EL PRECIO DE LA FAMA
© Silvia Hidalgo Pérez
Aunque es la primera vez que lo confieso públicamente, el sueño de mi vida ha sido ser famosa.
Me di cuenta, siendo muy pequeñita, debía de tener seis o siete años pero he de aclarar, no sin cierta decepción, que hasta ahora no lo he conseguido, porque como no tengo un físico de quitar el hipo, jamás se me ha aproximado un productor a hacerme una proposición indecente. Es más, nunca me han hecho una proposición, ni siquiera decente. Bueno, esto no es del todo cierto, hubo una ocasión en la que un buen mozo se acercó para mí a proponerme que le cambiara un billete en monedas para llamar por teléfono, pero no sé si eso contará.
Para poner a los lectores en situación, he de subrayar que crecí en uno de esos barrios en los que a las diez de la mañana se abren las puertas de los portales y los chiquillos se lanzan a tropel a la calle como si les persiguiera el mismo diablo. Un barrio curioso y que no entiendo por qué nadie se ha molestado en investigar, porque extrañamente entre medio centenar de criaturas, solo dos pertenecíamos al sexo que me correspondió a mí al nacer, todos los demás eran varones. ¿Sería cosa de la alimentación? Tal vez Paco, el tendero del barrio, añadía alguna misteriosa sustancia a sus productos para que se produjera esta extraña situación.
Aunque era pequeña, yo no era tonta, y enseguida me di cuenta que con el panorama que se me presentaba y deseando con toda mi alma convertirme en alguien famoso, sería mucho más fácil hacerlo siendo chico. Como por aquel entonces yo todavía no había oído hablar de las operaciones de cambio de sexo, puse todas mis energías en convertirme en un auténtico marimacho, y he de decir con orgullo que lo conseguí de largo. No había quien me ganara jugando a las canicas, al dólar, al garbancito a la vá, corría como un gamo y peleaba como cualquier niño. Al fútbol jugaba mucho (qué remedio) y aunque no se me daba demasiado bien, era de las primeras en ser escogida, pues arreaba unas patadas, que temblaba el misterio. Por aquella época, mi ídolo era Zuviría (jugador sudamericano) así que decidí que quería ser como él. Ni corta ni perezosa y tras muchos ensayos en el espejo, conseguí asemejarme a su cara de perro bulldog divinamente. Lo más difícil ya estaba conseguido (menos mal que no tuve que recurrir a la estética), pedí a los Reyes Magos un equipaje del Racing con su número (seguro que me lo traían) y supliqué a mi madre de todas las formas posibles que me cortara el pelo y me hiciera la permanente. No voy a extenderme en detalles pero esta fue mi primera desilusión, mi madre se negó en redondo a que prescindiera de mi lacia melena, y a los Reyes tampoco debió de parecerles buena idea, pues creo que ese año me trajeron una muñeca andarina, a la que odié con todo mi alma durante mucho tiempo. Vaya birria de Magos que no se habían enterado de que yo estaba opositando a chicazo. En fin, tuve que desistir de mi empeño, ya que no estaba bien visto allá a principios de los setenta un futbolista con coletas y braguitas de perlé.
Lo siguiente que intenté fue en el mundo de la escenificación. Monté una obra de teatro en el colegio, iba sobre algo de la selva, creo recordar. Estaba en séptimo, así que debía de tener, doce o trece años y aquí si que logré desembarazarme de las coletas y cortarme el pelo. En cierta manera estaba logrando mi objetivo, no conseguí hacerme famosa mundialmente, pero tuve a toda la chiquillería del cole llamándome Tarzán durante dos años. ¡Dios, cómo me gustaba ser reconocida por los pasillos! Definitivamente, aquello me gustaba. Mis labios rozaban las mieles del éxito.
Mis otras incursiones en el mundo artístico, ya de adulta, han seguido una línea parecida. Mi extraordinario talento no acababa de ser reconocido por el gran público. Cuando abrieron en mi ciudad el primer karaoke, decidí que lo mío era cantar, de modo que el día de la inauguración me lancé en plancha a por el micrófono y ninguno de los que me acompañaban aquel día reunió el valor suficiente para detenerme, a pesar de haberme repetido hasta la saciedad que cantaba como un puñado de gatos encerrados en un saco.
Allí estaba yo, sobre un escenario auténtico, con un micrófono de verdad, ante numeroso público (vale, estaban medio borrachos, pero era público, al fin y al cabo) dispuesto a bailar lo que les cantasen. Me sentía grande, ¡qué digo grande, me sentía gigante! Capaz de comerme el mundo, pero esta sensación fue disminuyendo a medida que iba avanzando la canción y comprobaba que a pesar de que me estaba desgañitando intentando hacerlo lo mejor posible, allí no bailaba nadie, ni hablaban, ni bebían, ni nada, solamente eran rostros con la mirada más vacía que había visto nunca. Poco a poco, surgieron los cuchicheos, las sonrisitas. En fin, no supe lo que había pasado, hasta que bajé del escenario más pequeña de lo que me había sentido jamás y alguien muy amablemente me comunicó que se me había olvidado encender el micrófono, y no se me había oído nada de nada. ¡Horror!
Después vino mi etapa de pintora, pensé inocentemente, que si Picasso había vivido como un Maharajá de sus cuadros ¿por qué no iba a hacerlo yo?. Lo primero que hice fue comprarme un caballete, unas acuarelas, papel guarro, una bata y una boina con pon-pon. Estaba monísima, si no fuera porque carezco de bigote, parecía talmente sacada de una rué parisina. Todavía conservo mis obras, no vaya a ser que aunque en vida no valgan un comino, dentro de cien años sean maravillas y mis descendientes puedan vivir como reyes. No sería el primer caso en la historia.
Por enumerar alguna de mis obras, os diré que un viejo lobo de mar que pinté, ni se asemejaba a un viejo, ni a un lobo de mar, ni nada parecido, resultó ser un jovenzuelo con una mirada de pervertido sexual que tiraba para atrás, un búho en su rama era igualito, igualito a Emilio Romero y un par de bailarinas antiguas, acabaron siendo una espiral de colorines. En fin, que a los pocos meses me di cuenta de que no era tan fácil, por más libros de "Como pintar con acuarelas" o "Saca al artista que llevas dentro" que me comprara.
Lo siguiente que se me ocurrió fue que tal vez lo mío fuera la música. Si Mozart consiguió tocar el piano con tres años, ¿por qué no iba a hacerlo yo con 25? Así que ni corta ni perezosa, me dirigí al kiosko y compré el primer fascículo de una colección que se llamaba "Curso de Piano y Teclados". Yo no tenía piano, pero eso no fue un impedimento pues los creadores de la obra muy astutos, ya habían contado con ello. Incluían con el primer fascículo y la primera cinta de cassette, una plantilla de cartón con todas las teclas de un piano. En el fascículo número tres, me sentía ya como Richard Clayderman, pero en el número ocho, tuve que abandonar, aquello se había complicado muchísimo. Además me aburría como una ostra golpeando durante horas las teclas de cartón sin obtener sonido alguno. Eso sí, como había quedado con el kioskero que me fuera reservando todos los números que le llegaban, adquirí los 69 fascículos restantes, los cuales todavía andan por algún cajón sin sacar del plástico.
También he acudido a clases de baile, pero aunque una tiene sus sueños, también es consciente de sus limitaciones y está claro que con este cuerpo, digamos que pelín espléndido con el que me dotó la naturaleza, me sería imposible hacer la competencia a las chicas de UPA dance.
Creo que voy a desistir, pues a mis casi cuarenta años, y gracias a un anuncio de radio que el otro día tuve la suerte de escuchar, he pensado que tal vez sea una bendición del cielo tener un carácter voluble y poco voluntarioso que no me haya llevado a correr detrás de un sueño durante toda mi vida.
El anuncio en cuestión hacía referencia a un producto para combatir el estreñimiento. En esta ocasión no se me fue el pensamiento por el lado escatológico. Lo que realmente me llamó la atención fue una cancioncita que cantaba un muchacho. La letra decía así. "No dejes para mañana lo que puedas hacer hoooooooyyyyyyyy, (y el nombre del producto, que omito para evitar posibles demandas)". La música era del estilo a las canciones que nos machacan los oídos durante el verano. Y pensé yo: ¿Este buen mozo que canta, será un profesional? ¿Será el cuñado del portero de la emisora? (Aquel al que largaron de la fábrica en la última reestructuración de la plantilla y tiene siete bocas que alimentar). ¿Será un aficionado?
Imaginé por un momento que este hombre, desde pequeño, soñó con dedicarse a la canción. Empleó gran parte de su infancia y toda su juventud en prepararse. Entre el conservatorio, la profesora particular y demás no le quedaba tiempo para jugar, ni para estar con los amigos, ni para ir al cine, etc. Siempre estaba estudiando. Para cuando estuvo en edad de echarse novia, era un joven esmirriado y paliducho (hay que tener en cuenta que no había hecho nada de ejercicio al aire libre) y ninguna de las muchachas en edad de merecer parecía mostrar por él el más mínimo interés. Pero seguramente a él no le importaba. La música era su amor y pronto vería sus sueños hechos realidad. Triunfaría en los más célebres teatros del mundo, llenaría estadios de fútbol, una horda de admiradoras le seguiría allá donde fuera. ¿Qué más daba haber llegado a los 27 años sin haber besado nunca a una mujer, si a partir de ahora, con solo mover un dedo, las más bellas chicas caerían rendidas a sus pies? Esto o bien grabaría el anuncio de un laxante para la radio por poco más de 100€.
Aquí es cuando me di cuenta de lo afortunada que había sido por no apuntar maneras para triunfar en ningún campo que me hubiera llevado directa al estrellato. Cuánto agradezco a la gente que tuve alrededor que jamás me concedieran una palabra de ánimo. Cómo me alegro de no haber tenido nunca una clara vocación de nada, porque la verdad viendo los esfuerzos que hubiera tenido que hacer para alcanzar la fama y lo difícil que es llegar, casi prefiero mirar hacia atrás y pensar que es mejor no haber triunfado y que me quiten lo "bailao".
Claro, que pensándolo bien, y ahora que he empezado a escribir, tal vez en un futuro no lejano me concedan el Nobel de literatura, o tal vez pierda la vergüenza el día menos pensado mientras salgo a comprar el pan, y termine en un programa de la tele exhibiendo mi cuerpo y mi alma durante 24 horas al día, ¿quién sabe?
EL GRAN ACONTECIMIENTO
© Silvia Hidalgo Pérez
Con la llegada de los primeros rayos de sol y los primeros madrileños, comienzo a despertar de mi letargo invernal. Dentro de nada estará aquí de nuevo el verano. Esa época maravillosa en la que todas las ciudades típicamente turísticas se afanan en ofrecer a los visitantes la más variada oferta lúdica. Y yo, que no soy veraneante (bien sabe Dios que no porque no quiera, sino porque mi economía decidió hace años negarme ese privilegio) me dispongo a disfrutar al máximo de cualquier evento. Sin ir más lejos, el verano pasado tuve el privilegio de asistir a un espectáculo maravilloso, que creo que es justo, comparta con el resto de la humanidad.
Unos meses antes de la llegada de la época estival mis amigas y yo recibimos con un entusiasmo fuera de lo común la noticia de que la regata Cutty Sark iba a estar en agosto en nuestra ciudad. En realidad, mis amigas y yo nos entusiasmamos con cualquier evento, sobre todo si es gratis. Nos da lo mismo que sea una sardinada en la playa, que un cocido montañés en el campo.....¿Que nos regalan entradas para los toros?, ¡hala! ahí que nos ponemos la peineta y la mantilla, ¿que hay que aplaudir al Fary en una verbena?, pues nada, en la primera fila estamos despellejándonos las palmas de las manos de tanto aplaudir. Pero claro, un acontecimiento como la regata era harina de otro costal.
Todos los días nos llegaba alguna información. "Que he escuchado en el mercado, que son 73 veleros" nos susurraba Pili, al oído. "Ooooooooooohhhhhhh" nos maravillábamos las demás, "pues yo leí en el periódico que en La Coruña han estado 700.000 turistas visitándolos", se ocupaba Nati de informarnos, dejando bien claro que era una mujer muy leída. "Oooooooooooohhhhhhhh" exclamábamos aún a riesgo de desencajarnos la mandíbula. "Que no se han reunido tantos veleros desde que reinaba Alfonso XIII" me hacía yo la interesante. "Requetéoooooohhhhhh" (a ver quien superaba esta información).
El resultado fue, que cuando por fin el viernes día 3 de agosto empezaron a echar el ancla en la bahía los primeros veleros, nosotras estábamos haciendo cola para visitarlos, encantadas de la vida. El sábado por la mañana, ya estaba todo el mundo renegando de la bendita regata, que si qué gentío, que si no hay quien ande..... en fin, ya sabéis como somos los humanos, nunca estamos contentos con nada. Sin embargo, yo solo encuentro ventajas al acontecimiento.
Por ejemplo, si eres una persona de las que se suele aburrir, olvídate de ello. Cuando se duplica la población de toda la provincia paseando por la capital, no tienes tiempo para el aburrimiento. El tiempo que gastas normalmente en aburrirte lo utilizas en intentar aparcar el coche, en buscar un bar donde poder tomar un café, en hacer cola para hacer pis en un baño público (bueno, esto último, si tienes una vejiga que te avisa tres cuartos de hora antes de que la necesidad sea inminente, si no, date por orinada en la braga)
Luego también está la parte económica. Todo son ganancias. Mismamente todos contribuímos con agrado a engordar las arcas municipales cuando después de una hora buscando donde aparcar, soltamos el vehículo en el primer paso de cebra, vado o entrada de garaje que se plante ante tus ojos. ¿Qué importa que se lo lleve la grúa y tengamos que pagar una multa, si por fin podemos salir de esa trampa mortal a 45º de temperatura en la que se nos ha convertido el coche? Y también están las 114 casetas que se montan en la bahía vendiendo a los visitantes todo tipo de cosas. Todas ellas de lo más normal. Por ejemplo, souvenirs de la regata (gorras, toallas, camisetas, manteles, llaveros, etc.), productos típicos de la región, helados, bebidas, cámaras de fotos, puzzles, libros, leche Pascual, coches... ¿he dicho normales? ¿Cabe la posibilidad de que a alguna persona, mientras da un paseo junto al mar, ojeando los veleros, le entré un irrefrenable deseo de comprarse un coche? ¿Es posible que mientras alguien deja que sus ojos se mezcan en la cresta de una suave ola sienta la necesidad de correr a rememorar aquellos versos de su juventud y tenga que comprar aquel libro de Neruda? No sé, no sé.
Pero aquí no acaba la lista de ventajas. Si eres una mujer normal, de las que se pasan de mayo a octubre a dieta, vas a tener una gran suerte, vas a adelgazar rápidamente, conseguir un local donde comer te resultará imposible, da igual que quieras una mariscada que un bocadillo, antes de que consigas llegar al mostrador, te vas a caer desmayada de inanición, fijo. ¡Ríome yo de la dieta de la alcachofa, menudo tipín que se me puso!
Otra gran ventaja es que si trabajas paseando a una abuelita (como es mi caso) y la tía es una petarda insoportable (como NO es mi caso) puedes meterla en el meollo del paseo, devolverla a casa con los juanetes machacados y ahorrarte pasearla durante las próximas tres semanas.
Si te crees haber sacado el máximo provecho a la regata es porque todavía no te has dado una vuelta por el interior de los barcos. Dependiendo del tiempo y del dinero que dispongas, tienes dos opciones. Si lo que tienes es dinero, paga la entrada y haz una colita pequeña, si por el contrario, no dispones de efectivo y lo que te sobra es tiempo, pásate la tarde intimando con esa familia tan simpática de Navalcarnero que llegó un minuto antes que tú y visita el barco gratuito. Escojas la opción que escojas, seguramente vas a ver a la entrada un cartel reclutando chicos para continuar la travesía. Si tienes un hijo adolescente, ya sabes donde puedes mandarle a practicar idiomas durante el verano sin que te cueste un euro. ¿Qué más quieres?
Y por último, y para que la felicidad sea completa digo yo ¿hay algo que haga sentirse mejor a un ser humano que el estar bien integrado dentro del rebaño? Pues no, y vuelvo a decir yo ¿y hay mejor manera para sentirte miembro de pleno derecho en la manada que llevar en la cabeza una gorra roja con propaganda del banco "Santander Central-Hispano"? ¡Qué placer cuando te cruzas con alguna oveja descarriada que camina deprisa y cabizbaja porque la muy tonta no llegó a tiempo al reparto de tan insigne distintivo!
Definitivamente, pienso comenzar a prepararme concienzudamente para no perderme ni una de las actividades que haya programado el alcalde para este verano.
Si queréis escribir a la autora