| El marqués
de Sade
o la estética de la perversión |
Busto del Marqués de Sade por Man Ray |
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Mayo 2001 |
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Introducción |
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Se
puede admitir que en ninguna literatura de ninguna época, hay una
obra tan escandalosa como la del marqués de Sade; que ningún
otro autor ha herido más profundamente el pensamiento y los sentimientos
humanos. Hoy en día, doscientos años después, parece
imposible que nadie pueda escribir algo que rivalice con sus obras. Quizá
podamos convertirlo en imágenes a través del cine (Pasolini
lo intentó con Las 120 jornadas de Sodoma) pero con ello
no superaremos el infierno creado por el autor. Ya que tenemos la suerte
de conocer una obra, más allá de la cual ningún otro
escritor se ha atrevido a aventurarse, sería conveniente interrogarse
sobre los motivos por los que su obra se ha convertido en un referente
absoluto, insuperable. ¿Qué es lo que tiene de excesivo,
de eternamente demasiado fuerte para la humanidad?
Quizá
los censores (de aquella época y de las siguientes) hayan estado
al servicio del propio Sade e, intentando enmudecerlo, no hayan conseguido
sino convertirse en cómplices de su inmoralidad. ¿No fue
acaso la persecución de que fue objeto por parte de su suegra, Mme.
de Montreuil, lo que hizo que Sade se adentrase en el camino de la perversión
hasta extremos nunca alcanzados? El escándalo y el respeto son categorías
antagónicas: no puede haber escándalo donde no hay respeto;
porque el escándalo consiste precisamente en la vulneración
del respeto debido. En todo el siglo XVIII francés existe una tradición
de literatura libertina, cuyo exponente más conocido es Les liaisons
dangereuses de Choderlos de Laclos, pero no son obras escandalosas.
Cuando las leemos hoy en día nos pueden hasta parecer costumbristas
(Beaumarchais, sin ir más lejos, aunque no pertenezca a la categoría
de los libertinos).
En
las obras de Sade se solapan dos distintos niveles: las descripciones detalladas
de las orgías y la justificación ideológica de la
depravación. En ambos niveles el marqués es escandaloso.
En el primer nivel, el que hoy llamaríamos pornográfico,
porque no se reduce al sexo; sino que alcanza la tortura y la muerte, pasando
por una escala de perversiones que uno no sabe si calificar de sexuales
como la cropofilia. Pero este nivel es el que hoy nos llama menos la atención,
no en vano se han inventado los snuff movies, aunque en la época
del marqués debía ser realmente inaudito. Es el segundo nivel
el que presenta mayores posibilidades de análisis, ya que, si bien
es aparentemente fácil de entender por su lenguaje simple y preciso,
no acaba de hacerse claro el sistema. Y ello se debe a que en todo momento
sus ideas están liberando las potencias irracionales a las que se
encuentran enlazadas [1].
Efectivamente,
su ideología no puede separarse de las pasiones [2];
basada en el interés propio, en el egoísmo integral no tiene
otra ley que el placer. Bajo estas condiciones, no puede fundarse mas que
en la mas absoluta soledad y aquí empiezan las contradicciones,
porque si los demás son los objetos de mi placer y al mismo tiempo
mi forma de pensar me empuja hacia la soledad absoluta, nunca podré
satisfacer mis impulsos. Como afirma Klossowski: “La consciencia del libertino
mantiene una relación negativa, por una parte con dios y por otra
parte con el prójimo. La noción de dios y la noción
de prójimo le son indispensables” [3].
Sin embargo la noción de dios también resulta ser erradicada
de su sistema que debe mucho a los filósofos materialistas ilustrados
de su época
[4].
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Los Principios del sistema |
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Siguiendo,
como ya se ha dicho, la concepción materialista del mundo de los
enciclopedistas contemporáneos, Sade se separa de ellos al considerar
la maldad intrínseca de la naturaleza [5]
conservando, sin embargo, el determinismo que obliga al individuo a actuar
de acuerdo a aquella. Y no sólo esto sino que además se esfuerza
en compararlas con las teorías éticas y sociales de moda
en su época. Y ello es más palpable en sus escritos posteriores
a la Revolución Francesa con la que tuvo unas relaciones ambiguas
ya que a pesar de ser un aristócrata llegó a ser secretario
de una de las secciones de París. De esta época se conservan
escritos políticos suyos, incluido un discurso panegírico
a Marat y Le Pelletier. Una de las ideas que serán objeto de su
burla constante será la de igualdad de todos los hombre ante la
ley [6]. Él, que sufrió
encarcelamiento sin juicio bajo todos los regímenes que le tocó
vivir (monarquía, república y directorio), conocía
por propia experiencia su falsedad; sabía que el poder, económico
o político, es capaz de todo. Y es el poder el que crea zonas de
impunidad en las que todo es posible [7];
todos los libertinos protagonistas de las novelas de Sade son aristócratas,
jueces, obispos, abades o grandes burgueses. Son ellos quienes tienen el
poder y quienes pueden ejercerlo sin cortapisas.
¿Pero
qué significa para Sade vivir de acuerdo la naturaleza? Para responder
a la pregunta hemos de tener en cuenta que Sade no construye primero una
filosofía y después la pone en práctica, sino que
su proceso es el inverso; construye su filosofía para justificar
sus prácticas. Como sabemos fue detenido en varias ocasiones por
excesos con prostitutas y el caso de Marsella, que le llevó a su
primer periodo largo de encarcelamiento, fue un presunto envenenamiento,
además de sodomía. Para explicarnos el comportamiento de
Sade, no basta recurrir a sus estancias en el convento de su tío
el abad de Sade, en el internado del colegio Louis Le Grand y en el ejército,
aunque sabemos que las prácticas de fustigamiento en esas instituciones
eran habituales y quizás también la sodomía (aunque
no existen datos suficientes para afirmarlo). Pero posiblemente todos los
actos que le son imputados no estaban excesivamente fuera de la normalidad,
precisamente los abusos de los poderosos durante ese periodo fueron la
principal causa de la Revolución Francesa. Aparentemente es el encarcelamiento
el que le conduce a su escalada en la perversión. Como afirma Klossowski,
Sade se proyecta en sus personajes a quienes hace realizar los actos que
a él mismo le están vedados por su falta de libertad [8].
Se trata de una actualización por la escritura, por eso el hecho
de escribir (y de describir actos aberrantes) se convierte en una pulsión
irrefrenable que no dejará de ser problemática a lo largo
de sus más de veintisiete años de encarcelamiento, sobre
todo en el los periodos de la Bastilla (1784-1789) y en Charenton al final
de sus días (1804-1814) en los que se le prohibe el uso de papel,
lápiz y pluma. Por ello los libertinos descritos por Sade repiten
de forma compulsiva el mismo acto hasta la extenuación [9],
su placer está subordinado a la realización de ese acto;
en este contexto nada es menos libre que el acto del libertino. En definitiva
el libertino que se comporta como un maníaco no hace mas que seguir
el principio de acatar la naturaleza, independientemente de cualquier valoración
moral.
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En
la repetición sistemática de los actos perversos existen
por otra parte dos dimensiones de distinto significado: la primacía
de lo imaginario sobre lo real y la reiteración apática.
La necesidad de salir de los muros de su encierro a través de la
escritura hace avanzar a lo imaginario más allá de lo real
y, al propio tiempo, crea la necesidad de llevar lo imaginario hasta límites
inconcebibles [10]. La prueba
más palpable de ello son las tres versiones de su novela más conocida
Justine:
Mientras en la primera versión [11],
una novela corta, se nos presenta a la protagonista como una joven virtuosa
pero sin recursos que será engañada, robada y maltratada
por todos aquellos a quienes pide ayuda; en su segunda versión [12]
sufre además todo tipo de vejaciones sexuales y es obligada a participar
en ceremonias de crueldad extrema; finalmente, en la tercera versión
[13],
una novela de longitud impresionante, se reunirán todos los elementos
anteriores más las sociedades criminales dirigidas a la realización
del mal, sea cual sea su forma: torturas, asesinatos masivos, etc. Entre
la primera y la última versión han transcurrido diez años. |
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Por
otra parte la reiteración del acto placentero conduce a la apatía,
a la conveniencia de no dejarse arrastrar por la pasión de su realización,
sino a guardar las fuerzas con el fin de que en el momento de su materialización
el placer sea más intenso [14].
En el fondo, el contenido de la experiencia carece de importancia, lo que
importa es la intención del sujeto; de tal forma que el hedonismo
se convierte en ataraxia [15].
Pero el objetivo de la reiteración es provocar el arrebato y el
arrebato no puede ser descrito mediante el lenguaje, por ello Klossowski
se inventa el término ‘forclusión’ del lenguaje en sí
mismo, para indicar que alguna cosa queda fuera del lenguaje [16].
En el proceso paralelo de reiteración apática del acto y
de reiteración descriptiva, el acto a realizar se re-presenta cada
vez como si nunca hubiese sido descrito; y es lo que queda sin describir
lo que realmente interesa al autor y al lector.
Sade
introduce un giro radical en la concepción del mal que ha estado
vigente durante todo el cristianismo: desde San Agustín el mal nunca
había sido concebido como una categoría positiva, simplemente
era la excepción a un bien hipostatizado (el summum bonum). Sade
toma la concepción hobbesiana del estado de naturaleza (homo homini
lupus est) por el cual la maldad es consustancial a la naturaleza [17]
y le acompaña la concepción determinista de los materialistas
de seguir los dictados de la naturaleza. Ello abre interpretaciones en
varias direcciones. La primera y más evidente es el sentido de la
vida: si la naturaleza es maldad y hemos de seguir sus dictados ¿hacia
dónde nos dirigimos? [18].
No cabe otra respuesta mas que al caos y a la destrucción, ¡pero
este camino es aceptado voluntaria y conscientemente!. Es sumamente esclarecedora,
en este sentido, la lectura del panfleto político incluido en La
filosofía en el tocador [19]
en el que a base de sofismas y partiendo de los ideales revolucionarios
del 89 llega a conclusiones tan descabelladas como que el estado no tiene
derecho a penalizar el asesinato u otros crímenes, que el estado
debería penalizar a quien es robado por no cuidar suficientemente
de sus bienes y, en fin, que el único delito penalizable sería
el suicidio. A ello añade la afirmación final, no sé
si sarcástica, que todos los gobiernos del mundo viendo lo bien
que funcionaría una tal república, estarían deseosos
de adoptar estas medidas legales.
La
segunda vía de interpretación es la del ateísmo. Klossowski
afirma que el siglo XVIII puede caracterizarse como el siglo de la descomposición
del feudalismo teocrático y el nacimiento del individualismo aristocrático
[20].
En este sentido, el regicidio se convertirá al final del siglo en
un símbolo de la muerte de dios. El propio Danton se encargará
de recordarlo a los parlamentarios reunidos con ocasión del juicio
al rey: “No queremos condenar al rey, queremos matarlo” y Robespierre lo
corroborará: “No se trata aquí de hacer un juicio. … Luis
debe morir para que la patria viva”. La estructura feudal, intacta en la
Francia de principios de siglo, está íntimamente vinculada
a la religión: el proceso de vasallaje que va ascendiendo gradualmente
desde el siervo hasta el rey, no acaba en éste, sino que lo convierte
en vasallo de dios. De esta manera se cierra el sistema de tal forma que
lo convierte en intocable, porque cualquier cambio tendría el significado
de atentar contra la voluntad divina. Pero a principios de siglo existe
un nutrido grupo de nobles empobrecidos por las guerras de Luis XIV y un
notable grupo de financieros y comerciantes enriquecidos por las mismas
guerras que ya no están de acuerdo con el sistema. Es el descontento
de estos grupos sociales el que propiciará la filosofía ilustrada,
tan crítica con el poder político como con el poder religioso,
y que, a partir del concepto racionalista del yo, empieza a desarrollar
un acentuado individualismo que en el mejor de los casos es teísta,
cuando no directamente ateo. Sade se adhiere a la segunda opción,
lo cual no deja de ser contradictorio, puesto que si pretende que su obra
sea transgresora necesita la noción de dios. Nos cansamos de ver
en los libertinos sadianos las imprecaciones, las blasfemias, los sacrilegios,
cuya única finalidad es aumentar el placer del acto perverso que
las acompaña. Pero estas blasfemias, estos sacrilegios son símbolos
que carecen de sentido si su destinatario no existe. Por ello, mientras
en la descripción de los actos la presencia de dios resulta indispensable,
en la filosofía que explica el acto dios es aniquilado. Sin embargo
Sade utiliza en ocasiones el argumento de la agresión divina para
justificar la perversión humana: si dios hubiese enviado el mal
a la tierra antes de ser atacado por el hombre, la agresión sería
de tales proporciones que legitimaría todo el mal que los hombres
puedan hacer.
Finalmente
la tercera vía interpretativa es la del otro. De la misma forma
que hemos visto la descomposición del feudalismo teocrático,
hemos de ver el surgimiento del individualismo aristocrático. La
idea de sujeto que nace en el Renacimiento, adquiere su carta de identidad
con el racionalismo cartesiano. Para Descartes el yo existo es la única
afirmación que queda fuera de toda duda. En Sade la afirmación
del yo se lleva hasta los extremos del máximo egoísmo. Lo
cual vuelve a entrañar una contradicción porque la sola descripción
del acto perverso requiere la participación, voluntaria u obligada,
del otro u otros, ya sea como cómplices [21]
ya sea como víctimas [22].
En el caso de cómplices, no deja de ser paradójico que Sade,
que en el panfleto político al que ya hemos aludido aboga por la
abolición de toda legislación, exija una meticulosa
reglamentación de las asociaciones de libertinos: así sucede
en Las 120 jornadas de Sodoma, en que los cuatro promotores de la bacanal
destinan el primer día a establecer las normas, horarios y calendario
por las que se regirá, y también en los estatutos de la Sociedad
de los Amigos del Crimen de Histoire de Juliette. Pero esto sería
secundario porque la realización del mal no requiere necesariamente
cómplices, como lo demuestra la propia Juliette que traiciona uno
a uno todos los pactos, incluso el que tenía con su mejor valedor.
Sin embargo la necesidad de la víctima es insoslayable: no se puede
realizar el mal sin víctima. De acuerdo con esto, el solipsismo
aparente del egoísmo y el placer, es contradictorio porque si no
existe relación alguna entre el yo y el otro ¿cómo
se puede materializar el mal? [23].
Y aquí la conclusión del libro de Simone de Beauvoir es reveladora:
“Lo que constituye el valor supremo de su testimonio es que nos inquieta.
Nos obliga a volver a plantearnos el problema esencial, que bajo otras
apariencias obsesiona a nuestro tiempo: las verdaderas relaciones del hombre
con el hombre” [24].
El
verdadero pensamiento sadiano (al margen de la apariencia que podemos leer)
avanza, pues, aceptando primero a dios quien con su culpa eterna legitima
los actos del perverso. Después confundiéndolo con una naturaleza
feroz que prepara la destrucción de las categorías humanas.
Y finalmente desolidarizándose del hombre exigiendo algún
tipo de legislación que aniquile de una vez por todas a la humanidad.
Se
llega así al punto final: si la sensibilidad humana es excitada
más por la maldad y si el placer es una exigencia de la vida, estamos
abocados a la auto destrucción. No puedo finalizar sin reproducir
las palabras de Simone de Beauvoir que creo que ha interpretado el pensamiento
sadiano a la perfección:
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“La
belleza es demasiado simple, se la capta mediante el juicio intelectual
que no arranca a la conciencia de su soledad ni al cuerpo de su indiferencia.
Pero la sordidez envilece. El hombre que ha comerciado con la suciedad,
como aquel que ha herido o se ha hecho herir, se realiza en cuanto a carne.
Es en la desdicha y en la humillación donde el hombre tórnase
en abismo, en donde el espíritu naufraga, y los individuos apartados
se encuentran. Castigado, penetrado, sucio, sólo así Sade
logra abolir su propia presencia obsesionante” [25] |
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________________________________________________________ [1]. “El Marqués de Sade”.
Título original: “Faut-il brûler Sade?”. Simone de Beauvoir.
Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1975. Página 69. “Sus demasías
rescatan a menudo ingenuas verdades, mientras que a través de sus
ponderados razonamientos pretende persuadirnos de lo monstruoso. … Entonces,
en su alegría, en su violencia, en su arrogante crudeza, el estilo
de Sade se convierte en el de un gran escritor. Sin embargo, a nadie se
le ha ocurrido colocar a Justine al lado de Manon Lescaut y de Les Liaisons
Dangereuses. Paradójicamente son las necesidades intrínsecas
de la obra de Sade las que le asignan sus límites estéticos…
Se satisfizo proyectando sus fantasías.”
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