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"Abelardo
es el primer autor que hace una cuidadosa
distinción entre los aspectos intensionales y los aspectos extensionales" Umberto Eco. "Kant y el ornitorrinco", 1997. "Telle était l’âme
d’Abelard. Tout ce qui pouvait nourrir une
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Presentación
El fin del imperio romano significa el comienzo de una época de crisis social, política y económica que se extenderá durante varios siglos. Si bien los romanos no habían sido creadores en el campo de la lógica, sí que habían mantenido el conocimiento heredado de los griegos, fundamentalmente de Aristóteles y de los estoicos. En las últimas épocas del imperio, en que se generalizan las compilaciones en todos los campos de las ciencias, también se escriben las de lógica debidas a Porfirio y a Boecio, que serán los únicos documentos que circularán por el Occidente europeo durante mucho tiempo.
A Porfirio (233-304) le debemos un libro titulado "Isagoge" con el que pretende difundir las ideas aristotélicas.
A Boecio (470-524) le debemos las traducciones latinas de Categorías, Peri hermeneias, Refutaciones sofísticas, Tópicos y Primeros analíticos de Aristóteles (aunque estas dos últimas no tendrán difusión hasta bien entrado el siglo XII). También escribió unos comentarios a los Topica de Cicerón donde recogía la lógica de la Stoa pero que no tuvo difusión durante la Alta Edad Media. Sus obras propias que sí tuvieron difusión son: De la división, De los diferentes tópicos, Del silogismo categórico y Del silogismo hipotético en las que glosa la lógica aristotélica.
Según los Kneale[1] el periodo que se inicia a partir del siglo VII es de oscuridad total en todos los campos de las ciencias y, cómo no, también en lógica. No sólo no aparecen desarrollos nuevos sino que dejan de circular los antiguos: la lógica estoica totalmente desaparecida, una buena parte de Aristóteles también, etc.
En el siglo IX, con el mal llamado renacimiento carolingio[2], Alcuino de York preparará una Dialéctica para uso de las escuelas palatinas que Carlomagno le había ordenado organizar, pero no pasa de ser una glosa de los escritos de Boecio. Y en el siglo XI, Garlando el Computista escribirá otra Dialéctica en la que la confusión entre neoplatonismo y aristotelismo la convierte en inútil.
Sólo Escoto Eriúgena (810?-877) usará con profusión los razonamientos silogísticos, pero no existe en su obra conocida escrito teórico alguno al respecto.
La figura de Pedro Abelardo emerge en el siglo XII en medio de una etapa histórica de florecimiento cultural debido al impulso que significan una creciente estabilidad social y un desarrollo económico continuado desde el siglo precedente. Como se ha señalado[3], con Abelardo renace la reflexión sobre la lógica que había estado dormida durante los cinco siglos anteriores y que servirá de precedente para el desarrollo de la lógica escolástica.
En este trabajo se pretende conocer los
motivos de este renacimiento de la preocupación por la argumentación
y los rasgos esenciales de la misma en cuanto a sus fuentes, su contenido
y sus aportaciones.
La vida de Abelardo.
Conocemos bien la vida de Abelardo ya que él mismo escribió una autobiografía unos años antes de su muerte con el título de Historia Calamitatum. A pesar de que su autoría ha sido discutida, lo cierto es que muchos de los hechos pueden corroborarse por otras fuentes, por lo que cabe pensar que si no la escribió él, la escribió alguien lo suficientemente cercano como para que lo relatado sea útil para el historiador. También sirven como fuente las cartas que se conservan entre Abelardo y Heloisa.
Vamos a limitarnos a señalar los trazos fundamentales que puedan sernos útiles para nuestro propósito y con la salvedad que las fechas, cuando las hay, siempre son aproximadas.
Abelardo nace en le Pallet (cerca de Nantes) el 1079, hijo de una familia militar, probablemente caballeros al servicio del conde de Nantes. Es pues un aristócrata que decide abandonar la carrera paterna para dedicarse a las letras. Después de su educación infantil, posiblemente con preceptor, buscó instrucción como estudiante itinerante en las escuelas de los más afamados maestros de su época. Entre ellos hay que destacar su estancia, alrededor del 1098, con el maestro Roscellino en su escuela de Locmenach (Vannes). Antes del 1100 se dirige a París donde ingresa en la escuela de la Catedral para estudiar dialéctica con el renombrado maestro Guillermo de Champeaux. En ambos casos, según relata él mismo, objetó las enseñanzas de sus maestros. No contento con esto, estableció su propia escuela en 1102 en Melun que a los dos años trasladaría a Corbeil. Después de unos años de inactividad, debido a la falta de salud, regresa a París para estudiar retórica, nuevamente con Guillermo de Champeaux y, en 1108, pasa a ser profesor en la escuela catedralicia de la ciudad. Después de otro breve retiro en Bretaña, se dirige a Laón para estudiar teología con Anselmo de Laón. En 1114 vuelve a ser profesor en la escuela catedralicia de París y unos años más tarde sucede el episodio amoroso con Heloísa del que nacerá su hijo Astrolabo y con el empezarán sus dificultades por la enemistad con el canónigo Fulberto, tío de Heloísa.
El año 1118 tanto él como Heloísa toman lo hábitos en los conventos de St Denis y de Argenteuil respectivamente, a pesar de haberse casado. Su espíritu inquieto es incapaz de soportar la convivencia con los monjes por lo que es trasladado a los monasterios de Provins y de Saint Medard sucesivamente, hasta que en 1120 funda un oratorio dedicado a la Trinidad en Nogent sur Seine. Este oratorio, en el que sólo se halla acompañado de otro monje, se convierte poco a poco en otra escuela a la que acuden discípulos para oír sus clases. Dos años más tarde, en 1122 y en vista del éxito, funda en la misma población el Paracleto, una especie de monasterio con vocación pedagógica. El concilio de Soissons condena sus escritos teológicos sobre la Trinidad ese mismo año.
En el año 1127 se traslada a St. Gildas de Rhuis, monasterio del que ha sido nombrado abad y donde también se enemista con los monjes. Al cerrarse el monasterio de Argenteuil en esas mismas fechas, Abelardo les ofrece a las monjas el Paracleto y Heloísa es nombrada abadesa del monasterio. En el año 1133 Abelardo vuelve a París.
En 1140, cuando la escuela catedralicia se ha trasladado a la montaña Ste. Genevieve (precedente de la Sorbona), y él es uno de sus profesores, la inquina de Bernardo de Claravall conseguirá que sea condenado nuevamente en el concilio de Sens. Es acogido por Pedro el Venerable en el monasterio de Cluny y dos años más tarde, al empeorar su salud, Pedro el Venerable decidirá trasladarlo al monasterio de Chalons sur Saone, de clima más agradable, donde morirá el año 1142.
En el año 1164 al morir Heloísa
sus restos serán trasladados al Paracleto y con la Revolución
Francesa, que cerrará el Paracleto, los restos de ambos serán
trasladados al cementerio de Pere Lachaise en París.
El marco histórico.
Lo que hoy conocemos como Francia no tiene nada que ver con la Francia de principios del siglo XII. La Galia romana fue ocupada por los francos, constituyendo un poderoso reino fundado por Clodoveo (??-511) que inicia la dinastía merovingia. Pero en el siglo VII el reino entrará en decadencia y los mayordomos de palacio se impondrán a los reyes hasta que en el 732, Carlos Martel (un mayordomo) derrote a los musulmanes en Poitiers, imponiendo con ello a su hijo Pipino el Breve como rey. El hijo de Pipino, Carlomagno, será coronado emperador en el año 800, trasladando la capital a Aquisgrán. A la muerte de éste, el imperio se dividirá y después de los primeros sucesores, la monarquía se irá debilitando y se impondrá el régimen feudal, en el que el rey no es más que el principal de los señores. En el siglo IX se suceden múltiples ataques de los normandos y el final del siglo X, marca también el fin de la dinastía carolingia. En 987 los nobles se ponen de acuerdo en nombrar rey a Hugo Capeto quien inicia la dinastía capeta con la capital en París pero en la que no residía habitualmente. El reino se limita en aquel entonces a la franja de tierra que existe entre el Loira y el Sena.
Respecto a la ciudad de París, hay
que decir que para los romanos, que pusieron la capital de la Galia en
Lugdunum (la actual Lyon), París no había sido más
que una pequeña ciudad de provincias. Al dejar los carolingios de
vivir allí, la ciudad entró en una crisis total: se abandonó
la antigua ciudad romana en la ribera izquierda del Sena y se redujo a
la actual Île de la Cité, los edificios estaban en ruinas
debido a los saqueos normandos, los reyes no habitaban en ella más
que temporalmente. A la llegada de Abelardo a la ciudad en 1100, se calcula
que tenía unos 3000 habitantes[4],
o sea que era más pequeña que otras ciudades del reino como
Chartres, Orleans o Tours. Será Luis VI (1081-1137), contemporáneo
casi exacto de Abelardo, quien a pesar de su penoso inicio de reinado en
1108, transformará la ciudad. Efectivamente, París es saqueada
el 1111 por el conde de Meulan (supuesto vasallo del rey) y en 1119 las
tropas reales son diezmadas en la batalla de Bremule frente al ejército
inglés de Enrique I. A partir de esta fecha. Luis VI establecerá
una alianza con el poderoso abad de St. Denis, Suger, y con la ayuda de
los obispos parisinos empezará una labor de reconstrucción
de la ciudad y del reino, que conducirá a la ciudad de París
a ser una de las más florecientes del Occidente europeo y a jugar
netamente el papel de capital de un reino mucho más amplio y consolidado
a base de alianzas matrimoniales, pactos y conquistas[5].
Las obras de Abelardo.
Dentro de la obra abelardiana hay que distinguir entre lo que son los escritos de lógica y los de teología. Curiosamente, mientras que de sus escritos teológicos se conservan numerosos manuscritos[6], a pesar de haber sido condenados por los concilios, de sus obras de lógica sólo se conserva un único manuscrito, aunque se sabe también con seguridad que escribió una Gramática que no nos ha llegado y posiblemente un Retórica.
La datación de las obras lógicas
también ha sido controvertida habiendo participado en ella numerosos
medievalistas, incluido un español Lluis Nicolau d’Olwer, quien
estableció en 1945 la datación que parece hoy unánimemente
aceptada. Relacionaremos a continuación las obras según las
fechas estimadas de su composición y detallando brevemente su contenido.
Introductiones parvulorum. Probablemente entre 1102 y 1114. Se trata de cuatro breves glosas de Categorías y Peri Hermeneias (Aristóteles), Isagoge (Porfirio) y De divisione (Boecio), preparadas seguramente como introducción para los alumnos recientes. Se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia en París (Ms. lat. 13368).
Lógica Ingredientibus. Anterior a 1120. Se trata de tres glosas más largas de Isagoge, de Categorías y de Peri Hermeneias. Se conservan las dos primeras en la Biblioteca Ambrosiana en Milán (Ms. 63) y la tercera en la Biblioteca de la Universidad de Tubinga (Ms. Lat. Jol. 624).
Lógica Nostrorum Petitione Sociorum. Anterior a 1125. Es una larga glosa de Isagoge. Se conserva en la Biblioteca Municipal de Lunel (Ms. 6)
Dialéctica. Entre 1135 y 1137, aunque a sugerencia de Lluis Nicolau se acepta que hubo ediciones anteriores. Es un extenso tratado independiente aunque basado en los libros de cabecera de Abelardo. Falta el primer libro y un trozo del final. Hablaremos más extensamente de él más adelante. Se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia París (Ms. lat. 14614).
Glosa a De differentiis Topicis (Boecio). De fecha incierta. Se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia París (Ms. lat. 7493).
Existen además tres obras cuya
atribución es dudosa, pero que en cualquier caso los especialistas
están de acuerdo en considerar "abelardianas" por su contenido y
por su expresión:
Fragmentos de una glosa a Peri Hermeneias. Conservada en el mismo manuscrito que las Introductiones parvulorum.
Sententiae secundum Magistrum Petrum. Se trata de una colección de falacias para ejercicios de los alumnos. Se conserva en la Biblioteca Municipal de Orleans (Ms. 266).
De intellectibus. Conservada en la Biblioteca Municipal de Avranches (Ms. 232)[7].
Como ya se ha dicho, también
se sabe que una Gramática está perdida y es posible que escribiera
también una Retórica.
Si relacionamos por fechas las obras lógicas
y las teológicas se podría hacer el siguiente esquema:
| Año | LÓGICA | TEOLOGIA |
| 1110 | Introductiones parvulorum | |
| 1118 | Dialéctica (primera versión) | |
| 1120 | Lógica Ingredientibus | De unitate et Trinitate Divina |
| 1122 | Dialéctica (segunda versión) | Sic et Non |
| 1123 | Theologia Christiana | |
| 1124 | Lógica Nostrorum Petitione Socior | Introductio ad Theologiam I y II |
| 1126 | Scito te Ipsum | |
| 1136 | Dialéctica (versión final) | |
| 1137 | Dialogus |
Una copiosa obra, sin duda, si tenemos en consideración los medios de la época y que no se han incluido en el esquema ni las obras dudosas ni las desaparecidas.
Fuentes de la obra abelardiana.
Como ya se ha dicho, Abelardo no es el continuador de ninguna escuela, ya que no existía escuela alguna porque la única obra reseñable del siglo anterior es la dialéctica de Garlando el Computista (anterior a 1076) que es un claro ejemplo de la lógica imperante: cada capítulo está relacionado con alguno de los viejos tratados de lógica, la función de la lógica es separar lo verdadero de lo falso y ello se consigue con el silogismo que está formado por términos, lo que nos conduce a las categorías. Y en el análisis de las categorías emerge el ‘nominalismo’ de Garlando: el objeto de la lógica son las palabras y no el mundo, evitando así las implicaciones ontológicas[8]. Tampoco conocemos la obra de Roscellino, salvo por una carta dirigida precisamente a Abelardo, aunque los furibundos ataques de Anselmo de Canterbury nos ilustran también sobre su nominalismo. Reseñemos tan sólo que Roscellino fue uno de los primeros maestros de Abelardo, quien se vio envuelto desde el principio de su carrera en la polémica de los universales ya que también tuvo como maestro a Guillermo de Champeaux, defensor de una posición realista extrema. Hablaremos a continuación sobre este tema que debe colocarse en la cabecera de la obra abelardiana.
Por lo que hemos visto de sus escritos, Abelardo tiene como únicas fuentes de conocimiento de la lógica las obras de Porfirio y Boecio, aunque no todas, y de las traducciones de Aristóteles que hizo este último. Podemos afirmar con seguridad que dispuso de Categorías, Peri hermeneias y Refutaciones sofísticas de Aristóteles. No es tan seguro que dispusiera de los Primeros Analíticos: aunque algunos autores señalan que existen pasajes en su Dialéctica que deben proceder de ellos, bien pudiera ser que Abelardo hubiese llegado a la misma conclusión independientemente. Desde luego no conoció los Segundos Analíticos, que serán traducidos poco antes de la mitad de siglo, ni de Tópicos ni del resto de la obra aristotélica (Física, Metafísica, De anima, etc.). De Porfirio dispone de Isagogé. Finalmente de Boecio dispone de las glosas a los libros de Aristóteles antes citados, de los dos libros sobre el silogismo (categórico e hipotético), del libro sobre la diferencia y del libro sobre los tópicos. Desde luego no dispone de la Glosa a los Topica de Cicerón del mismo autor en el que se explica la lógica estoica.
Podemos concluir, pues, que la fuente principal de Abelardo son los escritos de Boecio[9].
No se puede cerrar este capítulo
sin destacar que Abelardo, dispone también de obras de gramática
y, fundamentalmente, de la gramática de Prisciano: Institutiones,
de principios del siglo VI. En este sentido es importante hacer notar que
en el siglo XII, el latín ya no es la lengua vehicular habitual,
sino que se ha convertido en una lengua sólo utilizada en la liturgia
y en la enseñanza, por lo que existirá una tendencia en todos
los autores de la época a interrogarse sobre las posibilidades de
dicha lengua con el fin de analizarla y normalizarla. Sin esta dimensión
puramente gramatical no podría entenderse la obra abelardiana, tanto
es así, que algunos autores le han considerado como un precedente
de las gramáticas especulativas que se desarrollarán en el
siglo posterior en París[10]
(Alejandro de Villadei, Evrardo de Bethune y, sobre todo, Juan de Garland).
El contenido de la obra abelardiana.
Por lo que hemos visto hasta el momento, no hay aportaciones concretas fundamentales en la obra del Peripatético Palatino. Su vida se sitúa antes de la recepción de los textos árabes (que no empezarán a circular hasta la segunda mitad del siglo XII) y que significarán un cambio cualitativo de indudable relevancia. Pero hay un aspecto que resulta esencial para comprender el por qué del interés en la dialéctica (éste es el nombre que Abelardo le dará a la lógica en toda su obra) y es el propio Abelardo quien lo expone en el prólogo de una de sus obras teológicas: el Sic et Non. El libro es una colección de sentencias, tomadas de los santos padres, que son, al menos aparentemente, contradictorias. En el prólogo Abelardo traza un verdadero método para abordar la crítica de estos textos en tres pasos. El primero de ellos es histórico y consiste en rechazar los textos apócrifos, buscar errores de copista, averiguar si el propio autor se ha retractado en escritos posteriores, etc. El segundo paso es teórico y consiste en comprobar si los autores han utilizado las mismas palabras pero con sentidos distintos. Finalmente el tercero es dialéctico, consiste en discutir las tesis contrapuestas para alcanzar la verdad y aquí es donde Abelardo hace el elogio de la investigación nacida de la contradicción concluyendo que la interrogación es la llave de la sabiduría[11]. Lo verdaderamente nuevo es que Abelardo está afirmando que las artes del lenguaje dirigen la lectura de los textos.
No debe extrañarnos: la enseñanza del trivium (gramática, retórica y lógica) incluía en aquella época las disputatios, en las que se enzarzaban alumnos y profesores con el fin de esclarecer algún tema controvertido. Pero nadie antes de Abelardo había establecido una sistemática en estas discusiones y, por ello, necesita, no sólo de la lógica sino también de la gramática porque el lenguaje es la herramienta con la que se dirimen. Abelardo, quizá inconscientemente, tiene en mente el triángulo mundo/lenguaje/pensamiento que ya había destacado Aristóteles y se adentra en el estudio del lenguaje como mediación entre los otros dos.
a) La cuestión de los Universales.
Es de sobras conocida la polémica sobre los universales, que se enciende precisamente en esa época entre Roscelino y Anselmo de Canterbury. La polémica se basa en un comentario de Boecio a las Isagoge de Porfirio en el que éste se pregunta, sin responderse, sobre si los géneros y las especies son entidades subsistentes o simples conceptos; y si subsisten, si son materiales o inmateriales y, finalmente, si están o no separados de las cosas individuales. La discusión no es banal, ya que, envuelve cuestiones semánticas que se encontraban en un estado de confusión notable[12] por la doble influencia del Boecio lógico que sugería la tesis nominalista y del Boecio teológico que conducía a un realismo primitivo.
Abelardo traza en sus dos lógicas la crítica de las distintas posiciones realistas mediante el sistema de suponer que son ciertas y razonar con ellas hasta llegar a una contradicción, un sistema de reducción al absurdo[13]. No existe en los textos de Abelardo una crítica similar del nominalismo estricto de Roscellino, pero sí que afirma en su Historia Calamitatus que siendo alumno de dicho maestro discutió esa tesis. Abelardo pretende romper con el problema ontológico por la vía de afirmar que cada hombre es distinto de los demás en su esencia y sus formas, pero coincide con todos los demás precisamente en eso, en ser hombre: y ‘ser hombre’ no es una cosa pero tampoco una simple palabra (flatus vocis). En la Lógica Nostrorum Petiotione Sociorum, distinguirá entre vox y sermo, reservando el primero de dichos términos para la proferencia, la palabra en tanto que proferida y la segunda para el significado de la palabra. Mientras la primera es una cosa, la segunda es precisamente el universal: la imagen común y confusa que se forma en el intelecto. Con ello puede cerrar la brecha entre el mundo y el pensamiento: sólo los individuales tienen existencia, pero los universales no son meras voci sino que tienen su correlato en la realidad mediante la predicación. Todos los autores señalan la doble vertiente de la doctrina abelardiana en este aspecto: desde el punto de vista lógico hay una evidente inclinación hacia el nominalismo, pero desde el punto de vista filosófico no se descarta el realismo[14] lo cual garantiza de alguna manera la correspondencia entre el orden lógico y el orden de la realidad.
Es precisamente esta insistencia en afirmar que lo universal es algo que se predica de algo, la que hace que los verbos tengan una función de ‘enlace’, lo cual hace que su sistema lógico tenga un aire de modernidad en el que pueden encontrarse sugeridos temas de la lógica contemporánea como el uso de cuantificadores o la distinción entre los aspectos intensionales y extensionales[15], pero que en realidad se hallan todavía muy alejados del pensamiento de Abelardo.
Tampoco faltan los autores que han calificado la teoría abelardiana como intermedia entre el nominalismo y el realismo[16], lo cual es bastante acertado porque, en definitiva, lo que hace Abelardo es imputar a la oración lo que los nominalistas atribuyen a los nombres universales.
b) La lógica de Abelardo.
El Peripatético Palatino es el primer defensor de la lógica como ‘scientia discernendi’ y ello tendrá implicaciones teológicas que le pondrán en el punto de mira de quienes defienden el misticismo religioso como Bernardo de Claravall. Abelardo está convencido que como ciencia, la lógica puede conducir a la ‘sapientia’ y ésta no puede ser contraria a la fe sino un camino hacia la misma. Pero dejemos los aspectos teológicos y centrémonos en la noción abelardiana de lógica.
La lógica o dialéctica (sinónimos para Abelardo) es una ciencia cuya práctica permite distinguir entre los argumentos válidos y los inválidos. Como tal ciencia es aplicable a todo tipo de conocimiento: es el método general y fundamental de cualquier tipo de investigación. El aspecto más original de su obra es precisamente la separación radical de la lógica de toda metafísica, cuando afirma categóricamente que no puede haber lógica de las cosas, que sólo existe lógica de las palabras, del lenguaje[17]. A continuación Abelardo analizará las distintas ciencias del lenguaje (las tres artes del trivium[18]) para establecer exactamente cual es la naturaleza de la lógica en relación a la retórica y la gramática. Con respecto a la primera, no le será difícil establecer su independencia, separando los aspectos psicológicos y subjetivos que gobiernan la retórica, cuyo fin no es establecer la verdad sino convencer a un auditorio (aunque sea de la tesis más peregrina). Más difícil será establecer su independencia de la gramática, que sólo podrá realizar por la vía del significado: mientras la gramática gobierna las reglas de construcción de las frases, la lógica gobierna los significados[19].
El problema del significado está naturalmente vinculado con la cuestión de los universales a la que nos hemos referido en primer lugar, porque para Abelardo significar es generar un concepto o una comprensión en el lector u oyente[20]. Aquí, como en la cuestión de los universales, hallamos dos vertientes de la significación: ‘de rebus’ y ‘de intellectibus’. Mientras la intelectiva es la fundamental (semántica), la material es primera: al considerar las cosas, inventamos palabras (‘inventio’), para asignarles convencionalmente (‘impositio’) un significado. Por tanto la palabra tiene la doble dimensión de generar un concepto mental y de referirse a algo en el mundo[21]. Y Abelardo afirma que el significado intelectivo es más importante que el significado real porque aquél persiste aunque desaparezcan las cosas (o incluso aunque no existan, podríamos añadir anticipando la idea de mundos posibles).
Esta relación de significación es estudiada por Abelardo con sumo detenimiento en su análisis del nombre al que dedica una buena parte de su obra. Basándose en las definiciones de Aristóteles ("Nombre, pues, es un sonido significativo por convención sin <indicar> tiempo, y ninguna de cuyas partes es significativa por separado"[22]) y la de Prisciano ("Lo propio del nombre es significar una substancia con una cualidad"[23]), en las que curiosamente el primero se expresa como gramático y el segundo como filósofo, Abelardo asume ambas definiciones pero las califica como entes diferenciados: la ‘vox’ en el sentido de la definición aristotélica y el ‘sermo’ en el sentido de la de Prisciano, como ya hemos visto anteriormente.
c) La proposición y el concepto de verdad.
Al igual que los nombres, las proposiciones también tienen una doble dimensión: se refieren a cosas (‘res’) y generan ideas (‘intellectus’), pero son distintas a aquellas porque generan ideas complejas y, muy importante, tienen la propiedad de ser verdaderas o falsas. El significado de las proposiciones es el ‘dictum’ que queda definido en sentido negativo: no es una cosa (es una ‘quasi res’), no es una esencia, no es definible en términos de realidad. La proposición es la forma en que las cosas se comportan (‘quidam rerum modus habendi’)[24].
El concepto de verdad es, pues, el de correspondencia con la realidad. Si el ‘dictum’ (el significado de la proposición) afirma algo que es el caso en la realidad será verdadero, y será falso en caso contrario[25]. Ello no es una noción nueva, ya estaba plenamente difundida con la lógica vetus, pero veremos más adelante que tendrá algunas implicaciones importantes al hablar de la argumentación.
Por otra parte, en las argumentaciones se relaciona una cosa con otra y Abelardo no dejará sin estudiar esta relación (la predicación) de la que el verbo es parte consubstancial. El verbo es una cópula que sirve al hablante para completar el sentido de la sentencia, sin verbo no puede haber proposición. Con ello Abelardo elimina todo contenido existencial del verbo, aunque en algunas de sus obras primeras todavía existen residuos de este contenido existencial.
d) La argumentación.
Siguiendo las concepciones de Cicerón y Boecio, estaba establecido que la argumentación es una razón que hace creer en lo que se dudaba. Los lógicos medievales, al no separar las aspectos pragmáticos de los semánticos (la corrección de la validez), analizaban el argumento bajo la perspectiva de la preservación/transmisión de la verdad. Pero estas concepciones son insuficientes para Abelardo[26] quien afirma que el razonamiento, la prueba, reside en el propio lenguaje cuyas piezas y mecanismos están de acuerdo con la realidad[27].
El repertorio aristotélico de pruebas de los Tópicos para discriminar los buenos argumentos llega a nuestro autor filtrado por las aportaciones latinas (Alejandro de Afrodisia, Cicerón, Porfirio, Temistio), canalizado por Boecio e interpretado por autores como Garlando el Computista (que sólo acepta el silogismo hipotético) y Guillermo de Champeaux (que generaliza la cobertura tópica). Este caudal cristaliza en Abelardo quien insiste en la clasificación de las fórmulas básicas de la argumentación en dos grupos: las complexionales (el silogismo) y las tópicas (‘maxima propositio’ o ‘differentiae’)[28]. Abelardo emprende el estudio de cada una de ellas dando por sentado que la fuerza conclusiva descansa en los primeros en la forma del razonamiento y en los segundos en alguna evidencia ausente de las premisas.
En el análisis del silogismo sigue totalmente a Aristóteles (al menos a las obras a las que tuvo acceso) y a las interpretaciones de Boecio, destacando que sólo el silogismo hipotético es inmutable. Es plenamente consciente que la corrección/validez de la inferencia descansa únicamente en la regla de construcción del argumento que contiene en si misma el sentido de una multiplicidad de proposiciones.
Más interesante es el análisis
de las argumentaciones tópicas cuyas propiedades no se derivan exclusivamente
de los significados de sus proposiciones sino además de los ‘eventus
rerum’. Al contrario del silogismo, Abelardo la considera una argumentación
imperfecta porque su verdad sólo está garantizada por la
constatación de un hecho que siempre será contingente. Pero
hay más: al contrario que en el silogismo hipotético, la
argumentación tópica subordina la verdad a la existencia.
Imperfección, pues, no sólo formal sino también conceptual.
Nos encontramos en un punto en que precisamos de alguna metafísica
para convalidar el argumento y esto, para Abelardo, es extraño al
trabajo lógico. Por tanto, sólo se podrá afirmar la
probabilidad del argumento sujeto a la cláusula establecida en la
‘maxima propositio’[29].
Del análisis de sus textos se desprende un doble interpretación:
por una parte podemos identificar su prevención ante las ‘maxima
propositio’ en la forma en que las entendemos hoy, como la apelación
a una verdad a priori, analítica; o bien la podemos identificar
con el mantenimiento de una garantía metafísica básica.
La influencia de Abelardo.
No parece que sus obras tuviesen una influencia
notable en el pensamiento de los lógicos posteriores. A este respecto
hay que recordar que en la misma época de la muerte de nuestro autor,
empezará la recepción de la obra aristotélica e islámica
que resultará mucho más atractiva que las obras de Abelardo
en las que, como hemos visto, no hay aportaciones decisivas. Pero no se
puede dejar de señalar un tipo de influencia indirecta: la transmisión
de la pasión metódica por la lógica. Como se ha señalado,
los autores contemporáneos de Abelardo señalan que su fama
estaba muy extendida[30],
pero sin embargo no conocemos apenas escritos lógicos que puedan
ser atribuidos a su escuela[31].
Su influencia puede explicarse quizá por su estilo expositivo preciso
y claro al propio tiempo, que trama sus razonamientos de tal forma que
los hace evidentes. Todos sus pensamientos están demostrados y justificados
en un sistema completo que otros muchos intentarán copiar[32].
Las ideas que nos transmite ya estaban en Aristóteles, en Porfirio
y en Boecio, pero su exposición queda superada por la de Abelardo,
en un momento en que el latín ha dejado de ser la lengua habitual
y en el que empieza a crearse un latín artificioso con el que se
vehiculará toda la lógica posterior hasta el siglo XIX. Abelardo
es, sin duda, el principal creador de éste latín.
Conclusiones.
La figura de Abelardo es característica del siglo XII, es el modelo de intelectual que nace al amparo del auge de las ciudades que en él adquiere tintes especiales. Nunca podrá ocultar su origen de familia militar: todas sus discusiones, lógicas o teológicas, adquieren la característica de los asedios. Y por ello es igualmente venerado (Juan de Salisbury) como odiado (Bernardo de Claravall), pero no es indiferente para ninguno de sus contemporáneos. Este apasionamiento unido a la claridad de su pensamiento es lo que le convierte en uno de puntos originarios de la escolástica, tendencia filosófica que gobernará los siglos siguientes. Si bien es cierto que no hace aportaciones de relevancia en el pensamiento lógico, su trabajo no es el de mero compilador: es un sistematizador, un ordenador y, lo que es más, un difusor de este espíritu sistemático.
Creador de escuelas que ejercerá influencia decisiva en los modelos pedagógicos de las de Saint Victor y Ste. Genevieve (que están en el origen de la Sorbona) y de otras. Agitador cultural que responderá sistemáticamente a todos sus maestros (Roscelino, Guillermo de Champeaux, Anselmo de Laón) en busca de un conocimiento preciso y exigente. Personaje inquieto que se acomodará mal a la molicie de los monasterios y de sus monjes. Amante apasionado capaz de sufrir la mutilación por su amada Heloisa. Interesado por todas las facetas del saber humano que le llevará incluso a componer obras musicales de las que desgraciadamente no nos ha llegado ninguna. Dominador de un lenguaje, el latín, que ya no se usaba más que en la liturgia y la enseñanza. Es, en fin, un espíritu de gran clase, que concentra en sí mismo y acelera un movimiento cultural asociado a un movimiento histórico.
En fin, personaje polifacético que toma en sus manos las obras de Boecio y las exprime hasta conseguir un sistema bien trabado que servirá de modelo a quienes, en generaciones, posteriores puedan tener acceso al Aristóteles de los Analíticos, al Euclides de la Geometría y al Averroes de los cometarios. Este movimiento de recepción del siglo XII, al que Abelardo no llega a asistir, le hará perderse en su explosión. Es la suerte de los precursores.
En suma, como dice Jean Jolivet al final
de su obra ya citada: "Vale la pena conocer su obra, naturalmente: no como
portadora de universalidad sino a título de ejemplo de un momento
cultural y de producto de una inteligencia excepcional en su orden; desde
este punto de vista es, al menos, del más vivo interés, sobre
todo si se la examina en detalle. Se obtendrá un "resultado histórico",
como decía Renan para otro propósito, y también lo
que se gana frecuentando un pensamiento ágil, cautivador, vigoroso;
después de todo no es muy corriente".[33]
BIBLIOGRAFÍA.
Obras consultadas.
Obras no consultadas.