En la tardía fecha de 1838, cuando hacía treinta años que el Príncipe de la Paz había abandonado España para siempre, Godoy se encontró en París con Lord Holland antiguo embajador inglés en España, primer ministro y valedor de los refugiados liberales en Londres. Según éste, el antiguo valido estaba muy cambiado en apariencia, aunque "con buen humor, autosatisfecho y algo jovial", y, con su mal francés, se le quejó de la ingratitud del mundo. Criticó que recibiera del Gobierno francés como subsidio tan sólo la cantidad de cinco mil francos (unas doscientas esterlinas anuales), cuando tan generoso había sido él con los príncipes y nobles de Francia exilados anteriormente en España. Se quejó igualmente de que su "soto de Roma" se le hubiera regalado a Wellington. Le dijo también que en subsiguientes volúmenes de sus Memorias dibujaría los contrastes entre la España de Carlos IV y la de los liberales. Y, por supuesto, hablaron de Napoleón, y de lo que éste le dijo en Bayona, cuando en una conversación distendida le espetó que "nadie que no fuera un hombre notable podría haber gobernado durante cerca de veinte años bajo su autoridad un país compuesto de tal variedad de instituciones, de pasiones, de lenguas, de razas, de costumbres y de actitudes". Razones por las cuáles, después de un conocimiento mayor del país, había sacado la conclusión de que "I'on I'avoit trompé à son égard". También hablaron del rey Fernando y de su hermano Don Carlos, de quien tenía todavía peor concepto que de aquel.
El lord se aventuró a decirle que sus memorias habían perdido interés por tratar de justificar todos sus actos públicos y Godoy reconoció que en las siguientes entregas de su autobiografía, que ya preparaba, en vez de ser "demasiado laudatorio o escrupuloso y oficial" pensaba hacerlo "less fastidious", porque los volúmenes iniciales de la obra se habían vendido menos de lo que esperaba, a causa de estos inconvenientes Hacía dos años que el, en otro tiempo, todopoderoso Príncipe de la Paz había publicado sus Memorias. Y aunque moriría bastante después, en 1851, a los 85 años de edad, nunca las acabaría tal como asegurara a Lord Holland. En lo que escribió que bien pudo dictarlo dejó la imagen que de sí mismo tuvo aquel hombre que por tantos años rigió los destinos de España en uno de los períodos más difíciles de su Historia, el que dio al traste con el Antiguo Régimen.
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GODOY IMPRESIONA A MARÍA LUISA. EL MARQUÉS DE VILLA-URRUTIA SUPONÍA QUE EL AMOR DE MARÍA LUISA POR GODOY COMENZÓ ASÍ: "UNA TARDE, POCO DESPUÉS DE SU INCORPORACIÓN A LA CORTE, DANDO ESCOLTA DE SERVICIO AL CARRUAJE EN EL QUE VIAJABA LA PRINCESA DE ASTURIAS AL REGRESO DE UN PASE, CAYÓ MANUEL GODOY DE SU CABALLO POR LOCO DESENFRENO DEL ANIMAL; MARÍA LUISA, ASUSTADA, LANZÓ UN GRITO AL PERCATARSE DEL INCIDENTE Y ORDENÓ DETENER SU COCHE PARA PREGUNTAR SI EL JINETE SE HABÍA LASTIMADO Y COMO LE VIERA LEVANTARSE INCÓLUME, VIRIL Y APUESTÍSIMO, QUEDÓ MUY IMPRESIONADA DE SU ESTAMPA..." |
En 1933, año de la ascensión de Hitler al poder Hans Roger Madol, el principal biógrafo de Manuel Godoy. lo calificó de "primer dictador" de nuestro tiempo. Y con razón, porque aquel hombre de orígenes oscuros, se convirtió en uno de los personajes que más poder han ejercido en España a lo largo de su Historia. Todos cuantos se le opusieron en su fulgurante carrera conocieron el destierro o fueron perseguidos. La situación llegó al extremo de que, según se decía entre sus enemigos, en una ocasión un perro recorrió las calles de Madrid con un cartel que decía, "Soy de Godoy; no temo nada"; como no pudo descubrirse al autor de la burla, se metió al perro en la cárcel.
Durante aquellos años de gobierno omnipotente, Godoy se convirtió en el hombre más amado y adulado de la Historia de España, y después en el más odiado y vilipendiado de ella, hasta el punto de que, dos siglos después, su labor de gobierno, apenas si ha sido revisada o reivindicada por los historiadores. Quizás temiendo tal olvido, escribió sus Memorias, y en ellas, aunque con los excesos que él mismo reconoció ante Lord Holland, justificó su acción de gobierno desde su subida al poder y quiso autorretratarse a la defensiva: "Mis enemigos han querido perjudicarme por todos los medios. Han propagado sobre mi toda clase de falsedades. Han querido sostener que el gran favor con que me distinguieron mis monarcas debía atribuirse a la galantería, a cualidades frívolas. No vale la pena descender a semejantes bajezas, pues el respeto que debo a su memoria es sagrado para mí".
Aunque su autobiografía adolece de las deficiencias de instrucción propias de su autor, hombre de formación limitada pero de inteligencia despierta, tienen un gran valor, toda vez que, con todos los defectos intrínsecos que quieran verse en ella, constituyen las primeras y únicas memorias escritas por un primer ministro de España hasta la publicación de las de don Manuel Azaña. Y esto a pesar de que ha habido quien, sin mayor fundamento, ha negado a Godoy la autoría de sus confesiones, y todo porque contó con la ayuda para corregirlas y quizás aumentarlas en algunos aspectos del abate Sicilia, natural de Granada, autor de una Ortología española, y que le recomendó su paisano Martínez de la Rosa, a la sazón emigrado en París.
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UNA REAL
BOFETADA. UNA ANÉCDOTA QUE SE EMPLEA PARA MOSTRAR LA INTIMIDAD
ENTRE MARÍA LUISA Y EL VALIDO ES LA DE LA BOFETADA: "GÁLVEZ
CAÑERO, GENTILHOMBRE DE S.M., ESTABA UNA NOCHE DE 1808 DE GUARDIA
EN UN CORREDOR DE PALACIO CUANDO ANTE ÉL PASÓ LA COMITIVA
REAL. CARLOS IV IBA DELANTE SOLO, Y DETRÁS, EN VOZ BAJA PERO IRACUNDA,
GODOY PARECÍA RECRIMINARLE ALGO A LA REINA. LAS DISCULPAS DE ELLA
AL PARECER NO SATISFICIERON AL VALIDO, QUE DE PRONTO LE DIO UNA BOFETADA.
EL REY SE VOLVIÓ AL OÍRLA. |
La obra, publicada también en francés, apareció en su primera edición castellana con el título de Cuenta dada de su vida política por don Manuel Godoy príncipe de la Paz, o sean memorias críticas y apologéticas para la historia del reinado del señor don Carlos IV de Borbón (Madrid, Sancha, 1836-1838). Iba precedida de una serie de consideraciones sobre su largo silencio a partir de su caída en desgracia en marzo de 1808... con un amargo lamento final: "para nosotros..., nuestro asilo es la tierra enemiga; nuestro contrario es nuestro huésped"... En tal comienzo alega no haber tenido interés en recordar todo aquello, pero que, a la postre, no tenía más remedio que dar a la luz las razones de su gobierno desde su ascensión al poder, porque sabía bien que él era el blanco por excelencia del "bando torticero", al que atribuía "todos los males de la patria".
Se había abstenido de hacerlo porque Carlos IV, su señor y amo, le había aconsejado que no se defendiera de tan burdos ataques, escribiendo la historia de su vida, y con ella su defensa, especialmente en vida de su hijo Fernando VII. "Tú no puedes cuenta que le dijo Carlos IV defenderte sin tocarle y sin afligirle, de cualquier modo que lo hicieses. Si por caso hubieres escrito, al estallar un movimiento de que está siempre amenazado por su errada política, diría la Historia que tú diste armas para atacarlo, y armas habrías dado, pues las tienes; tu fidelidad y sufrimiento le abrirán los ojos; él nos hará justicia; él romperá algún día la opresión y el error el que le tienen mis enemigos y los tuyos. Yo clamaré por ti sin cesar, y cuando todo fuese en vano, a lo menos dirá el mundo que leal al padre amigo tuyo, lo fuiste de tal modo que extendiste tu lealtad hasta el hijo que había sido tu enemigo". Pero una vez muertos los reyes padres y su hijo Fernando, llegaba la hora de hablar.
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LAS MUJERES DE GODOY
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Había esperado que "... un silencio tan profundo, y tan prolongado hablaría en mi favor tal vez más que una defensa", pero como las cosas no habrían transcurrido así, y "una multitud de folletos, de libelos, de memorias, de biografías y de artículos de gacetas" se habían publicado contra él, tomaba la resolución de escribir su propia defensa porque "sin hacer ningún examen, sin verificar ningún dato y errando hasta las fechas, se habla de mí como de un hombre ya juzgado que no apela y se resigna a la sentencia".
Para Godoy, caído en desgracia pero por muchos años omnipotente dictador, "el hombre perseguido, si se encuentra inocente tiene derecho de alabarse y debe hacerlo"; pues "si no lo hiciera así, no podría defenderse ni alcanzaría a justificarse".
SU NACIMIENTO Y SU CASA
Según su autobiografía, Manuel Godoy y Álvarez de Faria nació en Badajoz, en 12 de mayo de 1767, de familia noble, con hacienda mediana, "la mayor parte herencia antigua y patrimonio de la familia". Su estirpe procedía, por línea paterna, de Castuera, mientras la de su madre, natural de Badajoz, era portuguesa de origen, de una familia ilustre "altamente emparentada". Según él, sus orígenes nobiliarios, habían quedado sobradamente manifiestos cada vez que se hablan realizado las pruebas pertinentes, tanto para su ingreso en la Orden de Santiago "donde nadie es recibido sin probar nobleza no interrumpida en sus ocho grados" o, cuando, más tarde, fue elevado a la grandeza, con las pruebas practicadas con la severidad acostumbrada por el Consejo de Castilla, que no dudó en dictaminar que "en muchos años no se había ofrecido una prueba de nobleza más completa". Pruebas que, por otra parte, según sus Memorias, se repitieron muchas veces cuando el Rey lo honraba "con otras varias distinciones que requerían estas solemnidades rigorosas".
Por todo ello, quedaban sin valor los argumentos de sus enemigos que le habían tachado de buscar "emprestados genealogías y linajes heróicos". Para lo cual apelaba al "buen sentido" de sus lectores, ante quienes se presentaba como "sobradamente bien nacido para figurar sin rubor" en la corte de los reyes. Él era el primero en reírse o en indignarse cuando aduladores de toda laya le emparentaban heráldicamente con personajes de primer orden: "¿quién, llegado al poder se ha visto libre de esta plaga de lisonjeros y de humildes ambiciosos?" Muchos de ellos se vengaron de sus "propias bajezas, y para desmentirlas figuraron después en las primeras filas con mis mayores enemigos".
Hablando de los medios económicos de su familia, Godoy no duda en calificarla de pobre, si por "pobreza" se entendía una "honesta medianía de fortuna". Sus mayores le trasmitieron en honor y en títulos de gloria mucho más que en riqueza; "mas no por esto fuimos pobres en el rigor de esta palabra" pues, la casa de sus padres fue "bastante" para dar posada a los Reyes cuando, en 1796, dirigiéndose a Sevilla, descansaron muchos días en Badajoz, y se dignaron habitarla.
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Y en cuanto a lo que decían sus enemigos sobre su condición de "aventurero" y su falta de toda suerte de enseñanza, "diestro solamente para tañer divinamente la guitarra y cantar tonadas nacionales" "Moderno Orfeo" le habían llamado varios miembros respetables de la Academia Francesa nada, según él, era cierto: jamás había tocado ni cantado, ni, "por desgracia", conocía nada de música; no obstante lo cual, no ya sólo en España sino en Francia, los biógrafos y autores de diccionarios lo repetían, recogiendo "mentiras y basura de pasiones para escribir la historia". Lo mismo que había hecho Foy, en su Historia de la guerra de la Península bajo Napoleón, en la que lo presentaba como "gran tocador de flauta".
Su educación, según el propio Godoy, fue rígida y severa, adecuada para dedicarse a la milicia y a manejo de las armas, aunque aprendiendo a cultivar la razón. Acabada su primera enseñanza, estudió durante ocho años "de continuo" matemáticas, letras humanas "en toda su extensión", y la filosofía moderna "en los diferentes que se comprenden al presente bajo el nombre de ideología". Estudios que hizo con maestros "alumbrados de la luz de siglo, pero sin manchas ni prestigios". Tal fue el "modesto" caudal de su instrucción con que partió para la corte a la edad de diecisiete años. Así que, según él, era falso lo propagado por sus enemigos: que apenas mal leía cuando empezó su carrera.
Admitido en 1787 al servicio militar en la Guardia de Corps, su carrera la inició en compañía de su hermano mayor; siendo totalmente falso lo que decían los biógrafos extranjeros, que atribuyeron "al galanteo y a las tonadas" y a "al los favores que debió a los Reyes.
Nada dice, sin embargo, del verdadero motivo que ocasionó su elevación al poder y sólo señala que no fue llamado al valimiento para "servir designios" hostiles a la patria. Reconoce la amistad y estimación que le mantuvieron desde entonces, y de por vida, tanto el rey Carlos como la reina María Luisa, quienes, "afligidos e inciertos en sus resoluciones, concibieron la idea de procurarse un hombre y hacerse en él un amigo incorruptible, obra sola de sus manos, que, unido estrechamente a sus personas y a su casa, fuese con ellos uno mismo y velase por ellos y su reino de una manera indefectible". Que así fue como resulté "admitido a la familiaridad de los dos reales esposos".
ANTE EL JUICIO DE LA HISTORIA
Éste es el tono con el que, desde el principio de su autobiografía, el Príncipe de la Paz reivindica su memoria y defiende su obra de gobierno, desde su ascensión irresistible al poder hasta la conspiración de Aranjuez de 1808, "tan desleal como impolítica y mal urdida". Una conspiración realizada por hombres que le imputaron todo el mal que hicieron, y que, además, le cargaron con los males de los nuevos tiempos que ellos precipitaron tan irresponsablemente. En razón de todo ello, el ex ministro escribe sus Memorias para presentar las diferentes épocas de su vida ante el juicio de la Historia. Y que su conducta sea juzgada sobre todos sus pormenores "y que sea recorrida por el orden de los tiempos, sin tratar nada en globo, sin dar saltos, ni comenzar por lo postrero".
En el inicio de su relato proyecta abarcar cuatro épocas de su vida, que considera fundamentales. La primera, desde que comenzaron sus funciones de primer ministro, en 1792, hasta que perdió tal puesto, en 28 de marzo de 1798; con los tres años siguientes que vivió alejado del poder y retirado de la corte. La segunda, desde 1801, en que el Rey volvió a llamarlo a su servicio en calidad de generalísimo de sus Ejércitos, hasta los postreros meses de 1806, en que aumentaron las intrigas e influencia de sus enemigos. La tercera, desde 1807, en que la facción enemiga redobló sus ataques contra él, impidiendo su defensa de la patria hasta el desastre producido por la "perfidia de los jefes de la horrible trama". Y la cuarta y última, nunca escrita, hasta la terminación de sus días.
En sus Memorias pretende relatar no sólo su pasado y lo que sus enemigos fueron mientras él mandaba, sino también la evolución de éstos en los años posteriores, "cuando dueños del poder han mostrado con hechos, que a fuerza de espantosos se tendrían por increíbles, cuáles fueron sus principios, cuál su enemistad con los pueblos, cuál su desprecio de la patria". Y así, de una manera reiterativa y quejumbrosa, volviendo continuamente sobre sí mismo, explica su acción de gobierno, defendiéndose una y otra vez de los ataques e inculpaciones de sus numerosos enemigos. Así es como trata de las negociaciones de neutralidad entabladas con Francia o de la guerra y posterior alianza con la República francesa, del Tratado de San Ildefonso o de la guerra con los ingleses y de los asuntos internos de España hasta los sucesos de Aranjuez, que pusieron fin a su "dictadura".
Godoy rebate las inculpaciones del abate de Pradt, autor de unas famosas Memorias históricas sobre la Revolución de España, aseverando que, de cuantos habían escrito en contra suya, nadie había igualado la enemistad "encarnizada y voluntaria" conque le había tratado y jamás se habían estampado contra nadie injurias "más atroces" como las que este ex prelado había expresado en su obra. Lo propio hace con el abate Muriel, cuyos escritos estaban llenos, a su parecer, de "cuentos y mentiras'. O con los ministros que le precedieron, como el conde de Aranda, perdido por lo violento de su carácter o por la fiereza de su amor propio. O el conde de Floridablanca, quien, en 1808, al frente de la Junta Central, lo trató de "autor infame" de "un "sinnúmero de males", cuando, de este antiguo ministro, de quién nunca fue enemigo tantos parabienes había recibido en el tiempo de su mando.
Tal es la defensa de su política que, en sus Memorias, presentaba en París Manuel Godoy, proscrito en su patria, que en el exilio de Italia o de Francia, una vez que murieron sus señores, vivió siempre con zozobra mientras reinaba su enemigo declarado, Fernando VII. En 1828, fallecida su mujer legítima, la condesa de Chinchón, se unió en matrimonio con Pepita Tudó, regularizando una situación que había provocado tantos escándalos. Pero poco después, ésta no tardó en abandonar al hombre casi septuagenario de quien hacia cuarenta años que era compañera. Godoy volvió a encontrarse entonces, casi como al principio de su vida, en la miseria. Los pocos franceses que le saludaban en los aledaños del Bulevar Beaumarchais, donde habitaba, le llamaban monsieur Manuel.
En esa época es cuando se queja ante Lord Holland, el único amigo que le quedaba, al que le había pedido asilo en Inglaterra después de encontrarle en Verona, Roma y París. Entonces le informa del abandono de su mujer. Pepita Tudó, que le había dejado solo a la vejez, "guardándoselo todo, de tal manera que él se encuentra sumido en la mayor miseria imaginable".
"¡Extraño hombre y extraño destino! concluye diciendo el lord . Su caso parece propicio para servir de tema de moral o de argumento novelesco". Y aunque su verdadera existencia quedó paralizada en marzo de 1808, su sombra viviente no pasó a mejor vida hasta el 4 de octubre de 1851. Sus restos reposan en el cementerio parisino del Pére-Lachaise, en el "islote de los españoles".
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