Hace unos días, viendo la serie Cuéntame, escuchaste un fragmento de una canción que tus padres inmediatamente quisieron entonar. No es que esa música te agradase particularmente, pero el mensaje de su letra sobrepasaba en calidad el de las canciones que causan furor en las discotecas. Tu padre te comentó que la cantaba Juan Manuel Serrat, un cantautor famoso desde hace más de treinta años. Los versos que recitaba decían así:
Esos versos inmediatamente te trajeron a la memoria algo que habías estudiando en el instituto con relación a la obra inmortal de Jorge Manrique, las Coplas por la muerte de su padre, y sobre lo que debatiste acaloradamente en clase: la vida como camino, la vida como río. Tu profesor te había explicado el significado de esta metáfora dentro de la concepción cristiana de la vida de Manrique, pero tú insistías en que también era posible interpretarla desde otra perspectiva no religiosa, más humana. Y precisamente los versos que recitaba Serrat iban en esa línea: el caminante (el hombre), el camino (la vida) y nada más. ¿No se podrían explicar como que cada persona elige, traza el sendero de su vida y es imposible desandar lo vivido, con sus aciertos y sus errores, porque ese tiempo ya se ha desvanecido? ¿No será que el camino de la vida se va creando a cada paso y deshaciéndose en el instante de ser vivido? Días después comentaste en clase a tu profesor de Literatura lo que ocurrió en la serie. Al hablarle de lo recitado por Serrat, te sacó de un error: los versos no los había escrito el cantautor, sino uno de los poetas más grandes nacidos en nuestra tierra, más en concreto en Sevilla. Su nombre, Antonio Machado, autor declarado por la UNESCO «poeta de la humanidad». El profesor os explicó algo de su obra y de las circunstancias de su vida y de su muerte. Además, algo enfadado, afirmó que la militancia de Machado en el bando republicano impidió, sin duda, que tuviese el reconocimiento merecido (de hecho, tuvo que exiliarse de España poco antes de acabar la Guerra civil, y este último desgarro le ocasionó la muerte), pese a que durante el franquismo fuese uno de los poetas más elogiados por el régimen. Lamentó que en nuestra España, tan dada a crear mitos del deporte, de los toros, de la canción o del famoseo rosa, ningún responsable cultural o político de la época hubiera tenido la feliz idea de proponer a Antonio Machado para la obtención del Premio Nobel de Literatura, que reconociese la trascendencia literaria de su figura y su contribución a la poesía y a la cultura del siglo XX. Hubiera sido lo justo, por muy poco que esos reconocimientos públicos agradasen al poeta, para quien por mucho que un hombre valga, nunca tendrá valor más alto que el de ser hombre. Pero, ¿merecía Machado tal distinción? ¿Está su obra a la altura de su tiempo histórico? ¿La repercusión y el significado de su obra literaria justificarían la concesión del Premio? ¿La situación histórica de nuestro país favorecía o impedía esa posibilidad?
|