ROJO

 

© Juan M. Díaz Díaz

 

 

Cada noche visito los tugurios más infames de la ciudad. Refugio de hombres y mujeres vampiro. Todo es ébano en esas horas oscuras. Todo menos sus ojos: refulgen como la luna; escarbo en sus cuencas y sólo encuentro maldad. ¡Ah orgía de sangre! ¡Ah maldita mi suerte! Me uno al baile infernal, como uno más, celebrando la muerte. Así me arrastro por la eternidad. Sangre que busca sangre. Carne que busca carne. Ya no hay compasión, ya no en mi alma ausente.

 


POEMA


Dicen que se puede ligar en el supermercado.
Se ven chicas estupendas, es verdad.
Quizá un tropiezo fortuito,
la sensualidad de una mirada,
un guiño furtivo y…
¡estúpida ilusión!,
la única música celestial que sonará
es la de la caja registradora.
Así salgo con el carrito de la compra:
con la sensación de haber perdido una oportunidad.

Luego me meto en el coche,
y pienso por qué demonios no puedo tener sentada a mi lado a una mujer de anuncio,
de ésas que sólo parecen tener tiempo para atusarse el pelo
y humedecerse los labios.
Me conformo con escuchar la radio.

Por la calle se ven tantas parejas felices…
De la mano, o apoyadas contra la pared como tortolitos,
que a veces siento ganas de bajar la ventanilla
para tirarles una piedra. Pura envidia.
O mejor me torturo contemplando como, garbosa,
cruza el paso de cebra una linda muchachita
que no será para mí.

Dicen que el amor es mentira,
y que la pasión es una enfermedad pasajera.
No lo sé. Ni pretendo descubrirlo.
¿Por qué buscar sentido a las cosas
si ello no nos traerá la felicidad?
Quizá ésta sea la opinión de un loco;
bueno, entonces: ¡viva la locura!

Llego a mi casa,
profunda en silencio y oscura,
donde me rindo a la soledad.

........................

¿Qué haría yo sin ella?
Tan embriagadora, rubia compañera.
Me recuerda su espuma al mar azul,
trayéndome aires de brisa.
Apago la luz,
y nos quedamos solos, los tres:
Yo, la cerveza y mi tristeza.

 

 

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