¿A qué lo atribuye?
Desde los tiempos de Hipócrates
a los estudiantes de Medicina se nos enseña
a comenzar las historias clínicas
preguntando al paciente:
¿Qué le pasa?
¿Desde cuando?
¿A qué lo atribuye?
Existe consenso universal sobre
la utilidad de este inicio de interrogatorio,
en la mayoría de los supuestos clínicos.
Sin embargo creo que,
aunque parezcan obvios,
existen matices que,
si no se explicitan convenientemente
desde un principio,
en el futuro pueden conducir a
errores groseros innecesarios.
Sé que nuestra candidez no llega al extremo
de creer a pie juntillas las respuestas
de un presunto drogadicto,
con señales de agujas
sobre las venas de sus brazos,
que niega sus inclinaciones,
un broncópata
con dedos marrones tostados,
que afirma haber dejado el tabaco,
o un jubilado por espondilopatía,
con dedos encallecidos recientes
y uñas llenas de tierra,
que perjura no agacharse
ni para recoger los cuatro tomates
que crecen salvajes en su huerto.
Sin embargo, en otros supuestos,
los médicos,
y otros profesionales de la salud,
no solemos ser tan rigurosos.
Nuestra tradicional caballerosidad
(o la equivalente virtud de las colegas femeninas)
nos impide poner en tela de juicio
las respuestas de las señoras respetables
que acuden a nuestras consultas.
Vaya por delante
esta rotunda afirmación:
yo tampoco creo que
ninguna de ellas sea capaz
de mentir ni un ápice.
Faltaría más, por mi honor.
Pero, sin embargo,
quizás usted comparta conmigo que
no es mentir dejar de decir toda la verdad.
Con frecuencia atiendo señoras
que no admiten,
al menos al principio del interrogatorio,
y sobretodo si les acompañan sus hijas,
que, en silencio, llevan meses o años
sufriendo un excesivo estrés familiar,
inadecuado para su edad y estado psicofísico,
que es el factor subyacente fundamental
que no las deja curar apropiadamente
de sus afecciones.
Estas señoras sufren el
"Síndrome de la Abuela Esclava"
Sus hijos no se dan cuenta de que
la abuela necesita ser liberada
de tanta carga como mantiene todavía.
Ellas no saben,
y con frecuencia no quieren,
pedir auxilio con la suficiente expresividad.
Peor aún, se auto inculpan,
creyéndose responsables
de no poder ahora atender a su familia
como siempre lo han hecho.
¿Y nosotros,
los médicos,
qué hacemos?
Si la respetabilísima abuela
niega que esté sobrecargada,
y los no menos respetables hijos
nos aseguran que la abuela
puede tirar de la carga actual,
y de mucho más si ella quisiera,
porque es una mujer fortísima,
nosotros, naturalmente,
no vamos a poner
en tela de juicio
sus afirmaciones.
Si en vez de a una tranquila
señora ama de casa
atendiésemos a un atareado
caballero ejecutivo,
con síntomas o enfermedades
alarmantes semejantes,
y él nos perjurase
que los múltiples impagos,
embargos, pleitos y denuncias
a los que a diario se enfrenta,
no le suponen ningún estrés,
porque ya está acostumbrado a ellos,
¿no pondríamos en duda su palabra?.
Yo, personalmente, con ese señor,
no sería tan caballeresco
como con la dama del supuesto anterior.
Pondría en tela de juicio su afirmación.
Pensaría que,
aunque él no lo reconociese,
el estrés profesional
le está minando la salud.
Procuraría mitigar ese estrés.
Con frecuencia llegaría a
aconsejarle el cambio de trabajo
o incluso a darle la baja laboral.
¿Usted no haría lo mismo?
¿Usted daría su consentimiento
a seguir ese tipo de vida
en el supuesto de
enfermedad o síntomas graves
en el ejecutivo?
Es que
el trabajo de los ejecutivos se las trae.
El de los ejecutivos, claro.
Meditemos en los trabajos.
¿Existe algún ejecutivo
que se tome su trabajo
como cuestión tan importante,
íntima, propia, personal y trascendental,
como se toman las abuelas el suyo?
¿Le dedica más horas y entrega?
Hay abuelas y abuelas.
El tipo de abuela al que me refiero
se ha entregado en cuerpo y alma,
en exclusiva,
voluntariamente y con agrado,
durante muchísimos años,
a su profesión de ama de casa y madre.
Su trabajo es más que un trabajo.
Es su vida,
su razón de existir.
Si los hijos no la liberan adecuadamente
de las cargas inapropiadas,
ella es incapaz
de rebelarse o renunciar.
Prefiere morir
con las cacerolas puestas.
Simplificando.
Creo firmemente que
debería enfatizarse en las aulas,
en beneficio del rigor científico
y la eficacia de la historia clínica,
que las tres
cuestiones
hipocráticas
no son tres
preguntas
al paciente
sino tres
interrogantes que se debe plantear el médico
Por supuesto que esas interrogantes
las dirigiremos inicialmente al paciente.
Debemos escuchar con interés sus respuestas,
pero -atentos- sin cándida credulidad.
Lo que el paciente nos responda
es importante, pero lo es más aún la verdad.
Nuestro deber es aliviar o curar al paciente,
aunque, por el motivo que sea,
él no sepa o no quiera
decirnos toda la verdad.
Bueno es preguntar, pero
lo importante es averiguarlo:
¿realmente a qué lo atribuye?
Bibliografia:
Dr. Antonio Guijarro Morales
¿A qué lo atribuye?.
Investig Clin 2002;5(4):365-366.
El Síndrome de la Abuela Esclava
(Pandemia del Siglo XXI)
Investig Clin 2001;4(4):407-410
Algunas mujeres,
Esclavas Voluntarias
El Síndrome de la
ABUELA ESCLAVA
aguijarro
Pintura Analógico-Digital
A.B.C. de la Supervivencia
a la Angina de Pecho y el
Infarto de Miocardio
METODO GRANADA
DE
AUSCULTACION CARDIACA
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