© Román Piña

 

Román Piña, mallorquín, es autor, entre otros libros, de las novelas Las Ingles Celestes, Un turista, un muerto y Museo del Divorcio. Acaba de ganar el VI Premio Desnivel de Literatura con la obra Viaje por las Ramas. Colabora semanalmente en El Mundo - El Día de Baleares, y edita la prestigiosa revista literaria La Bolsa de Pipas de la que nos dice lo siguiente:

La bolsa

Esta colección tiene vocación de pistacho: ha nacido para ser papeada con el vicio de los frutos secos o de los dulces de chocolate. Esta es la idea. Tú vas al kiosko y dices: unos chicles sin, un regaliz y La Bolsa de Pipas. Vas al estanco y dices: tres ducados y La Bolsa de Pipas.

Te vas a comer las palabras que nadie hasta ahora había puesto en la guantera de tu coche, en el cenicero y la alfombra de casa. Te vas a poner guarro de letras, del cuento que protagonizan tipos tan insignificantes como tú, tan geniales como tú, tan acostumbrados como tú a condenarse por la barriga. Las Pipas de esta Bolsa quieren revolver tos jugos de los más estables aparatos digestivos.

No es una alternativa a la cultura, sino al vicio: es vicio alternativo. (R. Piña Valls)

 

Podéis conocerla, colaborar en ella o incluso suscribiros en la siguiente dirección

 

 

 

De su último libro CAFÉ CON AMAZONAS (La Bolsa de Pipas 2002) nos ofrece dos singulares poemas:

 

 

DERECHO A ROCE

 

 

Si algún día perdiese el privilegio
de ocupar el rincón de tus sueños
y el aliento escondido de tu cuerpo,
si me relegas al papel de amigo
querría que aceptaras unos puntos
para dulcificar ese despido
a modo de indemnización amable.
Si me defenestraras como amante
quisiera conservar ciertos derechos
sin yugos ni cadenas, sin argollas,
como el de, por ejemplo,
quedar para una charla
sin entrar a violar intimidades.
Algunas noche tibia, en primavera,
podríamos cenar e irnos de copas,
echar un bailecito, como amigos,
y cogernos las manos fríamente
sólo por exigencias de la música.
O cogernos las manos, si se tercia,
al cerrar nuestro encuentro, cerca el alba,
con un abrazo ciego, en homenaje
a la pasión perdida.
Ya sabes que tendrías un apoyo
y que te ofreceré encantado el hombro
si algún día te vieras deprimida
para que llores cuanto te parezca.
Sería deseable, con tu venia,
en cada despedida, como amigos,
acoplar nuestros labios un momento
sin prisa y, por supuesto, sin deseo.
Si algún día te aburres
podríamos subir una montaña,
ir al cine, al teatro,
hacer manitas, siempre como amigos,
palparnos las caderas como ahora,
chuparnos las orejas,
y yo despertaría
la rosa titilante entre tus muslos
con besos en tus párpados mojados.
Aunque vivas tu vida
y nuestros mundos sean muy distintos,
cualquier día futuro, si quisieras
con la misma ternura y entusiasmo
con que ahora como amante te penetro
- cuesta tanto alcanzar la confianza
entre dos corazones -
podría penetrarte, como amigo.

 

 

 


LOS HOMBRES AFÓNICOS

 

A Tais Mínguez

 

 

Hoy vengo a negociar un beso
pero no puedo hablarte
y por eso te escribo en un cuaderno
como un mudo estrenándose en su tara.
He perdido la voz hace unas horas
y me pregunto si te prestarías
a arreglar la avería con un beso.
Te ríes y supones que bromeo
y eso hace que desee más tu beso,
un beso de enfermera
para mi tráquea inválida.
Me dices que los besos
son algo para ti muy importante
porque das mucho amor tú cuando besas.
Veo que no te gusto o no me quieres,
y pruebo a convencerte:
¿No quieres darme un beso
porque en él va el amor
que reservas al hombre de tus sueños?
¿No puedes sujetar
ese amor verdadero, insobornable,
y enviarme amistad,
simpatía, interés,
cariño, caridad, filantropía?
¿Medio beso, un beso breve,
un beso a media boca,
con filtro de carmín
en labios no entreabiertos?
¿No hay en tu aliento acaso
ráfagas imprevistas de un amor despistado?
¡Qué absurdo es este siglo solidario
que no ha creado una ONG del beso,
una Besos Unidos o Besos Sin Fronteras
para calmar la herida de los hombres afónicos!
Me niegas ese beso porque no estás segura
de mi enamoramiento apasionado.
No me darás tu beso si no me ves ojeras
de llorar por las noches,
si no oyes los tambores de mi pecho incendiado,
si no te explico antes, atropelladamente,
lo que siento por ti.
Pues bien, puedes creerlo:
estoy enamorado
de ti, dame ya el beso.
¿Y qué si estoy casado?
¡Que te he pedido un beso,
no la mano!
Pero espera, cuidado,
no me asfixies con esos
besos llenos de fuego
que nos conducirán al holocausto.
No eches toda la carne
ni todo el corazón en este beso.
Sólo un beso perdido, despistado,
como un lastre que dejas para andar más ligera
es lo que te he pedido. Por escrito,
porque perdí la voz
hace unas horas.

 

 


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