consultas con el Departamento de Estado,
la banca "Morgan and Company" adelantó al gobierno cubano cinco
millones de dólares al objeto de subsanar el déficit nacional,
no sin que antes el general Crowder exigiera al presidente Zayas reformas fiscales
que más tarde ratificó el congreso cubano. Se le exigió,
asimismo, que nombrara un gabinete de ministros y diputados dispuestos a apoyar
un programa de reformas en pro de intereses norteamericanos.
La política llevada a cabo, que fue conocida por el "gabinete de
la honradez", fue, a decir de historiadores cubanos de finales del siglo
pasado, "un grupo de desfachados desfalcadores del tesoro público
cubano, encabezado por Zayas y sus cuatro gatos, con el visto bueno de los inversores
norteamericanos que realizaron jugosas operaciones financieras".
Sin embargo, en aras de la verdad histórica y de justicia a la gestión
del presidente cubano, éste, tan pronto mejoró el precio en las
ventas de azúcar y del tabaco, ya disponiendo de fondos propios, juzgó
conveniente cambiar la política que le imponía Crowder. Para ello,
haciendo uso de sus prerrogativas presidenciales, tuvo valor para destituir
al Secretario de Hacienda y de Obras Públicas entre otros hombres colocados
bajo los designios del "virrey americano" Crowder.
El Departamento de Estado estadounidense protestó, argumentado incumplimiento
del compromiso adquirido por Alfredo Zayas para mantener el "gabinete de
la honradez", a cuya petición el presidente hizo caso omiso, logrando,
además, que el gobierno norteamericano destituyera al mismo Crowder,
quien, sin embargo, regresaría más tarde a La Habana como embajador
de los Estados Unidos.
Alfredo Zayas Afonso logra superar la crisis intervensionista con notable éxito,
llevando a cabo sus designios personales, pero no pudo lograr evitar la cada
vez más acentuada corrupción política en la vida pública
cubana. La cada vez mayor desorganización estatal fue más caracterizada
actuación de los gobiernos de la época. Sin embargo, fue bajo
su mandato cuando el Senado de los Estados Unidos decide y aprueba el tratado
Hay-Quesada por el cual se reconocía para Cuba la soberanía plena
sobre la Isla de Pinos, cuestión que se hallaba pendiente desde la imposición
de la citada Enmienda Platt, cuyo territorio insular, al igual que la base de
Guantánamo, quería conservar el gobierno norteamericano, en principio
bajo pretexto de constituir puertos para escala y aprovisionamiento de carbón
a sus buques mercantes en tránsito por la zona.
Fue, Alfredo Zayas Alfonso, un buen presidente, que por su ascendencia "isleña"
ayudó a sus compatriotas y a la Asociación Canaria por ellos fundada,
en uno de cuyos actos dio a conocer personalmente su origen canario-materno,
por lo que sentía enorme orgullo. Este acto fue recogido y encomiado
por el periodista cubano, también de origen canario, Luis Felipe Gómez
Wangüemert un ilustre palmero asentado desde tiempo en "La Perla de
Las Antillas", como un cubano más, y donde desempeñaba trabajos
periodísticos para medios cubanos o como corresponsal para otros en las
Islas Canarias, especialmente los de su isla natal: La Palma.
Fue Don Alfredo recomendado para recibir el título de Doctor Honoris
Causa a finales de 1921 siendo licenciado y como presidente de la República,
juntamente con el general norteamericano Leonardo Wood, segundo gobernador de
Cuba durante la ocupación militar de la Isla por fuerzas a su mando,
y lo que aún resultaba más difícil, junto al también
general Enoch H Cowder, enviado especial del presidente Wilson. El claustro
general de la Universidad habanera se reunió para estudiar la proposición
tripersonal pero, enterados los estudiantes de lo que se trataba a través
de sus miembros sindicales más destacados, en cuanto a conferirle a Crowder
el referido título honorífico, se reunieron frente al Aula Magna
para protestar por tal antipatriota recomendación. El mismo día
en que se reunía el claustro, 16 de noviembre de 1921, apareció
en el periódico "El Mundo" de la capital habanera un manifiesto
de los estudiantes de Derecho con un marcado carácter antinorteamericano
en el que se leía: "los estudiantes no quieren que con sus flores,
las mejores de Cuba, se corone el sable de un interventor...". Asimismo
recuerdan la situación de Santo Domingo y Haití, cuyos gobiernos
fueron vejados por el intervensionismo militar de los Estados Unidos.
Los estudiantes de Medicina también protestaron por el honor universitario
que se pretendía conceder a Wood y a Cowder, no así al presidente
Zayas Alfonso, a quien consideraban merecedor del mismo por su notable gestión
al frente de los intereses nacionales y sobre todo económicos cubanos,
agravados por la citada crisis, desde su elección. Los estudiantes volvieron
a reunirse en la mañana del día dieciocho en el Parque Maceo y
Grajales para, desde allí, trasladarse en manifestación hasta
el Palacio Presidencial con objeto de reiterar las protestas a tales nominaciones
y a pesar de que les fue negado el permiso gubernativo para tal manifestación.
Alfredo Zayas, no obstante, recibió una comisión representativa
de los mismos y, siempre conciliador, ofreció intervenir y mediar en
el claustro para que "no se aprobase la desafortunada propuesta",
a decir de investigadora cubana Hortensia Pichardo, en sus "Documentos
para la Historia de Cuba" Tomo III, pag. 24. Los estudiantes, ya cerciorados
de la veracidad de la noticia, ratificaron la medida con una nutrida representación
física y verbal ante la universidad habanera, en especial los de la facultad
de Derecho, leyendo un manifiesto en el que aludieron a los ocho estudiantes
cubanos mártires del colonialismo español fusilados en 1871, a
los que se consideraron rebeldes por el gobierno colonial, pero nunca esclavos.
Hoy, expresaron en aquel momento: " no nos guía el exhibicionismo
ni el propósito pueril de intervenir como clase y, de un modo inesperado,
en la política cubana, sólo evitar ofensas al pueblo. ¿Y
qué ha de hacer la juventud sino lo que en todas partes y lo que en épocas
pasados realizó la misma nación cubana? El honor que se pretende
con tal propuesta a funcionarios norteamericanos implica mucho o nada. Es la
situación por la que atraviesa el país, sin formol en las salas
de Anatomía, con nuestros edificios a medio hacer, con los maestros públicos
del interior llenos de deudas y hambrientos, y con los poderes del Estado vejados
por los yanquis, como antes lo fue en Santo Domingo y Haití".
No olvidemos que tal manifiesto se pronunció el año en el que
el protagonismo estudiantil de la Universidad de La Habana era aún incipiente
en relación con el que habría de tener dos años después
con la aparición del líder estudiantil José Antonio Mella
quien fundaría la revista "Alma Mater", en noviembre de 1922,
propiciatoria del desarrollo juvenil y estudiantil universitario, que dio lugar
a fuertes movimientos de carácter progresista que marcarían importantes
aportaciones al desarrollo, en principio, más justo de la política
cubana en los años siguientes, pero que finalizaría con la ruptura
de relaciones, casi total y con fuerte detrimento de sus ancestrales estructuras,
con su permanente aliado y patrocinador del norte: el país del Tío
Sam.
Extracto de ponencia expuesta en el "XII COLOQUIO DE HISTORIA CANARIO-AMERICANA, CASA DE COLON DE LAS PALMAS DE GRAN CANARIA", año 1996.