Los Animales en Asamblea
© Raúl Quirós Molina
Dios creó la tierra, las aguas y los animales. Éstos, que quedaron libres de las determinaciones del Señor, habían de buscarse la vida por su cuenta, así que se reunieron en la selva y formaron una Asamblea desde la que se decidiría como repartir la comida, el agua y las guaridas de cada de ellos. Todas las bestias e insectos lo aceptaron como bueno y un día se reunieron en torno a un gran árbol para discutir el reparto.
En la primera sesión se trató el asunto del territorio donde viviría cada animal: así, los Monos se quedaron con las copas de los árboles porque sus largos brazos les impedían caminar entre los arbustos; de acuerdo con su naturaleza larga y resbaladiza, los Peces fueron destinados al agua. Así sucedió con cada uno de los animales y con cada uno de los lugares de la selva.
La distribución se puso en marcha y no hubo queja alguna; así que no se encontró motivo para no formar nuevas asambleas en las que se decidieran otros aspectos que concernían a los animales. Así se llegaron a establecer algunas normas sobre la alimentación de cada especie, que versaban normalmente en el respeto mutuo, y prefiriendo, por tanto, la dieta herbívora. Surgieron a partir de esta decisión algunas discrepancias por parte del Oso, quien argumentaba que necesitaría algo más que unas hojas para no desfallecer a lo largo del día, debido a que su enorme tamaño requería una cantidad considerable de energía. Se realizó una votación y finalmente se decidió por mayoría absoluta que el respeto a la comunidad era más importante que las necesidades particulares del Oso, así que éste tuvo que aceptar de mala gana la decisión de la Asamblea.
La siguiente Asamblea se constituyó a causa de las quejas de algunos Peces y Reptiles, que argumentaban que los Sapos y las Ranas, así como algunas Salamandras y Tritones ocupaban dos lugares diferentes al mismo tiempo: los estanques y partes de la tierra firme. El Oso añadió que le resultaba muy difícil beber agua en estos sitios puesto que su natural torpeza le impedía inclinarse a refrescarse el gaznate sin tragarse a alguna cría de Pez o pisotear a algún Anfibio. Se votó el problema y la Asamblea dio la razón a los Anfibios, aunque esta vez por no muchos votos. Los Peces, los Reptiles y el Oso aceptaron la decisión de la mayoría, aunque expresaron su disconformidad.
Una nueva queja fue presentada por los Antílopes. Decían que el espacio que les tocaba era muy pequeño para sus necesidades de entrenamiento, ya que son animales que gustan de correr mucho y por ello necesitan grandes praderas donde esparcirse. Los Anfibios, por su parte, se quejaban de que no quedaba ya espacio suficiente para nadar, puesto que la numerosa prole de los Peces ocupaba todo el estanque. Los Peces añadían que los Renacuajos, que no eran pocos, acaban debido a su voracidad con el oxígeno y el alimento del estanque. Completó la queja el Oso, que confirmaba la imposibilidad de conseguir un agua limpia de crías y animalillos. Se procedió a la votación y se consideró, esta vez por un solo voto, que las cosas debían permanecer como hasta ahora, decisión que provocó un gran revuelo en la Asamblea, pero que finalmente todos aceptaron.
El caos definitivo se desató cuando la gran comunidad de Hormigas protestó por los frecuentes pisotones que recibían del resto de animales, y en especial del Oso, que tenía que deambular día y noche por toda la selva para encontrar un estanque o un arroyo para beber donde no molestara a nadie. Los otros animales aprovecharon la coyuntura para reiterar sus quejas, que volvieron a exponer con amargura. Se volvió a votar, pero en esta ocasión no se decidió que se mantuvieran las cosas como hasta el momento, porque las hormigas eran muy numerosas y aportaban muchos votos, así que se aprobó que todos los animales debían gastar cuidado por donde pisaban, bajo la amenaza de castigo severo a aquel que lastimara a una Hormiga.
El resto de las cuestiones no se llegó a votar por la agitación y protestas de los restantes animales, ya que consideraban que la alta fertilidad de las Hormigas les concedía muchos votos, y que esto era una injusticia para los animales que, a lo sumo, podían tener dos o tres crías por parto. Hubo amenazas e insultos, hasta que el Cuervo puso orden y se dirigió así a la Asamblea:
- No nos peleemos. Aquí todo el mundo ha tenido alguna pega por las decisiones de la Asamblea: se han votado y se ha aceptado la decisión por respeto a la opinión común. Esto es lo que nos ensalza como animales y a lo que debemos atender en las próximas Asambleas. Sin embargo, hay algunos que parecen ir a la contra del espíritu de esta Asamblea, y esto es lo mismo que ir en contra de las decisiones que tomamos en común, todavía más, es una falta de respeto a los animales que las aceptamos y compartimos. Estos animales parecen no apreciar los innumerables regalos que la Asamblea nos proporciona a todos, al igual que la cría que rabia cuando no se le regala lo que quiere el día de su cumpleaños. Ese animal incómodo, que nunca se conforma con nada, es el principal instigador del descrédito común a la Asamblea y temo que sea, quizá indirectamente, el instigador de este revuelo. Debemos por tanto plantearnos si queremos a un animal así en nuestra comunidad.
Todos los animales sabían que el Cuervo se refería al Oso, así que realizaron una votación y se decidió su expulsión de la Asamblea y de la selva. El Oso, resignado al odio que todos le tenían, marchóse cabizbajo hacia las cuevas, y desde entonces hace su vida allí.
Sin embargo, no se había resuelto ninguno de los problemas con los que se iniciaron los disturbios, y no pasó ni un mes cuando discutían nuevamente aquellos menesteres. Y cada vez que esto ocurría se votaba la expulsión de un animal distinto: el Antílope fue a parar a la sabana, los Patos y algunos Pájaros fueron condenados a la emigración permanente, etcétera. Los animales, cada vez más temerosos por lo que la gran Asamblea pudiera decidir, empezaron a usar las patas, los picos y las pezuñas para hacer valer sus argumentos y no pocas veces hubo de disolverse la Asamblea por miedo a que muchos animales resultaran heridos o muertos. El León, que hasta entonces no había participado apenas en la Asamblea, vio como se sucedían los acontecimientos y, harto de los graznidos, ladridos y mugidos que interrumpían sus siestas, rugió con fiereza y por medio del zarpazo se proclamó rey y gobernador absoluto de la selva. La poca oposición que surgió se organizó torpemente, puesto que los animales guardaban rencores entre ellos y era imposible organizar una reacción para derrocar al León. Por tanto, las pocas veces que intentaron vencer al León éste contestó duramente con sus garras y sus colmillos, aplastando así la poca resistencia que la oposición le había presentado. Finalmente unos y otros se resignaron y aceptaron el poder del León.
Desde entonces no existe tal cosa como la Ley de la Selva, a no ser que sea o bien la falacia humana convertida en ley, o bien una absoluta anarquía en la que los animales se devoran unos a otros, intentando no morir por inanición y en la que algunos hacen valer sin complejo el poder que les concedió Dios o la Naturaleza. Porque ningún humano podrá negar que en esta Ley de la Selva, los Peces siguen compitiendo con las Ranas en los estanques, los Antílopes huyendo por las praderas, las Hormigas trabajando hasta la muerte y el Oso, el resignado Oso, refugiándose y dormitando en su alejada caverna, esperando quizá, la llegada de tiempos mejores.
Voy a cerrar en breve
© Raúl Quirós Molina
- Voy a cerrar en breve -dijo el dueño del bar.
- Ni de broma.
- Venga, que tengo que ir a dormir.
- La última, de verdad.
- Que no. Oye, ¿tú vas en la misma dirección que éste?
- Sí.
- Podrías acompañarle, no vaya que se haga daño.
- Nadie tiene que venir conmigo.
- Anda, anda, llévatelo que ya me tiene hasta las narices.
- Vamos, apóyate.
- Sois un par de mariconas.
- Ya me dirás eso mañana, cuando tengas que pagar las copas.
- ¡Maricona!
- Venga, venga.
- ¡Quita! No necesito ayuda.
- ¡Coño! ¡Qué te vas a caer!
- ¡Déjame!
- No refunfuñes, que bastante tengo con cargar contigo.
- ¡A la mierda, tú y todos!
- Sí, sí, a la mierda. ¡Pero cómo se te ocurre ponerte así!
- Pfff.
- Dios, apestas. ¿Hay alguien en tu casa?
- Uh...
- Pues en cuanto llegues a casa, te metes en la ducha.
- ¡No!
- ¡No querrás que suba contigo y te duche!
- Espera, espera... Para un momento.
- ¡Lo que faltaba! Cuidado que te manchas. Inclina la cabeza. Qué asco. Seguro que no has comido nada desde esta mañana.
- Ya estoy mejor, no hace falta que me agarres.
- Te has puesto perdido. Estas hecho un asco.
- Tú sí que me das asco.
- A ti te da asco toda la gente que no se emborracha. Yo por lo menos pago mis copas.
- Pfff. Pues que bien.
- Un día de estos acabarás en el arroyo.
- Lo que tú digas.
- Mira, no soy quien para andar dándote consejos, pero ¡hombre de Dios! ¡No se puede estar así toda la vida! ¿Me estás escuchando? ¡Eh! ¿Por qué te paras?
- ¿Ves eso de ahí? Siempre he querido tener uno. Pero fíjate que precio... no hay quien se lo pueda permitir.
- Y menos si uno no trabaja. Vamos, vamos que tengo prisa.
- Yo tenía un vecino, el Ricitos, que tenía uno. Su padre se lo compró por Navidad. Los sacaba a la calle pero nunca me lo dejaba tocar. Menudo maricón.
- Sí, sí. Estás poniendo perdido el escaparate.
- Pues yo también quiero uno.
- Mañana te lo compro. Oye, ¿dónde te has metido? ¡Eh!
- ¡Cómo pesa la condenada!
- ¡Ni se te ocurra! ¡Estate quieto! ¡Dios santo! ¡Vámonos! ¡Vámonos antes de que venga la policía!
- Por un escaparate roto, ¡ya ves tú!
- Salgamos corriendo antes de que nos vea alguien. Yo me voy ¿eh?
- Espérate un rato, ya que estamos aquí me lo voy a llevar.
- ¡Pero si lo has destrozado, animal! ¡Déjalo!
- Que no, que la policía tardará todavía un rato. Voy a ver si tienen más adentro.
- ¡Ni se te ocurra! Te vas a cortar, con la borrachera que llevas... ¡Cuidado! ¡Cuidado!
- ¡Eh! Aquí hay otro igual.
- Cógelo de una vez y escapemos antes de que nos vea alguien.
-¡Ustedes dos, quietos!
- No, señor agente, esto no tenía que ocurrir, yo...
- Déjense de cuentos y déjenme ver su documentación, gamberros. ¡Usted! ¡Dónde cree que va! No me obligue a usar la fuerza. Su documentación ¡ahora! Muy bien, muy bien... ¡Los dos, al furgón!.
- Pero agente, si yo quise advertirle...
- ¡Al furgón y en silencio! Pero vamos, hombre... ¿No les da vergüenza, a su edad?
- Habrán bebido más de la cuenta.
- Yo no he bebido nada.
- ¿No le he dicho que se calle? ¿O quiere que le sacuda?
- Hacernos venir a estas horas y con este frío...- Pon los faros antiniebla, que casi no se ve.
- ¿Me meto por la general, a ver si está mejor la cosa?
- No, no, vete por la comarcal.
- No se ve nada...
- ¡Cuidado, cuidado!
- ¡Ah!
- ¡Frene, frene!
- ¡Me cago en...!
- ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, ay! ¿Te encuentras bien? Estoy mareado. Creo que aún estoy un poco borracho.
- ¿Se encuentran bien? ¡Agente! ¡Agente!
- Parecen muertos.
- Ay, ay, ay. ¡Qué hemos hecho! ¡Qué hemos hecho!
- Nosotros no hemos sido. Ayúdame a salir.
- ¡Díos mío, Dios mío, que desastre!
- Ha sido un accidente. A veces ocurren estas cosas.
- ¡Un accidente! ¿Cómo puedes decir eso? ¡Tú eres culpable de todo esto! ¡Y qué hay de las familias de estas personas! ¡Yo también lo soy, por no irme cuando debía! ¡Qué desgracia!
- Pero hombre, no hay que ponerse así. Alégrate de estar vivo.
- ¡Cómo puedes...! Dos personas, que hacían su trabajo, que estaban impidiendo que se cometiera un robo y ¡fíjate!
- No me vengas con cuentos chinos. ¡Su trabajo! Si casi me abren la cabeza... ¿Y porque estuvieran trabajando he de sentir más pena? ¿Y si hubiéramos muerto nosotros? ¿Acaso nuestras vidas no hubieran merecido el mismo respeto, aunque estuviésemos haciendo otra cosa?
- ¡Es por nuestra culpa, es por nuestra culpa!
- ¡Calla, calla! Oigo un coche. Huyamos por el arroyo, nadie sabrá que estábamos con ellos.
- ¡Yo no tengo de que avergonzarme, no he cometido ningún crimen!
- ¡Allá tú! Yo me largo.
- ¡Cobarde! ¡Judas!
- Sí, sí. ¡Adiós!Las figuras de los dos hombres se separaron en la niebla de esa trágica noche de noviembre.
El Falsificador
© Raúl Quirós Molina
LA AMISTAD -SEPARADA POR TRES CENTURIAS - DE JAN VERMEER Y HAN ANTHONIUS VAN MEEGEREN
La obra del holandés Jan Vermeer hubiera pasado a los anaqueles de la historia del arte como la de un pintor realista más en el elenco de pinceles del siglo XVII de no ser por la pobre, a la vez que portentosa maña artística de un compatriota suyo, Han Anthonius van Meegeren. Este sufrido estudiante de arquitectura converso a la pintura, en vista de la pésima crítica que recibía su arte, creyó que lo más conveniente para su depauperada economía era abandonar el placer puro de la creación y dirigir sus habilidades a la falsificación de pinturas consagradas. Así que comenzó a estudiar a los retratistas y paisajistas neerlandeses: sus técnicas, sus lienzos, la composición de las pinturas, el grosor de los pinceles. Sorprendentemente, llegó a adquirir tal maestría en su nueva disciplina que durante la II Guerra Mundial consiguió vender como verdaderas un importante número de falsificaciones y reproducciones fieles de las obras de Jan Vermeer. Los despistados compradores, para orgullo patrio de Han Anthonius pertenecían en su totalidad al bando nazi.
LA RENTABILIDAD DE LO FALSO
Sin embargo, la curiosa y rentable afición llevó a van Meergeren a la cárcel. Nada más terminar la guerra, el hábil falsificador holandés se encontraba en Bélgica disfrutando de los cuantiosos beneficios que le habían reportado las altas y poco cualificadas esferas culturales nazis. El Cuerpo de Seguridad Holandés, que por aquellos tiempos se afanaba en encontrar colaboradores del Reich entre sus compatriotas, halló en los documentos comerciales de un banquero belga la venta al bando enemigo del cuadro Mujer sorprendida en adulterio, de Jan Vermeer; curioso título, por otra parte, que de alguna manera preconizaba el perfil artístico de nuestro protagonista. El banquero, temeroso de las más que seguras represalias de la autoridad holandesa, optó por contar la verdad del asunto, aclarando que, si se obviaba el porcentaje que recaudó para sí mismo, la venta había sido en realidad un negocio entre el falsificador y el ministro nazi Goering, y que el banco había sido una tapadera.
SI VERMEER LEVANTARA LA CABEZA...Un caso de traición tan flagrante, a juicio de las autoridades holandesas, hizo que van Meergeren probara los sinsabores de la cárcel el 29 de mayo de 1945. Un par de meses después, quizá hastiado por la estrechez de su celda, decidió contar su versión. Así que el 12 de julio de 1945 llamó al carcelero y durante varias horas le relató cómo había vendido a Goering una falsificación y no el cuadro verdadero de Vermeer. Debió hacer gala de una gran retórica puesto que algunas horas más tarde el mundo entero conoció la noticia. Van Meergeren añadió, en un claro intento de meterse en el bolsillo a la nación, que también había vendido otras falsificaciones de Vermeer y de Hoch a los nazis.
Cabe decir que hubo poca gente que creyese en un primer momento la versión de van Meergeren. El pintor, dolido en su orgullo, comenzó en un desesperado intento por demostrar su inocencia, una copia del Jesús entre los doctores, pretendiendo que el cuadro se tornara una realidad milagrosa para su situación - hecho que demuestra la auténtica sensibilidad artística de van Meergeren.EL CRITERIO ARTÍSTICO HOLANDÉS Y EUROPEO, CON LOS PANTALONES POR LOS TOBILLOS
El desconcierto se adueñó de las autoridades ante la evidencia que demostraba tanto la inocencia como el buen hacer del falsificador. A pesar de todo, los jueces se mostraron reticentes a exculpar al pintor, quizá debido a que su puesta en libertad acarrearía demasiadas peripecias burocráticas, así que resolvieron cambiar la acusación de "colaboración con el enemigo" por la de "falsificación", ahorrándose en el cambio la vergüenza de una justicia inefectiva.
El pobre holandés, decepcionado por el tratamiento de sus compatriotas decidió no terminar el cuadro que hubiera probado su inocencia, de esta manera no descubriría jamás el secreto de su arte e impediría, en justa venganza, que se pudieran distinguir las obras falsificadas de las auténticas.LA PERSPICACIA DE HAN ANTHONIUS
Para evitar el ridículo que supondría colgar y posteriormente descubrir un falso cuadro de Vermeer en el Rijksmuseum, un selecto elenco de peritos del arte, la historia y hasta la física y la química de Europa y América convinieron descubrir qué óleos eran del artista y cuáles del copista. Confiaban que las clásicas tretas técnicas (rayos X, resistencia de los colores a los disolventes, etc.) destruyeran el posterior mito de van Meergeren pero no fue así: nada de lo investigado hasta el momento sirvió para aclarar quién pintó qué cuadros. Mientras los directores de los museos de medio mundo se rasgaban las vestiduras ante el portentoso engaño, Han Anthonius murió, todavía en prisión, el mes de diciembre de 1947, a los cincuenta y ocho años de edad.
LOS RABIOSOS CIENTÍFICOS
Conviene explicar, a tenor de los hechos posteriores, cómo hizo van Meegeren su más famosa falsificación: Los discípulos en Emaús. En 1934, en una de las frecuentadas subastas a las que asistía adquirió un óleo de título La resurrección de Lázaro, de autor anónimo - aunque más tarde se supo que también era holandés - fechado en el siglo XVII. Después de raspar la pintura, tensar el lienzo hasta lograr que tuviera el tamaño exacto que el propio de Vermeer y estudiar las mañas de éste en su creación, comenzó el laborioso pero rápido trabajo. Para imitar los pinceles de cerdas de comadreja utilizó una buena cantidad de brochas de afeitar, por la similitud entre ambos materiales; conservó los oxidados clavos que sujetaban el lienzo del Lázaro; y ya en la parte procedimental, hizo coincidir los blancos de uno con los de Los discípulos en Emaús. Para rematar, mezcló la pintura con fenol formaldehído, que endurecía el óleo una vez calentado en el horno, haciéndolo parecer mucho más añejo.
El único error achacable a Han Anthonius fue revelar que ciertos pigmentos de sus pinturas (el azul cobalto, principalmente) eran modernos. Por supuesto, las autoridades declararon que Han Anthonius jamás fueron ayudadas por éste y que se llevó el secreto a la tumba.
A pesar de todo, algunos crédulos siguieron pensando que van Meegeren jamás habría podido imitar con tanta perfección Los discípulos en Emaús y la sociedad Rembrandt pagó 170000 dólares por la falsificación de Vermeer, creyéndola auténtica. El certificado de autenticidad fue expedido por el historiador A. Bredius.
Sólo hasta que la Carnegie Mellon University se hizo cargo de los cuadros y logró aplicar ciertas teorías de Rutherford sobre la descomposición atómica de los elementos radiactivos como el plomo - presente en los pigmentos de los óleos - se pudo por fin demostrar:a) La ilegitimidad de varios presuntos cuadros de Jan Vermeer repartidos por todo el mundo.
b) La maestría falsificadora de Han Anthonius van Meergeren.
c) La débil e insuficiente definición del término 'obra de arte' propuesta por el docto mundo de expertos en pintura.Las dos primeras conclusiones sin duda ya forman parte de la historia del arte. La tercera, por desgracia, es el motor de dicha historia.
El Relato Perfecto
© Raúl Quirós Molina
Este manual va dirigido al lector, que como buen entendedor en el arte de la disección y cata de significados literarios, harto estará de tragar, con indiferente tranquilidad, miles de historias que no dejan nada tras de sí: sólo un rastro de palabras bonitas, hilvanadas con refritas metáforas.
Yo sé que su tiempo, el tiempo de usted y de los suyos, es sumamente importante, es tiempo vital, ya que mientras usted lee mi relato, usted no vive, o no vive con los suyos. ¡Y que pérdida de vida hacer ese ejercicio de lectura, y encontrarse texto podrido de adjetivos, de paisajes bucólicos, de sentimientos claramente regurgitados!
Un servidor no se considera capaz de ejercer su profesión, de transmitir a su tiempo, al tiempo de usted y los suyos, nada original, nada que un lector avezado no haya leído con anterioridad; nada, ni una miserable ristra de frases que emocionen, siquiera perturben, la sensibilidad del que lee.
Empero, usted, usted que gasta su tiempo de usted y de los suyos en leer esos relatos es, egoístamente, un simple receptor. Receptor pasivo, se entiende; y como tal, su acción se limita a imaginar, más o menos de forma fructífera, los paisajes, personajes y peripecias en el entorno lingüístico que yo u otro autor le desee brindar.
Puesto que ambos pecamos de soberbia y dejadez, le propongo lo siguiente: yo no escribiré un relato que le aburra y usted no se dedicará simplemente a leer. ¿Comprende, no?
Así pues, su papel - ahora activo - en este relato será crucial para que el contenido del mismo sea de su agrado: le impacte, le haga reír o le haga llorar, pues a partir de ahora, es ejercicio suyo el relleno poético de las pautas líricas que a continuación le proporciono.
En primer lugar, ha de imaginarse un paisaje donde se desarrollen los hechos de éste relato. Ni muy detallado, puesto que se perdería en las ramas de lo atómico; ni demasiado general, ya que sería imposible encuadrar al personaje. Yo le propongo, por ejemplo, un bar de pueblo.
Después ha de imaginarse el personaje que va a protagonizar el relato. Bien es cierto que los grandes maestros no se bastan de un sólo personaje para la narración del cuento, sin embargo, es mucho más sencillo imaginar una cara y un nombre que dos o más. Así pues, este personaje podría ser un borrachín cincuentenario que bebe ginebra en el bar.
Puesto que esta estampa resulta demasiado típica, vamos a realizar un cambio de situación y de ambiente: aunque este señor esté en el bar, nos va a rememorar como fue su vida hace unos años, con lo cual todo el contexto cambia. Ergo debe usted imaginar otro tiempo y, al menos, otro personaje. Este segundo individuo debería ser de género femenino singular: femenino, porque da más juego, singular por que deseamos que la historia sea mínimamente creíble. Veinticinco años atrás es un buen recorte temporal para situarnos en la nueva escena. Así, entre trago y trago, nuestro protagonista de pelo gris - es importante no definir del todo a nuestro intrépido Prometeo desde el principio - había concertado una cita con una bella manceba de carnes rosadas y prietas.
Ahora viene la parte crucial de nuestra historia, que es donde usted imprime el sentimiento, el jugo a este relato. La muchacha bien puede morir trágicamente mientras va corriendo al encuentro de nuestro alcohólico protagonista, bien puede estar enamorada de otro efebo de mejor casta que el nuestro. O quizá deberíamos olvidar todas estas familiaridades: lo mejor será verlo desde el ángulo contrario: nuestro protagonista es el arquetípico lobo estepario y no es capaz de estar enamorado de mujer alguna; sin embargo, se arrepiente de no haber dado el suficiente cariño a alguien que se lo merecía y ahora está desterrado al papel lobuno.
El final es quizá la parte menos importante - aquí me atengo, aún a mi pesar, a la lucidez de la tecnología literaria imperante en la actualidad-: para que no quede en el recuerdo una patochada es crítico que no construya situaciones ridículas en éste momento, tales como una explosión en el bar, o que otro borracho asesine a nuestro memorioso galán (aunque ésta última la guardaré para otro cuento de tintes borgianos). Mejor será que termine con algo tan estúpido como normal: el hombre se va sin pagar, el bar cierra porque es tarde... en fin, cualquier frivolidad que no quede demasiado agarrada a su memoria, ya que de otra manera olvidaría la esencia, el jugo del cuento contemporáneo: el gusto por el adjetivo, la divinidad de la metáfora de situación, la claudicación del tiempo narrativo en pos de un mejor apólogo, aun a sabiendas de que todo, todo, versa sobre un espectro ya ancestral: el inobjetable amor.
La paloma negra
© Raúl Quirós Molina
Mirada firme, pose gallarda,
recuerda cómo se debe volar
y vuela, abre las alas,
lánzate al cielo.¿Y ahora?
Sangra tu pico,
sangran tus ojos,
sangran tus patas rotas.
¿No has comprendido?
El color de tus plumas
es el de tu sombra,
volar y arrastrarse,
todo es una vez.Las palomas negras no saben volar.
Sí, por supuesto,
estoy completamente de acuerdo,
busque otro nido,
otro paisaje, otro bosque,
otro cerro, otro desfiladero,
no se lamente,
no se lamente, por Dios,
no se lamente por Dios,
no se lamente por su Dios,
no, ya no encontrará de nuevo el cielo.No, aquí no se puede hablar,
no debería cantar,
no se atreva a mirar,
su susurro es para nosotros un insulto,
murmuree lo imprescindible,
no nos toque:
sus plumas son negras,
recuerde,
sus plumas son negras.¿Y si cupiera la posibilidad,
y si hubieses sabido dónde querías llegar?
Cuando se huye no hay destino
pero sí un origen,
y, al cabo,
como tantos otros,
como tantos miles,
pierdes las plumas,
nacen en ti otras nuevas, blancas, limpias,
que cuidarás, que mimarás,
y de las que hablarás con otras compañeras.Pero, al fin, no podrá dejar de sentir escalofríos
cuando el sol no esté en lo alto;
tendrás miedo a tu sombra,
miedo a tu propia sombra que sigue igual,
que no ha mudado de color,
negra,
negra como una culpa,
como el recuerdo,
como el origen del que nunca te desprenderás.
Libertad Hospital
© Raúl Quirós Molina
Juro por Apolo médico, por Esculapio, Higicia y Panacea
¿La libertad es un amalgama de luces y aluminio?
Una invasión de las miradas que otros miran a través de las ventanas.La libertad es la ausencia
de esta máquina de sanar,
es no existir respuesta
a preguntas tan repetidas e inhumanas,
es echar a correr sin la aprobación
de tantas y tantas batas blancas,
papeles, firmas, juramentos hipócritas,
el suero se me acabó, señorita;
enfermera, mi cuña está llena.
Tras la ventana,
un mundo de muchos yo,
tras la ventana,
más aluminios,
toques de queda,
suicidas en la planta subterránea
y premamás en la quinta.
Tanta locura que es imposible desprenderse por completo,
tanta demencia, tanta burocracia,
tantos visionarios y magos de Mi Salud.
Cúanta blancura,
cuánta letra malgastada,
cuánta destrucción y salvación
en la misma hoja de papel.
Feliz Navidad
© Raúl Quirós Molina
Y así se cierra el ciclo,
Feliz Navidad a todos los que me besasteis,
ya me marcho, ya me encierran
en mi propio ser,
nunca más volveremos a vernos
condenado como estoy a la muerte,
a la eternidad,
o a la muerte que es la eternidad.Vuestras caras pronto me serán extrañas,
vuestras voces serán delirios para mi cabeza,
huiré de vuestro roce
pero sonreiré con vuestros golpes.
Podréis ver como empapo de babas mis ropas,
me orinaré encima,
no querré jugar con nadie nunca más.Y a este circo acudiréis serios,
el domador os hablará en una lengua
tan desconocida para vosotros
como en la que yo os hablaba.
Pero a él le asentiréis, preocupados,
al parecer, por mí,
y luego volveréis a casa y encenderéis el Belén
mientras me atan y narcotizan
y me apagan las luces.De un día para otro
olvidaréis que cada año,
en esta misma noche
me hago un poco más viejo
en mi húmeda y pulcra celda,
que, de repente, soy mayor y no he crecido,
que aún necesito vuestra compasión,
vuestras mentiras sobre la Navidad.Porque esta noche es Nochebuena.
Porque esta noche es Nochebuena.
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