Poema Reciclable

 

© Ralph del Valle

 

 

Ésta es una de esas noches
en las que me mandaría a comprar rosas
por las calles que no conozco.

Una de esas noches
en las que sordamente siento
que una mano invisible tira de mi piel
hasta dejarla en tu puerta.

Antes era divertido decirte que no te echaría de menos.

Esta noche, nada tiene ya gracia.

No me mires así, me dijiste.
Ahora estás torcida en sábanas perdidas
y colchones huecos.

Para huirme.
Para huirte.

Sin piel
las noches de junio son todavía menos soportables:
se me pega la carne al somier,
saltan las venas sobre los hierros,
me afeito en seco por la almohada que aún huele a ti.

Y sudar.
Y buscarte en el relente de las farolas cuando amanece.

Puedes reciclar este poema.
Vale para todas las noches que paso sin ti.

 

 

 

 

La Pregunta de Ana

 

© Ralph del Valle

 

 


-vosotras sentís dolor cuando os pisan?

La lagartija no supo qué contestarle. Por supuesto que sentían dolor, no sólo ante la hipótesis de un zapato, aunque bien es cierto que cuando algo les dolía, era un dolor amortiguado: más que otra cosa, supuso, sería como si te faltase el aire, como si todo el mundo físico se dilatara hasta deformarse en una línea mínima, la que entra por los laterales del zapato. Bueno, se dijo, al fin y al cabo es algo parecido al dolor, pero sin ser dolor. Cómo te lo explicaría en términos que no fueran los de una lagartija; duele, pero como puede doler perderse un atardecer, o pincharse con un bucarico.

Mientras, Ana la miraba, esperanzada. Durante varios días había sido el hazmerreír de su clase, cuando en clase de Naturales defendió con una tierna y apasionada vehemencia, que las piedras, los árboles y sobre todo los animales tenían totalmente evolucionada la capacidad de hablar.

-lo que pasa es que nadie nos ha enseñado a escucharlos -dijo, mirando con fijeza a la profesora, quien inmediatamente abrió el libro de Lenguaje y recitó que una oración se compone de sujeto y predicado, con los ojos clavados en ninguna parte.

Y Ana, mientras no atendía a conceptos que no quería aprender, listaba mentalmente todas las preguntas que quería hacer: a un pájaro, si la tierra aparecía en el lugar del cielo cuando emigraban a Australia; o a un tiburón, si no le daba indigestión comerse nadadores y tablas de surf. El reino vegetal ya lo había desechado, porque siempre respondían con vaguedades y términos que ella no comprendía, aunque claro, esto no se lo había dicho a la profesora. Quizá por eso se sorprendió a sí misma cuando encontró una lagartija en el jardín de casa, y le preguntó

-vosotras sentís dolor cuando os pisan?

porque en realidad jamás calculó la pregunta que le podría hacer a una lagartija: había inventado dudas para las serpientes, los linces, los elefantes, las hormigas e incluso los lirones caretos, pero nunca había considerado a la lagartija como a una especie a la que plantearle nada. Y la vacilación había saltado a su voz, la pregunta salió con la duda incorporada, y ella sabía que eso jugaba en su contra, porque las lagartijas no son estúpidas y muy probablemente se haya dado cuenta de que no tenía nada que preguntarle.

Por supuesto que no tenía nada, pero prefiero un temblor antes que el silencio o un grito de asco, pensó la lagartija, mientras en el otro hemisferio de su prácticamente plana cabeza procesaba la duda de Ana: ¿verdaderamente dolería? En teoría sí debe doler, aunque supongo que será peor el ahogo, la negrura de la suela, la inminencia y la sensación de no poder escapar: más o menos, debe ser lo mismo que sentirás cuando te quedas solo encima de una piedra, mirando un camino por el que nadie viene; pero eso, todavía no lo sabes. Ojalá no lo sepas nunca.

La lagartija levantó la mirada hacia Ana, y se decidió a contestarle que claro, que dolía, pero que había dolores mayores que un zapato que te aplasta: lo que entra por las escamas de la cola cuando llega la noche, o las ganas de huir cuando llueve arena y no encuentras ningún lugar en el que cobijarte, o saber que las flores son rompecabezas de colores que cuando estás a punto de resolver se desvanecen. Al lado de esto, pensó como final del discurso, un zapato que cierre tu horizonte no significa nada. Tomó aire, abrió la boca y le contestó

-bleb, bleb bleb bleb, bleb, bleb.

Ana le sonrió.

-qué guay, no sabía que las lagartijas pudieran cantar.

 

 

 

 

El desconocido

 

© Ralph del Valle

 

 

Se tumbó en el sofá y encendió el televisor. No pensaba mirarlo en ningún momento, pero prefería que el rumor de fondo le acompañara que no sentir la casa entera en silencio. No soportaba ese silencio. El silencio de los muebles, de los objetos que, uno tras otro, le acusaban con cargos invisibles.
- Cobarde


le gritaban también sus manos, unas manos que cada sábado le eran más desconocidas. Los fines de semana se recomponía el cuerpo, despedazado por los leones de la rutina: redescubría un cuerpo que ignoraba durante la semana. A pedazos.

- Retraído

le volvieron a gritar sus manos. Las manos desconocidas. Las manos que, sin darse cuenta, se le habían ahuesado tanto que podía ver, por primera vez, el mapa de carreteras de sus venas.

Cada fin de semana se redescubría, pensaba. Advertía, como si nunca se hubiera detenido a observarse, que las costillas se le marcaban por la espalda cuando estiraba el brazo, tocaba los huesos de sus hombros, sorprendido de sí mismo, y narraba la sorpresa en voz alta, como si todavía hubiera alguien que le escuchara,


- joder, si soy yo

y se daba cuenta de que la soledad era un bicho curioso y amorfo. Un ser silencioso que llama a la puerta cuando ya está dentro. Se tarda en advertir que las llamadas no son tantas como antes, se olvida que uno en realidad no está solo hasta que se levanta una noche y empieza a probarse la ropa que se ha dejado la otra persona, sólo por revivirla, por conjurar un vacío en una cama siempre demasiado grande.

No era tonto. Sabía que estaba tan acostumbrado a estar solo que no lo soportaba. Por eso se hablaba constantemente en su soledad, mientras que cuando salía a comprar, a caminar, a ocupar su silla en la oficina ocho horas al día, permanecía en un obstinado silencio que quebraba sólo en pequeñas porciones, las imprescindibles para mantener la fachada de alguien normal en el trabajo, pero las suficientes como para vivir parapetado detrás de un escudo que no franqueaba nunca a nadie.

- Mentiroso de mierda,

dijo su nuca. Él cruzó sus manos por detrás de su cabeza como si estuviera estirándose de cansancio, e intentó taponar las palabras, pero éstas seguían corriendo, incontenibles,

- lo que pasa es que siempre te abres el alma a las personas menos indicadas, que se comen tus tripas y luego te dej...


hasta que se metió en la ducha y dejó de escuchar.

- Es jodido tener que hablar en voz alta para no sentirse solo, para no olvidar cómo suena la garganta, si es que alguien puede oírse a sí mismo y reconocer su voz, dijo, pero su pulsera no quiso contestarle, y él seguía argumentando,

- porque empiezas apoltronándote en el sofá por las noches, luego por las tardes, hasta que tus días se convierten en un continuo espacio-tiempo en el que acabas hablando solo con total normalidad, como si siempre llevaras haciéndolo. Por eso los hijos únicos están más acostumbrados a sonreír ante la soledad, porque en cierta forma saben que cuando la luz de la habitación se apaga, no hay más ruido que la del alma propia respirando, y un rumor sordo a vida en habitaciones contiguas acompaña pero te llena de una soledad extraña


y, satisfecho por su razonamiento, volvió a darle volumen al televisor.

- La soledad es un mal bicho, le repetía la alfombrilla del ratón que había quedado en casa después del cataclismo. Mientras, él se limitaba a acariciarla, como si pudiera comunicar a qué sabía la piel que hubo encima durante tantos días, una piel inconsciente de que sus vestigios serían después reverenciados. Solía mirar los restos de la batalla durante largo tiempo, el ordenador viejo, varios libros que no se atrevía a abrir, como si dentro hubiera un retazo de perfume que fuera a disolverse si él los tocaba. Cuando entraba en la habitación le cambiaba la cara y miraba desde siglos de distancia, desde todos los kilómetros que le separaban de ella.

Como si hubiera existido alguna vez.

Un objeto sólo empieza a significar algo cuando hay un agujero en el alma. Eso él lo sabía, pero pasaba de largo por encima de la verdad. Se sabía solo, no solo de no estar rodeado de gente, sino una soledad amortiguada, lejana de otros cuerpos, alejada de sí mismo. Una soledad que arrancaba en los giros de sus manos por las noches en la cama, cuando las apoyaba sobre sus piernas y notaba su piel debajo, su piel peluda, su piel suave, tan suave que sentía como un sacrilegio no notar otras manos que le acariciaran, y rozaba la superficie inexplorada, perdida, hasta que le vencía el sueño.

Buscando.

- Algún día cambiarán las cosas. Algún día abriré las puertas a alguien que quiera entrar; digo yo que en algún momento aparecerá alguien, qué digo alguien, aparecerán todas las personas que nunca he tenido, las caras que nunca he podido recordar. Aparecerá un nombre que disuelva mi inseguridad, mis noches de baldosa fría, escondida bajo qué olor, qué ojos con sabor a madera, unos ojos en los que perderme cuando no me apetezca leer ni ver la televisión, unos ojos a los que destriparle matices con la excusa del amor, con la excusa de quererte tanto que no puedo dejar de mirarte cuando en verdad estoy volcándome hacia mí mismo, buscándome en ti, cómo podré llamarte por las mañanas, sentir que hay alguien al otro lado del espejo si todo se resume en mirar las sábanas en las que te sentaste hace meses, los libros que abriste despistada, todos los restos del naufragio de lo que querría haber tenido y que no sabes que existe, porque claro, lo ignoras todo sobre mis entrañas, sobre los colores de mis ojos, cuándo conjuré con tu nombre la esperanza o por qué te miro en silencio. Qué más da.

Después abrió la ventana.

 

 

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