PEQUEÑA ANTOLOGÍA

 

© FELIPE SÉRVULO

 

 

De: HASTA EL LÍMITE DE LAS VIOLETAS

 

EXISTES, PORQUE VEO EL RAYO

inacabable de tus ojos y sé

de tus oráculos. De cuando

invades la penumbra, iluminas

la ciudad infinita y me retomas

desde un vaho de crisantemos.

 

Promiscuo sabor a ti. A tus ojos

como labios, me besas

si me miras. Festejo

la libertad de saberte.

 

Malvasía en tus palabras.

 

Malvasía y domingos

en tus silencios. Sólo

te pierdo en la derrota. Opacos

los párpados y en el sopor.

 

Me apasionas y te busco.

No te encuentro

nada más que en los recuerdos.

 

Tan azules

que me hielan. Pertinaz

tu nicotina o tu sonrisa. Un café

apenas es nada. O es un sueño

en tan larga distancia. Inútiles

pueden ser tantos pasos. Humedad

y nieblas en los ojos.

 

Lo mismo vienes que te vas. Te meces

ensortijada en mis neuronas.

 

De púrpura

dibujas tus adioses. El último

me supo a nostalgias. A óxido

en la lengua. A resaca

de tus ojos. Que me besas

si me miras. Tenaz

la tarde pasa. Y yo te busco.

Y no te encuentro. Y te espero.

 

 

ESPERA...

eres el aliento, el íntimo

aire que revive, el vértigo

de saberte tras el humo

de mis brazos.

 

El justo dolor que acosa

por quererte.

El pájaro que sobrevuela

la espesura y la resina

en la distancia.

El son de mis palabras

que murieron

por las violetas

que no te supe. Tú eres

mis versos, tan tristes.

El sino inescrutable

de la vida y las mimosas

de este invierno

como tú: transparente y frío.

 

Están lejos tus párpados

como semillas floridas.

O tus labios que desconfían

de tanto amor.

Y esa mañana, levísima,

que me prestas

desde tan largo regreso.

 

Y tuyo es el salitre.

Y tuyo el vuelo de las gaviotas.

 

SEA POR TI EL DESORDEN

y el nácar en la lengua. No

la urgencia rebelde

que nos cerca y nos olvida. Deja

que tu piel sea lentisco,

sea jara y romero.

 

Sea tomillo, sea palabras

y sea memoria. Deja

que este febrero tan frío

seamilagro,

como nido, como deseo.

 

Que el impudor nos acose.

Sepa a noches. Sepa a mirra.

Que tu boca como uvas.

 

Y levadura tu cuerpo

 

 

De las NOCHES DEL SUR

 

ESTA TARDE TE VI. UN REMOLINO

y la distancia interpuesta. Arrastrabas

al tiempo. Venías

de los más vivos caminos

de los sueños. Sonaron

tus pasos cerca del horizonte.

Al alejarte,

mi nostalgia se convirtió

en una pequeña tirana.

 

 

TU SABES LA FURIA

de veinticuatro horas

como brasas,

de engarzar lágrimas

y palabras.

Tu sabes tejer secretos y callas

las noches sin sueños.

Más, es pronto aún,

no digas: penumbras,

eternidad o miedo.

Este amanecer

abrigaremos esperanzas.

 

 

ENTONCES ENTENDÍ

que tu tiempo era lineal,

como lineal era mi deseo.

 

Pero ya estaban las fronteras

interpuestas y sólo

quedaba el epitafio...

 

Podía ser sobre el tiempo que se fue,

sobre los lirios cortados.

O sobre el agua clara,

Podía ser sobre la puesta del sol,

eso sería acertado y bucólico. Ciertamente

sería como el secreto espejismo

de los versos: un par de líneas

y un tiempo que se va

sin más provecho.

 

(Compréndelo: es invierno,

un libro en las manos:

- Cernuda, quizás -,

y un punto de nostalgia...

 

Que hace tiempo esto hubiera sido,

otra historia de amor).

 

 

De. CASI LA MISMA LUZ

 

SE HA HECHO TARDE,

se fue el acoso del espliego

y el aire que huele

a sierra encendida y romería.

 

Pero esperaré esta madrugada

hasta las siete en punto,

luego será metal

y recuerdos rebeldes.

 

Por la tarde tan sólo tu retrato,

tus labios como fruta,

nubes y corazón en hilachas.

 

 

BIEN LO SÉ. RECUERDO

que había dragones,

bajo nubes rojas

y oropeles. Allí

junto a tierras

de templos y árboles

ondulados y raros.

 

 

Y recuerdo

y me cuenta la memoria

el brillo de la alpaca

y la risa de los niños. Bien lo sé

que todo era falso,

que los farolillos daban luz

a un techo sin estrellas

y las ventanas miraban

a ninguna parte.

 

Pero veíamos el horizonte

y entrábamos en el atardecer

con la retina sorprendida

y el paladar confuso

de gelatinas y agridulces.

 

 

YO TAMBIÉN HE ESTADO ALLÍ.

Donde habitan pájaros, palmeras,

el esplendor del sol,

el azul muy brillante y los sueños

que se adentran más allá

del rompeolas.

 

Luego la noche llena,

frío y otros pasos diferentes

sobre el mismo suelo:

Fanny, Devórame por cinco mil.

 

El malva de sus medias y la mirada

de paisajes perdidos.

 

Después de todo

la soledad no se detiene,

Rambla del Mar,

ni en calles como esta.

 

DEBES CREERME:

yo conozco otra ciudad

de apenas media luz.

 

De ropas como guirnaldas

en los balcones.

 

Historias imposibles,

un cielo sin consuelo

y días que humedecen.

 

Yo sé que este aire fronterizo

no arrastrará olores,

ni la rancia charlatanería

de los trileros.

 

Mujeres en los portales,

soledad y cuatro palabras pobres

que se exilian tal la vida,

camino de La Rambla.

 

 

De LA CIUDAD DE HIELO

 

LA MIRÉ Y ME OFRECIÓ

el candor de sus pupilas

y la espesura del bosque.

 

Pero no vi en ella sino tristeza.

 

Después la blanca brisa

bajó por el río

y al heraldo de la bruma

le pregunté tu nombre.

 

- La recuerdo,

pero hace tanto tiempo... -

 

Ahora quedan

capiteles mutilados,

cal exhausta

y el aire que alberga

la descarga de los fusileros.

 

En la lejanía,

el humo de las bombardas

envenena la tarde.

 

 

DURANTE TODO EL DÍA

he visto sangre nueva

sobre los campos sucios.

 

La muerte entretejió

un osario temprano

entre el frío

de silentes espadas.

 

Si ahora aparecieras,

verías el dolor

mineral, la lágrima

de madre, la avidez

del gusano...

 

Hace tiempo

fuimos hermosos,

y nuestro hogar,

una risa encendida.

 

 

EL HECHICERO Y SU PODER OCULTO,

ha mentado tu nombre por dos veces

y he vuelto al silencio

para sentir el crepúsculo

y la hojarasca.

 

Dondequiera que estés,

me trae el aire

el aroma del espliego en flor,

- tristeza verde

y soledad que callo -.

Te lo juro hoy, que escampa el día

y tanta vida queda por delante.

 

 

 

YA VES, A PESAR DE TODO,

retoñaron los rosales

sobre las tapias de la vieja casa.

 

Después de tantos años de abandono,

ya ves, están como encendidos.

 

Apunta el día, se germina.

 

Nos llega el frescor

de la hierba mojada.

 

Estamos vivos, nos amamos.

Como si estuviera la paz cercana.

Como si ya hubiera paz.

 

 

De: LA PUREZA DE LA TIERRA

 

ESPUMEAS EL PUCHERO

y amasas la esencia de la espiga

y las aceitunas.

 

Al rescoldo de la lumbre,

arrimas tus manos.

 

Hueles abrega, a leño,

a pan de gloria

 

 

CABALLERÍAS Y LOS HOMBRES

que raciman soledad.

 

Entonces

tú te vuelves diminuta

por la orilla del camino.

 

Digo tu nombre,

y a las primeras gotas,

eres púrpura y eres nueva

en la quietud de mayo.

 

 

TIENES EL RESPLANDOR

que alumbra la campiña,

el canto del equinoccio...

 

Y marcas el sendero

donde corona el trigo

y el vino joven

que refugia la tiranía

de la tarde.

 

 

TUS MANOS COMO SUR,

y sobre el campo seco,

la jícara del agua nueva.

 

Por febrero,

la tierra prometida

del no volverás, el cuello frágil

del corazón

que se vuelve novio

y talismán de la palabra.

 

Ser tu héroe

que busca toda la lluvia

del universo.

 

Tanto buscarte

y no verte en cada gota.

 

 

TE MIRO

y, cuando la mirada vuelve,

ya no es mía.

 

Te hablo y el otoño

se lleva las palabras

al resplandor de los ciegos.

Ya no verás mi cuerpo,

ni su sudario,

que he marchado

hasta donde permite

mi locura.

 

 

REGRESA UN TIEMPO

que ya no es tuyo,

y antes del frío,

iré al altozano

donde se crían la cebada

y los trinos de la tarde.

 

En los días muy tersos

vislumbraré la costa africana

donde también las nubes

son de esparto.

 

 

De LA NUBE DE OORT

 

DESPIERTAS ENTRE EL VAHO

y en tus ojos,

mechas de oro viejo

y espigas,

en la solitaria cartografía

de la materia.

 

Caminas por el infinito

mar de los sueños,

donde brota la aguamiel

para los labios.

 

Donde se impone la cordura

de astuto navegante,

que, en ausencia de azules,

busca la verdad

de antiguas travesías.

 

TODO SE HACE NUEVO EN EL SILENCIO.

Lo sé: la historia que aguardo,

la lluvia imprevisible,

o el saberme, sin remedio,

arcángel maldito.

 

Y en cada esquina, trasiego al no verte

y velo los balcones en desamparo.

 

Como cuando la vieja ciudad

se hace sólo una calle,

que no cabe en el pecho.

 

La última calle.

 

Y tras ella, los campos de ceniza,

sin álamos donde grabar un nombre.

 

Porque si fueras

algo más que una fiebre,

podría amarte en la quietud de la noche,

como amo la honesta luz,

que invade esta casa, que no es la tuya,

pero lo sé: vienes como marzo,

a todos los rincones.

 

Y te diluvias en ramas,

volteas el tiempo

y haces que todo vuelva

a ese instante,

en que sonríes madrugadora.

 

Nada sin ti.

Ni siquiera la inmensa sencillez

de este misterio que me profana

y tensa las venas,

que deja la vida inflamada,

entre los músculos,

que gira el planeta

y hace que piense

que ya no existe la ciudad

que nos amó.

 

Entonces, ya no sé

si alguna vez te tuve cerca;

porque, quizás, el tiempo,

es sólo una medida,

que nos hemos dado

algunos hombres.

 

Y los días, sus huellas.

 

Ellos, tan sólo, señalan el camino

y te inventan.

 

 

 

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