Introducción
Geográfica y ambiental.
Las Islas
Canarias conforman una más de las comunidades que, con gobierno e instituciones
propias, integran el territorio nacional español.
Geográficamente
constituyen un archipiélago de siete
islas más otro siete pequeños, salvo la isla de La Graciosa, situado en las
proximidades de la costa oriental del continente africano, a sólo cien
kilómetros del lugar más próximo. Son desde el punto de vista geológico de
formación volcánica y montañosa con abrupta orografía hasta el extremo de ser
considerada una de ellas La Palma como la isla de mayor volumen del mundo si la
relacionamos con su perímetro, o La Gomera de los más intrincados barrancos
para su relativa pequeña superficie. En la de Tenerife se encuentra la
elevación geográfica más prominente del Archipiélago y de su entorno africano:
El Teide, salvo el monte Toubkal en el Atlas marroquí que le sobrepasa en unos
trescientos metros de altitud.
Existen teorías
académicas que consideran su formación geológica como la prolongación
submarina de la cordillera terciaria del Atlas magrebí, y que sus formaciones
más elevadas serían las mismas islas e islotes próximos –incluidas las Salvajes
de soberanía portuguesa-, consecuencia posiblemente del hundimiento geográfico
que tuvo lugar durante la misma formación del conjunto montañoso durante el
periodo alpino para la configuración de esta parte del planeta. Otra teoría
defendida por otros estudiosos, contradictoria a la anterior, considerando no
existe clara identidad estructural y mineralógica entre ambos conjuntos
territoriales extensivo a sus rocas sedimentarias.
El relieve
de cada isla es abrupto y en declive constante hacia el mar, excepción hecha
para Lanzarote y Fuerte ventura que es menos acusado, tal vez por ser la
continuidad lógica del mismo desierto sahariano próximo. Dicho relieve está
producido como consecuencia de las convulsiones geológicas y vulcanológicas a
lo largo de cronologías remotas y diferentes, resultando aquella orografía
profunda con huellas implícita en el paisaje isleño con gran atractivo y
belleza. Destacamos Taburiente – Las Angustias en La Palma, profundos e
intrincados barrancos en el norte de Gran Canaria, Garajonay en La Gomera, depresión
del Valle del Golfo en El Hierro, Teide –Cañadas en Tenerife, riscales de
Tejeda, y otros que constituyen una agreste geografía para un territorio de
sólo 7,5 mil kilómetros cuadrados en
total.
La
condición de territorio fronterizo con la vecina costa africana, es otro rasgo
geográfico que caracteriza estas islas, determinado por la posición en el
extremo noroccidental del continente, con lo cual se nos relaciona no sólo
geográficamente por la poca distancia que nos separa por mar, como se apuntó, sino
por el origen común biológico, no sólo en cuanto a flora, fauna, sino en el
origen común de la vida humana, por dicha relación antropológicamente
demostrada, incluido en lo cultural, hasta la llegada de los primeros
visitantes y posteriores conquistadores o colonizadores europeos.
Salvada la
escasa distancia del brazo de mar que nos separa del territorio occidental
africano, nuestra vinculación desde el punto de vista geográfico es palpable y
testimonial como apunta Morales Matos en el capítulo uno de la Geografía
de Canarias GC-93, Es difícil encontrar en el mundo un territorio insular que
se haya sustraído tanto a la enorme presencia de un continente tan próximo.
Añade que “ si estuviéramos situados a la misma distancia pero más al norte,
próximo a las grandes ciudades marroquíes o al sur en la zona más tropical,
nuestro vínculo africano hubiese sido de distinto signo. Al estar situado este
Archipiélago en la bocana atlántica del hoy desolador desierto sahariano nos ha
aislado secularmente de nuestro continente”. Añade para más contradicción a lo
expuesto que sólo nos une a África el aspecto topográfico, pues ni siquiera en
la génesis geológica de nuestro espacio insular somos “deudores” del continente
natural, pues una profunda fosa se interpone entre ambos conjuntos demostrando
que no somos continuación de la cordillera alpina del Atlas, tal como llegaron
a suponer algunos estudiosos. No obstante si se ha de considerar, desde el
punto de vista poblacional remoto, el hecho de la presencia desoladora del próximo
Sahara que obligaría a los pueblos asentados en sus orillas a tratar de llegar
a las verdes islas situadas frente a ellos y de esta forma consolidar un
acercamiento que Morales Matos niega.
Son
embargo, la fosa existente no es suficiente profunda para desvincular la
supuesta prolongación geológica de la cordillera marroquí hasta estas Islas y
su posible hundimiento durante el periodo de formación alpino del terciario.
Para el geógrafo alemán Wegener las islas debían considerarse fragmentos
desprendidos de los bordes continentales, al modo de los témpanos árticos,
teoría negada por otros que sólo consideran a Lanzarote y a Fuerte ventura como
de claro origen africano.
Es el
origen volcánico el que más adeptos tiene y la llamada teoría del “punto caliente”
por la que las islas y cada una de ellas fue desplazada desde África hacia
occidente junto con el fondo oceánico que las sustenta. De ahí que Lanzarote
sea la más antigua en la formación geológica mientras El Hierro, la más
occidental, la considerada de formación más reciente.
No
obstante, a tan poca distancia geológica de la plataforma africana y de un
macizo montañoso como el Atlas, es arriesgado afirmar por ahora que estas islas
constituyen una independencia orográfica, en su formación originaria, de aquel
continente.
La
posición de nuestro geógrafo canario Alfonso Pérez en su Geografía
Canaria, Edición Interinsular, 1983, es suficientemente explicativa. Considera
este profesor universitario que las islas son grandes estructuras volcánicas –
de lo que no hay duda –y formadas a su vez en las primeras fases de separación
de los bloques continentales, es decir en las etapas iniciales de apertura del
Océano Atlántico, hace unos 180 millones de años, a cuyo proceso siguió la
intensa actividad volcánica muy posterior desde hace unos 30 millones de años,
con resultado de las plataformas submarinas en íntima relación geológica con la
placa africana continental próxima acabando por emerger y dando lugar a las
islas que hoy existen.
Es
igualmente significativo que el macizo de Las Cañadas con su pico Teide – de
clara formación volcánica reciente –se halle en la misma línea y relativamente
a poca distancia geográfica de los altos montes nevados del Gran Atlas
marroquí, frente a Agadir, zona de actividad sísmica como ocurre en Canarias, y
pretender que ambas formaciones no guarden relación geológica. Esta unidad
geográfica no puede ponerse en duda hasta hoy. En lo que se refiere a
vegetación, flora, y polinología estudiada en el desierto africano próximo,
tampoco. La laurisilva de los montes canarios en especial La Palma- Garafía, La
Gomera –Garajonay y Norte de Gran Canaria en épocas relativamente recientes, es
concomitante con la aún existente en las estribaciones de los montes marroquíes
del Atlas.
En otro
orden más mítico, jamás relacionaríamos en buena lógica geográfica la
formación del Archipiélago con el hundimiento de la Atlántica que nos anuncia Platón,
con poco fundamento real, toda vez que si aplicamos alguna fórmula científica
de datación arqueológica a cualquier lugar pétreo o fósil del litoral marino en
Canarias, fuera de la influencia marina actual, hallaremos dataciones
cronológicas de vulcanismo relativamente reciente, en las basálticas a
dataciones millonarias, quedando desvirtuada tal teoría platónica, y nunca
mejor dicho. La supuesta cultura que nos habla Platón no puede ser superior a
cuatro cinco mil años y difícilmente pudieron ser testigos de aquel cataclismo.
Se refiere seguramente a fuertes erupciones volcánicas acompañadas de fuertes
terremotos a las que sí nos tiene acostumbrados la historia del vulcanismo
antiguo y reciente en estas Islas, Teide, Garachico, Timanfaya, Chichero, San
Juan, Teneguía, y que sí pudieron haber sepultado o realmente hundido el
territorio de algún enclave poblado o emporio mercantil de estas mismas islas,
(Platón se refiere tal vez a islas en el propio Mediterráneo), motivando la
huida de los colonizadores hacia otros lugares, quedando abandonados los
aborígenes o atlantes.