Poemario del ángel

 

© Isabel Linares Sierra

     
 
I
 
 
 
 
 

Te he visto una vez, o te vislumbré tal vez, ángel de pelo oscuro radiante de vida. Cuando el invierno era crudo y tus ojos, un enigma. Sé que caminas solo por la playa, ante la danza de las mareas, escuchando ramajes que se quiebran, o música de amaneceres limpios. Tu cuerpo no siente lo que hay más allá de la roca, sino la arena fina que se escabulle entre los dedos de tus pies desnudos, acostumbrados al agua atlántica. Príncipe, absolutamente bello. Descubre por mí qué hay bajo las olas de aquél horizonte hacia levante… qué secreto de silencios aguarda mi mirada, hace tiempo dormida. Una concha fina se desprende de la espuma suave… la atrapo antes que se hunda, invisible. Antes que pierda la forma que tantos siglos modeló ese arte… Sin verme, sin saberte… el aire azul gira y retrocede más allá del pueblo para poder abrazarlo y respirarlo. Aturdida, hundo mi mano en la huella que dejas en la orilla… desvanecida.

 

(post azulyviento)
 
 
 
 
***
 
 
 
 
Delante de mí dos cigüeñas simétricas, quietas, detrás
el cielo oscuro –como tu pelo- pienso. Se apoyan
sobre una cúpula mínima –seno blanco- hexágono
en la antigua techumbre de la ermita.
Mi plegaria, desvelarte, tal vez despertarte,
puede que descubrirte, quizá deslumbrarme.

 

 
* *

 

 
Empieza la semana en cuarto creciente –no hagas caso
del ladrido de la falta de esperanza, la debilidad
es sólo transitoria, amiga mía-
Volverá la fortaleza, los días verdes, los caminos
transparentes –la luz de tu mirada-
Conversaciones quedas en la noche tranquila
-él y yo en otra parte, en otro lugar-
definitivamente ha quedado el pasado
tras el quicio de la puerta, que cierra en lamento
de una felicidad que fue y ya no.
Desalojo.
Mudanza.
Futuro.

 

(Balneario de Alange)
 
 
 
***
 
 
 
Caricia de lluvia
sobre espalda de seda.
Puñado de arena cálida
sobre piel de bronce.
Brisa de mar en la frente,
mi boca nada en su océano,
soñadoramente.

 

(escrito en el móvil)
 
 
 
***
 
 
 
Vuelo.
Desde mi alto vuelo
la raya divide el
mar de la tierra.
A un lado lo azul,
cambiante, capricho,
ondulante, salado.
Al otro, el hombre
tendido en la tierra,
fija, estable, dulce,
verde en primavera,
festoneada de flores.
 
Lo húmedo mezcla
lo seco y la arena,
yo dibujo cuando
la ola retrocede
un nombre, justo,
anudado. Vuelve,
mar, vuelve!
 
 
 
***
 
 
 
Hijos de los dioses,
de la tierra que hay
más allá del mar
¿le habéis visto?
 
Hace tiempo dejó
su huella en esta playa
y el cielo ha mudado
dos estaciones –largo, largo
su pelo será crecido-.
Sus ojos parecen hundidos
pero sólo es para vencer
el viento, la luz diáfana
¿no lo habéis distinguido?
 
Decidle que le espero, en
esta hondonada verde,
donde al pie del sauce
rezo a Venus su retorno…
de la música de las hojas
mi aliento.
 
 
 
***
 
 
Has pasado las hojas del libro
donde una vez pusiste una flor,
si alzas la mirada,
al pie de la ventana se ven
azaleas y petunias
y ese vientecillo suave
que mece la cortina blanca.
 
Nada de eso es cierto
sino sólo lo que tus ojos
esconden a los otros.
El clamor de olas,
el torbellino de espuma
que rompe en la playa extensa.
Sólo eso es cierto,
como la mano que escribe
sin sosiego ni consuelo.
 
 
 
***
 
 
Rozo suavemente tu mejilla
para ir acercándome a tu
boca, primero intento
calcar su forma –mis
labios reposando en los tuyos-
sin presión, sin fuerza.
 
Luego, cálidamente, muerdo
tu labio inferior, meto
mi lengua lentamente, ya
me aprisionas, ya no
salgo del beso…
 
Sueño de beso rojo,
caliente e infinito
-lo vivo porque lo sueño-.
Beso, al final sólo es un sueño.
Sueño, sueño de beso rojo.
 
 
 
 
 
(abril y  mayo de 2006)

 

 

 

OTROS POEMAS Y RELATOS

 

 

 

Y el sol se aplaca
bajo tus pupilas
de invierno,
ahíto de besos no ofrecidos,
el mar se estanca
sosegado,
azul y viento.
 

 

(móvil, 16-1-05)
 

 

 
 
Esta noche te añoraría,
cogería tus dedos
y despacio,
los besaría,
soñaría que tal vez
seas tú quien teje
mi sueño leve y largo,
y de mañana encontraría
una flor frente a mis ojos.
Aterciopelada.
Gozo en tu ausencia,
esperado.
 
(móvil, febrero de 2006)
 
 

 

 
Sentada, el hilo de la música forma un dulce torbellino al final del verano, la estación soñada, el sol encumbrado, el amarillo rey.
 
Nada que hacer, nada que sentir, sólo cerrar esa puerta y abrir la verja que da al campo verde, el que no está frente a mis ojos, ausente la lluvia este año que deja monotonía en dos colores,
y el azul.
 
El azul del cielo limpio, de la claridad de lo material y debajo, lo espiritual... dejo al viento en paz que sople ya del este, ya del oeste, sobre mi azotea plana e inhóspita.
 
Queda ese aire fresco, atravesando provincias, sacando el brazo por la ventanilla, atrapando lo que nadie puede retener, la libertad del hombre que busca, que se desencuentra... para no  olvidar el calor que se irá y que se mantiene en una pequeña ascua cerca del corazón, hasta otro verano, mi vida, sí, hasta otro verano...
 
Un dedo pulsa una tecla,
el deseo de no dejar de palpitar,
por él, por ella.
 
(verano 2005)

 

 

Paso páginas del libro de la vida,

dejo el desencanto en un capítulo,

el amor, en otro

 

con cierta elegancia, comienzo,

y aprendo, tal vez, la liviandad

de desprenderme,

de desnudarme entre las hojas,

y ver caer la flor

que un día escondí dentro,

del color del recuerdo

y la espera.

 

Escrito en el móvil

4 de noviembre de 2003

 

 

 

 

 

Un día cualquiera

despertaré o no,

gozaré o no,

sonreiré o no.

 

la mirada,

empañada tras

un cristal aguado

recorre trazos

que leen una

palabra olvidada

 

si quiero,

imagino su sonido,

su timbre antiguo

mientras se desvanecen

sus ojos y su gesto

¿me quieres, Amir?

 

Escrito en el móvil

27 de diciembre de 2003

 

(homenaje a Enki Bilal

en su obra "El sueño del monstruo")

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Me agacho a coger

una piedra

las sandalias gastadas...

 

la sombra roza el camino,

de un pájaro perdido,

de un pozo escondido

 

me envuelvo en la manta

y, bajo las estrellas,

los ojos de él miro

 

siento el aire hacia el bosque,

mientras tu sueñas,

tendido.

 

 

 

OLVIDO

 

 

Olvido.
La línea de un pensamiento
Que cubre la ventana empañada.

Lejanía.
De la ola rompiente que baña
Invariablemente el andar.

Estupor.
El umbral que aniquila una mañana
De luz hiriente.

Sosiego.
El humo se hilvana sin sentido
Y escapa
Por el hueco de mis ojos.

En marzo.

 


LA SOMBRA

 

La sombra siempre es más grande
Que el objeto de la que parte.
Si el sol está en lo alto, el objeto
Contiene a la sombra.
Aunque parece querer salirse
De sus límites, se apega
Si el sol se aparta, se agranda
Y extiende como la pena.
La sombra y la pena son la misma cosa.

 

 


PASOS

 

Pasos, oigo pasos, las luces
De la noche en la ciudad
Que habito. Las caras desconocidas
De hombres y mujeres en el autobús.
Renquea, frena, acelera con ruido.
Oigo las calles, siento las luces,
Olvido las caras.
Veo mis pasos.

 

 

LA MANO

 

La mano que estrecha otra mano
Y en ese leve contacto
Se extiende una ladera sinuosa
Y más allá, el horizonte.

La cara que besa otra cara
Se despide cerrando la puerta
Del automóvil que se aleja.
Se gira y dice adios.


© Isabel Linares Sierra

 

 

Agujas de mil colores
Dulzor que amarga.

He atravesado tu pecho
Pero estoy al otro lado.

Noche de invierno
Cálida como agosto.

Más allá de todo límite
He amado.
La cortina tamiza el fulgor del sol.

Fluye el río
Salvando escollos
Bajo la tierra que esconde tus ojos.

 

 

(Madrid, 1998)

 

 

Flotando en la niebla
De espejos,
Imborrable el recuerdo
Solicita
Que pases una página aún,
Sin hacer ruido.

Lectura sosegada,
Aislada
Alrededor de la camilla.
Enciendes una vela, otra más,
Entre los pliegues de tu alma
Que reemprende el vuelo.

Aprendizaje incesante
Que te hace vacilar
Y no importa el hierro ni el golpe
Ni basta con sumar letras.
Solo planea,
Desde la cima más alta.

 

(Madrid, 1999)

 

 

 

 

Crónica de un viaje afortunado

 

Primera parte.

 

© Isabel Linares Sierra

 

Transcurridas las estaciones de penitencia como hacía años que no las vivía - tal vez nunca las haya sentido de este modo - enfoco mi catalejo hacia el horizonte, navegando en el filo del viento del este.

La brisa es suave, el olor perfumado, me habla de tierras hoyadas y de bosques inexplorados. El continente del que parto se aleja a una velocidad inaudita, impensable antes. Parece que el viento, aunque ligero, tuviese la fuerza necesaria para arrastrarme lejos de lo que un día me pareció un vergel primero, un desierto después.

Estoy en medio de un océano, la costa distante. La carta náutica no habla de lugares concretos, ni de viajes establecidos antes. He encontrado una islita, llena de flores, donde he empezado a dejarme invadir por la naturaleza viva y feraz. No olvido que parto a cada instante, pues sólo se trata de una escala.

De puntillas entré pero decididamente saqué el machete y exploré hasta que encontré un lugar recóndito. Me tumbé y tuve un sueño. Cuando desperté sentí una alegría lejana, un bienestar antiguo, casi nuevo por ausente. Me acerqué a un estanque y vi reflejado mi rostro. Restregué mis ojos pero la imagen era otra, y me gustó. A mi lado había un cofre y dentro un espejo, una brújula y una rosa.

Vuelvo a mi barco y desplego las velas. La ruta parte de esta isla hacia otros destinos que ignoro. Quizá vuelva, el tesoro de aquel sueño se queda en parte allí y en parte lo llevo en la bodega. La ruta se encamina bajo el sol de abril, el timón gira suavemente, hacia otras costas, islas, continentes de un mundo amplio.

El espejo me recuerda cómo soy, la brújula dónde voy y la rosa me acaricia con palabras bellas que lleva el viento. Dejo parte de mi carga - ya inútil - en esta islita perfumada y recojo su tesoro. El chasquido de las olas rompe con dulzura mi casco.

Inmenso mar, que surco tus aguas, dime qué escondes. Tú sólo respondes rompiendo en el blanco de la espuma y la constante ondulación de tu azul. Envuélveme y arrúllame hasta otra escala en el sol de poniente.

 

 

 

 

¡Tierra a la vista!

 

© Isabel Linares Sierra

 

 

Hace ya algunas lunas descubrí en mi viaje, una tierra virgen y nunca hollada. Ni siquiera en los mapas aparecían los contornos de esa tierra, que por su situación geográfica, debería encontrarse en los paralelos más cálidos, al sur del trópico. Sus costas dibujaban alternadamente, dunas y playas amplias al pie de montes boscosos.

La luz de la tarde hacía aún más bello el paraje y las velas de mi navío empezaron a rizarse de alegría por la arribada. Solté el ancla y me acerqué en la chalupa hasta el borde de la orilla. Cuando mis pies se hundieron en la fina arena la playa se estremeció levemente. El viento suave se levantó dándome la bienvenida. Entonces apilé algunas ramas secas e hice un fuego. Me pidió que permaneciera, que no lo dejara morir, ofreciéndome a cambio calentarme todas las noches. Su ruego bastó para convencerme, nunca había escuchado un fuego que insistiera tanto. Al día siguiente construí una cabaña y me quedé hasta el momento que redacto esta crónica.

La vida transcurría felizmente. Había abundantes frutos y flores, las ramas de los arboles me contaban sus cuitas, el viento siempre me acompañaba, el mar me tranquilizaba cuando dudaba, el fuego, finalmente me sumergía en el más dulce de los sueños. Volví alguna vez a mi barco para saludarlo y darle ánimos, que no sería una escala definitiva, pero los palos, crujieron al unísono con cierto placer que no había prisa por partir. Habían viajado tanto y tanto que agradecían estar parados. Nos quedaremos una buena temporada, pensé. Cogí el cofre, y dentro el espejo, la brújula y la rosa, que aún respiraba un rojo aterciopelado. No me olvidé del cuaderno de bitácora pues tenía intención de escribir todo aquello que me sucediera en la nueva vida. El pasado me parecía ya un continente olvidado, sus bordes eran cada vez más borrosos.

Entonces me di cuenta que había hecho un nuevo hallazgo, ¡había roto el tiempo! Había atravesado todos los meridianos y me encontraba justamente donde empieza y acaba el día, el meridiano del tiempo de antes o del tiempo de después. Aquel golpe de timón, fuerte y decisivo durante aquella noche de tormenta, había decidido mi destino. Aún a costa de naufragar, lo hice. La impresión fue tan fuerte que me secó por dentro y corrí al manantial para calmar mi sed.

Después, más serena, medité largo, toda la noche. El fuego me miraba interrogante. Le dije: "Tú nunca te has movido de aquí, no has conocido otros sitios, no sabes en qué tiempo estás. Sólo sabes si estás encendido o apagado. Yo en cambio he recorrido medio mundo y tengo los ojos llenos de paisajes. Incluso he roto el tiempo".

Y el fuego me contestó, ensortijando sus llamas más intensas: "Nada importa de lo que hayas visto, pues ahora te caliento todas las noches. En tu deambulante navegar visitando tantas regiones y abandonando continentes, no imaginabas que te quedarías algún día en una tierra sólo por mí. Para ti el tiempo ya no existe. Sólo sabemos que ardemos juntos en esta playa. Y que el calor no te abandona, pues cuando yo me adormezco sale el sol y te acaricia durante el día. Escribe esto en tu bitácora, porque el corazón es un órgano de fuego".

 

(De la Crónica de un Viaje Afortunado. Segunda parte.) En recuerdo de Umberto Eco 18/01/2002

 

 

 

 

 

Tormenta de Primavera

 

© Isabel Linares Sierra

 

 

Un día empezó repentinamente a oscurecerse el cielo. Los colores rojos y pardos llenaban el horizonte detrás de los montes de bosque. No, no era un incendio, mi fuego sabía que sus hermanos no harían nada semejante en la isla pues la preservaban. Era un inicio de tormenta tropical, de las más devastadoras de aquellas latitudes. El sol palidecía por momentos, las olas rizaban sus crestas hasta romper de un modo espantosamente irreal, el viento doblaba las palmeras y hacía temblar mi cabaña.

Tuve que alejarme del hogar, y me adentré en la selva buscando algún refugio. Tenía miedo y tropezaba continuamente. El canto de los pájaros había callado por completo. Sólo se escuchaba al viento feroz. Ignoro las horas que estuve caminando entre aquellos tonos verdes imposibles, hasta que encontré una hoquedad en la roca, lo que parecía una cueva milagrosamente hallada. Empecé a reconocer los bordes discontinuos de la roca conforme me adentraba en el interior. Había un lecho de paja, tal vez un nido de algún pájaro majestuoso de otra época y me acurruqué tiritando en la oscuridad.

Allí apenas se escuchaba la tormenta. Sentía hambre y sed y no podía más que esperar en ese agujero inhóspito. Imaginaba cómo lloraba toda la isla. El mar sólo se percibía en un murmullo lejano e inquietante, mi barco estaría destrozado. ¿Cómo podría hacerme de nuevo a la mar? Todo mi mundo se retorcía en un nudo que me dolía en el centro del alma. ¿Qué hago yo aquí? ¿Por qué me quedé en esta isla pudiendo continuar mi viaje? Me atormentaba con preguntas. Y empecé a llorar también yo hasta quedarme dormida.

Me despertó un dolor en el vientre y una extraña calma silenciosa y húmeda que entraba por la cueva hasta tocarme la cara, rozándome con sus delgados pliegues. Mi cuerpo entumecido no respondía. Noté cerca una presencia viva y me volví. Un ave del paraíso de un tamaño enorme, de plumas con todos los colores del arco iris se alisaba las alas dispuesta a emprender el vuelo. Me dijo con toda naturalidad: -"No eres la única que ha pasado la tormenta sola y en una cueva. Cuando entré y te descubrí pensé que los humanos son los seres más desvalidos que existen"-. Asentí con la cabeza, estaba impresionada y muda. Continuó: -"Si es tu deseo te llevaré hasta tu cabaña o lo quede de ella"-. Me indicó dónde tenía que acoplarme y me agarré con fuerza a su cuello. En el borde de la cueva dio unos pequeños saltos y empezamos a volar, primero bajo, luego ascendimos en pequeños giros. Su larga cola de plumas rozaba la vegetación desordenada.

El sol amanecía incólume entre los montes boscosos como si fuera algún día de ningún tiempo concreto. Desde lo alto se veían los contornos de toda la isla, en todas las direcciones. Mis ojos se llenaban de un paisaje jamás visto. Era deliciosa la sensación de ligereza que el ave del paraíso imprimía al descenso. Entonces vi la cabaña destrozada, mi fuego apagado, el barco embarrancado en la orilla: - "Qué desastre. De dónde sacaré las fuerzas para recomenzar" - me dije. Como si me hubiera leído el pensamiento el ave del paraíso susurró: - "Te vi llegar un día. Te vi levantar una cabaña. Espero que te quedes y podamos ser amigas"-. Sus palabras me confortaron y empecé a recoger escombros. El cofre estaba semienterrado.


Mi barco se lamentaba inclinándose a un lado de la orilla. Acaricié el casco cansado y crujió su interior con una dulzura musical. Pensé: -"Empezar de nuevo sólo tiene verdadero sentido cuando ha habido una gran destrucción".- Di un hondo suspiro llenándome del aire fresco del mar que brillaba de azul oscuro.

Momentos más tarde, la marea volvió a remontar mi barco a su posición de anclaje. El ave del paraíso alzó el vuelo hacia los montes y se despidió con un giro audaz y vistoso de su cola de plumas. Mi mirada miope se perdió en el cielo rosa.

 

(De la Crónica de un Viaje Afortunado. Tercera parte) 20/03/2002

 

 

 

 

El bosque que habla

 

© Isabel Linares Sierra

 

El sol nacía con colores rosados en la línea por donde desapareció aquel ave multicolor. Me había quedado sola en la isla. Dijo que volvería alguna vez pero pasaron días y días, meses y meses y nada más supe de su paradero. De repente toda la ilusión por reconstruir mi nave se esfumó y dejé que el mar poco a poco devorara los leños y los cordajes de lo que fue una vez mi barco. Hasta que no quedó nada sobre la playa.

Un acusado ánimo de melancolía resbalaba por todo mi cuerpo. Si caminaba por la playa, no distinguía las conchas de la orilla. Perdía toda la atención en la belleza que me circundaba y no atendía a las puestas de sol, que antes solían embargar mi alma de plenitud. Sólo había espacio para lo que había perdido y me desvanecía en los maravillosos recuerdos que metía como granitos de arena en mi cofre. Cada día un poco de esta arena cubría la rosa y el espejo. No quería ver mi rostro desfigurado ni volver a sentir el perfume de la flor más hermosa. Todo se llenó de tristeza.

Vivía de noche y dormía de día. Elegí la luna por compañera. Era fiel y cambiante, risueña cuando crecía, espléndida cuando lucía llena, pero cuando menguaba y sabía que iba a faltar a su cita luminosa, me escondía en los bosques. La primera noche oscura escuché un sonido extraño, parecía salir de algún helecho gigante y agudicé mi oído para distinguir su lenguaje. Caminaba entre las plantas con naturalidad pues nada tenía que temer de unos seres que no se movían de la tierra. Reconocía las hojas y tallos, los troncos y ramas, hasta en las noches más oscuras no necesitaba la antorcha. Esas noches sin luna las pasaba entre esta rara frondosidad vegetal donde mi oído se convirtió en mi mejor sentido.

Y por fin aprendí su lenguaje. Estaba formado por una serie de quejidos de diferente tono e intensidad, dependiendo además de su tamaño y jerarquía de la planta dentro del bosque. Algunas eran amistosas y otras displicentes, en ocasiones diría que huidizas, y raramente antipáticas. Poco a poco descifraba retazos de conversaciones. Hablaban del tiempo, si pasaban frío o calor, sed o exceso de humedad. No sabían aún que las podía entender hasta que una noche me atreví a articular algunos quejidos. Enmudecieron al momento. Empecé a contar una historia sobre un pez que quería respirar fuera del agua. Hablé más alto para que me entendieran: "Ese pez, que había conocido un mundo lleno de color quería conocerlo todo de la tierra, un universo que se le escapaba más allá de aquel reflejo ondulante del agua en contacto con el aire. Y saltó a la orilla todo decidido cuando se dio cuenta que le faltaba el aire y casi se queda en el intento".

Noté que empezaron a hacer aspavientos y escuché: "¿Cómo es posible que un pez quiera salir del mar?" -preguntó el helecho, y la palmera replicó: "Mis frutos saltan al mar para buscar otras tierras pero, un pez ¿qué puede hacer fuera del agua?" - y un pequeño tronquito floreado apuntó: "nunca podría pensar en poder vivir fuera de esta isla, tendrían que trasplantarme por la fuerza". El aire entre nosotras se movía con agitación.

Dejé pasar unos instantes para atrapar su atención y con voz pausada les dije: "El hombre - contesté - puede ser como un pez, pues navega por el mar y se sumerge en su azul insondable, y también como una planta, apegado a la tierra y al cielo que ve todos los días de su vida. Hay hombres-planta, que sólo quieren conocer una tierra o como mucho dos; hombres-pez que no cesan de navegar y sumergirse sin echar raíces, y hombres que son de todo un poco, pues conocen el mar y la tierra y saben que los dos mundos son buenos para vivir. De hecho lo único por ahora más difícil es habitar en el aire que es la dimensión más amplia de la existencia. Por el momento, es sólo una vía para ir y volver, no un mundo para vivir".

Entonces se enzarzaron en una discusión que crecía sin llegar a ningún acuerdo pero empezaron a pensar y alguna, muy tímidamente me preguntó a qué tipo de hombre pertenecía… - como no supe qué contestar, estiré mis brazos en un gran bostezo. Amanecía y sabía que tenía que volver a mi cabaña para descansar. Aproveché que también empezaban a adormecerse sus hojas, enrollándose lentamente en el helecho, meciéndose las de la palmera y cerrándose las flores del tronquito. "Mañana por la noche nos veremos y sabré contestar vuestra pregunta" - les dije.

La verdad es que no tenía idea de la respuesta pero pensé que tenía tiempo para meditarla durante todo un día. Pero no fue así y no acudí a la cita nocturna. Aquella noche la pasé frente al fuego, y después di un gran paseo por las playas y acantilados de la isla, observando cada borde de su paisaje y cada horizonte siempre igual y distinto allá lejos en el mar.

No era fácil encontrar la respuesta. Repasé mi vida y supe que había sido un poco planta y un poco pez. También que con los años prefería la quietud de la tierra a la aventura de navegar. Me di cuenta que había querido todo de la vida, la libertad del mar y la solidez de las raíces y lo difícil que es llegar a estar donde se quiere vivir. El bosque me había hablado y la soledad ya no me asustaba tanto. Había conseguido hablar el lenguaje de las plantas y ellas me contestaron con el verde de sus hojas al trasluz del sol del amanecer. Me hablaron de cada nuevo día, único e irrepetible, con su silencio.

Me tumbé en la playa, a la entrada de mi cabaña, con las manos desgranaba la arena cálida. Cerré los ojos y empecé a soñar dulcemente esa mañana que un día cualquiera encontraría mi tierra, aquella que amaría hasta sentir que es la mía, donde echar raíces no me privara de libertad. Y entendí por fin, que este era el sueño de todos los hombres, peces o plantas. El aire fresco me rozaba la cara y me dormí mientras sentía el rumor de las hojas del bosque…



(De la Crónica de un Viaje Afortunado. Cuarta parte) 04/06/2003


 

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